Cada año, la familia cubana se
cuelga de la expectativa que
genera La Feria del Libro,
primero en La Cabaña, y demás
puntos de la capital, y de
inmediato en el resto del país.
Más que propaganda, o
divulgación, las informaciones
de víspera responden a la
demanda de la población respecto
a sus necesidades. Más que
anuncio de autores de
bestsellers, figuras de las
letras en Cuba y en el mundo,
visitantes y obras clásicas, la
gente demanda qué lleva en
esencia ese producto, qué
pudiera dejar para sus vidas
después del instante del placer
o de la utilidad pedagógica
inmediata. Por ello, aunque en
sentido general las Ferias se
promueven para facilitar el
acceso de productos a los
consumidores, para avisar a
empresarios de fuentes de
negocios, o seducir a clientes
de objetos de consumo, esta, de
Cuba, descarga su objetivo
primario en un consenso cultural
y en un carácter extensivo de
participación popular.
Extranjeros de visita se
deslumbran al ver la cantidad de
personas que acuden a sus
actividades y hasta ríen,
permisivos, con impuntualidades
o deslices que no acostumbran a
enfrentar; escritores cubanos
que alguna vez asistimos a
ferias extranjeras, nos
desconcertamos en esos ambientes
reducidos, más que exclusivos en
tantas ocasiones y hasta nos
cohibimos a pesar de que lo
programado funcione con rigor de
reloj suizo.
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Nuestros libros, al menos cinco
veces más caros que antes del
derrumbe del campo socialista
europeo, desaparecen de los
estantes de las librerías con
más rapidez que entonces. Más
que adquiridos, son devorados
por toda la familia, que con
frecuencia puja en sus colas
como si luchara productos de
primera necesidad en tiempos de
máxima escasez. No hay más que
verlo, para comprender hasta qué
punto el libro se materializa
como un beneficio elemental de
su existencia, compitiendo en
plena propiedad con la difícil
canasta de todos los gastos
familiares, forzando a
prescindir de tales y cuales
ejemplares. Y esta fiebre del
libro no se estructura desde la
seducción propagandística, sino
sobre la necesidad de la
lectura, en el mismo interior
del resultado que dan los años
de entregar el trabajo a
enseñar, educar y ofrecer, por
sobre todos los obstáculos de
financiamiento, un producto
cultural por esencia. No son las
supernovas de mercado las que
fascinan a nuestros lectores,
sino las obras de fuerza
literaria, las de valor
universal e intrínseco.
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Téngase en cuenta que, antes que
como materia prima, el libro
cubano se recicla como ejemplar
“raro o de uso”, y adviértase
que, en ese especial proceso de
reciclaje (o de reventa, dicho a
la manera de los chiflados por
el marketing), es aún más
difícil para los compradores
naturales adquirir aquellos
títulos que no alcanzaron como
novedad. Obsérvese además que la
envoltura material, el aspecto y
hasta el papel y la tinta de
esas ediciones, andan lejos de
conseguir el calificativo de
competitivo en estricto carácter
de mercadotecnia. No obstante,
vecinos, familiares, amigos o
conocidos no vinculados al
gremio de la literatura, suelen
interpelarme no solo para
resolver determinados títulos
(pues suponen que al ser
escritor cuento con plenas
posibilidades para ello) sino,
lo que resulta aún más
asombroso, para reclamar que
determinada obra adquirida no
cumple con sus expectativas, o
para sostener ideas que bien
quisieran compartir o, incluso,
desmentir. Son índices, es
obvio, pues sería absurdo
imaginarnos que once millones de
habitantes se dan en armonía
febril y complaciente a la
lectura, de una vez y por todas
precipitándose al estatuto
martiano de ser
imprescindiblemente libre a
través de la cultura. Pero son
índices de resultado que no
dependen de inmediatas campañas
o de medidas emergentes, sino de
acumular sobre la sociedad bases
humanistas y esperanzas ciertas
de progreso. Índices que no se
pueden falsear con efímeros
axiomas, pues se harían niebla
una vez que el evento
transcurriera, en tanto los ecos
de la Feria del libro asumen,
además de la continuidad
geográfica, una continuidad en
el tiempo y, por consiguiente,
en el ciclo vital del ciudadano.
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Este suceso, que el Ministro de
Cultura ha considerado
públicamente como el más
importante de nuestros eventos
culturales, adquiere tal
condición, que en lo personal
sustento, justo porque se
ramifica tanto geográfica, como
socialmente, por todo el país y
hacia todas las capas de la
población. Cada provincia
organiza su Feria bajo el
conocimiento de que sus lectores
no quedarán indiferentes con la
oferta, que habrá exigencias
cada vez mayores y que es del
todo imposible abandonar o
posponer esas necesidades aun
cuando los tiempos se califiquen
eufemísticamente de complejos, o
difíciles, es decir, con todas
sus letras: de crisis económica.
Nada fue más difícil para Cuba
que el período especial, que de
golpe anuló el valor de los
salarios y generó un trauma de
escasez que tardará mucho tiempo
en desaparecer. Pero esas mismas
circunstancias, a contrapelo del
caos, generaron lectores,
escritores; se abrieron para
germinar en cultura. Villa Clara
fue provincia ejemplar en este
caso. De sus experiencias
brotaron ideas que son hoy
práctica de toda la nación. Por
entre las consecuencias de esa
crisis terrible se impusieron
dos editoriales: Capiro, sacada
casi de chistera de mago y a
contracorriente de todas las
corrientes, y Sed de Belleza.
Lectores y escritores no
estamos, por ello, tan separados
como suponemos, aun cuando al
esfuerzo de acercarnos le quede
por andar. No son ya índices,
sino estrategias que deberemos
salvar de los embates.
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Cuando se le dijo al pueblo
¡Lee!, en vez de ¡Cree!, no solo
se le estaba llamando a ser
independiente en plenitud
individual, sino a sentar las
bases para que la nación
rescatara de todas las
dificultades, en general
artificialmente creadas desde el
exterior pero real y crudamente
sufridas por todos los cubanos,
su inalienable derecho a ser
independiente, su posibilidad de
resarcirse de los golpes a
través de esa misma
independencia. A tal punto, que
la contrarrevolución ha demorado
casi medio siglo de bloqueo,
para untar con resina cultural
los habituales enlatados
políticos, y ello desde los
propios desertores que huyen de
nuestras desventajas y de la
competencia interna, donde su
ausencia no ha dejado vacíos ni
carencias.
Si la cultura cubana se ha
mostrado capaz de resistir al
éxodo, a la piratería y el
boicot, el lector cubano ha
demostrado que buena parte de su
capacidad de resistencia la debe
a su ejercicio de lectura, a
acercarse a los libros por
cuánto les revelan y no por su
apariencia.
Si los creadores cubanos, con
sus escritores en máxima
vanguardia, han trabajado para
trascender esas barreras de
expresión, comunicación y
resultado pragmático, se debe
también a que su talento
individual ha sabido nutrirse de
las oportunidades que la nación
construida ha puesto en su
camino. Son procesos
dialécticos, irremediablemente
unidos y polémicos, cuyo diálogo
llama a entender que, aun siendo
el más importante de nuestros
eventos culturales, aun siendo
espléndido, asombroso, profundo,
popular y hasta masivo, la Feria
es apenas viva exposición de
cuanto subyace de fondo: el
valor real que el alimento
espiritual adquiere para cada
uno de nosotros, por diferentes
que gustos y tendencias se
presenten.
Que así, entonces, cada año
irrumpa la Feria del Libro en
nuestras vidas: como un torrente
en cuya corrida la familia
cubana pesca su imprescindible
alimento cultural. |