Año VII
La Habana
2009

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 El semáforo

 Luis Eduardo Aguilera (Chile, 1957)

 

Nacer en el seno de una familia aristocrática, personificación de la cultura estadounidense, no era nada fácil, implicaba una serie de responsabilidades en el comportamiento por los caminos sinuosos e intrincados de la vida, mayores requerimientos que iban más allá de sus capacidades. Así el "cardan de la vida” le jugó más de alguna mala pasada. Porque, era claro que a esta altura no tenía el aspecto “juvenil” que pudiera atraer a potenciales conquistas reflexionaba ante la luz roja del semáforo.

Es arduo sintetizar o esbozar en unas cuantas líneas su historia, siempre presumió que los primeros pasos de la composición genealógica familiar se dieron al advenimiento del siglo XVII, en China; pero los registros documentales más antiguos sobre ello, se recomponían desde 1769, cuando el escritor e inventor francés, Nicholas Joseph Cugnot presentó antecedentes fidedignos ante un grupo de amigos.

Develó además, que en un accidente automovilístico ocurrido en 1771, la familia quedó virtualmente por el suelo, desintegrada y desmoralizada. De manera que, el desgarbado escritor retomó las fuentes de investigación años posteriores (1840) en Inglaterra.

Obsesionado con la búsqueda de antecedentes
negadores del sueño reparador logró concentrarse en algunas formas más prácticas, llegando a establecer con meridiana exactitud que en las postrimerías del siglo XVIII, el belga, Etienne Lenoir y el taciturno alemán, Gottlieb Daimler, construyeron las primeras heroicas páginas de la verdadera crónica(1866) y otro alemán llamado Nicholas Otto, fue quien tuvo el privilegio de entregar las bases generales en la exposición primaveral de París, un año después (1867).

Todo señalaba que, a escasos meses de su origen (1954), se encontró junto a japoneses, asiáticos, rusos y alemanes similares a él en las bodegas húmedas y oscuras de un buque de carga que zarpó desde el puerto de New Orleans y demoró seis meses de navegación en llegar al puerto de Valparaíso. Cuando desembarcó en el molo de abrigo, lo esperaban varios integrantes de una familia, quienes se hicieron cargo de los impuestos aduaneros y trámites legales que les permitieran tocar suelo chileno.

Viajó por diferentes ciudades, Viña del Mar, Quilpue, Villa Alemana, Quillota, Calera, Llay - Llay, Til - Til, Polpaico, Lampa, Quilicura y Renca, para finalmente establecerse en Providencia, comuna sobresaliente de la capital, allí permaneció hasta sus últimos días, con salidas esporádicas a otros lugares.

Todos los recuerdos de golpe, en una fracción de segundos, en un solo color.

Embobado en sus pensamientos y nostalgia, lo sorprendió la apariencia de Mercedes, que también era obligada a detenerse ante lo perentorio de la luz, quedando uno al lado del otro y observarse en forma exhaustiva e insistente.

Ella lucía un color azul acrílico profundo, sus zapatos eran de color negro, con rayas blancas a los costados, relucientes y penetrantes, como a él siempre le había llamado la atención; sus cromados hacían que su figura fuese más enigmática y cautivadora.

Mercedes, había pertenecido a un solo hombre, todo corroborado posteriormente en los archivos reservados del Registro Civil e Identificación de la ciudad. Descendía de una dinastía alemana, muy presuntuosa en el mundo entero. Mister Ford se percató de su nombre por una discreta placa que portaba en el lado superior izquierdo.

Mercedes entregó lo mejor de su juventud, de su vida, a su dueño
como solía decirse nunca lo dejó desamparado, jamás en desprestigio y menos la aquejó una perturbación grave, llegó a él como un regalo de licenciatura y diplomado en leyes, viajaron por diferentes localidades, ella le fue fiel, sabía de los secretos más íntimos, aventuras y deslices, siempre se mantuvo discreta y en silencio.

Igualmente había llegado a nuestro país muy joven, hoy tenía sus años (76), pero se sentía en perfectas condiciones, de tal manera, que podía transitar por los caminos curvilíneos y asfálticos de la vida sin mayores dificultades.


El semáforo no cambiaba de luz y los minutos se transformaban en espacios interminables, ante las insistentes y provocativas miradas de Mister Ford. En ese preciso instante ella también se sumió en deleznables conjeturas y divagaciones. El color rojo siempre le pareció prohibitivo, inquisidor e infranqueable, venerado por la mayoría, exceptuando algunos casos excepcionales de riesgo extremo y aventurero.

Mister Ford, por su parte, a pesar de tener demasiadas complicaciones con el color rojo, en lo más profundo de su ser, le agradaba, le causaba emoción, a tal punto de considerarlo el color de la vida y la pasión, en definitiva, le tenía aprecio.

A cada uno de ellos, el color amarillo no les agradaba, más le parecía un color ambiguo, falto de personalidad, coraje y decisión, no pocas veces les había sorprendido al borde de la infracción burocrática.

El color verde, en cambio, ponderando sus pésimos antecedentes históricos, lo imaginaba apacible, esperanzador, ecológico y agradable.

En días lluviosos y de niebla tenían que andar con los ojos muy abiertos y luminosos. Encontrándose Mister Ford detenido en cierta ocasión, le tocó ser parte de una terrible y lamentable colisión, dando como resultado un ojo destruido, las válvulas a punto de estallar, las pastillas y el disco sufrieron trizaduras, los zapatos reventados, los cigarrillos que portaba en la cigarrera cromada, desparramados por toda la calzada, logrando salir airoso en muy poco tiempo. Naturalmente después de varias intervenciones especializadas y de cirugía mayor, donde se le implantó “fibra de vidrio” en varias magulladuras adjudicadas por el encontronazo.

En otra ocasión recordaba, mientras estaba detenido ante la luz roja, fue más allá de los límites permitidos y sencillamente la "sobrepasó", este elemental hecho le dio como resultado una severa amonestación por parte de un suboficial de carabineros
tres meses con arresto domiciliario, menoscabando aún más su estado de salud, que se venía quebrantando por los años.

De un santiamén la luz cambió y se vieron guiados en la misma dirección, solo al llegar a un lugar bastante alejado de la ciudad, tomaron diferentes derroteros.

Ambos se incorporaron a diferentes desarmadurías que se encontraban parapetadas tras gigantescos y luminosos letreros que anunciaban “Ventas y Repuestos de Vehículos Usados”, en ese forzoso minuto, ante el inminente desmembramiento mecánico, los cláxones lanzaron el sonido final.

Era el trágico fin de un Ford Clásico de los años cuarenta, símbolo de toda una generación. Mercedes por su parte ayudaría con sus escasas y delicadas piezas al complemento de otros carros en extinción. Así se producía el corolario final de un prestigioso Daimler Benz año 1926.


Luis Eduardo Aguilera: Narrador: Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Gabriela Mistral de la Región de Coquimbo (2006 - 2008). Director Nacional de la Sociedad de Escritores de Chile: (período 2008 -2010). Cuento perteneciente al libro El dueño de la hora y los duendes transparentes.  

 
 

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