Nacer en el seno de una
familia aristocrática,
personificación de la
cultura estadounidense, no
era nada fácil, implicaba
una serie de
responsabilidades en el
comportamiento por los
caminos sinuosos e
intrincados de la vida,
mayores requerimientos que
iban más allá de sus
capacidades. Así el "cardan
de la vida” le jugó más de
alguna mala pasada. Porque,
era claro que a esta altura
no tenía el aspecto
“juvenil” que pudiera atraer
a potenciales conquistas
―reflexionaba
ante la luz roja del
semáforo.
Es arduo sintetizar o
esbozar en unas cuantas
líneas su historia, siempre
presumió que los primeros
pasos de la composición
genealógica familiar se
dieron al advenimiento del
siglo XVII, en China; pero
los registros
documentales más antiguos
sobre ello, se recomponían
desde 1769, cuando el
escritor e inventor francés,
Nicholas Joseph Cugnot
presentó antecedentes
fidedignos ante un grupo de
amigos.
Develó además, que en un
accidente automovilístico
ocurrido en 1771, la familia
quedó virtualmente por el
suelo, desintegrada y
desmoralizada. De manera
que, el desgarbado escritor
retomó las fuentes de
investigación años
posteriores (1840) en
Inglaterra.
Obsesionado con la búsqueda
de antecedentes
―negadores
del sueño reparador―
logró concentrarse en
algunas formas más
prácticas, llegando a
establecer con meridiana
exactitud que en las
postrimerías del siglo
XVIII, el belga, Etienne
Lenoir y el taciturno
alemán, Gottlieb Daimler,
construyeron las primeras
heroicas páginas de la
verdadera crónica(1866) y
otro alemán llamado Nicholas
Otto, fue quien tuvo el
privilegio de entregar las
bases generales en la
exposición primaveral de
París, un año después
(1867).
Todo señalaba que, a escasos
meses de su origen (1954),
se encontró junto a
japoneses, asiáticos, rusos
y alemanes similares a él en
las bodegas húmedas y
oscuras de un buque de carga
que zarpó desde el puerto de
New Orleans y demoró seis
meses de navegación en
llegar al puerto de
Valparaíso. Cuando
desembarcó en el molo de
abrigo, lo esperaban varios
integrantes de una familia,
quienes se hicieron cargo de
los impuestos aduaneros y
trámites legales que les
permitieran tocar suelo
chileno.
Viajó por diferentes
ciudades, Viña del Mar,
Quilpue, Villa Alemana,
Quillota, Calera, Llay -
Llay, Til - Til, Polpaico,
Lampa, Quilicura y Renca,
para finalmente establecerse
en Providencia, comuna
sobresaliente de la capital,
allí permaneció hasta sus
últimos días, con salidas
esporádicas a otros lugares.
Todos los recuerdos de
golpe, en una fracción de
segundos, en un solo color.
Embobado en sus pensamientos
y nostalgia, lo sorprendió
la apariencia de Mercedes,
que también era obligada a
detenerse ante lo perentorio
de la luz, quedando uno al
lado del otro y observarse
en forma exhaustiva e
insistente.
Ella lucía un color azul
acrílico profundo, sus
zapatos eran de color negro,
con rayas blancas a los
costados, relucientes y
penetrantes, como a él
siempre le había llamado la
atención; sus cromados
hacían que su figura fuese
más enigmática y
cautivadora.
Mercedes, había pertenecido
a un solo hombre, todo
corroborado posteriormente
en los archivos reservados
del Registro Civil e
Identificación de la ciudad.
Descendía de una dinastía
alemana, muy presuntuosa en
el mundo entero. Mister Ford
se percató de su nombre por
una discreta placa que
portaba en el lado superior
izquierdo.
Mercedes entregó lo mejor de
su juventud, de su vida, a
su dueño
―como
solía decirse―
nunca lo dejó desamparado,
jamás en desprestigio y
menos
la
aquejó una perturbación
grave, llegó a él como un
regalo de licenciatura y
diplomado en leyes, viajaron
por diferentes localidades,
ella le fue fiel, sabía de
los secretos más íntimos,
aventuras y deslices,
siempre se mantuvo discreta
y en silencio.
Igualmente había llegado a
nuestro país muy joven, hoy
tenía sus años (76), pero se
sentía en perfectas
condiciones, de tal manera,
que podía transitar por los
caminos curvilíneos y
asfálticos de la vida sin
mayores dificultades.
El semáforo no cambiaba de
luz y los minutos se
transformaban en espacios
interminables, ante las
insistentes y provocativas
miradas de Mister Ford. En
ese preciso instante ella
también se sumió en
deleznables conjeturas y
divagaciones. El color rojo
siempre le pareció
prohibitivo, inquisidor e
infranqueable, venerado por
la mayoría, exceptuando
algunos casos excepcionales
de riesgo extremo y
aventurero.
Mister
Ford, por su parte, a
pesar de tener demasiadas
complicaciones con el color
rojo, en lo más profundo de
su ser, le agradaba,
le causaba emoción, a tal
punto de considerarlo el
color de la vida y la
pasión, en definitiva, le
tenía aprecio.
A cada uno de ellos, el
color amarillo no les
agradaba, más le parecía un
color ambiguo, falto de
personalidad, coraje y
decisión, no pocas veces les
había sorprendido al borde
de la infracción burocrática.
El color verde, en cambio,
ponderando sus pésimos
antecedentes históricos, lo
imaginaba apacible,
esperanzador, ecológico
y agradable.
En días lluviosos y de
niebla tenían que andar con
los ojos muy abiertos y
luminosos. Encontrándose
Mister Ford detenido en
cierta ocasión, le tocó ser
parte de una terrible y
lamentable colisión, dando
como resultado un ojo
destruido, las válvulas a
punto de estallar, las
pastillas y el disco
sufrieron trizaduras, los
zapatos reventados, los
cigarrillos que portaba en
la cigarrera cromada,
desparramados por toda la
calzada, logrando salir
airoso en muy poco tiempo.
Naturalmente después de
varias intervenciones
especializadas y de cirugía
mayor, donde se le implantó
“fibra de vidrio” en varias
magulladuras adjudicadas por
el encontronazo.
En otra ocasión recordaba,
mientras estaba detenido
ante la
luz roja, fue más allá
de los límites permitidos
y sencillamente la "sobrepasó",
este elemental hecho le dio
como resultado una severa
amonestación por parte de un
suboficial de carabineros
―tres
meses con arresto
domiciliario―,
menoscabando aún más su
estado de salud, que se
venía quebrantando por los
años.
De un santiamén la luz
cambió y se vieron guiados
en la misma dirección, solo
al llegar a un lugar
bastante alejado de la
ciudad, tomaron diferentes
derroteros.
Ambos se incorporaron a
diferentes desarmadurías que
se encontraban parapetadas
tras gigantescos y luminosos
letreros que anunciaban
“Ventas y Repuestos de
Vehículos Usados”, en ese
forzoso minuto, ante el
inminente desmembramiento
mecánico, los cláxones
lanzaron el sonido final.
Era el trágico fin de un
Ford Clásico de los años
cuarenta, símbolo de toda
una generación. Mercedes por
su parte ayudaría con sus
escasas y delicadas piezas
al complemento de otros
carros en extinción. Así se
producía el corolario final
de un prestigioso Daimler
Benz año 1926.