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“Como quería ser inteligente, culto
y conversar de cosas profundas, ponía el
libro delante de mi instrumento y leía a
Córtazar mientras repetía las notas una
y otra vez”.
Esta confesión me la hizo el brillante
músico, musicólogo y ensayista Pedro
Martínez caminando por una calle del
barrio habanero de El Vedado. Esa tarde
andábamos sobrios y serenos. Nos daban
sombra los grandes árboles que conserva
esta parte de la ciudad y nos amparaba
un afecto, nacido al calor del jolgorio
o hasta del disparate, pero que se fue
llenando de ideas, referencias,
complicidad…
Ahora otro amigo ―su más bien hermano,
el importante pintor Aisar Jalil― acaba
de comunicarme la noticia de la muerte
de Pedro y pienso en este hombre que
leía, mientras tocaba la trompeta; en
sus ojos claros que el alcohol no logró
nublar tanto como a los míos, que
rescaté en su nitidez hará ahora seis
años.
En Pedro Martínez se dio la rara
combinación entre el intelectual hondo,
académico, con talento para la docencia
y el hombre de pueblo, el cubano
esencial, el muchacho de barrio. De
regreso de uno de sus viajes me regaló
una hermosa camisa que me acompaña
siempre que enfrento la delicada
aventura de subirme a un avión. La
prefería primero por lo ancho del
bolsillo superior, tolerante con el
grosor del pasaporte. En los últimos
años, a la comodidad se suma cierto
sentido de homenaje amistoso. Recordando
a Borges y su espléndido soneto de las
cosas, asisto a la amarga certeza de que
la camisa me ha durado más que la vida
del amigo.
Una tarde de primavera, Martínez se me
apareció en una filmación. Tania no
estaba en Cuba y había aceptado con
gusto una incursión de contrafigura en
un “teleplay” o programa unitario para
la televisión, que repiten a menudo en
los veranos. El caso es que partí para
su colonial y hermosa ciudad de
Camaguey, con la misma ropa que tenía
puesta. El pantalón ―cuando lo veo “de
refilón” en uno de los continuos
regresos de la historia filmada― me
recuerda cómo se secó sobre mi piel en
aquellos días de bohemia.
Pero no todo era trago excesivo, risa
festinada. Allí, en la Casa de la Trova,
los mejores grupos locales tocaban para
él con especial fervor. Pedro había sido
su subdirector técnico durante años.
Bajo la frialdad burocrática del cargo
se escondía la amistad, la asesoría, el
encanto de un brillante teórico, del que
dijeron al presentar su tesis de grado
en Rusia que le abría caminos a la
Musicología, entonces, soviética. Pedro
se contenía y aguantaba el homenaje un
rato con una mezcla de fascinación y
rubor, pero casi siempre terminaba sobre
la tarima, tocando algún instrumento. Su
sabiduría alcanzaba la razón de ser en
su condición de músico de fila, hombre
de a pie; hombro cercano para la palmada
o el abrazo.
Las lecturas literarias siguieron siendo
hondas en su vida, aunque la música
continuó como centro de su existencia.
Nos comentaba a pintores y teatristas,
sin pedantería alguna, que en nuestras
artes era permitido escuchar una
sinfonía mientras escribíamos o
pintábamos. Pero para él era imposible
porque no podía evadir la tentación de
“leer” la música mientras la escuchaba.
Vivía tan orgulloso de haber tocado con
Avance Juvenil, la agrupación
camagüeyana precursora de las orquestas
más maduras del maestro Adalberto
Álvarez, como de cualquiera de sus
artículos o ensayos. Cuando evocaba a
algún conocido del mundo de la música,
su gestualidad graficaba el movimiento
para tocar el violín, el piano, el
saxofón o la trompeta, según el
instrumento que ejecutara el músico al
que se refería. Y con ese Pedro Martínez
nos quedamos: tocando, siguiendo el
ritmo. |