Año VII
La Habana
2009

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Trompeta, libro y una camisa para viajar
Amado del Pino • La Habana

“Como quería ser inteligente, culto y conversar de cosas profundas, ponía el libro delante de mi instrumento y leía a Córtazar  mientras repetía las notas una y otra vez”.

Esta confesión me la hizo el brillante músico, musicólogo y ensayista Pedro Martínez caminando por una calle del barrio habanero de El Vedado. Esa tarde andábamos sobrios y serenos. Nos daban sombra los grandes árboles que conserva esta parte de la ciudad y nos amparaba un afecto, nacido al calor del jolgorio o hasta del disparate, pero que se fue llenando de ideas, referencias, complicidad…

Ahora otro amigo ―su más bien hermano, el importante pintor Aisar Jalil―  acaba de comunicarme la noticia de la muerte de Pedro y pienso en este hombre que leía, mientras tocaba la trompeta; en sus ojos claros que el alcohol no logró nublar tanto como a los míos, que rescaté en su nitidez hará ahora seis años.

En Pedro Martínez se dio la rara combinación entre el intelectual hondo, académico, con talento para la docencia y el hombre de pueblo, el cubano esencial, el muchacho de barrio. De regreso de uno de sus viajes me regaló una hermosa camisa que me acompaña siempre que enfrento la delicada aventura de subirme a un avión. La prefería primero por lo ancho del bolsillo superior, tolerante con el grosor del pasaporte. En los últimos años, a la comodidad se suma cierto sentido de homenaje amistoso. Recordando a Borges y su espléndido soneto de las cosas, asisto a la amarga certeza de que la camisa me ha durado más que la vida del amigo.

Una tarde de primavera, Martínez se me apareció en una filmación. Tania no estaba en Cuba y había aceptado con gusto una incursión de contrafigura en un “teleplay” o programa unitario para la televisión, que repiten a menudo en los veranos. El caso es que partí para su colonial y hermosa ciudad de Camaguey, con la misma ropa que tenía puesta. El pantalón ―cuando lo veo “de refilón” en uno de los continuos regresos de la historia filmada― me recuerda cómo se secó sobre mi piel en aquellos días de bohemia.

Pero no todo era trago excesivo, risa festinada. Allí, en la Casa de la Trova, los mejores grupos locales tocaban para él con especial fervor. Pedro había sido su subdirector técnico durante años. Bajo la frialdad burocrática del cargo se escondía la amistad, la asesoría, el encanto de un brillante teórico, del que dijeron al presentar su tesis de grado en Rusia que le abría caminos a la Musicología, entonces, soviética. Pedro se contenía y aguantaba el homenaje un rato con una mezcla de fascinación y rubor, pero casi siempre terminaba sobre la tarima, tocando algún instrumento. Su sabiduría alcanzaba la razón de ser en su condición de músico de fila, hombre de a pie; hombro cercano para la palmada o el abrazo.

Las lecturas literarias siguieron siendo hondas en su vida, aunque la música continuó como centro de su existencia. Nos comentaba a pintores y teatristas, sin pedantería alguna, que en nuestras artes era permitido escuchar una sinfonía mientras escribíamos o pintábamos. Pero para él era imposible porque no podía evadir la tentación de “leer” la música mientras la escuchaba. Vivía tan orgulloso de haber tocado con Avance Juvenil, la agrupación camagüeyana precursora de las orquestas más maduras del maestro Adalberto Álvarez, como de cualquiera de sus artículos o ensayos. Cuando evocaba a algún conocido del mundo de la música, su gestualidad graficaba el movimiento para tocar el violín, el piano, el saxofón o la trompeta, según el instrumento que ejecutara el músico al que se refería. Y con ese Pedro Martínez nos quedamos: tocando, siguiendo el ritmo.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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