Este año se conmemora el
centenario de
Félix Pita Rodríguez,
nacido el 18 de febrero de 1909
y fallecido 19 de octubre de
1990. Era un acuariano
perseguido por la cifra 9. Con
sus conocimientos de ocultismo,
mucho le hubiese gustado sacar
esa proporción numerológica,
pitagórica o neopitagórica:
nació bajo cifras que sumadas
dan 3 (18+02+1909=30=3) murió
bajo la cifra 3
(19+10+1990=30=3), que
multiplicada por sí misma da 9,
número muy visible en los años
de nacimiento y muerte.
Recuerdo que lo visité por
primera vez en la compleja
década de 1970, durante la cual
tantos jóvenes poetas lo
visitaban y admiraban. Yo lo
había visto por la televisión un
poco antes, cuando un locutor
que lo entrevistaba le preguntó
cómo se definía a sí mismo, y él
rápidamente dijo:
“marxista-espiritista”.
Pero yo no creo que fuese un
espiritista, aquella respuesta
fue una boutade, una
exageración que chocaba con el
uso indiscriminado del
marxismo-leninismo, pero los que
conversamos con él y los que
leemos con devoción su Tarot
de la poesía, sabemos que
usaba de manera poética sus no
pocos conocimientos esotéricos,
y que gustaba creerse
reencarnación de François Villon
(1431-1463), adoraba las gentes
célebres de ese tiempo,
conversaba sobre lo que habría
de haber sido en esa época, y
consideraba haber tenido una
juventud tan disoluta como la
del poeta francés.
Conversar con Félix era una
maravilla. Tenía una dosis de
egocentrismo que solo se
manifestaba con fuerza cuando
alguno de los visitantes se
refería a Nicolás Guillén, a
quien odiaba de una manera
estentórea, tanto como lo
respetaba. Era muy
condescendiente con la poesía
que los jóvenes iban a leerle en
su casa. No hacía críticas, no
disuadía a nadie de su vocación
de poeta, no subrayaba ningún
mal verso, ningún mal texto. Era
respetuoso y no se consideraba
un crítico literario. Le gustaba
charlar sobre la realidad
presente, sobre el acontecer
inmediato, pero sus relatos eran
picantes y agradables cuando
hablaba de sucesos de su
biografía, o sobre lo que le
sucedió a escritores conocidos.
Se reía de sí mismo con
facilidad, como cuando se
refería al cuadro en que Carlos
Enríquez lo pintó desnudo.
Siempre decía que le había hecho
poco favor y que desde entonces
conquistaba menos damas, dadas
las dimensiones mínimas con que
le dibujó ciertas zonas de su
cuerpo.
Félix era un caudal de relatos.
Se le visitaba sobre todo para
que él hablase. Fue el primer
poeta célebre que vi en persona
en mi vida. Yo trabajaba como
profesor de Dibujo Técnico en la
Escuela de Capacitación Técnica
Alecrín del entonces Instituto
Cubano de la Pesca, situada en
las cercanías de Santa María del
Rosario. Yo no sé bien quién lo
invitó a que leyera sus poemas
ante los alumnos y profesores de
la Escuela, en un anfiteatro
natural, pero cementado, en un
acto en 1970. Allí lo conocí
entre bolsitas de café caturra
para ser sembrado, y lo saludé
luego de su recital, pero años
después ya él no recordaba
haberme conocido en ese sitio.
Allí leyó poemas políticos, de
su libro Las crónicas;
Poesía bajo consigna,
publicado en 1961 y algo de su
Cantata del
Guerrillero Heroico (1969).
Cuando en 1975 fui por primera
vez a su casa con mi amigo Luis
Beiro, nos dio un verdadero
recital privado de Historia
tan natural (1970), pero con
énfasis en Tarot de la poesía,
que había publicado en 1973 y
del que tenía muchos ejemplares
en un anaquel en su despacho.
De esa visita recuerdo que nos
dijo que a él se le “permitía”
aquella poesía metafísica, que
leíamos asombrados en una década
tan oficialmente inclinada al
realismo socialista, porque
antes él había escrito sus
poemas de Las crónicas…
Nos afirmó que con sus libros
había demostrado que en Cuba se
podía escribir de todo, con
cualquier enfoque, siempre que
se ofreciese el tributo debido a
la Revolución. No había duda que
era un amante fiel y un
militante hondo de la Revolución
Cubana.
Nosotros, jóvenes autores
inéditos (solo Beiro tenía un
cuaderno poético publicado), no
teníamos suficientes
conocimientos de casi nada como
para dialogar con él, de modo
que se sentía cómodo hablándonos
de sus temas preferidos, de
Piranessi y de Marco Polo, del
siglo XV, de brujerías de esos
tiempos, del ocultismo
relacionado con la alquimia. Yo
trataba de disuadirlo de hablar
de los escritores cubanos
coetáneos, porque Félix tenía un
cuchillo en la boca, era muy
irónico y podía narrarnos
verdaderos chismes sobre casi
todos ellos desde Carpentier
hasta Lezama. Beiro y yo, a
veces Waldo González y Heriberto
Pagés que fue una vez conmigo,
queríamos que él nos hablase de
poesía, que nos diera una
“clase”, que nos llenase de sus
conocimientos técnicos, de sus
fantasías. Lo visité yo solo
algunas veces, me recibía
ceremoniosa y afectuosamente, su
esposa traía café o un jugo o un
refresco y nos dejaba solos. Me
decía que no quería contarme
mucho sobre su edad en flor,
porque lo acusarían de corruptor
de la juventud y ya se sabía las
que había pasado Sócrates con
tal acusación. Nos reíamos
mucho. Con él se podía hacer un
magnífico taller de lectura. A
mí, siempre renuente a leer mis
poemas en voz alta, no me daba
vergüenza hacerlo ante él. De
ese tiempo salvé muy pocos
poemas. Debo de haber torturado
al maestro con mis garabatos.
Pero era un hombre muy
complaciente y nunca me dijo ni
una sola frase hiriente.
Félix Pita Rodríguez era un
caballero aun cuando hablase mal
de sus coetáneos. Nunca hacía
sentir a nadie inferior ante su
presencia. Antes bien, ofrecía
confianza, él no estaba sentado
en un trono, sino en una silla
corriente, no se ponía en pose,
le gustaba que le preguntásemos
por su vida antes de la
Revolución, pero narraba
historias que parecían cuentos.
Su estancia francesa, su periplo
en México eran agradables
relatos que matizaron mis
veinticinco años. Por la época
conocí muchos poetas, entre 1975
y 1985, pero mi modelo era
Félix, yo quería escribir como
él, pero no ser él. Vi de lejos
a Guillén, pero nunca me
acerqué, quizás si influido por
los comentarios no bonitos que
sobre él me hacía Félix. Conocí
a Lezama unos años antes que a
Félix, cuando lo visité en su
casa de Trocadero junto a Jesús
Barquet y Heriberto Pagés, ya yo
había leído en mis 22 años su
Paradiso, y Lezama era para
mí un deslumbramiento perenne.
Félix no podía corroerme ese
altar.
Solo Samuel Feijóo se situaba
entonces en la misma dimensión
del respeto que sentía por
Félix. Se lo comenté varias
veces y hacíamos cuentos de las
locuras feijoseanas. Resulta que
Pita Rodríguez sentía también un
inmenso respeto por “el loco
Feijóo” que “se disfraza de
guajiro”, decía, porque en este
mundo hay que disfrazarse de
algo para sobrevivir.
Yo le leí en una ocasión mi
poemita “Hogar”, soneto que
imitaba un poco su poema “Mi
casa”, sonrió y no me dijo nada.
En otra ocasión tuve que
reunirme con él, porque junto
con Raúl Luis, éramos jurados
del Concurso 13 de Marzo de
Extensión Universitaria. Él ya
estaba bien mayor, con muchas
dificultades para leer, y me
pidió que yo llevase diez
finalistas y se los leyese
todos. Así hice, pero me pidió
que le expusiera mi orden de
preferencias. Sin el menor
reparo a la diferencia de edad y
de jerarquía literaria, se
acogió a los dos libros que yo
llevaba como premios, ya antes
conversado con Raúl Luis. Era de
una proverbial modestia, y esa
modestia jugaba con sus momentos
egocéntricos, que más bien
parecían disparos infantiles,
sin malicia. Solo me pidió
entonces que incluyera en las
menciones a una joven que lo
había visitado, su libro no
poseía valores literarios, pero
ella era muy joven y había que
estimularla. La verdad es que no
me gustó aquel acto de
generosidad, yo era más rígido
que él en las valoraciones. Pero
se hizo como él deseaba.
Tras la muerte de su esposa,
sobrevinieron algunos momentos
tensos en familia, se casó luego
con Ángela de Mela y me consta
la devoción con que ella atendía
al anciano poeta, que le llevaba
cómodamente poco más de 40 años.
Él se sentía feliz, hacía
chistes con la diferencia de
edad, una vez hizo uno muy
picante en presencia de la
dama-poeta, ella se ruborizó y
se retiró con una sonrisa. Al
rato nos trajo una limonada y
Félix reaccionó con deferencia y
cariño. Me parece que fue la
última vez que lo visité, casi
no podía andar y nos sentamos en
la terraza, en un portalón del
patio de su casa. Pero la imagen
que de él me queda más viva es
la del interior de su despacho,
donde me recibía casi siempre.
Todavía siento claramente su
voz. En Tarot de la poesía
tiene un poema que me lo
recuerda de cuerpo entero: “Lo
malo no es morir”, un poema que
no deja de ser bien machadiano.
Conversamos sobre esto, sobre
Antonio Machado. Él me dijo una
vez que Machado, como Pessoa,
era mucho más que un solo poeta,
por eso tuvieron que inventar
heterónimos y que, como él
mismo, podían conversar con
otros ausentes o inventados. Su
“Contribución al estudio de la
bruma”, dedicado a su amigo
Gustavo Eguren, es una alusión a
sus “amigos”, de los que él
reinterpretaba poéticamente sus
biografías, como Nerval,
Piranesi, Ucello, Blake,
Nostradamus, Rimbaud, Hölderlin,
Lautreamont, sus “Pobres
amigos”, gente extraña, bien
dadas a lo esotérico y a tener
vidas harto complicadas, locos
unos, alucinados, dialogantes
con lo inexistente, con
fantasmas, o con un promisorio
Más Allá. Recuerdo a Félix
indagando en mi presencia sobre
a dónde van las escaleras de
Piranesi, sobre qué quería en
verdad Rimbaud, sobre la vida
disoluta de Villon…
Ese es el Félix Pita Rodríguez
que me gusta recordar, no por
sobre el otro militante
revolucionario, el hombre que
sin miedo se fue a apoyar a la
República española, ya desatada
la Guerra Civil, al que apoyó
con toda su fuerza de gran
escritor a la Revolución Cubana,
el que se iba a las trincheras a
decir poemas, el “cronista de su
tiempo”, el comprometido con
Vietnam y su pelea libertaria,
el que amaba la vía socialista
en busca de un estadio mejor,
más justo y equitativo para la
raza humana. El viejo-joven
Félix Pita Rodríguez ahora
fantasma, me mirará ahora mismo
con gozo, si puede hacerlo,
agradecido porque lo recuerde
así en su pronto centenario. |