Año VII
La Habana

7 al 13
de MARZO
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

El Félix Pita que yo conocí

Virgilio López Lemus • La Habana

Foto: Cortesía de Cubaliteraria


Este año se conmemora el centenario de
Félix Pita Rodríguez, nacido el 18 de febrero de 1909 y fallecido 19 de octubre de 1990. Era un acuariano perseguido por la cifra 9. Con sus conocimientos de ocultismo, mucho le hubiese gustado sacar esa proporción numerológica, pitagórica o neopitagórica: nació bajo cifras que sumadas dan 3 (18+02+1909=30=3) murió bajo la cifra 3 (19+10+1990=30=3), que multiplicada por sí misma da 9, número muy visible en los años de nacimiento y muerte.
 

Recuerdo que lo visité por primera vez en la compleja década de 1970, durante la cual tantos jóvenes poetas lo visitaban y admiraban. Yo lo había visto por la televisión un poco antes, cuando un locutor que lo entrevistaba le preguntó cómo se definía a sí mismo, y él rápidamente dijo: “marxista-espiritista”.

Pero yo no creo que fuese un espiritista, aquella respuesta fue una boutade, una exageración que chocaba con el uso indiscriminado del marxismo-leninismo, pero los que conversamos con él y los que leemos con devoción su Tarot de la poesía, sabemos que usaba de manera poética sus no pocos conocimientos esotéricos, y que gustaba creerse reencarnación de François Villon (1431-1463), adoraba las gentes célebres de ese tiempo, conversaba sobre lo que habría de haber sido en esa época, y consideraba haber tenido una juventud tan disoluta como la del poeta francés.

Conversar con Félix era una maravilla. Tenía una dosis de egocentrismo que solo se manifestaba con fuerza cuando alguno de los visitantes se refería a Nicolás Guillén, a quien odiaba de una manera estentórea, tanto como lo respetaba. Era muy condescendiente con la poesía que los jóvenes iban a leerle en su casa. No hacía críticas, no disuadía a nadie de su vocación de poeta, no subrayaba ningún mal verso, ningún mal texto. Era respetuoso y no se consideraba un crítico literario. Le gustaba charlar sobre la realidad presente, sobre el acontecer inmediato, pero sus relatos eran picantes y agradables cuando hablaba de sucesos de su biografía, o sobre lo que le sucedió a escritores conocidos. Se reía de sí mismo con facilidad, como cuando se refería al cuadro en que Carlos Enríquez lo pintó desnudo. Siempre decía que le había hecho poco favor y que desde entonces conquistaba menos damas, dadas las dimensiones mínimas con que le dibujó ciertas zonas de su cuerpo.

Félix era un caudal de relatos. Se le visitaba sobre todo para que él hablase. Fue el primer poeta célebre que vi en persona en mi vida. Yo trabajaba como profesor de Dibujo Técnico en la Escuela de Capacitación Técnica Alecrín del entonces Instituto Cubano de la Pesca, situada en las cercanías de Santa María del Rosario. Yo no sé bien quién lo invitó a que leyera sus poemas ante los alumnos y profesores de la Escuela, en un anfiteatro natural, pero cementado, en un acto en 1970. Allí lo conocí entre bolsitas de café caturra para ser sembrado, y lo saludé luego de su recital, pero años después ya él no recordaba haberme conocido en ese sitio. Allí leyó poemas políticos, de su libro Las crónicas; Poesía bajo consigna, publicado en 1961 y algo de su Cantata del Guerrillero Heroico (1969). Cuando en 1975 fui por primera vez a su casa con mi amigo Luis Beiro, nos dio un verdadero recital privado de Historia tan natural (1970), pero con énfasis en Tarot de la poesía, que había publicado en 1973 y del que tenía muchos ejemplares en un anaquel en su despacho.

De esa visita recuerdo que nos dijo que a él se le “permitía” aquella poesía metafísica, que leíamos asombrados en una década tan oficialmente inclinada al realismo socialista, porque antes él había escrito sus poemas de Las crónicas… Nos afirmó que con sus libros había demostrado que en Cuba se podía escribir de todo, con cualquier enfoque, siempre que se ofreciese el tributo debido a la Revolución. No había duda que era un amante fiel y un militante hondo de la Revolución Cubana.

Nosotros, jóvenes autores inéditos (solo Beiro tenía un cuaderno poético publicado), no teníamos suficientes conocimientos de casi nada como para dialogar con él, de modo que se sentía cómodo hablándonos de sus temas preferidos, de Piranessi y de Marco Polo, del siglo XV, de brujerías de esos tiempos, del ocultismo relacionado con la alquimia. Yo trataba de disuadirlo de hablar de los escritores cubanos coetáneos, porque Félix tenía un cuchillo en la boca, era muy irónico y podía narrarnos verdaderos chismes sobre casi todos ellos desde Carpentier hasta Lezama. Beiro y yo, a veces Waldo González y Heriberto Pagés que fue una vez conmigo, queríamos que él nos hablase de poesía, que nos diera una “clase”, que nos llenase de sus conocimientos técnicos, de sus fantasías. Lo visité yo solo algunas veces, me recibía ceremoniosa y afectuosamente, su esposa traía café o un jugo o un refresco y nos dejaba solos. Me decía que no quería contarme mucho sobre su edad en flor, porque lo acusarían de corruptor de la juventud y ya se sabía las que había pasado Sócrates con tal acusación. Nos reíamos mucho. Con él se podía hacer un magnífico taller de lectura. A mí, siempre renuente a leer mis poemas en voz alta, no me daba vergüenza hacerlo ante él. De ese tiempo salvé muy pocos poemas. Debo de haber torturado al maestro con mis garabatos. Pero era un hombre muy complaciente y nunca me dijo ni una sola frase hiriente.

Félix Pita Rodríguez era un caballero aun cuando hablase mal de sus coetáneos. Nunca hacía sentir a nadie inferior ante su presencia. Antes bien, ofrecía confianza, él no estaba sentado en un trono, sino en una silla corriente, no se ponía en pose, le gustaba que le preguntásemos por su vida antes de la Revolución, pero narraba historias que parecían cuentos. Su estancia francesa, su periplo en México eran agradables relatos que matizaron mis veinticinco años. Por la época conocí muchos poetas, entre 1975 y 1985, pero mi modelo era Félix, yo quería escribir como él, pero no ser él. Vi de lejos a Guillén, pero nunca me acerqué, quizás si influido por los comentarios no bonitos que  sobre él me hacía Félix. Conocí a Lezama unos años antes que a Félix, cuando lo visité en su casa de Trocadero junto a Jesús Barquet y Heriberto Pagés, ya yo había leído en mis 22 años su Paradiso, y Lezama era para mí un deslumbramiento perenne. Félix no podía corroerme ese altar.

Solo Samuel Feijóo se situaba entonces en la misma dimensión del respeto que sentía por Félix. Se lo comenté varias veces y hacíamos cuentos de las locuras feijoseanas. Resulta que Pita Rodríguez sentía también un inmenso respeto por “el loco Feijóo” que “se disfraza de guajiro”, decía, porque en este mundo hay que disfrazarse de algo para sobrevivir.

Yo le leí en una ocasión mi poemita “Hogar”, soneto que imitaba un poco su poema “Mi casa”, sonrió y no me dijo nada. En otra ocasión tuve que reunirme con él, porque junto con Raúl Luis, éramos jurados del Concurso 13 de Marzo de Extensión Universitaria. Él ya estaba bien mayor, con muchas dificultades para leer, y me pidió que yo llevase diez finalistas y se los leyese todos. Así hice, pero me pidió que le expusiera mi orden de preferencias. Sin el menor reparo a la diferencia de edad y de jerarquía literaria, se acogió a los dos libros que yo llevaba como premios, ya antes conversado con Raúl Luis. Era de una proverbial modestia, y esa modestia jugaba con sus momentos egocéntricos, que más bien parecían disparos infantiles, sin malicia. Solo me pidió entonces que incluyera en las menciones a una joven que lo había visitado, su libro no poseía valores literarios, pero ella era muy joven y había que estimularla. La verdad es que no me gustó aquel acto de generosidad, yo era más rígido que él en las valoraciones. Pero se hizo como él deseaba.

Tras la muerte de su esposa, sobrevinieron algunos momentos tensos en familia, se casó luego con Ángela de Mela y me consta la devoción con que ella atendía al anciano poeta, que le llevaba cómodamente poco más de 40 años. Él se sentía feliz, hacía chistes con la diferencia de edad, una vez hizo uno muy picante en presencia de la dama-poeta, ella se ruborizó y se retiró con una sonrisa. Al rato nos trajo una limonada y Félix reaccionó con deferencia y cariño. Me parece que fue la última vez que lo visité, casi no podía andar y nos sentamos en la terraza, en un portalón del patio de su casa. Pero la imagen que de él me queda más viva es la del interior de su despacho, donde me recibía casi siempre.

Todavía siento claramente su voz. En Tarot de la poesía tiene un poema que me lo recuerda de cuerpo entero: “Lo malo no es morir”, un poema que no deja de ser bien machadiano. Conversamos sobre esto, sobre Antonio Machado. Él me dijo una vez que Machado, como Pessoa, era mucho más que un solo poeta, por eso tuvieron que inventar heterónimos y que, como él mismo, podían conversar con otros ausentes o inventados. Su “Contribución al estudio de la bruma”, dedicado a su amigo Gustavo Eguren, es una alusión a sus “amigos”, de los que él reinterpretaba poéticamente sus biografías, como Nerval, Piranesi, Ucello, Blake, Nostradamus, Rimbaud, Hölderlin, Lautreamont, sus “Pobres amigos”, gente extraña, bien dadas a lo esotérico y a tener vidas harto complicadas, locos unos, alucinados, dialogantes con lo inexistente, con fantasmas, o con un promisorio Más Allá. Recuerdo a Félix indagando en mi presencia sobre a dónde van las escaleras de Piranesi, sobre qué quería en verdad Rimbaud, sobre la vida disoluta de Villon…

Ese es el Félix Pita Rodríguez que me gusta recordar, no por sobre el otro militante revolucionario, el hombre que sin miedo se fue a apoyar a la República española, ya desatada la Guerra Civil, al que apoyó con toda su fuerza de gran escritor a la Revolución Cubana, el que se iba a las trincheras a decir poemas, el “cronista de su tiempo”, el comprometido con Vietnam y su pelea libertaria, el que amaba la vía socialista en busca de un estadio mejor, más justo y equitativo para la raza humana. El viejo-joven Félix Pita Rodríguez ahora fantasma, me mirará ahora mismo con gozo, si puede hacerlo, agradecido porque lo recuerde así en su pronto centenario.
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600