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Garabatear lo vivido,
dice Aleida en la
introducción de su libro
Evocación. Y uno
se sorprende que una
vida así, un camino tan
largo, tan doloroso y
trascendente, tan íntimo
y jubiloso, pueda ser
contado con tanta
vehemencia y sinceridad
cuando lo vivido no nos
pertenece porque es
patrimonio de todos.
Aleida March, en esta
obra que ahora Ediciones
Unión pone en las manos
de los lectores, sale de
su proverbial silencio
con profunda modestia
condensando tiempo y
espacio para dejar un
testimonio que revela no
solo las cualidades del
hombre que durante años
estuvo a su lado, sino
las suyas propias. Si es
verdad que ese hombre,
ejemplo de humanismo y
entrega, está vivo en
estas páginas, ella,
poseedora también de
cualidades excepcionales,
se muestra aquí en toda
su grandeza como mujer
de un siglo que marcó
para siempre el destino
de esta América nuestra.
El afamado encuentro
entre aquella joven
combatiente y el Che
marcó en su vida, como
ella misma confiesa "un
giro sin retroceso". De
esto se trata. Y Aleida
March, incorporada a la
lucha y consecuente con
sus principios y anhelos,
no vaciló en entregarse
a una causa que la puso
en contacto con una
mirada que luego ella
definió sin adjetivos,
pero con tierna emoción:
la mirada del Che. “Lo vi por la noche y
comenzamos a conversar”,
escribió. De inmediato le entregó 50 000 pesos
que llevaba y de
combatiente pasó a
guerrillera.
Guerrillera sin
aspiraciones románticas
sino con vocación civil
y política, pero que
encontró un faro en el
camino.
Ese faro que destelló
luego por el planeta y
que hoy sigue alumbrando
la ruta que José Martí
llamó del bien, y que la
hizo revivir con
nostálgica remembranzas
aquella novela de la
austriaca Vicky Baum
El ángel sin cabeza,
una de sus primeras
lecturas románticas.
En el macizo montañoso
del Escambray, bello
paisaje bucólico,
propicio para el
embrujo, se produjo el
encuentro que según ella
nada tuvo que ver con
cuentos de hadas y
príncipes encantados. El
año 1956 fue decisivo
para la futura
guerrillera. Leyó y
estudió con pasión La
historia me absolverá
y sintió que en ese
alegato se expresaban
todos sus ideales y el
derrotero a seguir para
conquistar la plena
dignidad de la patria.
Ya en el campo de
batalla la autora
realiza múltiples
acciones, viajes
inusitados y
enfrentamientos
riesgosos con el enemigo
que se ensañaba con los
combatientes.
Ernesto Guevara era una
leyenda que ella conocía
y que no sospechó que
iba a tocar con sus
manos.
Oscar Fernández Mell,
médico de la Columna, los
presentó.
Allí conoció a los
jóvenes Rogelio Acevedo,
Roberto Rodríguez, el
Vaquerito y a Harry
Villegas entre otros,
héroes o mártires de las
encarnizadas luchas con
el enemigo.
Así cuenta ella el
encuentro definitivo:
“Estaba sentada con mi
neceser de viaje en el
momento en que pasó el
Che y me invitó a
acompañarlo, diciéndome
vamos a tirar unos
tiritos conmigo”. Sin
dudarlo asentí y me
monté en el jeep para
literalmente no bajar
nunca más”.
Los acontecimientos se
sucedieron luego como un
huracán. La guerra era
lo primero, pero el amor
fue el incentivo que la
ayudó con una fuerza
mayor, invencible, capaz
de vencer todas las
tribulaciones y
contiendas.
Seguridad, apoyo,
confianza en sí misma y
una admiración
incontenible que
trascendía cualquier
sentimiento pasajero.
Esa era la impronta que
el Che iba marcando en
ella.
El jefe se tornaba ya en
el hombre que le leía
poemas y a quien ya ella
con su pañuelo de gasa
le cubrió el brazo por
si lo herían, un
cabestrillo amoroso al
decir del Che.
Ella le fue leal y
constante y lo acompañó
para protegerlo, “estaba
confiada quizá, en que
con mi presencia lo
lograría”, escribió.
Finalmente y ya en La
Cabaña, el Che entró
descalzo y silencioso a
su habitación donde se
consumaba, según ella
misma relata en este
libro, un hecho más que
real y que en tono de
broma el Che calificó
como el día de “la
fortaleza tomada”.
En realidad ese día fue
posible porque en el
fragor de los
acontecimientos ya ella
estaba vencida por el
amor y así de simple se
rindió sin dar batalla
alguna para entrar a la
historia de este
continente no ya como la
guerrillera estanciero,
sino como la compañera
amorosa del hombre más
legendario del siglo XX:
Ernesto Che Guevara.
Lo demás es historia
viva. Un Che íntimo
visto por los ojos de
una mujer que lo supo
admirar, respetar y amar
y a quien le legó el
fruto de sus hijos y sus
nietos, herederos de una
estirpe fraguada en la
lucha por un mundo mejor
que solo se conquista
con el sueño que
llevaron a la realidad
hombres como el Che.
Tomen este libro como un
documento sensible y
personal, y vean en él
la lealtad a la causa
mayor del ser humano: la
búsqueda de la libertad
a través de los más
puros sentimientos del
amor. |