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Empezaré con una
obviedad: lo peligroso
de la así llamada
"información" —lo que
hace necesario un
contrapunto alternativo—
no es que la información
sea mendaz o
manipuladora ni que esté
al servicio de intereses
espurios sino el hecho
de que, mendaz y
manipuladora y al
servicio de intereses
espurios, sea “creíble”.
La pregunta que hay que
hacerse es, por tanto,
la siguiente: ¿cómo se
construye un marco de
credibilidad en general?
¿Cómo se construye un
marco de credibilidad
bajo el capitalismo?
Al menos por cinco vías:
1. Digamos que de la
misma manera que los
medios de destrucción se
justifican a sí mismos,
a condición de que sean
lo bastante
destructivos, los medios
de comunicación son
tanto más creíbles
cuanto mayor es el
número de personas a las
que potencialmente
pueden engañar. Matar
con un puñal es
inaceptable, horrendo,
delictivo; matar con
misiles, con bombas de
racimo, con una bomba
atómica, es más o menos
polémico o discutible y,
finalmente, justificable
y legítimo. Igualmente,
el grito a viva voz en
un espacio público tiene
siempre algo teatral o
molesto; pero si uno
coge un altavoz empieza
a volverse más o menos
serio; si uno tiene un
periódico comienza a
hacerse oír; y si uno
tiene diez periódicos y
cuatro televisiones
entonces se pone fuera
de toda sospecha. El
medio público, en la
medida en que es público
y tanto más cuanto más
público sea, está
investido ya de una
autoridad fiduciaria
artefacta que se impone
al margen del discurso y
que es difícil de
cuestionar. La
declaración de un
enamorado en la
intimidad de una
habitación puede sonar
falsa; una declaración
pública de Bush tiene
siempre algo sincero,
claro, convincente, y
habrá que pensarla
después
―en
un acto ya secundario,
un poco forzado y
artificial―
para desmentirla. Pero
esto quiere decir
naturalmente que, bajo
el capitalismo, el
acceso a los marcos de
credibilidad artefactos
está sujeto a severas
restricciones económicas
que determinan que en
nuestro mundo solo
puedan ser creídos los
mentirosos, los
malvados, los ricos, los
poderosos o, lo que es
lo mismo, los dueños de
los medios de
destrucción.
2. Como consecuencia
inmediata del punto
anterior, podemos decir
que a mayor libertad de
información mayor
credibilidad. Decía el
poeta Mattew Arnold que
"si los periódicos que
uno lee puede decir lo
que quieran, uno tiende
a creer que está bien
informado". Pero es
necesario explicar
enseguida esta frase.
Conviene distinguir de
entrada entre libertad
de expresión y libertad
de información. La
libertad de expresión
pertenece al ámbito
privado y puede ser más
o menos desbocada, pero
nunca objeto de
planificación
institucional. Todos
somos más o menos libres
de decir lo que
queramos, a condición de
que lo escuche poca
gente (nuestra familia,
nuestros compañeros de
parranda, nuestros
novios, los miembros de
nuestro club). Como el
ámbito privado está
interferido por toda
clase de relaciones de
poder, ocurre que, bajo
una dictadura, uno tiene
miedo de alzar la voz en
un café; y bajo un
patriarcado una tiene
miedo de llevar la
contraria a su marido; y
bajo una cultura racista
uno finge estar de
acuerdo con los blancos.
En todo caso, el
mecanismo que limita la
libertad de expresión es
siempre la
"autocensura", que en
unos casos es buena y en
otros no: entre un
superego razonable
(condición del
reconocimiento social) y
un silencio aterrorizado
cabe una modulación casi
infinita en la intimidad
de relaciones sociales
muy variadas y
desigualmente negativas.
En este sentido, la
revolución de internet
consiste en que ha
ensanchado sideralmente
el campo de la libertad
de expresión al tiempo
que ha erosionado, para
bien y para mal, los
confines entre libertad
de expresión y libertad
de información. En la
misma dirección, cabe
también añadir que esta
frontera viene siendo
sistemáticamente borrada
desde hace años por una
cultura mercantil,
impuesta desde los
medios de comunicación,
en virtud de la cual el
campo de la expresión
invade, y suplanta, el
campo de la información:
y acabamos leyendo en un
periódico o escuchando
en televisión palabras
que solo deberían
pronunciarse en un café,
en un club, en un
dormitorio, cuando no
exclusivamente en el
recinto cerrado de la
propia cabeza. Al
contrario que la
libertad de expresión,
la libertad de
información pertenece al
espacio público, al que
solo se puede acceder a
través de ciertos medios
de producción y ciertas
mediaciones
tecnológicas. Por eso,
de la misma manera que
la libertad de expresión
es en realidad libertad
de autocensura, la
libertad de información
es en realidad libertad
de censura. Creo que,
expuestas de esta
manera, se entienden
mejor las cosas. Ciertos
órganos, ciertas
instituciones, ciertos
colectivos, reciben del
estado el derecho
soberano a censurar
públicamente un número
casi ilimitado de voces.
La teoría liberal
pretende que la
multiplicación de los
órganos de censura es
precisamente la que
garantiza la
comparecencia de una
pluralidad completa. Eso
será bajo el socialismo.
Porque bajo el
capitalismo, el estado
delega el derecho de
censura, no en manos de
ciudadanos libres o, en
el extremo, de partidos
y colectivos civiles,
sino de grandes
multinacionales que son
las que, directa o
indirectamente, redactan
los periódicos y
programan las cadenas de
televisión. Los mismos
que deciden quién come y
qué comemos, quién puede
beber y qué bebemos,
quiénes van a matarse y
con qué armas, quién
puede ir al colegio y
qué estudiamos, quién
puede tener una casa y
dónde vivimos, quién
puede llevar zapatos y
cómo nos vestimos, son
los que deciden quién
puede hablar y qué
escuchamos. La paradoja
de Arnold dice en
realidad lo siguiente:
mientras las fuerzas que
destruyen el planeta
puedan expresarse
libremente, nosotros
seguiremos sintiéndonos
libres, protegidos y
satisfechos.
3. Una tercera fuente de
credibilidad tiene que
ver con el formato. Las
portadas de los
periódicos del siglo XIX
estaban divididas
verticalmente en dos
secciones: arriba se
enunciaban los titulares
de las noticias; abajo
se incluía un capítulo
de esas novelas por
entrega que hicieron
famosos en Francia a
Eugene Sue y Balzac y en
Inglaterra a Dickens. El
resultado es que, a
fuerza de compartir el
espacio, la frontera
entre la información y
el relato se borraba o
amortiguaba y las
noticias acababan por
adoptar casi sin querer
un registro narrativo.
Hoy no es la narración
lo que domina la
información sino la
publicidad. No solo
porque los periódicos y
las televisiones son en
realidad tablones de
anuncios donde las
grandes empresas cuelgan
sus reclamos comerciales
sino porque la mayor
parte de la información
es publicidad encubierta
o funciona de esa
manera. El marco de
credibilidad por
excelencia en nuestras
sociedades de consumo
generalizado es
precisamente el reclamo
publicitario, que
concentra por lo demás,
como he dicho otras
veces, toda la fuerza
creativa, vanguardista,
estéticamente rupturista
que en épocas mejores se
asociaba a las
vanguardias
revolucionarias. Hoy la
información no imita al
folletín novelístico
sino a un anuncio de la
casa Nike o a una cuña
publicitaria de
Coca-Cola o Sony. De tal
manera este formato (que
he llamado otras veces "gag
visual") es hasta tal
punto creíble y
publicitario al mismo
tiempo que, por ejemplo,
el tratamiento
periodístico de la
ocupación de Iraq (con
todas esas explosiones
magníficas, incendios
fabulosos y grandes
carros blindados
avanzando por las calles
de Bagdad) ha servido
básicamente, sirve
básicamente, para que
nos entre hambre y sed;
es decir, para beber más
Coca-Cola y comer más
hamburguesas. Las
imágenes de los
invasores
estadounidenses en sus
automóviles
inexpugnables ha
aumentado la venta de
Humvees y carros 4-4 en
Europa y EE.UU. Cuanto
más se parece una
noticia a un anuncio
publicitario, cuantas
más provoca las ganas de
ir al supermercado, más
creíble resulta.
4. Por todo ello, y en
cuarto lugar, las únicas
fuentes periodísticas
que uno acepta como
autorizadas son aquellas
que promueven o
respaldan la
reproducción de estos
mecanismos de
credibilidad general. Es
decir, las fuentes de
los medios de
comunicación oficiales
suelen ser tautológicas,
en el sentido en que lo
es la fe religiosa de un
creyente: Dios existe
porque lo dice La
Biblia, que es la
palabra de Dios, que
está recogida en La
Biblia. La realidad
existe porque lo dice
El País, que es la
fuente original de la
noticia, que está
recogida en El País.
La acumulación de
espacio público, la
libertad plena de
censura y el formato
publicitario concurren a
convertir al medio en su
propia fuente de
legitimidad y
credibilidad, lo que
permite que los lectores
acepten con toda
naturalidad, por
ejemplo, la defensa que
el grupo PRISA hace de
sus intereses en América
Latina como la realidad
misma de lo que ocurre
en Venezuela, Bolivia,
Cuba o Ecuador. Este
carácter tautológico de
la credibilidad
determina asimismo que
aceptemos como "fuentes
autorizadas" a los
verdugos —EE.UU. o
Israel— cuando se trata
de informar acerca de lo
que pasa en Iraq,
Afganistán y Palestina.
5. El escritor argentino
Adolfo Colombres me
decía hace poco una
frase que merece
reflexión: "el poder no
grita". Es verdad. El
poder se autolegitima y
no tiene que elevar la
voz; la justicia no y
por eso la justicia
tiene que gritar. Pero
al gritar declara su
impotencia y se vuelve
increíble y hasta
grosera, inculta,
antiestética. Cuanto más
baja la voz el poder,
más creíble parece y más
obliga a gritar a la
justicia, que de esta
manera —chillona y
pataleante— se vuelve
menos creíble. Los
"manuales de estilo" de
El País o de
The New York Times
recogen los
procedimientos de
modulación de la voz de
un poder que no se
siente amenazado. Cuando
el poder no se siente
amenazado, no necesita
gritar y puede extender
la libertad de
información casi
ilimitadamente, de
manera que su
credibilidad y su
legitimidad no dejan de
aumentar. Los grandes
medios de comunicación
rompen los cristales y
hacen añicos las
defensas mentales sin
alzar nunca demasiado la
voz.
Mediante estos
mecanismos de
construcción, exteriores
a los discursos, los
marcos de credibilidad
se acreditan a sí mismos
al mismo tiempo que
desacreditan toda
potencial alternativa.
La mentira organizada
toma la apariencia de
verdad y en el mismo
gesto vuelve increíble
la verdad. Es lo que he
llamado en otra ocasión
la maldición de Casandra,
el personaje mitológico
que anunciaba siempre la
verdad pero al que nadie
creía porque Apolo,
resentido y despechado,
le había escupido en la
boca. El marco de
credibilidad dominante
desacredita y vuelve
increíbles los medios
llamados alternativos.
Por eso hay que pensar
bien cuáles son nuestras
fuerzas y qué podemos
hacer con ellas.
Debemos preguntarnos:
¿Cómo se destruye un
marco de credibilidad?
¿Cómo se construye uno
nuevo en el que la
verdad, además de
verdadera, sea creíble?
La situación es hoy
quizá menos desesperada
que hace algunos años.
Como los marcos de
credibilidad no se
construyen desde el
discurso sino desde el
exterior, es necesario
amenazar materialmente
esas fuentes de
legitimidad, que son al
mismo tiempo económicas,
políticas y culturales.
En algún sentido eso ya
está ocurriendo. Los
procesos emancipatorios
en América Latina, los
excesos imperialistas en
el mundo musulmán y las
resistencias que han
generado, la crisis
económica y el temor a
formas articuladas de
contestación política,
han minado el marco de
credibilidad dominante.
Los grandes medios
violan sus manuales de
estilo cada vez más a
menudo. Oímos gritar a
El País;
escuchamos chillar a
The New York Times.
La libertad de
información debe ser
restringida o filtrada
con más rigor, o incluso
criminalizada y
perseguida, y no solo en
la periferia
capitalista, donde
periodistas y
sindicalistas siempre
han sufrido las
consecuencias
sangrientas de que sus
discursos, al contrario
de lo que ocurre en las
metrópolis, “tengan
efectos reales”. Todo
esto son señales de que
los andamios exteriores
de la credibilidad
capitalista no son tan
firmes como hace algunos
años. En virtud de la
ley de dependencia
binaria arriba
anunciada, a mayor
legitimidad de los
marcos dominantes de
manipulación organizada
mayor descrédito de los
medios alternativos de
la justicia gritona y,
en consecuencia, a mayor
descrédito del marco
dominante, ya bastante
chillón, mayor
credibilidad de la
contrainformación
emancipatoria. Los
medios alternativos
deben aprovechar este
momento, comprendiendo
en todo caso que la
construcción de un nuevo
modelo de credibilidad
solo puede ser
simultánea al derribo
desde el exterior del
marco dominante; y que
si los medios
capitalistas no se han
construido mediante
discursos y desde los
discursos, los medios
socialistas solo serán
verdaderamente creíbles
y verdaderamente libres
cuando haya verdadera y
materialmente
socialismo.
Palabras
para el Panel sobre contrainformación
realizado durnate la
XVIII Feria
Internacional del Libro, La Habana 2009. |