Año VII
La Habana

7 al 13
de MARZO
de 2009

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Una singular aventura fílmica

Pedro de la Hoz  • La Habana

Foto: Cortesía de Cubaliteraria


Una mañana de 1989, mientras batía una suave brisa sobre las ventanas del apartamento que el escritor ocupaba a unos pasos de la costa habanera a la altura de Miramar, Félix Pita Rodríguez, con su lengua desatada de buen humor, me dijo cuando le pregunté por qué sus historias, tan gráficas e imaginativas, no habían llegado al cine: “Porque las palabras de un contador de cuentos no caben en la pantalla. Tendría que encargarme personalmente de la película o por lo menos escribir el guión”.
 

Por entonces tenía yo solo una vaga idea de que alguna vez un cuento de Félix había merecido una versión cinematográfica, algo que me parecía poco congruente con la trayectoria de un hombre que, además de reconocido poeta y narrador, se había ganado dignamente la vida como libretista de radio y televisión.

El divorcio de Félix con la pantalla era mucho más elocuente cuando sabíamos, por ejemplo, que en la década de los 60, otros escritores en plena sazón creadora, como Onelio Jorge Cardoso, José Soler Puig y Edmundo Desnoes, habían colaborado como guionistas con la nueva cinematografía cubana.

Años después accedí a un dato: en 1954 la producción mexicana Pueblo, canto y esperanza, conformada por tres historias, incluyó una versión del cuento “San Abul de Montecallado”, narración que dio título al medular libro que vio la luz en 1945, también en México.

Al descubrir más tarde la película, comprendí lo que había dicho el autor de Las crónicas. La utilización de un cuento suyo, por demás antológico, como punto de partida para una adaptación fílmica, no había sido muy feliz que digamos.

Pueblo, canto y esperanza juntaba, bajo una visión pintoresca, tres historias: una cubana, una colombiana y una mexicana. La cubana, obviamente, era la de Félix, pero recontada a la manera de dos guionistas, los mexicanos Gabriel Ramírez Osante y Leonel Guillermo Prieto, con tintes gruesos, a tono con los tópicos de la comedia folclórico-costumbrista que debía venderse en la pantalla.

El hueso de la trama argumental saltaba a la vista: la negativa del párroco de Montecallado, el padre Asciclo, a bautizar a un niño negro con el nombre de Abul, por no ser este un patronímico cristiano, deriva en un trato discriminatorio hacia este último, hasta que ya joven y casado, Abul incita al cura a la búsqueda del santo correspondiente, hallado para sorpresa de muchos en medio de un sembradío. A los guionistas les pareció bien un añadido: la gula irrefrenable que hasta entonces padecía el párroco se esfumó tras el inusitado descubrimiento.

Sin embargo, faltaba la sutileza. En el prólogo a la colección de cuentos, el prominente intelectual cubano escribió: “Es fácil advertir que el niño terrible que es Pita Rodríguez está sacándole la lengua a la gravedad de las instituciones burguesas, con el gesto suavemente irónico de su San Abul de Montecallado”.

El director del cuento de Félix, sin embargo, no era cualquiera. Julián Soler (1907–1977), hermano de dos recordados actores, Domingo y Andrés, contaba ya con más de una decena de largometrajes facturados, entre ellos Imprudencia (1943) y las comedias ligeras Me ha besado un hombre (1944) y Los tres alegres compadres (1951). Y en el papel del párroco actuaba Joaquín Pardavé (1906–1955), uno de los rostros más característicos del cine mexicano de la época, secundado por el inefable comediante cubano Carlos Pous y el hondureño Juan José Laboriel.

En realidad, Pueblo, canto y esperanza se diseñó para que en el cuento mexicano resaltara la popularísima figura de Pedro Infante. Y el carismático cantante y actor se robó el show de la película. San Abul no era el plato fuerte.     

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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