Una mañana de 1989, mientras
batía una suave brisa sobre las
ventanas del apartamento que el
escritor ocupaba a unos pasos de
la costa habanera a la altura de
Miramar, Félix Pita Rodríguez,
con su lengua desatada de buen
humor, me dijo cuando le
pregunté por qué sus historias,
tan gráficas e imaginativas, no
habían llegado al cine: “Porque
las palabras de un contador de
cuentos no caben en la pantalla.
Tendría que encargarme
personalmente de la película o
por lo menos escribir el guión”.
Por entonces tenía yo solo una
vaga idea de que alguna vez un
cuento de Félix había merecido
una versión cinematográfica,
algo que me parecía poco
congruente con la trayectoria de
un hombre que, además de
reconocido poeta y narrador, se
había ganado dignamente la vida
como libretista de radio y
televisión.
El divorcio de Félix con la
pantalla era mucho más elocuente
cuando sabíamos, por ejemplo,
que en la década de los 60,
otros escritores en plena sazón
creadora, como Onelio Jorge
Cardoso, José Soler Puig y
Edmundo Desnoes, habían
colaborado como guionistas con
la nueva cinematografía cubana.
Años después accedí a un dato:
en 1954 la producción mexicana
Pueblo, canto y esperanza,
conformada por tres historias,
incluyó una versión del cuento
“San Abul de Montecallado”,
narración que dio título al
medular libro que vio la luz en
1945, también en México.
Al descubrir más tarde la
película, comprendí lo que había
dicho el autor de Las
crónicas. La utilización de
un cuento suyo, por demás
antológico, como punto de
partida para una adaptación
fílmica, no había sido muy feliz
que digamos.
Pueblo, canto y esperanza
juntaba, bajo una visión
pintoresca, tres historias: una
cubana, una colombiana y una
mexicana. La cubana, obviamente,
era la de Félix, pero recontada
a la manera de dos guionistas,
los mexicanos Gabriel Ramírez
Osante y Leonel Guillermo
Prieto, con tintes gruesos, a
tono con los tópicos de la
comedia folclórico-costumbrista
que debía venderse en la
pantalla.
El hueso de la trama argumental
saltaba a la vista: la negativa
del párroco de Montecallado, el
padre Asciclo, a bautizar a un
niño negro con el nombre de Abul,
por no ser este un patronímico
cristiano, deriva en un trato
discriminatorio hacia este
último, hasta que ya joven y
casado, Abul incita al cura a la
búsqueda del santo
correspondiente, hallado para
sorpresa de muchos en medio de
un sembradío. A los guionistas
les pareció bien un añadido: la
gula irrefrenable que hasta
entonces padecía el párroco se
esfumó tras el inusitado
descubrimiento.
Sin embargo, faltaba la
sutileza. En el prólogo a la
colección de cuentos, el
prominente intelectual cubano
escribió: “Es fácil advertir que
el niño terrible que es Pita
Rodríguez está sacándole la
lengua a la gravedad de las
instituciones burguesas, con el
gesto suavemente irónico de su
San Abul de Montecallado”.
El director del cuento de Félix,
sin embargo, no era cualquiera.
Julián Soler (1907–1977),
hermano de dos recordados
actores, Domingo y Andrés,
contaba ya con más de una decena
de largometrajes facturados,
entre ellos Imprudencia
(1943) y las comedias ligeras
Me ha besado un hombre
(1944) y Los tres alegres
compadres (1951). Y
en el papel del párroco actuaba
Joaquín Pardavé (1906–1955), uno
de los rostros más
característicos del cine
mexicano de la época, secundado
por el inefable comediante
cubano Carlos Pous y el
hondureño Juan José Laboriel.
En realidad, Pueblo, canto y
esperanza se diseñó
para que en el cuento mexicano
resaltara la popularísima figura
de Pedro Infante. Y el
carismático cantante y actor se
robó el show de la
película. San Abul no era el
plato fuerte. |