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¿No es acaso esa
fuerza invencionera de la
poesía,
la que trapa con garra más
segura a la realidad perdida,
a la verdad que nos rehúye y no
quiere dejarse apresar?
Félix Pita
Rodríguez. De sueños y
memorias. p. 138-139
Estructurado a partir de cinco
amplias secciones (“Poetas”,
“Sobre libros”, “Plástica”,
“Páginas sobre Vietnam” y “Otras
páginas”), este libro explicita
y desarrolla algunas de las
claves temáticas visibles en el
autor de Historia tan natural
(1971) y Elogio de Marco Polo
(1974). Es un índice donde están
resueltas, por la vía del ensayo
y el comentario libre, las
numerosas preocupaciones de
Félix Pita Rodríguez en el
ámbito de la literatura y otros
terrenos.
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En la pregunta que inaugura esta
nota se halla una especie de
recurrencia que define a la
selección de los trabajos
agrupados bajo el título de
De sueños y memorias. Una
especie de lugar a donde Félix
Pita Rodríguez, el ensayista, el
rememorador, arriba para
conseguir la esencia de las
cosas. La pregunta surge dentro
del intento de apresar el
contorno de Giambattista
Piranesi tras la observación de
sus grabados. La meta es la de
reconstruir al genial italiano,
al profundo español de Juan de
Mairena, al poeta Villón, al
chileno del Canto general,
al hindú también pintor que
escribió El cartero del Rey
o al cubano Regino Pedroso. El
singular objetivo cuyo valor
legítimo constituye, sobre todo,
la posibilidad del rescate, del
acercamiento de esos autores al
presente desde el cual se
escribe, alcanza a Nazim Hikmet
y a Miguel Hernández al
demostrar cómo la vida se
inserta, con dolor y jubilosa
temporalidad, en la literatura.
Alcanza también al peruano César
Vallejo, a Rafael Alberti, al
joven muerto Rolando Escardó. El
propósito singular se abre, pues
luego de extensas retrospectivas
al signo social del poeta. En
ese instante ocurre una
revelación de Félix Pita
Rodríguez: hay en todos ellos
una trasmisión de lo vital en lo
lírico. Lo que media entre ambos
puntos es, ciertamente, algo que
suele llamarse el misterio de la
creación, la labor nocturna del
creador. Gestación y
alumbramiento representan la
inquietud de Félix Pita, y van
sumadas a la sugerencia que
logra atisbar en cada autor.
Son especialmente incisivos los
textos que abordan, de manera
general, la obra del fotógrafo
José Tabío, los usos del espacio
en Eduardo Abela, las formas de
René Portocarrero, el color en
Amelia Peláez y las
inseparables, persistentes
relaciones que existen entre el
Carlos Enríquez pintor y el
Carlos Enríquez novelista. Desde
una brillante y equilibrada
prosa, no exenta de la
indagación poética, Félix Pita
Rodríguez ensaya la reflexión
que se deja conducir con la
habitual ligereza de lo aún
indefinido. Sin embargo, el
lector tiene la impresión, por
demás ostensible a lo largo del
libro, de que el autor,
dispuesto ya a escribir, solo
cuenta con las más esenciales
ideas, los más nítidos y no por
ello necesariamente decisivos
perfiles de su objeto de
estudio. De tal suerte se apoya
en un conocimiento directo donde
lo testimonial cobra fuerza y
deviene elemento favorecedor.
Mas existe otra manera de buscar
y expresar el conocimiento, que
en estos trabajos halla una
manifestación coherente y
complementadora: la pesquisa
intuitiva. Nos parece del todo
lícito afirmar que ella, sin
sentirse en modo alguno
dependiente de un sistema
categorial apropiado para la
investigación
artístico-literaria, incurre en
una deliberada y al mismo tiempo
necesaria visión imaginativa de
los fenómenos poéticos.
Los mejores momentos de este
volumen constituyen una biopsia
afectiva. No es menester pensar
en si la definición es o no
ortodoxa, pero vistos los
resultados concretos, diríamos
que se trata de “la objetivación
de una postura crítica cargada
de honestidad”. Semejante
intelección brota, asimismo, de
un deseo iluminador jamás
subvertido por la explicación
fría y concluyente. El autor
quiere ahondar en la sugerencia.
Le es dado conservar intacta la
zona misteriosa que impulsa y
justifica sus comentarios.
La realidad como ficción (la
índole polifórmica de ese
proceso que se opera desde la
primera hasta la segunda) es una
idea constante en los textos
sobre Vietnam. El escritor deja
ver su entusiasmo y ese
sentimiento ampara la diversidad
de la indagación. Es el
recuerdo, nuevamente, de lo
vivido, pero es también lo que
se escribe al pie de la
experiencia como registro del
mundo. Los trabajos sobre Ho Chi
Minh, su vida y su quehacer
literario, no solo acentúan lo
que nuestro siglo conoce del
dirigente vietnamita: insertan
al hombre en el ámbito cultural
de su pueblo, junto al hermoso
rebelde Nguyen Du y al niño
poeta Khoa.
Llaman de nuevo a reflexionar
las palabras de Félix Pita
Rodríguez cuando se refiere a la
“gestión descubridora de la
poesía”, no ya en su esencial
manera del acto creador al uso,
sino como “ingrediente
permisible, casi necesario, del
acto interpretativo”. Y llaman
la atención porque el autor es
consecuente cuando, sin extremar
la funcionalidad de sus
procedimientos, traduce el
sentido del aserto dentro de un
tema que solo en apariencia está
fuera de su alcance. La íntima y
visceral humanidad de Lenin se
torna discurso por la afirmación
de la vida, del hombre y de un
universo poblado de algo que no
escapa a la conjunción de lo
poético y lo social: el futuro.
Allí, desde ese punto de vista
dialécticamente aglutinador,
todo intento de apresar la
verdad contra el sentido
armonioso. Surge, entonces, la
evocación desde la nostalgia:
Volver los ojos hacia atrás en
busca del tiempo ido, es siempre
caminar hacia un manantial de
melancolías. Porque aunque no
sentenciemos con Jorge Manrique:
“Cualquier tiempo pasado fue
mejor”, es ley inexorable que
terminemos preguntándonos con
Francois Villón: “¿Pero dónde
están las nieves de antaño?” Y
la pregunta se nos vuelve entre
los dedos agua de aquel
manantial. (De sueños y
memorias, p. 271)
Si Lenin es el hacedor de una
metáfora social infinitamente
trascendente, entonces a Chéjov,
el escritor realista, el fino
escalpelo de la sociedad rusa
finisecular, puede vérsele a
través de un lente distinto, un
ángulo nuevo que involucra su
acercamiento al tiempo histórico
presente. Chéjov es, para Félix
Pita Rodríguez, nuestro
coetáneo, un ciudadano actual
que exhibe los poderes del más
cáustico y tierno enjuiciador.
El adjetivo que mejor califica
su producción es el de
universal, vigente. El autor
cubano lo sabe y su penetrante
ensayo es otra confirmación
valiosa.
Un breve texto final,
“Meditación sobre los títeres”,
cierra esta útil antología. Su
naturaleza ensimismada tiende a
aquella recurrencia que
mencionábamos al principio de
este trabajo. Como búsqueda
particular, “Meditación sobre
los títeres” es susceptible de
situarse en el conjunto de esas
aproximaciones elusivas que, en
una intención primaria, se
proponen definir lo medular de
“algo”. Sin embargo, el
comportamiento extraño y
zigzagueante de ese “algo”,
obliga al autor a trazar
diversos puentes e hilos
colgantes; una multitud de
pasadizos secretos que conjuran
la oscuridad de lo que se ansía
iluminar. Félix Pita Rodríguez
empieza la aventura reflexiva
desde los títeres, y su
meditación continúa hacia un
horizonte más vasto y exigente.
Termina, a nuestro juicio,
bordeando el asombro mismo de la
poesía.
De sueños y memorias
viene a completar, seria y
agradablemente, el contorno de
quien es ya, sin duda, uno de
los más significativos autores
de la literatura cubana.
* Tomado de De
sueños y memoria, en Anuario
L/L No. 17 (Serie Estudios
Literarios), pp.136-138, La
Habana, 1986.
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