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El año 2009 nos devuelve una vez
más a este gran cubano, aquel
jovencito de Bejucal, que con
tan solo 16 años ya se daba a
conocer en el Suplemento
literario del Diario de la
Marina. Me refiero a
Félix Pita Rodríguez.
Desde muy niño escribió hasta
una novela, después poemas y
relatos. Fue un increíble
autodidacta. Raimundo Lazo,
profesor y estudioso de la
Literatura Cubana e
Hispanoamericana, nos decía que
Félix “era uno de los más
vigorosos y personales
cuentistas de la época. Se
distingue por su limpieza,
objetiva estampa y vigor en la
narración. La disposición de las
situaciones y el natural
adiestramiento psicológico en el
ser de los personajes, es
admirable”.
No faltaba más, en 1946 obtuvo
el Premio Internacional
Hernández Catá, el más
prestigioso en narrativa, en
aquellos tiempos. Seis años
antes había regresado a la
Patria, después de recorrer
diferentes partes del mundo. Era
un bohemio, amante de las
aventuras, un trotamundos, como
lo definió Víctor Agostini. Los
viajes, sus lecturas, el
contacto constante con
intelectuales cubanos y de otras
latitudes, nutrieron su espíritu
y haciendo gala de su talento y
amplia capacidad imaginativa,
fue capaz de cultivar diversos
géneros literarios y dejar para
la posteridad tan honda huella.
Colaboró en periódicos y
revistas de Cuba y de otros
países y también en la radio y
la televisión; hasta incursionó
en el teatro, y en 1943 fue
elegido el mejor autor dramático
de nuestro país. Su amigo
Alejo Carpentier
había obtenido tan merecido
lauro el año anterior.
Importante suceso cultural y una
gran satisfacción para Pita,
resultó la presentación en La
Habana, de su obra El relevo.
Fue
Paco Alfonso quien la
dirigió, ese maestro de la
escena cubana, que hoy también
recordamos a 20 años de su
desaparición física.
Félix había tenido ya la
experiencia, en 1937, de haber
participado en el Congreso de
Intelectuales por la Defensa de
la Cultura durante la Guerra
Civil Española. En Cuba, se
vincula al Partido Socialista
Popular y dirige el magazine
dominical del periódico Hoy.
Después vuelve a viajar a Buenos
Aires y a Caracas, donde,
inmerso en múltiples actividades
periodísticas, recibe la noticia
del triunfo revolucionario. En
1959, de nuevo en la Patria,
participa activamente en la vida
cultural del momento, integra
jurados, entre ellos el de una
edición del Premio Casa, y
colabora con la UNEAC como
Vicepresidente y Presidente de
su Sección de Literatura.
Visita países socialistas y
traduce del francés textos
vietnamitas, especialmente el
Diario de Ho Chi Minh.
Premios y reconocimientos
nacionales y extranjeros
distinguen su obra. En 1985 le
otorgan el Premio Nacional de
Literatura y en 1986, por
Sueños y memorias, el Premio
de la Crítica. Textos suyos han
sido publicados en 12 idiomas.
Críticos e investigadores han
penetrado en su vasto quehacer
literario. El estudio de su
narrativa fue tema fundamental
para una Tesis de Doctorado
elaborada por Aimée González,
que fue presentada en la
Universidad Wilhem Pieck
de la antigua República
Democrática Alemana. Se
considera este trabajo el más
exhaustivo realizado sobre el
arte de narrar de este gran
soñador.
El Che y Vietnam lo conmovieron.
Expresaba: “Para nuestra
América, la literatura es una
vía para la liberación del
hombre, y esta no puede estar al
margen de la democratización de
la sociedad, de su desarrollo.
Hemos sido y somos críticos
participantes en el devenir
histórico de nuestra sociedad y
cada vez con mayor vuelo poético
en la literatura cubana y
estéticamente superior, si no,
ver la obra y la vida de Martí,
de Marinello, de Carpentier”.
Desde niño fue poeta. Francia le
dejó en la poesía la marca
surrealista, a tal punto que
según el también poeta y
ensayista Roberto Fernández
Retamar, “Félix es el único
representante de la poesía
surrealista en Cuba”.
Pero su devenir poético no solo
quedó en estas influencias.
Indudablemente, como decía
Carpentier, “el surrealismo fue
una escuela magnífica, un estado
de espíritu”. Una vez asumida
esa posición poética, Pita
Rodríguez se fue inclinando a
las vanguardias, con una
definición bien trazada por la
cuestión social. Transitó
después por los avatares
neorrománticos, hasta alcanzar
cierto tono metafísico, un tanto
filosófico y reflexivo en sus
versos. “Como soy un confeso
amador, decía, no puedo vivir ni
escribir sin amar”.
En estos momentos, quisiéramos
referirnos especialmente a su
producción amorosa. Recuerdo
cuando lo leía o lo escuchaba,
que la fuerza de su personalidad
me invadía. Notaba que jugaba en
el verso con sus lecturas, con
sus vivencias y fantasías, y así
aparece Salgari, Francois Villon,
Sandokan, o la mujer, o
simplemente la vida, con sus
seres e historias recreadas por
su asombrosa vitalidad
intelectual. Era un hombre muy
singular. A pesar de las
inevitables influencias epocales,
siempre percibí en él un sello
de originalidad que lo
resaltaba. No debemos apartar el
valor indiscutible de su poética
enérgica y valiente de Las
crónicas, poesía bajo
consigna. Al contrario,
apreciamos su voluntad acusadora
y su afán combativo que, por
cierto, contrasta
significativamente con el Pita
Rodríguez tierno, sensual,
apasionado, intimista, a veces
un tanto misterioso, el poeta de
Corcel de fuego, ese
libro publicado en 1948 que lo
sitúa como un singular creador y
que fue escrito durante sus
viajes por España y Marruecos,
con un tono intensamente lírico:
Hay un lago también, que vuelve
y vuelve, también,
bajo tu pecho. No sé. No
reconozco, no puedo, su reflejo.
Pero si alzas los párpados,
estás,
estás si vuelan, repitiéndose,
en el aire, tus dedos.
Cintio Vitier
encuentra a Félix Pita
Rodríguez, “en lo que hay más
allá o más acá de la lógica y el
sentimiento, lo que sobreabunda
en la capacidad asociativa de
las palabras. Idioma de suave
desvarío, a ratos telúrico, que
baja por las galerías del
sentido”.
Visiones, sueños, se internan en
sus Noches: en el
arabesco de mayor ternura, allí/
donde la oreja se pliega con
amor minucioso/ para que la rama
del cuello pueda proyectarse en
el espacio/ se establece en su
concha delicada la más tierna
nostalgia.
Nostálgico, a estribor de sus
manos, queda el mundo y este
verso elocuente de su poemario
Historia tan natural:
Sueño el cauce del pan, un carro
de manzanas, para dormir
mientras de pie interpreto/ mi
parte de este mundo.
Siente uno cuando lo lee, que no
se ha ido, que anda rondando
convenciéndonos, que “su oficio
es querer” y que persiste aún en
la idea de que la amada le
coloque “el mundo completo en su
bolsillo”.
De su texto “Tarot de la poesía”
son estos versos:
Uno quisiera a veces/comprarse
veinte granos de alegría,
o diez de buena paz, o de
silencio,
o quince, bien pesados, de
esperanza o de olvido
Audaz, latente en su modernidad,
más acá de la muerte,
premonitorio: Desconfía.
En las horas del alba, sobre
todo/ recordar el futuro es
arriesgarse a vivirlo de nuevo.
Y ya estás en el futuro, que es
hoy, tu aniversario, en lo más
alto del corazón de Cuba y del
mundo que te vio transitar:
Si se pudiera inventar/ la vida
cada mañana/ ¡Qué alegría
despertar/ encontrarla nuevecita/
y sin usar!
Sin duda, hay en Pita Rodríguez
una juventud sembrada en sus
honduras. Casi arribando a los
80 años, escribía con la misma
intensidad con que lo hacía en
sus primeros tiempos. En el
poemario El velero en la
botella, el amor le sobra
para mover el tiempo. Pedro
Oscar Godínez escogió algunos
poemas de este último libro,
para integrar una selección de
la poesía de amor que titulada:
Proyectos del lirio, que
publicó en 1988 y que tuvo una
nueva edición en el 1992. Un
texto donde una tierna
sensualidad aflora radiante y
persiste.
Esa paloma triste y malherida
con las alas quebradas, sin
aliento
para seguir volando, era la vida
La levantó tu sueño contra el
viento
a volar decidida.
Sigues, “A estribor de tus
manos” y sueñas “lo que duerme
más allá de los ojos”. De
pronto, hay cosas que ni los
poetas pueden explicarse. Van
más allá de la vida cuando “es
buen obrero el corazón”. Como
expresó en una ocasión Juan
Marinello, un centenario es “un
compromiso y una perspectiva”.
Tú también Félix, cien años
después, te mereces una de tus
Noches, y nosotros también nos
la merecemos, porque tú estás
registrado en la eternidad por
la fuerza de las estrellas, como
Nostradamus, comienzas cada día
a trasvasar el oscuro vino de
los planetas y con las dulces
lámparas de tus sueños,
anhelante de aparición, una vez
más, nos despiertas.
Tomado de Cubarte. |