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Los Van Van no solo es
una orquesta. Es una
potencia musical, un
icono de la cultura
sonora de nuestro
tiempo. Claro que no
puede faltar el espacio
desde el que se empina
—una isla bendecida por
una larga tradición— y
el contexto cultural
donde sus virtudes se
califican —un
crecimiento vertiginoso
a escala internacional
de la industria de la
música y los
espectáculos, una
imposición de patrones
de consumo que ha
adquirido una dimensión
global, y el predominio
de escalas de valores en
la que muchas veces
importan más las
apariencias que las
esencias.
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Pero ni el peso de la
tradición —que puede
enquistar voluntades
innovadoras— ni las
veleidades de la moda
—que suele abaratar los
quilates del talento—
han desdibujado el
perfil que Juan Formell
se trazó 40 años atrás
cuando Los Van Van
salieron al ruedo. Raro
y vigoroso ejemplar este
de orquesta que no ha
dejado de tener al menos
un tema en el candelero
popular o en la vitrina
mediática de manera
ininterrumpida en esas
cuatro décadas, que
mueve el fervor de las
multitudes desde Baracoa
hasta Guane y desde Los
Ángeles hasta Fukuoka,
que causa avidez en los
mercados con tan solo
anunciar una novedad
discográfica, y a la
vez, abre caminos
inéditos a la música
bailable, articula una
coherente dialéctica
entre los saberes
heredados y las
propuestas emergentes, y
consigue enlazar su
identidad y la de su
pueblo con una vocación
universal que expresa y
hasta anticipa los
cambios del espíritu de
la época.
En 2004, cuando comenzó
a circular Chapeando,
formulé en La
Jiribilla dos
preguntas retóricas:
¿tienen algo nuevo que
decir Los Van Van?,
¿podrá seguir
movilizando a los
bailadores? Parecieran
obvias las respuestas:
Los Van Van continuaron
dando la hora y, sí, los
bailadores, dentro y
fuera de Cuba, gozaron a
más no poder.
Al estrenar ahora vida
propia Arrasando,
el meridiano de Los Van
Van estoy seguro volverá
a confirmarse en su
indiscutible altura e
irreductible jerarquía.
La transmisión
generacional que en el
comando de la orquesta
ha quedado registrado de
Juan a su hijo Samuel,
consolida la trama de
una entrega que será
bailada, comentada,
gozada y agradecida.
Repasemos brevemente su
contenido. Arrasando,
tema que da título al
disco, refresca y
renueva los aires de una
conga callejera en el
entorno tímbrico y
rítmico que caracteriza
a la banda.
En “Si no te quieres
tú”, de Roberto Carlos
Rodríguez, el joven
compositor,
familiarizado con el
estilo Formell,
desarrolla en un primer
momento una balada de
impecable factura que
desemboca en una
resonante y a la vez
controlada atmósfera
timbera. En “Tú a lo
tuyo y yo a lo mío”,
concebida a la medida de
la maleable proyección
vocal de Yenisel Valdés,
el ingenio guarachero de
Juanito vuelve a
desatarse con esa
impronta picaresca que
lo ha convertido en uno
de los cronistas de
costumbres por
excelencia de estos
años.
Le siguen “Me trajo
dos”, de Samuel Formell,
y “Que no te dé por
eso”, de Robertón
Hernández, temas que
pese a que responden a
líneas melódicas
diversas, encajan en el
espectro de una orquesta
que asimila tópicos de
la llamada canción
ligera y del pop al
linaje de los más bravos
y simpáticos montunos.
Si por la cabeza de
alguien pasó la
peregrina idea de que
las fórmulas de Juan
Formell estaban
agotadas, tendrá que
escuchar detenidamente
una de las piezas más
extraordinarias y
aventuradas del
fonograma: “La rumba
no”, donde desde los
primeros compases
recompone diversos
planos sonoros y
estructurales que
recorren desde la rumba
hasta el songo —mucha
atención a las audaces
intromisiones de
instrumentos solistas—
con un sentido
experimental que se
explicita en el texto y
sus guías. Vale escuchar
esta obra como si se
tratara de una partitura
de concierto. Es otra
cara de la moneda del
estro de Juanito, que
responde de inmediato en
la pieza subsiguiente,
“Este amor que se
muere”, a ese trovador
que nunca ha dejado de
ser.
Del binomio integrado
por Roberto Carlos
Rodríguez y Jorge Díaz,
este último reconocido
por su veta humorística,
integran el disco dos
obras a las que puede
augurarse una rápida
identificación popular:
“Me mantengo”, especie
de reafirmación de la
poética vanvanera, y “El
travesti”, hilarante
estampa contada a la
manera que lo habrían
hecho Ñico Saquito o
Virulo.
Es importante que
aparezcan en sucesión
“Dame la luz”, “Mi
songo” y “Un tumba’o pa’
los dos”, en tanto
demuestran cómo Samuel,
como compositor y
arreglista, ha
interpretado y asumido
el abanico creativo
abierto por su padre en
la transformación de las
potencialidades soneras
del estilo charanguero.
En la última de esas
piezas, Samuel congenia
con la agudeza del
trovador Kelvis Ochoa y
le sirve a su hermana
Vanessa una plataforma
para que demuestre una
singularidad vocal que
sobresale por su
sostenido aliento
rítmico. Ah, y con cinco
puntos a la maestría del
guitarrista Elmer Ferrer
en los riffs
intercalados hacia el
final.
Un gesto de justa
reciprocidad se advierte
en los bonus tracks
del fonograma: Los
Van Van devuelven a
Rubén Blades, con
“Olaya”, un tema del
panameño, lo que este
hizo con el antológico
“Muévete” en
1989, cuando estaban en
su apogeo Los Seis del
Solar.
No puedo finalizar estas
palabras sin comentar el
producto discográfico
como tal. No se trata
solo de inteligencia
técnica, sino de toda
una concepción del
sonido la que emerge del
trabajo de grabación de
José Raúl Varona, de la
atención a las mezclas
de Ernesto Nodarse,
Jorge Leliebre, Samuel y
el propio Juan, y la
masterización de Maikel
Bárzaga. La sobriedad y
funcionalidad del diseño
de Ricardo Monnar y las
fotos de Iván Soca
dignifican el álbum.
Pienso que para los
directivos de la EGREM
el trabajo de
Arrasando es a la
vez meta y pauta a
seguir.
Debo decir finalmente
que Arrasando ya
arrasa. Botón de
muestra, la expresión
que puede verse en la
página web Somos del
Barrio, que se edita en
Nueva York, donde
alguien, muy a lo
nuyorrican, escribió
el último 9 de febrero:
“Bueno, mi gente, les
traigo el último CD de
Los Van Van, este tiene
una calidad del carajo
tanto musical, como en
las canciones (…) Estos
se mantienen siendo el
número 1 de la salsa
cubana”.
En el pórtico de
Arrasando podría
suscribirse lo que dijo
hace algún tiempo el
maestro Leo Brouwer
sobre esta obra a la que
Juan Formell ha dedicado
buena parte de su vida:
“Hay cubanía y
originalidad en Los Van
Van, cultura musical y
sensibilidad popular”.
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