Año VII
La Habana

7 al 13
de MARZO
de 2009

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Meditación sobre los títeres

Félix Pita Rodríguez

 

Yo veo a los títeres como un estado de gracia, en lo que el estado de gracia es don por añadidura, sin merecimiento ni esfuerzo por nuestra parte. Los veo como un todo angélico, una fuente de energía milagrosamente preservada a través del tiempo y del espacio, para salud del arte. Lo veo como veo a las palabras en el comienzo del mundo, cuando en el principio era el verbo. Palabras todavía lozanas, que brotaban del corazón pan, pan y vino, vino sin simbologías, sin camisas de fuerza, cuando los diccionarios de sinónimos no podían ser, porque cada oveja iba con su pareja, y era imposible que dos palabras pudieran servir para la misma cosa.

El títere nace, como el árbol, integrado y fatal.

Si es el Doctor, no puede ser al mismo tiempo el Diablo. Su naturaleza le preserva de despeñarse por el artificio del actor, que es hoy Hamlet, mañana Shylock y pasado el rey Lear. El títere no elabora: es. Se argüirá que el títere nace también de mano de hombre y que el mismo modelador saca de la nada al Doctor y al Diablo. El argumento no es válido:

Desde Adán, el títere inicial, hasta que el arte comenzó a dar traspiés y a querer ser inteligente, la obra plástica nació porque sí, a despecho del creador, o sin su anuencia. Luego vino lo demás, desde la razón pura hasta el existencialismo. Personalmente prefiero los bisontes de las cuevas de Altamira, a la Gioconda de Leonardo.

Los títeres crean a sus poetas o los despiertan, que es lo mismo. El Retablillo de la Carreta me dará la razón muy pronto. Parece una anomalía, pero no lo es en modo alguno. Los actores inventan sus autores. Los ponen a escribir diciéndoles dónde hay que apoyar el pie. Naturalmente nace la obra, como el árbol. Se desnuda. No hay artificio. Y sobre todo, no hay hombres insertados en el texto. Hay el misterio poético sin interferencias y hay la plástica pura, animada por el soplo creador que es la voz del poeta sin el espoleo de la inteligencia perturbadora.

Quien los ve como caricatura, yerra. Los títeres son sumas terribles de atisbos, nunca reflejos deformantes de una realidad común. Los títeres no caricaturizan nada; ni al general, ni al capitán, ni al diablo, porque todos somos un poco generales, un poco capitanes, un poco diablos, en un momento dado. Son sumas y por ello magníficos constructores, porque nacen para destruir, revelando.

Por eso creo que ha llegado su momento otra vez.

Pero ahora, su misión es más definidamente la misma de Atila con sus hunos, o Gengis Kan con sus mongoles y tártaros. Ellos pudieran ser lo que León Bloy llamaba «contratistas de demoliciones». En el campo del arte, desde luego.

El artificio prima y reina. El aire está saturado de miasmas. La exclamación de un loco del Asilo de Santa Ana, de París, recogida en un reportaje sobre arte de locos, se me antoja la suprema definición del instante. «¡Señor, líbranos de la Gracia!», escribió el loco en cuestión al pie de uno dé sus dibujos. Y librarnos de la gracia en arte, no puede ser más en provecho y beneficio de la inteligencia en arte. La inteligencia es el gran dorador del arte. Y cuando las cúpulas se retuercen y doran y sé hacen selváticas de barroquismos, es siempre cuando están podridos los cimientos. Dejemos a un lado la teoría y agarremos con mano firme una obra existencialista, el último señuelo del arte inteligente, y veremos al dorador pincel en mano. Un dorador de letrinas, desde luego, pero dorador al fin. Desdichadamente para el arte, Atila y Gengis Kan no pueden repetirse y la corriente de aire bárbaro y puro, no puede venir en los cascos de sus caballos y el filo de sus espadas. Pero la línea ondulada con que los gráficos marcan la historia del arte, es inexorable. Cuando los doradores de cúpulas, existencialistas o no, llegan al ápice y tienen el oro hasta en las orejas, los cimientos ceden, con Atila o sin él, la cúpula se viene abajo y hay que comenzar otra vez.

Todas las épocas tienen sus signos, sus mensajes reveladores. Y veo uno en el hecho misteriosamente acordado, de que Picasso y Chagall entre otros, dejen un momento el caballete y vayan a vigilar sobrecogidos la cerámica que tienen en sus hornos de alfareros. Lo veo cuando Bazaine se acuclilla para ordenar los millares de fragmentos que integran un mosaico. Lo veo cuando Lurcat resucita la tapicería de Aubusson. Lo veo cuando Matisse, culminando ya el ciclo de una vida gloriosa, se encierra en una divina artesanía de vitrales y sillares de coro. ¿No hay en todas estas actitudes una revelación prometedora? Observen que todos los artistas que acabo de citar están haciendo el último cuarto de guardia de sus vidas. Sus actitudes son suma de reflexiones o anhelo de nuevos caminos. Una cosa o la otra, esconden un mensaje inquietante. O llegaron allí sumando factores plásticos de muchos años y preguntándose: ¿Y ahora qué? O se encontraron de pronto, como el leñador perdido en el bosque que busca en las tinieblas el parpadear de una lámpara en una cabaña. Esa luz salvadora que según Jules Supervielle, Dios creó antes de crear a las leñadores que podían perderse en el bosque.

Pero hay que precisar para impedir el regodeo de las momias. Tan deleznable es el último hallazgo plástico, cebo de mercaderes de la confusión como la troquelada fórmula sin horizonte de las academias, que se adhieren como orquídeas podridas, a un realismo que no lo es. Que es copia de copia de copia, y así hasta el momento áureo de los siglos XV y XVI. Lo que hace falta es aire, una atronadora corriente de aire que limpie y purifique. Antaño la vida mandaba a los bárbaros a talar a ras de tierra para el renuevo. Hoy no sabemos cómo va a producirse, pero será, sin duda.

Para mí, los títeres son, desde un ángulo artístico, la corriente de aire higienizante. Llegan cuando el derrumbe se ha producido y el polvo del desplome se ha disipado. Los verdaderos títeres siempre, desde luego. Porque también hay el rezago, los que miman grotescamente una realidad o se nutren de los detritus del teatro.

Por aquí llegamos a ver a los títeres como inicio, revelación y primera página. Ahí reposa su fuerza. Anotemos ahora un hecho singular. En fauna y flora artísticas, la evolución se demuestra siempre. Miguel Ángel es un grado cimero de evolución, como lo es Leonardo, corno lo es Shakespeare. Hay un ciclo a cumplir, que va de los cimientos a los doradores de cúpulas. En los títeres, no. El arqueólogo francés Guyo, encontró junto a la momia de la bailarina Jalmis, una figurilla artística que se movía por medio de hilos. Esta figurilla estaba junto a otras dos que representaban a Isis y Osiris a la orilla del Nilo y todas en un pequeño teatro, sobre una barca.

Esta es, hasta el momento, nuestra información más lejana. Los griegos se deleitaban con los títeres, cuando Esquilo hacía crujir la bóveda celeste con su pasión terrible. Las marionetas javanesas tienen una vejez de siglos. Toda la Edad Media europea está transida de títeres. En París, en el Puente Nuevo, los títeres tenían su tablado, mientras Moliére escribía El misántropo. En las plazas de Florencia, los títeres, siempre iguales a sí mismos, vociferaban cuando el Dante armaba el tremendo mecanismo de relojería metafísica de La Divina Comedia. Cuando el Arcipreste de Hita o Gonzalo de Berceo cantaban las excelencias de la mujer pequeña o del vino con solera, ya se levantaban en los corrales españoles los retablos de maese Pedro. El arte seguía su camino, trepando y descendiendo por las ondulaciones de esos gráficos que resumen su historia. Los títeres estaban allí, cuando se abría la marcha inicial hacia la cima. Y estaban allí, cuando se alcanzaba eso que se llama un grado superior de cultura. Pero algo ocurría que no estaba en el programa. La evolución había jugado para todos: La Venus Hotentote había recogido sus protuberancias para afinarse en la Venus de Milo. Los iconos bizantinos alcanzaban la gracia de Botticelli. El canto ríspido del Arcipreste, se había trasmutado en el áureo fulgor de Garcilaso. Darwin tenía razón. Pero ¿qué sucede con esta especie inmutable, este eslabón perdido que en los días lamentables del existencialismo y la confusión no representativa, se mantiene como un embrión dormido a través de siglos, igual en un todo a sí mismo, tal y como era cuando la bailarina Jalvis rotaba las caderas para deleite del faraón?

Es que los títeres, como la cerámica, los mosaicos, los tapices y los vitrales, constituyen la colosal reserva del arte. Son ellos siempre los que regresan del olvido y el silencio, cuando las cúpulas doradas se vienen abajo estruendosamente. Ellos los que acuden cuando la atronadora corriente de aire arrastra el polvo de los desplomes y da la señal de comenzar otra vez.

Así los veo, y si estoy equivocado, tanto peor para todos. Tanto peor, porque ello implicaría que la cúpula de nuestro tiempo no está aún lo suficientemente dorada, y vamos a continuar padeciéndola con más sorprendentes arabescos cada día. Y eso, hay que convenido, es como vivir dentro de un cadáver bajo el sol.

Estas cosas me preocupaban, cuando Sergio Nicols me habló por primera vez de sus afanes por un futuro Retablillo de la Carreta. Antes de que nacieran, yo conocía ya el admirable Mefisto que nos está justipreciando con aire burlón desde un testero. Ya conocía a Juanito y a María, esos dos maravillosos personajes, vitales y hondos que están ya seleccionando calladamente a su poeta, para darle oportunidad de serlo de veras. Ya conocía a Lívida, la tortuga alucinante que parece recién llegada de un paraíso perdido sin Milton y que esconde dentro de su centelleante carapacho, infinitas fábulas milagrosas. Ya conocía al general valleinclánico, y al capitán de ginebra discreta y barajas marcadas. Ya conocía a ese soldado que parece estamos diciendo con los ojos bajos: «Perdone usted, soy el bravo soldado Scheweig, para servirle.» Pero en buen mundo de títeres, los conocí al revés: íntimamente primero y de vista después. La revelación ha sido un deslumbramiento. Ahí están con su enorme carga de esperanza y promesa. Yo los veo como ese torrente de aire atronador, que puede ayudamos en mucho a comprender el sencillo, deslumbrante milagro de comenzar otra vez. Ellos pueden ayudamos a rescatar a la poesía perdida entre tanto y tanto estiércol dorado al fuego. Vuelven de nuevo al camino y en el momento preciso, cuando más falta nos hacían para que no nos perdiésemos por entero. Y lo harán, porque tal es su hermoso destino de puntos de partida desde los días hermosos en que la bailarina Jalvis los hacía vibrar para deleite de un oscuro faraón estupefacto.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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