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Yo veo a los títeres como un
estado de gracia, en lo
que el estado de gracia es don
por añadidura, sin merecimiento
ni esfuerzo por nuestra parte.
Los veo como un todo angélico,
una fuente de energía
milagrosamente preservada a
través del tiempo y del espacio,
para salud del arte. Lo veo como
veo a las palabras en el
comienzo del mundo, cuando en el
principio era el verbo. Palabras
todavía lozanas, que brotaban
del corazón
—pan,
pan y vino, vino—
sin simbologías, sin camisas de
fuerza, cuando los diccionarios
de sinónimos no podían ser,
porque cada oveja iba con su
pareja, y era imposible que dos
palabras pudieran servir para la
misma cosa.
El títere nace, como el árbol,
integrado y fatal.
Si es el Doctor, no puede ser al
mismo tiempo el Diablo. Su
naturaleza le preserva de
despeñarse por el artificio del
actor, que es hoy Hamlet, mañana
Shylock y pasado el rey Lear. El
títere no elabora: es. Se
argüirá que el títere nace
también de mano de hombre y que
el mismo modelador saca de la
nada al Doctor y al Diablo. El
argumento no es válido:
Desde Adán, el títere inicial,
hasta que el arte comenzó a dar
traspiés y a querer ser
inteligente, la obra plástica
nació porque sí, a despecho del
creador, o sin su anuencia.
Luego vino lo demás, desde la
razón pura hasta el
existencialismo. Personalmente
prefiero los bisontes de las
cuevas de Altamira, a la Gioconda de Leonardo.
Los títeres crean a sus poetas o
los despiertan, que es lo mismo.
El Retablillo de la Carreta me
dará la razón muy pronto. Parece
una anomalía, pero no lo es en
modo alguno. Los actores
inventan sus autores. Los ponen
a escribir diciéndoles dónde hay
que apoyar el pie. Naturalmente
nace la obra, como el árbol. Se
desnuda. No hay artificio. Y
sobre todo, no hay hombres
insertados en el texto. Hay el
misterio poético sin
interferencias y hay la plástica
pura, animada por el soplo
creador que es la voz del poeta
sin el espoleo de la
inteligencia perturbadora.
Quien los ve como caricatura,
yerra. Los títeres son sumas
terribles de atisbos, nunca
reflejos deformantes de una
realidad común. Los títeres no
caricaturizan nada; ni al
general, ni al capitán, ni al
diablo, porque todos somos un
poco generales, un poco
capitanes, un poco diablos, en
un momento dado. Son sumas y por
ello magníficos constructores,
porque nacen para destruir,
revelando.
Por eso creo que ha llegado su
momento otra vez.
Pero ahora, su misión es más
definidamente la misma de Atila
con sus hunos, o Gengis Kan con
sus mongoles y tártaros. Ellos
pudieran ser lo que León Bloy
llamaba «contratistas de
demoliciones». En el campo del
arte, desde luego.
El artificio prima y reina. El
aire está saturado de miasmas.
La exclamación de un loco del
Asilo de Santa Ana, de París,
recogida en un reportaje sobre
arte de locos, se me antoja la
suprema definición del
instante. «¡Señor, líbranos de
la Gracia!», escribió el loco en
cuestión al pie de uno dé sus
dibujos. Y librarnos de la
gracia en arte, no puede ser más
en provecho y beneficio de la
inteligencia en arte. La
inteligencia es el gran dorador
del arte. Y cuando las cúpulas
se retuercen y doran y sé
hacen selváticas de
barroquismos, es siempre cuando
están podridos los cimientos.
Dejemos a un lado la teoría y
agarremos con mano firme una
obra existencialista, el último
señuelo del arte inteligente, y
veremos al dorador pincel en
mano. Un dorador de letrinas,
desde luego, pero dorador al
fin. Desdichadamente para el
arte, Atila y Gengis Kan no
pueden repetirse y la corriente
de aire bárbaro y puro, no puede
venir en los cascos de sus
caballos y el filo de sus
espadas. Pero la línea ondulada
con que los gráficos marcan la
historia del arte, es
inexorable. Cuando los doradores
de cúpulas, existencialistas o
no, llegan al ápice y tienen el
oro hasta en las orejas, los
cimientos ceden, con Atila o sin
él, la cúpula se viene abajo y
hay que comenzar otra vez.
Todas las épocas tienen sus
signos, sus mensajes
reveladores. Y veo uno en el
hecho misteriosamente acordado,
de que Picasso y Chagall entre
otros, dejen un momento el
caballete y vayan a vigilar
sobrecogidos la cerámica que
tienen en sus hornos de
alfareros. Lo veo cuando Bazaine se acuclilla para
ordenar los millares de
fragmentos que integran un
mosaico. Lo veo cuando Lurcat
resucita la tapicería de
Aubusson. Lo veo cuando
Matisse, culminando ya el ciclo
de una vida gloriosa, se
encierra en una divina
artesanía de vitrales y
sillares de coro. ¿No hay en
todas estas actitudes una
revelación prometedora?
Observen que todos los artistas
que acabo de citar están
haciendo el último cuarto de
guardia de sus vidas. Sus
actitudes son suma de
reflexiones o anhelo de nuevos
caminos. Una cosa o la otra,
esconden un mensaje
inquietante. O llegaron allí
sumando factores plásticos de
muchos años y preguntándose: ¿Y
ahora qué? O se encontraron de
pronto, como el leñador perdido
en el bosque que busca en las
tinieblas el parpadear de una
lámpara en una cabaña. Esa luz
salvadora que según Jules
Supervielle, Dios creó antes de
crear a las leñadores que podían
perderse en el bosque.
Pero hay que precisar para
impedir el regodeo de las
momias. Tan deleznable es el
último hallazgo plástico, cebo
de mercaderes de la confusión
como la troquelada fórmula sin
horizonte de las academias, que
se adhieren como orquídeas
podridas, a un realismo que no
lo es. Que es copia de copia de
copia, y así hasta el momento
áureo de los siglos XV y XVI. Lo
que hace falta es aire, una
atronadora corriente de aire que
limpie y purifique. Antaño la
vida mandaba a los bárbaros a
talar a ras de tierra para el
renuevo. Hoy no sabemos cómo va
a producirse, pero será, sin
duda.
Para mí, los títeres son, desde
un ángulo artístico, la
corriente de aire higienizante.
Llegan cuando el derrumbe se ha
producido y el polvo del
desplome se ha disipado. Los
verdaderos títeres siempre,
desde luego. Porque también hay
el rezago, los que miman
grotescamente una realidad o se
nutren de los detritus del
teatro.
Por aquí llegamos a ver a los
títeres como inicio, revelación
y primera página. Ahí reposa su
fuerza. Anotemos ahora un hecho
singular. En fauna y flora
artísticas, la evolución se
demuestra siempre. Miguel Ángel
es un grado cimero de evolución,
como lo es Leonardo, corno lo es
Shakespeare. Hay un ciclo a
cumplir, que va de los cimientos
a los doradores de cúpulas. En
los títeres, no. El arqueólogo
francés Guyo, encontró junto a
la momia de la bailarina Jalmis,
una figurilla artística que se
movía por medio de hilos. Esta
figurilla estaba junto a otras
dos que representaban a Isis y
Osiris a la orilla del Nilo y
todas en un pequeño teatro,
sobre una barca.
Esta es, hasta el momento,
nuestra información más lejana.
Los griegos se deleitaban con
los títeres, cuando Esquilo
hacía crujir la bóveda celeste
con su pasión terrible. Las
marionetas javanesas tienen una
vejez de siglos. Toda la Edad
Media europea está transida de
títeres. En París, en el Puente
Nuevo, los títeres tenían su
tablado, mientras Moliére
escribía El misántropo. En las
plazas de Florencia, los
títeres, siempre iguales a sí
mismos, vociferaban cuando el
Dante armaba el tremendo
mecanismo de relojería
metafísica de La Divina Comedia.
Cuando el Arcipreste de Hita o
Gonzalo de Berceo cantaban las
excelencias de la mujer pequeña
o del vino con solera, ya se
levantaban en los corrales
españoles los retablos de maese
Pedro. El arte seguía su
camino, trepando y descendiendo
por las ondulaciones de esos
gráficos que resumen su
historia. Los títeres estaban
allí, cuando se abría la marcha
inicial hacia la cima. Y estaban
allí, cuando se alcanzaba eso
que se llama un grado superior
de cultura. Pero algo ocurría
que no estaba en el programa. La
evolución había jugado para
todos: La Venus Hotentote había
recogido sus protuberancias para
afinarse en la Venus de Milo.
Los iconos bizantinos alcanzaban
la gracia de Botticelli. El
canto ríspido del Arcipreste, se
había trasmutado en el áureo
fulgor de Garcilaso. Darwin
tenía razón. Pero ¿qué sucede
con esta especie inmutable, este
eslabón perdido que en los días
lamentables del existencialismo
y la confusión no
representativa, se mantiene
como un embrión dormido a través
de siglos, igual en un todo a sí
mismo, tal y como era cuando la
bailarina Jalvis rotaba las
caderas para deleite del faraón?
Es que los títeres, como la
cerámica, los mosaicos, los
tapices y los vitrales,
constituyen la colosal reserva
del arte. Son ellos siempre los
que regresan del olvido y el
silencio, cuando las cúpulas
doradas se vienen abajo
estruendosamente. Ellos los que
acuden cuando la atronadora
corriente de aire arrastra el
polvo de los desplomes y da la
señal de comenzar otra vez.
Así los veo, y si estoy
equivocado, tanto peor para
todos. Tanto peor, porque ello
implicaría que la cúpula de
nuestro tiempo no está aún lo
suficientemente dorada, y vamos
a continuar padeciéndola con más
sorprendentes arabescos cada
día. Y eso, hay que convenido,
es como vivir dentro de un
cadáver bajo el sol.
Estas cosas me preocupaban,
cuando Sergio Nicols me habló
por primera vez de sus afanes
por un futuro Retablillo de la
Carreta. Antes de que nacieran,
yo conocía ya el admirable
Mefisto que nos está
justipreciando con aire burlón
desde un testero. Ya conocía a Juanito y a María, esos dos
maravillosos personajes, vitales
y hondos que están ya
seleccionando calladamente a su
poeta, para darle oportunidad de
serlo de veras. Ya conocía a
Lívida, la tortuga alucinante
que parece recién llegada de un
paraíso perdido sin Milton y que
esconde dentro de su
centelleante carapacho,
infinitas fábulas milagrosas. Ya
conocía al general valleinclánico, y al capitán de
ginebra discreta y barajas
marcadas. Ya conocía a ese
soldado que parece estamos
diciendo con los ojos bajos:
«Perdone usted, soy el bravo
soldado Scheweig, para
servirle.» Pero en buen mundo de
títeres, los conocí al revés:
íntimamente primero y de vista
después. La revelación ha sido
un deslumbramiento. Ahí están
con su enorme carga de esperanza
y promesa. Yo los veo como ese
torrente de aire atronador, que
puede ayudamos en mucho a
comprender el sencillo,
deslumbrante milagro de comenzar
otra vez. Ellos pueden ayudamos
a rescatar a la poesía perdida
entre tanto y tanto estiércol
dorado al fuego. Vuelven de
nuevo al camino y en el momento
preciso, cuando más falta nos
hacían para que no nos
perdiésemos por entero. Y lo
harán, porque tal es su hermoso
destino de puntos de partida
desde los días hermosos en que
la bailarina Jalvis los hacía
vibrar para deleite de un
oscuro faraón estupefacto.
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