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Es siempre algo más. Es una
puerta y una mochila. Un mirador
y ese rincón recoleto del
jardín, en el que nos sentamos
para encontrar todo lo que no
está, o lo que pasó, o lo que
está lejos, o lo que tenemos
ganas de que estuviera y nunca
estuvo. Es la pequeña plaza de
aquella ciudad visitada por
primera vez, y que sin embargo
nos resultó extrañamente
conocida y familiar y que nos
sobrecogió, porque no siendo
posible, era. Y es aquel camino
que comenzaba donde se nos
estaba muriendo la infancia, y
que tomaba forma de mujer. Y
nada nos podía resultar más
inquietador que imaginar lo que
podía estar al otro lado de
aquel camino, y nada también más
acuciante y llamador.
Es eso, y es la mancha de
humedad en la pared, por la que
de pronto asoma Nostradamus su
gran nariz de husmeador de
tiempos a venir, y luego se va
sin que sepamos por qué ni por
dónde, y quien le monta el
relevo a su guardia glacial es
la reina Nefertite, a la que
estamos amando desde hace tantos
siglos. Y luego Nefertite se
funde en algo que no podemos
identificar, y nos quedamos tan
plácidamente solos, que si
llegara el genio y nos
preguntara: “¿Qué quiere?”, le
diríamos alegremente: “Nada”.
Es eso y es siempre algo más.
Por ejemplo, es a veces esa
puertecita singular que tiene en
su lugar más visible estas
palabras: “Salida de
emergencia”. Y la abrimos y la
trasponemos, y todo queda,
lejos, allá abajo, en alguna
parte. Y puede ser esa brisa tan
suave que nos llega en ondas
casi musicales, y nos acaricia
con las manos de esa muchacha
que inventamos un día y ya nos
persigue para siempre. Y puede
ser también esa caja de colores
que nada nos obliga a utilizar o
de la otra manera, con la que
componemos un paisaje que luego
no sabemos dónde ubicar, porque
nos damos cuenta de que no es de
ninguna parte, conocida o no.
Y es también la llave que perdió
a Barba Azul. Y si es posible
que no sea la Bella Durmiente
del Bosque, bien puede ocurrir
que sea el sueño que ella estaba
soñando cuando el Príncipe la
despertó con un beso, y que
después ella se lo reprochó a
menudo, porque las cosas, dijo,
eran más hermosas antes. Pero
también puede ser lo contrario,
porque todo fue más hermoso
después.
Es eso, pero siempre puede ser
algo más, pues Rilke dijo que
“la belleza es el primer grado
de lo terrible”, y otros
aseguraron otras cosas con las
que también estamos de acuerdo.
Y todas nos ayudan cuando
caminar por fuera de los libros
se nos hace difícil,
porque si es verdad que
los hombres hacen los libros, es
aún más verdad que los libros
hacen a los hombres.
Es así como se produce el
relámpago y sabemos, con
nostalgia, y angustia y
saludable lo sabemos, que los
libros podían seguir estando
aquí sin los hombres, pero,
¡qué tremenda invalidez, qué
parálisis y qué muerte sin
morir, los hombres sin los
libros! |