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Tarea fácil sería la de
discurrir hacia las fuentes más
puras de la plástica cubana,
situando con la justa alabanza
en ese génesis deslumbrante la
obra extraordinaria de uno de
los maestros que le alcanzaron
vigencia universal. La obra
vasta y depurada de Amelia
Peláez, y empleo ex profeso
los dos vocablos, habitualmente
antagónicos porque ese es a mi
ver el milagro de mayor
trascendencia en esta obra,
tiene en la historia de la
plástica cubana una ubicación
harto conocida, una
significación bien precisa. Pero
eso pertenece a la historia de
nuestra pintura. Y la historia,
como tal, no es nunca objeto de
mis afanes siempre apasionados.
Al friso que resume épocas y
edades, prefiero el lienzo
menudo que me entrega el
misterio de un hombre, su
semilla más pura; a los veinte
volúmenes que pretenden resumir
una época, las páginas anónimas
de un cronista minucioso, que me
habla con humano calor de sus
vecinos. Creo que se llega más
seguramente a la verdad, yendo
por el hombre hacia el mundo,
que intentando el difícil viaje
de ir por el mundo hacia el
hombre.
Ante la obra admirable de Amelia
Peláez, no pienso en su
significado evidente para el
devenir de nuestra plástica, en
las derivaciones provechosas, en
la lección ejemplarizante. Todo
eso está ahí, rindió su tarea
hermosa, cumplió el menester
necesario, y la crítica situó
hace ya tiempo el nombre de
Amelia Peláez, entre la media
docena de nombre que echaron las
bases de la pintura moderna en
Cuba. A lo mejor ni siquiera
creo en la posibilidad de una
historia de la pintura, con su
método y su nomenclatura y
sus largas listas de nombres
y escuelas, divididos y
pormenorizados, como faraones
calzados en los casilleros de
sus dinastías. A lo mejor
tampoco creo en que pueda
hablarse de pintura moderna, o
antigua, o del futuro, como no
puede hablarse del sol de los
hititas, de la luna de los
asirios o de las estrellas de
Carlomagno, y pensamos en el
cielo y en las nubes del
paleolítico inferior y no
podemos tener más que la imagen
del cielo y las nubes, que están
sobre nuestras cabezas
transitorias.
Frente a la obra de arte, la
única facultad del hombre es la
de detenerse con amor. Todo lo
demás es escolástica. Y como ya
estoy lanzado de lleno en la
herejía, voy a añadir que para
mí es más importante como
interpretación crítica, el poema
que escribió Milosz declarando
su amor a la estatuilla de la
reina Karomama, que los millares
de respetables páginas de
Salomón Reinach.
Tal vez fue por eso que cuando
me detuve por primera vez ante
un cuadro de Amelia Peláez, hace
ya muchos años, pensé en el
fervor. Y luego, siempre que a
través de esos años volví a
mirar deleitosamente uno de sus
cuadros, reincidí en ese
pensamiento, que no es tan
abstracto como puede parecer.
Porque para mí el fervor es tan
consustancial con la obra de
arte, como la materia en que se
ejecuta, o la inspiración que la
hace brotar. Porque
incidentalmente, también creo en
la inspiración.
Cuando digo fervor, pienso en su
acepción más pura. Y no olvido
nunca que nuestra época
languidece por la endeblez de su
fervor. Pienso en su acepción
más pura, que es la eficiencia
suma en la realización, el celo
ardiente y afectuoso con que el
hombre se enfrenta a su mundo.
Con la simple vista que todo lo
trueca y destruye, vemos un
mundo convulsionado por la
pasión, donde en verdad hay un
mundo sacudido por el desajuste
brutal entre el espíritu, su
debatirse agónico, y las
realizaciones de la técnica. Se
ha dicho que ahí reside el drama
del hombre actual, en ese
desajuste monstruoso entre el
ser que crea y alcanza metas
insospechadas por su creación,
mientras el espíritu se rezaga
penosamente. Algo que podría tal
vez simbolizarse con un fruto,
cuya pulpa madurase cerrando
plenamente el ciclo natural,
mientras la semilla, enteca y
debilitada, se petrificase en su
interior.
Ese quebranto, ya patológico,
alcanza naturalmente el arte,
que es siempre reflejo del
hombre. Y se pinta, se esculpe o
se escribe, como cumpliendo una
tarea más en el quehacer
cotidiano, ajeno el creador a
ese fervor minucioso, a ese celo
ardiente que debe presidir toda
creación.
Amelia Peláez es la antítesis de
esa posición desintegradora. Los
testimonios están a la vista.
Hay aquí obra reciente, y obra
sedimentada para la
contemplación, por los años
transcurridos desde su
nacimiento. Sus altísimos
valores plásticos, siguen la
línea ascensional de un arte que
cuaja, se solidifica, adquiere
la magnitud de la real madurez.
Es obra que pertenece ya al arte
universal, ese que no cabe en
las historias ni puede ser
calificado con un sello
temporal. Desde todos los
ángulos de la contemplación
crítica, se le hallará la
excelencia suma. Para mí, su
calidad más insigne reposa en su
fervor, en ese celo ardiente y
afectuoso con que la gran
artista se enfrenta a su mundo y
lo traduce, a esa eficiencia
suma que pone en la artesanía de
su elaboración, a esa fidelidad
a sí mismo del verdadero
artista, que hace a la obra
vital y permanente, para
producir el hermoso milagro de
que un poeta de nuestros días
escriba una canción de amor,
apasionada y melancólica, a la
estatuilla milenaria de la dulce
reina Karomama. |