Año VII
La Habana

7 al 13
de MARZO
de 2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Amelia Peláez

Félix Pita Rodríguez

 
Tarea fácil sería la de discurrir hacia las fuentes más puras de la plástica cubana, situando con la justa alabanza en ese génesis deslumbrante la obra extraordinaria de uno de los maestros que le alcanzaron vigencia universal. La obra vasta y depurada de Amelia Peláez, y empleo ex profeso los dos vocablos, habitualmente antagónicos porque ese es a mi ver el milagro de mayor trascendencia en esta obra, tiene en la historia de la plástica cubana una ubicación harto conocida, una significación bien precisa. Pero eso pertenece a la historia de nuestra pintura. Y la historia, como tal, no es nunca objeto de mis afanes siempre apasionados.

Al friso que resume épocas y edades, prefiero el lienzo menudo que me entrega el misterio de un hombre, su semilla más pura; a los veinte volúmenes que pretenden resumir una época, las páginas anónimas de un cronista minucioso, que me habla con humano calor de sus vecinos. Creo que se llega más seguramente a la verdad, yendo por el hombre hacia el mundo, que intentando el difícil viaje de ir por el mundo hacia el hombre.

Ante la obra admirable de Amelia Peláez, no pienso en su significado evidente para el devenir de nuestra plástica, en las derivaciones provechosas, en la lección ejemplarizante. Todo eso está ahí, rindió su tarea hermosa, cumplió el menester necesario, y la crítica situó hace ya tiempo el nombre de Amelia Peláez, entre la media docena de nombre que echaron las bases de la pintura moderna en Cuba. A lo mejor ni siquiera creo en la posibilidad de una historia de la pintura, con su método y su nomenclatura y sus largas listas de nombres y escuelas, divididos y pormenorizados, como faraones calzados en los casilleros de sus dinastías. A lo mejor tampoco creo en que pueda hablarse de pintura moderna, o antigua, o del futuro, como no puede hablarse del sol de los hititas, de la luna de los asirios o de las estrellas de Carlomagno, y pensamos en el cielo y en las nubes del paleolítico inferior y no podemos tener más que la imagen del cielo y las nubes, que están sobre nuestras cabezas transitorias.

Frente a la obra de arte, la única facultad del hombre es la de detenerse con amor. Todo lo demás es escolástica. Y como ya estoy lanzado de lleno en la herejía, voy a añadir que para mí es más importante como interpretación crítica, el poema que escribió Milosz declarando su amor a la estatuilla de la reina Karomama, que los millares de respetables páginas de Salomón Reinach.

Tal vez fue por eso que cuando me detuve por primera vez ante un cuadro de Amelia Peláez, hace ya muchos años, pensé en el fervor. Y luego, siempre que a través de esos años volví a mirar deleitosamente uno de sus cuadros, reincidí en ese pensamiento, que no es tan abstracto como puede parecer. Porque para mí el fervor es tan consustancial con la obra de arte, como la materia en que se ejecuta, o la inspiración que la hace brotar. Porque incidentalmente, también creo en la inspiración.

Cuando digo fervor, pienso en su acepción más pura. Y no olvido nunca que nuestra época languidece por la endeblez de su fervor. Pienso en su acepción más pura, que es la eficiencia suma en la realización, el celo ardiente y afectuoso con que el hombre se enfrenta a su mundo. Con la simple vista que todo lo trueca y destruye, vemos un mundo convulsionado por la pasión, donde en verdad hay un mundo sacudido por el desajuste brutal entre el espíritu, su debatirse agónico, y las realizaciones de la técnica. Se ha dicho que ahí reside el drama del hombre actual, en ese desajuste monstruoso entre el ser que crea y alcanza metas insospechadas por su creación, mientras el espíritu se rezaga penosamente. Algo que podría tal vez simbolizarse con un fruto, cuya pulpa madurase cerrando plenamente el ciclo natural, mientras la semilla, enteca y debilitada, se petrificase en su interior.

Ese quebranto, ya patológico, alcanza naturalmente el arte, que es siempre reflejo del hombre. Y se pinta, se esculpe o se escribe, como cumpliendo una tarea más en el quehacer cotidiano, ajeno el creador a ese fervor minucioso, a ese celo ardiente que debe presidir toda creación.

Amelia Peláez es la antítesis de esa posición desintegradora. Los testimonios están a la vista. Hay aquí obra reciente, y obra sedimentada para la contemplación, por los años transcurridos desde su nacimiento. Sus altísimos valores plásticos, siguen la línea ascensional de un arte que cuaja, se solidifica, adquiere la magnitud de la real madurez. Es obra que pertenece ya al arte universal, ese que no cabe en las historias ni puede ser calificado con un sello temporal. Desde todos los ángulos de la contemplación crítica, se le hallará la excelencia suma. Para mí, su calidad más insigne reposa en su fervor, en ese celo ardiente y afectuoso con que la gran artista se enfrenta a su mundo y lo traduce, a esa eficiencia suma que pone en la artesanía de su elaboración, a esa fidelidad a sí mismo del verdadero artista, que hace a la obra vital y permanente, para producir el hermoso milagro de que un poeta de nuestros días escriba una canción de amor, apasionada y melancólica, a la estatuilla milenaria de la dulce reina Karomama.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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