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En este volumen, se recoge lo
fundamental de la obra de Félix
Pita Rodríguez, es decir, lo
fundamental de una obra aún en
proceso y que todavía reserva
fruto jugoso, tanto o más que el
que nos ofrece en estas páginas.
Se trata de una obra por la que
circula el hombre en su conjunto
de sangre y sueño. Quiere decir
esto que el autor está en ella
desde dentro, con su tremenda
circunstancia en cada etapa de
su evolución, con su músculo
tenso aún en los momentos más
plácidos o regocijados, con su
imaginación portentosa que no es
sino la forma en que la realidad
se rompe en reflejos dentro de
uno mismo, como un cristal
estrallado que deslumbra y
hiere, y resuena, y hace
sangrar. Una imaginación que
jamás reniega de su realidad
original, y que siempre se
expresa en lengua excepcional de
poeta. Hay aquí poemas y cuentos
de Pita Rodríguez. Pero ya
veremos que el poeta siempre se
impone, sin mengua del narrador.
Hijo de padres gallegos, nació
Pita Rodríguez en hogar humilde
de Bejucal, pueblo cercano a La
Habana. Fecha: 18 de febrero de
1909. De chiquillo aún, vino a
la capital, pero ya con el
bagaje del narrador formado en
el parque pueblerino, ante un
auditorio ávido que pagaba
complacido los folletines orales
que desgranaba aquel muchacho de
ojos febriles y cabellera
rebelde. Su adolescencia
habanera coincidió con el inicio
de un poderoso movimiento
renovador de la conciencia
cubana, determinado por la
agudización de la lucha de
clases en el país y de las
contradicciones entre los
intereses nacionales y de los
monopolios imperialistas que
controlaban la economía y
decidían en los rumbos
políticos. Como se sabe, esa
inquietud de la década de los
20, en le plano literario se
manifestó mediante el
vanguardismo.
Alegre, iconoclasta,
revolucionario, aventurero. Pita
Rodríguez desató su ímpetu
juvenil a todo trapo y se enroló
en la aventura vanguardista, con
todos los artistas de l´enfant
terrible de aquel instante de
negaciones y renuevo. Publicó en
la Revista de Avance, en
el suplemento literario que
dirigía José Antonio Fernández
de Castro en el Diario de la
Marina, en Orto, en
cuanta hoja admitía el grito;
con Enrique de la Osa, Pablo Le
Riverend y otros fundó Atuei
(deformación vanguardista de
Hatuey), revista que la policía
machadista clausuró por
subversiva. El ambiente se hacía
irrespirable en la Isla. Ya él
había hecho incursiones por las
costas de México y de
Centroamérica, en andariega
bohemia. Le fue fácil
desprenderse, pero deslumbrado
por las luces de París.
La obra de Pita Rodríguez
durante esos años, estuvo
dispersa por revistas y
periódicos, pero aquí se salva
parte de ella, en las secciones
primera y última: “Poesía
dispersa, 1929-1933”; “Cuentos
dispersos, 1929-1935”. Abarca
cosas escritas antes de marchar
a Europa y de las primeras que
escribiera allá. En la poesía le
brillaban las luces
centelleantes del surrealismo, y
también en la prosa, pero en
esta predominaba un buen humor
criollo al que asomaba un
sonriente y epatante cinismo; en
ambas, un afán travieso de
escandalizar al burgués. No en
vano advertía Juan Marinello en
un examen de la poesía cubana,
que de las tres variantes en que
clasificaba José Carlos
Mariátegui las corrientes de
vanguardia-poesía pura,
disparate puro y épica social,
del disparate puro solo podíamos
ofrecer un espécimen
significante: “el verso
riquísimo de contenido alusivo y
musical, de Pita Rodríguez”.
Diez años europeos ―Francia,
España, Italia, Bélgica― a más
de un año en Marruecos, dejaron
su huella profunda en Pita
Rodríguez, en el artista y en el
hombre, y en el revolucionario
que los unía a ambos. La grave
realidad histórica de su tiempo
se le reveló a plena intensidad
en el drama de España. Junto a
Juan Marinello, Nicolás Guillén,
Alejo Carpentier y Leonardo
Fernández Sánchez, integró la
delegación cubana al Segundo
Congreso de Intelectuales en
Defensa de la Cultura, que
celebró sus sesiones en Madrid,
Valencia y Barcelona en 1937, en
los días en que resplandecía en
heroísmo del pueblo español a
mayor grado bajo la saña de la
agresión nazifascista. De
regreso a París, sirvió a la
causa republicana hasta el
último momento, y a las víctimas
del impresionante éxodo. La
guerra nos devolvió a Pita
Rodríguez en 1940, en viaje vía
Santo Domingo.
Recuerdo que sus amigos ―ya lo
era yo sin conocerlo hasta
entonces― le ofrecimos una
bienvenida singular en un
restaurante de la Avenida del
Puerto: sardina con pan
acompañada de cerveza. Su
reencuentro con la Isla y su
circunstancia se caracteriza por
su febril actividad creadora:
dirigió el suplemento dominical
del periódico Hoy, donde
los que alguna vez estudien su
obra, encontrarán cuentos,
poemas, crónicas suyos; estrenó
en Teatro Popular que dirigía
Paco Alfonso, su poema dramático
“El relevo”; desde entonces se
impuso como uno de los mejores
autores de obras para la radio,
género de nuestra época cuya
técnica domina y a cuya calidad
ha hecho un gran aporte. En
1942, en elegante plaquette, se
publicó su “Romance de América
la bien guardada”, premiado en
concurso de poemas
antifascistas, y en 1945 en un
cuaderno fue editado en México
su cuento “San Abul de
Montecallado”.
Pero, atengámonos al orden en
que se recoge en este bolsilibro
la obra de Pita Rodríguez. La
segunda sección, “Corcel de
Fuego, 1935-1945”, es una
selección del libro de ese
título, publicado en La Habana
en mayo de 1948. Las fechas
revelan que son versos de la
última etapa europea y de los
primeros años de su regreso a
Cuba. El poeta ha alcanzado un
lenguaje depurado, profundo,
donde no queda traza de su
período anterior, de
malabarismos y travesuras. La
angustia de vivir una realidad
agobiante se mezcla al júbilo
del amor que ilumina esa
realidad, y a muchos líricos que
se desplazan en espacios ricos
de imágenes y sugerencias. En
ese mismo clima poético hay que
considerar a Las Noches,
sugestiva prosa lírica escrita
en 1940, que forma la cuarta
sección de este volumen, aunque
solo es una selección del
cuaderno de ediciones La
Tertulia que con el mismo título
acaba de aparecer en este 1965.
Antes de mencionar la tercera
sección del libro ―y última de
poesía―, es preciso saltar a los
cuentos, por respeto al orden
cronológico. Narrador nato, como
hemos dicho, Pita Rodríguez es
uno de nuestros más relevantes
cuentistas. El cuaderno
publicado en México, ya
mencionado, mostraba esa
calidad, que en 1946 le
reconocería el jurado del Premio
Internacional Hernández Catá. Su
colección de cuentos Tobías (La
Habana, 1954), habría de ser una
consagración de su maestría en
ese difícil género. “Cuentos
completos, 1963”, la quinta
sección de este volumen, incluye
una selección del libro de ese
título publicado en el año
mencionado en la Ediciones
Unión, de la UNEAC, que
comprende también narraciones
recogidas en Tobías.
Hemos advertido que el poeta
genuino que hay en Pita
Rodríguez, trasciende su obra
narrativa. Una profunda veta
poética recorre e ilumina todos
sus cuentos, sin que en ningún
momento el soplo lírico logre
predominar sobre la línea del
relato, para debilitarla ―para
convertirla en más poesía que
cuento― sino por el contrario,
para aportarle al género un
aliento de impar belleza. Es un
estilo puro y limpio el de Pita,
como el de agua clara,
transparente, en cuyo fondo
contemplamos el desfile de los
rostros de hombres y mujeres con
sus rasgos precisos, no solo los
físicos sino también los
espirituales. Una humanidad
doliente y afiebrada, hecha de
carne de realidad aunque el
autor la haya puesto a circular
en este pueblo surgido del sueño
que es Montecallado; una
humanidad que no cesa de luchar
por hacer que florezcan sus
mejores ramajes. Porque la
mayoría de los protagonistas de
Pita Rodríguez aspiran a que sus
vidas resplandezcan tales como
son, sin máscaras ni dobleces. Y
que sus palabras sean expresión
de sus sentimientos, no disfraz
de su hipocresía.
Cada personaje de sus cuentos va
penetrando en la sensibilidad
del lector ―y cada suceso y cada
palabra― suave y fluidamente,
como si entraran con la luz y el
aire y sin embargo sintiéndoles
la sustancia viva. La agonía de
la vida y el soplo de la muerte
se percibe en estos cuentos, en
medio de imágenes y giros que
hacen resplandecer esta prosa
madura y fresca a la vez.
Hay otros paréntesis de viajes
que anotar para la biografía de
Pita Rodríguez: marchó a Buenos
Aires en 1948 y allí vivió
algunos meses y en 1958 se fue a
Caracas para regresar a la
patria cuando esta estrenó en
enero de 1959 la estrella de la
Revolución. Fidel a sí mismo, su
fervor y su entusiasmo, su alta
calidad humana, su fina y fuerte
inspiración artística, los ha
consagrado a la Revolución. De
ahí, “Las Crónicas, 1960”,
tercera sección de este volumen
y última de su parte poética,
con una elección del que
publicara bajo el mismo título y
este subtítulo: “poesía bajo
consigna” (primera edición,
ediciones La tertulia, La
Habana, 1961). Dedicatoria: “a
la Revolución. A Félix, mi hijo
miliciano” (que, agreguemos, ha
heredado el estro poético de su
progenitor).
“Poesía popular esta ―afirmaba
certeramente el poeta Heberto
Padilla en el prólogo de Las
crónicas― porque no ha
traicionado ninguna de las
virtudes eternas de lo poético;
porque nacida de una Revolución
que ha transformado el destino
de nuestro pueblo, la canta y
enaltece con la excelencia de la
mejor poesía; popular además,
porque se la siente como dictada
por la misma respiración de la
gente; hecha para decir, como
las canciones de gesta;
desprovista de dificultades a
priori (no hay en el libro
imaginería gratuita que agrega
retórica a la retórica), de modo
que pueda ser leída en voz alta
y encuentre una adhesión directa
e inmediata del lector; poesía
popular, en fin porque no está
hecha por un hombre que dice
estar solo, sino por un testigo
comprometido que, al cantar como
suyo el sentimiento y el fervor
de todos, se encuentra con que
sus palabras están ennoblecidas
por una fuerte y duradera
nobleza”.
Véase, pues, cuán fundamental es
lo que se presenta en estas
páginas, de la obra de Pita
Rodríguez: de su obra,
repetimos, que continuará
ofreciéndonos tan buenos o
mejores frutos que los recogidos
en este bolsilibro.
Prólogo del libro
Poemas y cuentos de Félix
Pita Rodríguez. Ediciones Unión,
La Habana, 1975. |