Año VII
La Habana

7 al 13
de MARZO
de 2009

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Poemas y cuentos de Félix Pita Rodríguez

Una obra de fruto jugoso

Ángel Augier • La Habana

 

En este volumen, se recoge lo fundamental de la obra de Félix Pita Rodríguez, es decir, lo fundamental de una obra aún en proceso y que todavía reserva fruto jugoso, tanto o más que el que nos ofrece en estas páginas. Se trata de una obra por la que circula el hombre en su conjunto de sangre y sueño. Quiere decir esto que el autor está en ella desde dentro, con su tremenda circunstancia en cada etapa de su evolución, con su músculo tenso aún en los momentos más plácidos o regocijados, con su imaginación portentosa que no es sino la forma en que la realidad se rompe en reflejos dentro de uno mismo, como un cristal estrallado que deslumbra y hiere, y resuena, y hace sangrar. Una imaginación que jamás reniega de su realidad original, y que siempre se expresa en lengua excepcional de poeta. Hay aquí poemas y cuentos de Pita Rodríguez. Pero ya veremos que el poeta siempre se impone, sin mengua del narrador.

Hijo de padres gallegos, nació Pita Rodríguez en hogar humilde de Bejucal, pueblo cercano a La Habana. Fecha: 18 de febrero de 1909. De chiquillo aún, vino a la capital, pero ya con el bagaje del narrador formado en el parque pueblerino, ante un auditorio ávido que pagaba complacido los folletines orales que desgranaba aquel muchacho de ojos febriles y cabellera rebelde. Su adolescencia habanera coincidió con el inicio de un poderoso movimiento renovador de la conciencia cubana, determinado por la agudización de la lucha de clases en el país y de las contradicciones entre los intereses nacionales y de los monopolios imperialistas que controlaban la economía y decidían en los rumbos políticos. Como se sabe, esa inquietud de la década de los 20, en le plano literario se manifestó mediante el vanguardismo.

Alegre, iconoclasta, revolucionario, aventurero. Pita Rodríguez desató su ímpetu juvenil a todo trapo y se enroló en la aventura vanguardista, con todos los artistas de l´enfant terrible de aquel instante de negaciones y renuevo. Publicó en la Revista de Avance, en el suplemento literario que dirigía José Antonio Fernández de Castro en el Diario de la Marina, en Orto, en cuanta hoja admitía el grito; con Enrique de la Osa, Pablo Le Riverend y otros fundó Atuei (deformación vanguardista de Hatuey), revista que la policía machadista clausuró por subversiva. El ambiente se hacía irrespirable en la Isla. Ya él había hecho incursiones por las costas de México y de Centroamérica, en andariega bohemia. Le fue fácil desprenderse, pero deslumbrado por las luces de París.

La obra de Pita Rodríguez durante esos años, estuvo dispersa por revistas y periódicos, pero aquí se salva parte de ella, en las secciones primera y última: “Poesía dispersa, 1929-1933”; “Cuentos dispersos, 1929-1935”. Abarca cosas escritas antes de marchar a Europa y de las primeras que escribiera allá. En la poesía le brillaban las luces centelleantes del surrealismo, y también en la prosa, pero en esta predominaba un buen humor criollo al que asomaba un sonriente y epatante cinismo; en ambas, un afán travieso de escandalizar al burgués. No en vano advertía Juan Marinello en un examen de la poesía cubana, que de las tres variantes en que clasificaba José Carlos Mariátegui las corrientes de vanguardia-poesía pura, disparate puro y épica social, del disparate puro solo podíamos ofrecer un espécimen significante: “el verso riquísimo de contenido alusivo y musical, de Pita Rodríguez”[1].

Diez años europeos ―Francia, España, Italia, Bélgica― a más de un año en Marruecos, dejaron su huella profunda en Pita Rodríguez, en el artista y en el hombre, y en el revolucionario que los unía a ambos. La grave realidad histórica de su tiempo se le reveló a plena intensidad en el drama de España. Junto a Juan Marinello, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y Leonardo Fernández Sánchez, integró la delegación cubana al Segundo Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, que celebró sus sesiones en Madrid, Valencia y Barcelona en 1937, en los días en que resplandecía en heroísmo del pueblo español a mayor grado bajo la saña de la agresión nazifascista. De regreso a París, sirvió a la causa republicana hasta el último momento, y a las víctimas del impresionante éxodo. La guerra nos devolvió a Pita Rodríguez en 1940, en viaje vía Santo Domingo.

Recuerdo que sus amigos ―ya lo era yo sin conocerlo hasta entonces― le ofrecimos una bienvenida singular en un restaurante de la Avenida del Puerto: sardina con pan acompañada de cerveza. Su reencuentro con la Isla y su circunstancia se caracteriza por su febril actividad creadora: dirigió el suplemento dominical del periódico Hoy, donde los que alguna vez estudien su obra, encontrarán cuentos, poemas, crónicas suyos; estrenó en Teatro Popular que dirigía Paco Alfonso, su poema dramático “El relevo”; desde entonces se impuso como uno de los mejores autores de obras para la radio, género de nuestra época cuya técnica domina y a cuya calidad ha hecho un gran aporte. En 1942, en elegante plaquette, se publicó su “Romance de América la bien guardada”, premiado en concurso de poemas antifascistas, y en 1945 en un cuaderno fue editado en México su cuento “San Abul de Montecallado”.

Pero, atengámonos al orden en que se recoge en este bolsilibro la obra de Pita Rodríguez. La segunda sección, “Corcel de Fuego, 1935-1945”, es una selección del libro de ese título, publicado en La Habana en mayo de 1948. Las fechas revelan que son versos de la última etapa europea y de los primeros años de su regreso a Cuba. El poeta ha alcanzado un lenguaje depurado, profundo, donde no queda traza de su período anterior, de malabarismos y travesuras. La angustia de vivir una realidad agobiante se mezcla al júbilo del amor que ilumina esa realidad, y a muchos líricos que se desplazan en espacios ricos de imágenes y sugerencias. En ese mismo clima poético hay que considerar a Las Noches, sugestiva prosa lírica escrita en 1940, que forma la cuarta sección de este volumen, aunque solo es una selección  del cuaderno de ediciones La Tertulia que con el mismo título acaba de aparecer en este 1965.

Antes de mencionar la tercera sección del libro ―y última de poesía―, es preciso saltar a los cuentos, por respeto al orden cronológico. Narrador nato, como hemos dicho, Pita Rodríguez es uno de nuestros más relevantes cuentistas. El cuaderno publicado en México, ya mencionado, mostraba esa calidad, que en 1946 le reconocería el jurado del Premio Internacional Hernández Catá. Su colección de cuentos Tobías (La Habana, 1954), habría de ser una consagración de su maestría en ese difícil género. “Cuentos completos, 1963”, la quinta sección de este volumen, incluye una selección del libro de ese título publicado en el año mencionado en la Ediciones Unión, de la UNEAC, que comprende también narraciones recogidas en Tobías.

Hemos advertido que el poeta genuino que hay en Pita Rodríguez, trasciende su obra narrativa. Una profunda veta poética recorre e ilumina todos sus cuentos, sin que en ningún momento el soplo lírico logre predominar sobre la línea del relato, para debilitarla ―para convertirla en más poesía que cuento― sino por el contrario, para aportarle al género un aliento de impar belleza. Es un estilo puro y limpio el de Pita, como el de agua clara, transparente, en cuyo fondo contemplamos el desfile de los rostros de hombres y mujeres con sus rasgos precisos, no solo los físicos sino también los espirituales. Una humanidad doliente y afiebrada, hecha de carne de realidad aunque el autor la haya puesto a circular en este pueblo surgido del sueño que es Montecallado; una humanidad que no cesa de luchar por hacer que florezcan sus mejores ramajes. Porque la mayoría de los protagonistas de Pita Rodríguez aspiran a que sus vidas resplandezcan tales como son, sin máscaras ni dobleces. Y que sus palabras sean expresión de sus sentimientos, no disfraz de su hipocresía.

Cada personaje de sus cuentos va penetrando en la sensibilidad del lector ―y cada suceso y cada palabra― suave y fluidamente, como si entraran con la luz y el aire y sin embargo sintiéndoles la sustancia viva. La agonía de la vida y el soplo de la muerte se percibe en estos cuentos, en medio de imágenes y giros que hacen resplandecer esta prosa madura y fresca a la vez.

Hay otros paréntesis de viajes que anotar para la biografía de Pita Rodríguez: marchó a Buenos Aires en 1948 y allí vivió algunos meses y en 1958 se fue a Caracas para regresar a la patria cuando esta estrenó en enero de 1959 la estrella de la Revolución. Fidel a sí mismo, su fervor y su entusiasmo, su alta calidad humana, su fina y fuerte inspiración artística, los ha consagrado a la Revolución. De ahí, “Las Crónicas, 1960”, tercera sección de este volumen y última de su parte poética, con una elección del que publicara bajo el mismo título y este subtítulo: “poesía bajo consigna” (primera edición, ediciones La tertulia, La Habana, 1961). Dedicatoria: “a la Revolución. A Félix, mi hijo miliciano” (que, agreguemos, ha heredado el estro poético de su progenitor).

“Poesía popular esta ―afirmaba certeramente el poeta Heberto Padilla en el prólogo de Las crónicas― porque no ha traicionado ninguna de las virtudes eternas de lo poético; porque nacida de una Revolución que ha transformado el destino de nuestro pueblo, la canta y enaltece con la excelencia de la mejor poesía; popular además, porque se la siente como dictada por la misma respiración de la gente; hecha para decir, como las canciones de gesta; desprovista de dificultades a priori (no hay en el libro imaginería gratuita que agrega retórica a la retórica), de modo que pueda ser leída en voz  alta y encuentre una adhesión directa e inmediata del lector; poesía popular, en fin porque no está hecha por un hombre que dice estar solo, sino por un testigo comprometido que, al cantar como suyo el sentimiento y el fervor de todos, se encuentra con que sus palabras están ennoblecidas por una fuerte y duradera nobleza”.

Véase, pues, cuán fundamental es lo que se presenta en estas páginas, de la obra de Pita Rodríguez: de su obra, repetimos, que continuará ofreciéndonos tan buenos o mejores frutos que los recogidos en este bolsilibro.    

  

 [1] “25 años de poesía cubana”, en Literatura Hispanoamericana, México, 1937. 

Prólogo del libro Poemas y cuentos de Félix Pita Rodríguez. Ediciones Unión, La Habana, 1975.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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