Año VII
La Habana
2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

 El del Basora

 Félix Pita Rodríguez (Bejucal, 1909- La Habana, 1990)

 

-Tres metros, si acaso.

-Cuatro largos.

-No tienes idea…Cuatro metros cuadrados s un salón de baile. Y aquí, si levantas un poco el brazo para beber, le dás a don Chucho con el codo en el bigote.

-Don Chucho, traiga el metro.

-Te apuesto y medimos…

-¡Vayan a jeringar a otro…!

El Chileno y el Güero se congestionaron en una risa rajada que parecía la misma entre las dos.

-¡Ah, qué don Chucho este!

-¡Ah, qué don Chucho…!

-Mídanse la baja…Váyanse midiendo no más, que ahorita les hará falta para que los entierren.

De nuevo la misma risa del Güero y el Chileno, sonando como una sola.

-¿Van a beber más…? Porque si no, es mejor que ahuequen el ala para el patio. Ustedes solos no beben…

-Dame uno de naranjitas…

-Y a mí de hierbas.

-El dinero por delante… ¿hay?

-Pues claro… ¡Ah, qué don Chucho!

Paticorto y ventrudo, don Chucho salía detrás del mostrador sólo en un pecho velludo, sobre el que reposaba directamente la cabeza redonda, con su coronita de cabellos ralos, grises, y el bigote enorme, espeso, amarilleando de tabaco… Se echó atrás para coger los bocales de cristal con el aguardiente. El pantalón, estrecho y sucio, le llegaba a media pierna. Estaba descalzo.

-¡Ah, viejo nalgón!

-¿Y tu abuela? Si haces un esfuercito, a lo mejor le recuerdas el trasero…

La voz de don Chucho era pastosa y lenta, quejumbrosa. El Güero volvió a reí, entrecortado.

-No tengo abuela, don Chucho. Perdió el trabajo.

-Pues mamá, no creo.

Ahora rió don Chucho, alegre por la intervención del Chileno. Debajo del bigote amarillo, sonaba la risa muelle, como la tapa de una cafetera saltando con el vapor.

-¡Esa estuvo buena, Chileno, buena!

Entraron hablando fuerte y entre risas, tres marineros del “Basora” y el espacio mínimo del tabernucho que el Güero y el Chileno habían querido medir, se colmó. Don Chucho se deslizó aceitoso, hacia los recién llegados.

-¿Qué va a ser?

-Tres aguardientes de hierbas y tres de naranjitas.

-¿Uno y uno para cada?

-Sí. Estamos inventando mezclas —rió un marinero—. Este se hizo una ahora no más, allá en lo de Pascual, con habanero, ginebra y un vaso de naranjita. Mismo que fuera orines, no sabía tanto.

Las risas rebotaban en el techo bajito y lleno de grietas. Don Chucho celebró para congraciarse, sirviendo el aguardiente.

-Una mezcla buena, es la de habanero con ginebra y empujado con aguardiente.

Se volvieron los tres del “Basora” para ver la cara del Chileno.

-Ah, eso debe estar bueno… Ahora probamos. ¿Quiere servirse un vaso?

-Gracias. Deme de naranjitas, don Chucho.

-Está bueno. Pero luego procura no ponerte a gritar en el patio, como ayer no más.

-Andale y no jeringues, asturiano.

De los tres del “Basora”, uno había pegado los ojos en el Chileno y no los despegaba. Tenía en el índice derecho un sortijón grande y pesado, de oro. Don Chucho se encaramó, resoplando, para acercar la llama de un fósforo al quinqué. Aplastados y sucios, los pies parecían extrañas patas de palmípedo.

-Mira no más qué patas —rió el Güero—. No parecen de gente.

Estallaron las risas. Don Chucho se ajustó los pantalones que le resbalaban por la botija del vientre. La luz, amarillenta y temblorosa, añadió su tufo requemado al olor picante del aguardiente. El del “Basora” que miraba al Chileno, se acercó.

-Diga usted, oiga. Si no es curiosidad que le moleste, ¿es usted por un si acaso de Chile?

Los ojos del Chileno le fijaron con sospecha un segundo. El del “Basora” sintió su mirada, desde la gorra hasta los pies.

-De por allá mismo.

-¿Por un si acaso de Valparaíso?

-Así es.

-Será curioso no más, porque no puede ser. A veces uno cree estar viendo una cara, como si ya la viera antes.

-Así pasa —respondió el Chileno. Pero de pronto sintió como si uno de los mosquitos de la trastienda de catres de don Chucho, le estuviera picando en la garganta, por dentro.

- Sin embargo, lo casual es que sea usted de por allá. Puede que el otro fuera pariente de usted —decía el marinero.

El Chileno oyó decir “el otro” como si alguien estuviera hablando desde muy lejos. El otro. ¿Quién podía ser el otro? Hizo una seña a don Chucho para que llenara de nuevo el vaso. Tenía algo tan extraño en los ojos, que el asturiano no pudo decir que no y acercó el bocal de aguardiente.

-A su salud, paisano.

-De eso por lo menos no quedan dudas —rió el del “Basora”—. Paisanos somos.

-Chile está tan lejos, es lo que pasa. —Eso fue todo lo que pudo salir de aquel tumulto de nieblas que lo estaba agitando por dentro. El del “Basora” rió.

-¿Lejos? Bueno: todo está lejos cuando el mar se mete por el medio. ¿Hace mucho que no va a Valparaíso?

-¿Mucho? —la voz del Chileno se quebró grotescamente—. ¿Mucho? Veinticinco años han de ser ya.

-¡Claro que no puede ser! —rió el marinero—. Veintiocho tengo yo ahora. Y de tres años no puede recordarse una cara.

El Chileno se le quedó mirando tan quietamente, que el marinero pensó que iba a dormirse. Así estático, el rostro revelaba toda su miseria. Le faltaba la mitad de los dientes y la oquedad aparecía como una gruta sucia tras el boscaje del bigote. Dos bolsitas rojizas se le abultaban debajo de los ojos turbios, hasta plegarse en manojitos de arrugas junto a las sienes, donde comenzaba, ralo y gris, el pelo que asomaba bajo la gorra mugrienta. El del “Basora” estaba hablando ahora.

-El otro, el que yo digo, era muy joven. Y a veces me parecer querer recordar que llevaba uniforme de oficial. Pero ya puede pensar que eso no quiere decir nada. Yo no tenía aún mis cuatro años.

-¿Uniforme de oficial, dice? —Las palabras del Chileno salían como arrastradas.

-Así es —rió de nuevo el del “Basora” sin dejar de mirar al Chileno—.  Así es. Pero aquél era joven, si todo no es una historia que inventa mi cabeza.

Las manos del Chileno vagaban del cinturón astroso por donde asomaba el mango del cuchillo, a los bolsillos rotos. No sabía qué hacer con su alma, que se le arrinconaba cada vez más, dentro del cuerpo.

-Pero ¿por qué habría de ser una historia inventada? —dijo al fin—. A veces los niños recuerdan para siempre.

-¡Oh, tal vez! —El marinero dejó de reír súbitamente—. Pero piense que yo no tenía cuatro años aún…

-Ya lo sé.

El del “Basora” se le quedó mirando otra vez, sin despegarle los ojos y el Chileno bajó los suyos hasta el suelo sucio, como si el resto de las palabras que iba a decir, hubiesen caído allí. La voz de don Chucho le sacudió en medio de su noche.

-¿Qué van a tomar ahora? Esta va por mí.

El Güero discutía con los otros marineros sobre una mezcla de tequila con cerveza y añadido de habanero. Don Chucho trasegaba aguardiente de los bocales. Con la noche que cerraba afuera, la luz del quinqué se robustecía.

-Yo pienso que aquel hombre era mi padre.

El chileno se sobresaltó tanto, que la copa de aguardiente se deslizó de su mano sucia y fue a rodar a los pies del marinero.

-¿Qué hombre? —fue lo único que le salió desde un oscuro fondo de tinieblas.

-¡Qué hombre iba a ser! El marino, el oficial, el otro… Mi madre me contó cuando fui mayorcito. Y aquí es donde me armo el lío en la cabeza. Si mi padre murió entonces yo no pasaba del año. ¿No le parece?

No puedo contestar. Sordo, ciego, mudo, navegaba por oscuros, silenciosos, remotos mares. Albertina surgía con sus extraños ojos de transparente azul. Estaba llorando. Por la ventana, estrecha y alta, roja de geranios, un pedazo de cielo de Valparaíso. Era como una luz distante que se concentraba. Albertina decía:

-¿Y el niño? ¿Serás capaz? Ya no por mí, porque el cariño no se manda, pero tu hijo. Piensa, piensa…

-Te dejo la casa. Y con el alquiler del bajo, no te faltará para vivir.

-Pero ¿y el niño? —volvía ella a decir—. Y sus palabras se oscurecían con una zozobra tan grande, que dolía.

-El niño no sabe. Y con que tenga lo necesario…

-Algún día preguntará, y entonces no sabré qué decirle. Piensa. Yo podré ponerle el pan en la boca, pero también querrá tu mano sobre su cabecita. Todos los niños la necesitan. No te vayas…

-No puede ser… Tengo que irme.

Vio sus zapatos destrozados en el suelo de la taberna de don Chucho y regresó como arrastrando, aún con el color de los geranios en los ojos. El del "Basora" comenzaba a sentir el aguardiente y hablaba sin importarle la atención del Chileno.

-Cuando lo de la fragata, ¿se acuerda? Tiene que acordarse. Yo lo he oído contar mil veces.

-Me acuerdo. Solo se salvaron cinco.

-Mi padre era primer oficial.

-¿En la fragata? —el Chileno no comprendió así de pronto. ¿Sería otro entonces? Se sintió mejor con aquel pensamiento de duda.

-Sí.

-¿Y murió?

-¡Pues claro! Mi madre me lo contó muchas veces. Cuando las llamas cerraron el paso a los botes, él quiso intentar lo último: pasar para cortar los cables y echar los botes al agua. Se abrasó todo, pero no pudo.

El Chileno le miró alegre. ¿Por qué había imaginado todo aquello sin sentido? No podía ser. El otro era un muerto que no podía estar escuchando su propia historia, como estaba él.

-¿Y usted salió de Valparaíso por su gusto? —dijo el marinero olvidando la fragata incendiada.

-¿Eh? —vaciló—. Pues no sé como decir… Fue por una mujer, ¿sabe? Una cualquiera.

-¡Ah! —rió el del "Basora"—. Siempre una mujer se mete por el medio. Albertina me lo decía a menudo: "Cuídate de esas mujeres que corren las calles ofreciendo más de lo que tienen, Alberto."

El Chileno oyó los dos nombres y luego un zumbido dentro de la cabeza. Un zumbido pesado, taladrante. Volvía a navegar por los remotos, oscuros, silenciosos mares. Sus ojos fueron errando, hasta posarse en la gorra blanca del marinero. Albertina surgía chorreando la luz transparente de la ventana de geranios:

-Piensa… Yo podré poner el pan en su boca, pero él querrá también tu mano sobre su cabeza. Todos los niños lo quieren un día. Preguntará. Y yo no sabré qué decirle…

-¿Quién era Albertina? —la voz le salió en un susurro pastoso, tímido, desesperado.

-¡Quién había de ser! Mi madre. Se llamaba Albertina. Por ella mi padre me puso Alberto.

-¡Ah! —las manos le navegaban errabundas, del cinturón astroso a los bolsillos rotos. Le parecía que nunca más podría hablar. Contuvo el impulso extraño de llevar su mano y posarla sobre la gorra blanca del marinero.

-Mi madre no podía soportar a las mujeres de la calle —rió el del "Basora"—. Decía que tienen veneno en la sangre y las ganas de hacer daño en el corazón.

-Esa es una verdad bien grande —musitó ahora sin recuperar las fuerzas—. Así es.

Navegaba, navegaba como una sombra por aquel mar de sombras. La ventana roja de geranios, estaba allí, más alta que el quinqué de don Chucho. Veía el cielo claro de Valparaíso, la cuna con el niño dormido, los ojos transparentes de Albertina.

-Vamos a beber otro vaso —el del "Basora" estaba hablando de nuevo—. Siempre alegra encontrar a un paisano. Se recuerdan cosas de la tierra, ¿verdad?

-Verdad.

La mano se le iba, independiente y sola, hacia la gorra blanca.

-¿Qué hace? —dijo el marinero.

-Nada… Un mosquito… —se turbó y puso las dos manos sobre el mostrador húmedo de aguardiente, como si las quisiera tener a la vista, para impedirles moverse.

-¿Así que su padre murió en el desastre de la fragata?

-Sí, ya se lo dije.

-Es bueno saber que uno tuvo un padre así, ¿verdad? Aunque sea con la pena de que esté muerto.

-Es bueno, aunque sea triste. Cuando uno sabe que su padre fue así, está obligado. Da seguridad para caminar por el mundo. Fíjese que mi madre no lo olvidó nunca. Y cada vez que yo iba a hacer algo que no estaba bien, me advertía: "Piensa en tu padre, Alberto. Él nunca lo hubiera hecho".

-Verdad que ha de ser bueno.

Los otros marineros y el Güero estaban borrachos. Don Chucho pasaba sobre el mostrador un trapo mugriento y recogía las monedas.

-Voy a irme ya al "Basora". Estos se emborracharon demasiado y ahora querrán ir al "barrio". Siempre quieren arrastrarme, pero yo no puedo. Es por Albertina.

-Sí, claro, hace bien —Estaba pensando otra vez, navegando por el silencioso, remoto mar. La taberna se había llenado de humo y sintió náuseas. Hubiera querido sentarse en el suelo, cerrar los ojos, arrancarse algo frío y delgado que le iba de un lado a otro, corriendo por el cuerpo.

-Bueno, paisano, tanto gusto de haber estado un rato con usted. No esperaba encontrar a uno de Valparaíso por acá. Sin no es por el parecido con el otro, no saco que es de por allá —rió alegre tendiéndole la mano.

-Adiós, Alberto —dijo el nombre letra por letra, como paladeándolo. Luego se frotó la mano contra el pantalón, para secar el triste sudor que la cubría y se la tendió a su vez.

-Tal vez en otro viaje vuelva a verle por acá —dijo el del "Basora"—. Pero el Chileno no lo oyó. Tenía los ojos fijos en un punto lejano, un poco más arriba que el quinqué de don Chucho. Había una ventana roja de geranios, estrecha y alta. Y un pedazo del cielo claro de Valparaíso.

El del "Basora" empujó la mampara y salió.

Tomado del libro Poemas y cuentos de Félix Pita Rodríguez. Ediciones Unión, La Habana, 1975.


Félix Pita Rodríguez: Nació en Bejucal, La Habana, el 18 de febrero de 1909 y falleció en La Habana el 19 de octubre de 1990. Poeta, narrador, ensayista, autor teatral, periodista, crítico literario, traductor, escritor de radio y televisión, colaboró en las principales publicaciones en las que se expresó el vanguardismo en Cuba, como la Revista de Avance, Social, Atuei y el suplemento literario del Diario de la Marina. Visitó París donde estuvo en contacto directo con las principales figuras del movimiento surrealista, formó parte de la delegación cubana al II Congreso de Intelectuales para la Defensa de la Cultura que tuvo lugar en Valencia, Madrid, Barcelona y París. En Cuba ocupó la dirección del magazine dominical del periódico Noticias de Hoy, órgano oficial del Partido Socialista Popular. Se desempeñó como autor radial y fue electo en 1943 por la Asociación de la Crónica Radial e Impresa como el mejor autor dramático, a la par que incursionó en forma ocasional en nuestra vida teatral con su obra El relevo. En 1946 obtuvo el Premio Internacional "Hernández Catá" con su relato "Cosme y Damián". Fue Vicepresidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y Presidente de su Sección de Literatura, miembro del jurado de los principales concursos nacionales e internacionales convocados entre nosotros, como el Premio Casa de las Américas y el auspiciado por la UNEAC. Poemas y cuentos suyos han sido traducidos a numerosos idiomas como el inglés, francés, italiano, alemán, ruso, polaco, checo, chino, búlgaro, húngaro y el vietnamita. Entre sus obras se encuentran: Corcel de fuego, Las noches, Historia tan natural, Tarot de la poesía, San Abul de Montecallado, Tobías, Cuentos completos, Niños de Viet Nam, La pipa de cerezo y otros cuentos, Aquiles Serdán 18, Viet Nam, notas de un diario y Elogio de Marco Polo.

 
 

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