-Tres metros, si acaso.
-Cuatro largos.
-No tienes idea…Cuatro
metros cuadrados s un salón
de baile. Y aquí, si
levantas un poco el brazo
para beber, le dás a don
Chucho con el codo en el
bigote.
-Don Chucho, traiga el
metro.
-Te apuesto y medimos…
-¡Vayan a jeringar a otro…!
El Chileno y el Güero se
congestionaron en una risa
rajada que parecía la misma
entre las dos.
-¡Ah, qué don Chucho este!
-¡Ah, qué don Chucho…!
-Mídanse la baja…Váyanse
midiendo no más, que ahorita
les hará falta para que los
entierren.
De nuevo la misma risa del
Güero y el Chileno, sonando
como una sola.
-¿Van a beber más…? Porque
si no, es mejor que ahuequen
el ala para el patio.
Ustedes solos no beben…
-Dame uno de naranjitas…
-Y a mí de hierbas.
-El dinero por delante…
¿hay?
-Pues claro… ¡Ah, qué don
Chucho!
Paticorto y ventrudo, don
Chucho salía detrás del
mostrador sólo en un pecho
velludo, sobre el que
reposaba directamente la
cabeza redonda, con su
coronita de cabellos ralos,
grises, y el bigote enorme,
espeso, amarilleando de
tabaco… Se echó atrás para
coger los bocales de cristal
con el aguardiente. El
pantalón, estrecho y sucio,
le llegaba a media pierna.
Estaba descalzo.
-¡Ah, viejo nalgón!
-¿Y tu abuela? Si haces un
esfuercito, a lo mejor le
recuerdas el trasero…
La voz de don Chucho era
pastosa y lenta,
quejumbrosa. El Güero volvió
a reí, entrecortado.
-No tengo abuela, don
Chucho. Perdió el trabajo.
-Pues mamá, no creo.
Ahora rió don Chucho, alegre
por la intervención del
Chileno. Debajo del bigote
amarillo, sonaba la risa
muelle, como la tapa de una
cafetera saltando con el
vapor.
-¡Esa estuvo buena, Chileno,
buena!
Entraron hablando fuerte y
entre risas, tres marineros
del “Basora” y el espacio
mínimo del tabernucho que el
Güero y el Chileno habían
querido medir, se colmó. Don
Chucho se deslizó aceitoso,
hacia los recién llegados.
-¿Qué va a ser?
-Tres aguardientes de
hierbas y tres de
naranjitas.
-¿Uno y uno para cada?
-Sí. Estamos inventando
mezclas —rió un marinero—.
Este se hizo una ahora no
más, allá en lo de Pascual,
con habanero, ginebra y un
vaso de naranjita. Mismo que
fuera orines, no sabía
tanto.
Las risas rebotaban en el
techo bajito y lleno de
grietas. Don Chucho celebró
para congraciarse, sirviendo
el aguardiente.
-Una mezcla buena, es la de
habanero con ginebra y
empujado con aguardiente.
Se volvieron los tres del
“Basora” para ver la cara
del Chileno.
-Ah, eso debe estar bueno…
Ahora probamos. ¿Quiere
servirse un vaso?
-Gracias. Deme de
naranjitas, don Chucho.
-Está bueno. Pero luego
procura no ponerte a gritar
en el patio, como ayer no
más.
-Andale y no jeringues,
asturiano.
De los tres del “Basora”,
uno había pegado los ojos en
el Chileno y no los
despegaba. Tenía en el
índice derecho un sortijón
grande y pesado, de oro. Don
Chucho se encaramó,
resoplando, para acercar la
llama de un fósforo al
quinqué. Aplastados y
sucios, los pies parecían
extrañas patas de palmípedo.
-Mira no más qué patas —rió
el Güero—. No parecen de
gente.
Estallaron las risas. Don
Chucho se ajustó los
pantalones que le resbalaban
por la botija del vientre.
La luz, amarillenta y
temblorosa, añadió su tufo
requemado al olor picante
del aguardiente. El del
“Basora” que miraba al
Chileno, se acercó.
-Diga usted, oiga. Si no es
curiosidad que le moleste,
¿es usted por un si acaso de
Chile?
Los ojos del Chileno le
fijaron con sospecha un
segundo. El del “Basora”
sintió su mirada, desde la
gorra hasta los pies.
-De por allá mismo.
-¿Por un si acaso de
Valparaíso?
-Así es.
-Será curioso no más, porque
no puede ser. A veces uno
cree estar viendo una cara,
como si ya la viera antes.
-Así pasa —respondió el
Chileno. Pero de pronto
sintió como si uno de los
mosquitos de la trastienda
de catres de don Chucho, le
estuviera picando en la
garganta, por dentro.
- Sin embargo, lo casual es
que sea usted de por allá.
Puede que el otro fuera
pariente de usted —decía el
marinero.
El Chileno oyó decir “el
otro” como si alguien
estuviera hablando desde muy
lejos. El otro. ¿Quién podía
ser el otro? Hizo una seña a
don Chucho para que llenara
de nuevo el vaso. Tenía algo
tan extraño en los ojos, que
el asturiano no pudo decir
que no y acercó el bocal de
aguardiente.
-A su salud, paisano.
-De eso por lo menos no
quedan dudas —rió el del
“Basora”—. Paisanos somos.
-Chile está tan lejos, es lo
que pasa. —Eso fue todo lo
que pudo salir de aquel
tumulto de nieblas que lo
estaba agitando por dentro.
El del “Basora” rió.
-¿Lejos? Bueno: todo está
lejos cuando el mar se mete
por el medio. ¿Hace mucho
que no va a Valparaíso?
-¿Mucho? —la voz del Chileno
se quebró grotescamente—.
¿Mucho? Veinticinco años han
de ser ya.
-¡Claro que no puede ser!
—rió el marinero—.
Veintiocho tengo yo ahora. Y
de tres años no puede
recordarse una cara.
El Chileno se le quedó
mirando tan quietamente, que
el marinero pensó que iba a
dormirse. Así estático, el
rostro revelaba toda su
miseria. Le faltaba la mitad
de los dientes y la oquedad
aparecía como una gruta
sucia tras el boscaje del
bigote. Dos bolsitas rojizas
se le abultaban debajo de
los ojos turbios, hasta
plegarse en manojitos de
arrugas junto a las sienes,
donde comenzaba, ralo y
gris, el pelo que asomaba
bajo la gorra mugrienta. El
del “Basora” estaba hablando
ahora.
-El otro, el que yo digo,
era muy joven. Y a veces me
parecer querer recordar que
llevaba uniforme de oficial.
Pero ya puede pensar que eso
no quiere decir nada. Yo no
tenía aún mis cuatro años.
-¿Uniforme de oficial, dice?
—Las palabras del Chileno
salían como arrastradas.
-Así es —rió de nuevo el del
“Basora” sin dejar de mirar
al Chileno—. Así es. Pero
aquél era joven, si todo no
es una historia que inventa
mi cabeza.
Las manos del Chileno
vagaban del cinturón astroso
por donde asomaba el mango
del cuchillo, a los
bolsillos rotos. No sabía
qué hacer con su alma, que
se le arrinconaba cada vez
más, dentro del cuerpo.
-Pero ¿por qué habría de ser
una historia inventada?
—dijo al fin—. A veces los
niños recuerdan para
siempre.
-¡Oh, tal vez! —El marinero
dejó de reír súbitamente—.
Pero piense que yo no tenía
cuatro años aún…
-Ya lo sé.
El del “Basora” se le quedó
mirando otra vez, sin
despegarle los ojos y el
Chileno bajó los suyos hasta
el suelo sucio, como si el
resto de las palabras que
iba a decir, hubiesen caído
allí. La voz de don Chucho
le sacudió en medio de su
noche.
-¿Qué van a tomar ahora?
Esta va por mí.
El Güero discutía con los
otros marineros sobre una
mezcla de tequila con
cerveza y añadido de
habanero. Don Chucho
trasegaba aguardiente de los
bocales. Con la noche que
cerraba afuera, la luz del
quinqué se robustecía.
-Yo pienso que aquel hombre
era mi padre.
El chileno se sobresaltó
tanto, que la copa de
aguardiente se deslizó de su
mano sucia y fue a rodar a
los pies del marinero.
-¿Qué hombre? —fue lo único
que le salió desde un oscuro
fondo de tinieblas.
-¡Qué hombre iba a ser! El
marino, el oficial, el otro…
Mi madre me contó cuando fui
mayorcito. Y aquí es donde
me armo el lío en la cabeza.
Si mi padre murió entonces
yo no pasaba del año. ¿No le
parece?
No puedo contestar. Sordo,
ciego, mudo, navegaba por
oscuros, silenciosos,
remotos mares. Albertina
surgía con sus extraños ojos
de transparente azul. Estaba
llorando. Por la ventana,
estrecha y alta, roja de
geranios, un pedazo de cielo
de Valparaíso. Era como una
luz distante que se
concentraba. Albertina
decía:
-¿Y el niño? ¿Serás capaz?
Ya no por mí, porque el
cariño no se manda, pero tu
hijo. Piensa, piensa…
-Te dejo la casa. Y con el
alquiler del bajo, no te
faltará para vivir.
-Pero ¿y el niño? —volvía
ella a decir—. Y sus
palabras se oscurecían con
una zozobra tan grande, que
dolía.
-El niño no sabe. Y con que
tenga lo necesario…
-Algún día preguntará, y
entonces no sabré qué
decirle. Piensa. Yo podré
ponerle el pan en la boca,
pero también querrá tu mano
sobre su cabecita. Todos los
niños la necesitan. No te
vayas…
-No puede ser… Tengo que
irme.
Vio sus zapatos destrozados
en el suelo de la taberna de
don Chucho y regresó como
arrastrando, aún con el
color de los geranios en los
ojos. El del "Basora"
comenzaba a sentir el
aguardiente y hablaba sin
importarle la atención del
Chileno.
-Cuando lo de la fragata,
¿se acuerda? Tiene que
acordarse. Yo lo he oído
contar mil veces.
-Me acuerdo. Solo se
salvaron cinco.
-Mi padre era primer
oficial.
-¿En la fragata? —el Chileno
no comprendió así de pronto.
¿Sería otro entonces? Se
sintió mejor con aquel
pensamiento de duda.
-Sí.
-¿Y murió?
-¡Pues claro! Mi madre me lo
contó muchas veces. Cuando
las llamas cerraron el paso
a los botes, él quiso
intentar lo último: pasar
para cortar los cables y
echar los botes al agua. Se
abrasó todo, pero no pudo.
El Chileno le miró alegre.
¿Por qué había imaginado
todo aquello sin sentido? No
podía ser. El otro era un
muerto que no podía estar
escuchando su propia
historia, como estaba él.
-¿Y usted salió de
Valparaíso por su gusto?
—dijo el marinero olvidando
la fragata incendiada.
-¿Eh? —vaciló—. Pues no sé
como decir… Fue por una
mujer, ¿sabe? Una
cualquiera.
-¡Ah! —rió el del "Basora"—.
Siempre una mujer se mete
por el medio. Albertina me
lo decía a menudo: "Cuídate
de esas mujeres que corren
las calles ofreciendo más de
lo que tienen, Alberto."
El Chileno oyó los dos
nombres y luego un zumbido
dentro de la cabeza. Un
zumbido pesado, taladrante.
Volvía a navegar por los
remotos, oscuros,
silenciosos mares. Sus ojos
fueron errando, hasta
posarse en la gorra blanca
del marinero. Albertina
surgía chorreando la luz
transparente de la ventana
de geranios:
-Piensa… Yo podré poner el
pan en su boca, pero él
querrá también tu mano sobre
su cabeza. Todos los niños
lo quieren un día.
Preguntará. Y yo no sabré
qué decirle…
-¿Quién era Albertina? —la
voz le salió en un susurro
pastoso, tímido,
desesperado.
-¡Quién había de ser! Mi
madre. Se llamaba Albertina.
Por ella mi padre me puso
Alberto.
-¡Ah! —las manos le
navegaban errabundas, del
cinturón astroso a los
bolsillos rotos. Le parecía
que nunca más podría hablar.
Contuvo el impulso extraño
de llevar su mano y posarla
sobre la gorra blanca del
marinero.
-Mi madre no podía soportar
a las mujeres de la calle
—rió el del "Basora"—. Decía
que tienen veneno en la
sangre y las ganas de hacer
daño en el corazón.
-Esa es una verdad bien
grande —musitó ahora sin
recuperar las fuerzas—. Así
es.
Navegaba, navegaba como una
sombra por aquel mar de
sombras. La ventana roja de
geranios, estaba allí, más
alta que el quinqué de don
Chucho. Veía el cielo claro
de Valparaíso, la cuna con
el niño dormido, los ojos
transparentes de Albertina.
-Vamos a beber otro vaso —el
del "Basora" estaba hablando
de nuevo—. Siempre alegra
encontrar a un paisano. Se
recuerdan cosas de la
tierra, ¿verdad?
-Verdad.
La mano se le iba,
independiente y sola, hacia
la gorra blanca.
-¿Qué hace? —dijo el
marinero.
-Nada… Un mosquito… —se
turbó y puso las dos manos
sobre el mostrador húmedo de
aguardiente, como si las
quisiera tener a la vista,
para impedirles moverse.
-¿Así que su padre murió en
el desastre de la fragata?
-Sí, ya se lo dije.
-Es bueno saber que uno tuvo
un padre así, ¿verdad?
Aunque sea con la pena de
que esté muerto.
-Es bueno, aunque sea
triste. Cuando uno sabe que
su padre fue así, está
obligado. Da seguridad para
caminar por el mundo. Fíjese
que mi madre no lo olvidó
nunca. Y cada vez que yo iba
a hacer algo que no estaba
bien, me advertía: "Piensa
en tu padre, Alberto. Él
nunca lo hubiera hecho".
-Verdad que ha de ser bueno.
Los otros marineros y el
Güero estaban borrachos. Don
Chucho pasaba sobre el
mostrador un trapo mugriento
y recogía las monedas.
-Voy a irme ya al "Basora".
Estos se emborracharon
demasiado y ahora querrán ir
al "barrio". Siempre quieren
arrastrarme, pero yo no
puedo. Es por Albertina.
-Sí, claro, hace bien
—Estaba pensando otra vez,
navegando por el silencioso,
remoto mar. La taberna se
había llenado de humo y
sintió náuseas. Hubiera
querido sentarse en el
suelo, cerrar los ojos,
arrancarse algo frío y
delgado que le iba de un
lado a otro, corriendo por
el cuerpo.
-Bueno, paisano, tanto gusto
de haber estado un rato con
usted. No esperaba encontrar
a uno de Valparaíso por acá.
Sin no es por el parecido
con el otro, no saco que es
de por allá —rió alegre
tendiéndole la mano.
-Adiós, Alberto —dijo el
nombre letra por letra, como
paladeándolo. Luego se frotó
la mano contra el pantalón,
para secar el triste sudor
que la cubría y se la tendió
a su vez.
-Tal vez en otro viaje
vuelva a verle por acá —dijo
el del "Basora"—. Pero el
Chileno no lo oyó. Tenía los
ojos fijos en un punto
lejano, un poco más arriba
que el quinqué de don
Chucho. Había una ventana
roja de geranios, estrecha y
alta. Y un pedazo del cielo
claro de Valparaíso.
El del "Basora" empujó la
mampara y salió.
Tomado del libro Poemas y
cuentos de Félix Pita
Rodríguez. Ediciones Unión,
La Habana, 1975.