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Por mucho que se lo cuente les
costará trabajo creer que la simple
aparición de un gorrioncillo muerto
levantó en su época una gran alharaca en
La Habana colonial.
De bufonesco podría catalogarse el
asunto, si en él no se expresaran la
histeria y el odio enfermizos de los
tristemente célebres Voluntarios contra
las ansias de libertad del pueblo
cubano, lanzado a la manigua insurrecta
bajo la guía de Carlos Manuel de
Céspedes, el 10 de Octubre de 1868.
Lo cierto es que antes de ocurrir estos
sucesos, los colonialistas españoles ya
se reconocían a sí mismos en el
referido animal, tenido por cauto y
sagaz, mientras que a los cubanos se les
identificaba con la bijirita, ave
migratoria de ánimo levantisco y
travieso.
La historia comenzó en el anochecer del
25 de marzo de 1869 cuando un voluntario
del Séptimo Batallón encontró el cadáver
del gorrión de marras tirado en los
adoquines de la Plaza de Armas, frente
al Palacio de los Capitanes Generales.
Llevados sus restos al cuartel de la
Fuerza, los uniformados destacados en
ese enclave, juzgaron, en una muestra de
chovinismo absurdo, que el gorrión
"víctima de una bijirita sediciosa”,
encarnaba “el alma española”.
Y decretaron, ni más ni menos, que
rendirle al pajarraco honores de militar
caído en combate.
Increíble, pero cierto.
Como dice Alberto Acosta en su libro
Guanabacoa en la leyenda, editado en
el 2000 por Extramuros, el odiado cuerpo
de Voluntarios, “empapó de sangre
criolla un largo trecho de nuestra
historia”.
Organizada en época del capitán general
Salvador de Muro y Salazar, esta
repudiada fuerza represiva llegó a
contar en sus filas con más de
30 000 efectivos y prodigó violencia por
doquier en toda la Isla, especialmente,
en La Habana.
Los acaudalados extremistas españoles
tenían a su cargo los mandos y el
mantenimiento de sus Compañías y
Batallones.
Tanto poder llegó a tener que se dice
logró incluso la sustitución de algunos
mandos de fuerzas regulares e incluso la
de cierta Capitanía cuando estos no se
ajustaron a sus demandas.
Su vandalismo se manifestó en algunos
dramáticos sucesos, como los del Teatro
Villanueva, el ataque al Palacio Aldama
y el asesinato de los ocho estudiantes
de Medicina, el 27 de noviembre de 1871.
Y es que los Voluntarios fueron como una
caterva salvaje que pretendió arrasar
con la Isla, impuestos como estaban, en
liquidar a toda costa los sueños
libertarios de los cubanos.
Con bombos y platillos, la prensa
integrista reflejó los acontecimientos.
Y no faltó un plumífero que ponderara al
gorrión “como a un soldado de honor
muerto en su puesto de combate”.
Para hacer más grotesco el asunto, si es
posible, el Capitán General de la Isla
en persona participó en las guardias de
honor que se le rindieron al pajarillo
que fue enterrado para remate en un
sarcófago dorado.
Cuentan que en su sepelio, celebrado en
La Loma de La Cruz de la villa de
Guanabacoa, un sacerdote, para colmo de
incongruencia, tuvo a su cargo los
oficios de una misa de campaña, pidiendo
por el alma del malogrado gorrión.
La historia no termina aquí.
En esos días un Voluntario atrapó en
Guanabacoa a un gato comiéndose a otro
gorrión.
Tal afrenta no podía perdonarse.
Juzgado por lo militar, en una increíble
farsa, el infeliz minino,
―
acusado de mambí―,
fue condenado a muerte por intentar
comerse a un "símbolo de España."
Pero, por suerte para él, la sentencia
no se consumó, pues el propietario del
gato, un comerciante catalán, ¡legitimó
la vocación hispana del pobre animal!
Episodios tan grotescos como estos: los
funerales del gorrión y el gato acusado
de mambí, que tanta alharaca levantaron
en La Habana colonial, son una verdad
incuestionable, aunque cueste trabajo
creerse.
Son parte de la historia del tristemente
famoso cuerpo de Voluntarios o de
“Nobles Vecinos”, como se hacían
nombrar, y que empaparon de sangre
nuestra Isla con sus crímenes y sus
desmanes. |