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En los años 80, Héctor
Quintero estrenó en la
sala Hubert de Blanck
una obra titulada
entonces La última
carta de la baraja.
Con su perspicacia
costumbrista, el
dramaturgo se proponía
llamar la atención sobre
el desamparo espiritual
de los ancianos en una
época caracterizada por
el ascenso juvenil.
Desplazado de su
habitación en el hogar,
una vez cumplida su
tarea cotidiana de
adquirir, en sucesivas
colas, las mercancías
requeridas para el
consumo doméstico, el
protagonista permanecía
suspendido en el aire,
sin encontrar modo de
compartir su soledad y
de llenar de sentido el
tiempo disponible.
Vagaba sin rumbo por la
ciudad. Un día, al pasar
frente a un bar, pensó
en tomar una cerveza. El
portero lo detuvo en la
puerta con un rotundo
“no se puede”. En total
desamparo, el viejo
permaneció en el lugar
hasta que otro
parroquiano franqueó sin
tropiezos la puerta
inaccesible para él.
Indagó con timidez por
qué unos hacían lo que a
otros estaba prohibido.
Tajante, el portero le
respondió que decir “no”
era su pedacito de
poder. El prolongado
murmullo de aprobación
de los espectadores
demostró que el
bocadillo revelaba una
llaga latente en la
conciencia social. Por
un costado aparentemente
colateral en el decursar
de la trama asomaban
rasgos del pensamiento
burocrático,
parasitario, multiforme
y rampante, rígido y, a
la vez flexible para
ajustarse a las
conveniencias de cada
momento.
No sorprende advertir
que la narrativa del
siglo XIX convirtiera al
burócrata en personaje
literario. En su
desarrollo impetuoso,
aparejado al crecimiento
desigual de las
estructuras
capitalistas, la novela
se empeñaba en
desentrañar las claves
de una pirámide social
cada vez más compleja.
Para Balzac, los
pequeños empleados de la
administración, carentes
de un porvenir posible,
se situaban en la base
de un andamiaje en
rápida construcción. Su
imagen concreta se
asociaba a un oscuro
atuendo raído, tan
sombrío como la covacha
donde cumplía sus
funciones habituales.
Los paradigmas del éxito
estaban en otro mundo
donde, para los
Nuncingen, los Vautrin y
los Rastignac, el dinero
borraba la suciedad de
las manos. Con un
relente de bovarismo, el
mundillo sotanero de
Maupassant se debatía en
la irremediable fractura
entre los sueños y la
realidad.
En Francia, la marca
napoleónica había
reforzado la rígida
estructura vertical de
un estado centralizador,
incólume en su tránsito
del imperio a la
república. Las
autocracias
austrohúngaras y
zaristas generaron una
extensa burocracia
parasitaria. Su poder se
extendía a los confines
de sus extensos
territorios. Su
mentalidad permeaba
todos los estratos de la
administración pública y
de justicia. En una
Italia sometida al
dominio de Austria,
Hipólito Nievo
satirizaba, en las
Confesiones de un
italiano la imagen
grotesca de una
magistratura
desarraigada,
usufructuaria de un
arbitrario poder
absoluto. Más diversa,
la pequeña humanidad de
Gogol fluctuaba entre la
extrema miseria y la
corrupción llevada hasta
la venta de las almas en
un país donde subsistía
el régimen de
servidumbre.
En la periferia de un
imperio decadente, Ramón
Mesa introducía al
burócrata en la amplia
galería de personajes de
la Cuba decimonónica. En
un estado con su capital
distante y
centralizadora, donde se
afirmaba que “la ley se
acata, pero no se
cumple”, el tráfico de
influencias extendía sus
redes desde Madrid hasta
La Habana. La América ya
no podía hacerse
mediante las hazañas de
los conquistadores. En
la sombría y maloliente
oficina del burócrata,
podía iniciarse la
carrera hacia el oro.
Desde su oficina, el
protagonista de Mi
tío, el empleado
aprende las reglas
establecidas para su
ínfimo ejercicio del
poder, punto de partida
para aspiraciones de
mayor cuantía. A la
lentitud infinita de las
gestiones, se añade la
sumisión absoluta a las
señales de lo alto, al
margen del estricto
cumplimiento de la ley.
Quien violara esa norma,
sería precipitado al
abismo de miseria y
muerte por mandato
irrebatible venido de
arriba. Para sobrevivir,
más que atender a su
menester, el empleado
aprendía a descifrar los
códigos del lenguaje de
la superioridad. Sobre
los cimientos de esa
conducta, empezaron a
construirse las bases de
un pensamiento
burocrático.
El personaje del
burócrata se desdibujó a
lo largo de la República
neocolonial. En su
lugar, el periodismo y
la crónica costumbrista
se detuvieron en el
cesante que remitía
también a una vertiente
de la tradición hispana.
En una economía regida
por el monocultivo
azucarero y sus secuelas
de inestabilidad, tiempo
muerto y anémica
industrialización, el
aparato gubernamental se
convertía en fuente de
trabajo apetecible.
Algunos podían aspirar a
beneficiarse de las
salpicaduras de los
tiburones de la
política. El acarreo de
votos se remuneraba, en
caso de victoria, con la
redistribución de los
cargos públicos.
Llamadas botellas, las
prebendas se
multiplicaban de acuerdo
con la contribución de
cada cual. El tráfico de
influencias implicaba la
obtención de documentos
fraudulentos, la evasión
de las exigencias del
fisco y la gestión de
leyes favorables a
intereses personales
ante los congresistas.
Todo ello se producía
con olvido de los
intereses supremos del
estado y en menoscabo de
la atención requerida
por quienes acudían a
las oficinas impelidos
por la necesidad de
viabilizar algún
trámite. Descubierta por
Arquímedes, la palanca
forjada en la comunidad
de intereses, en la
corrupción monda y
lironda o en los deberes
de la amistad, era la
fuerza necesaria para
remover dificultades.
Quien tiene un amigo,
tiene un central, se
decía. Mientras tanto,
Liborio paseaba su
desamparo por las
páginas de los
periódicos.
El triunfo de la
Revolución barrió, entre
otras cosas, con esas
rémoras del pasado.
Satisfizo la aspiración
popular de vestir la
casa de limpio.
Dignificó el trabajo en
tanto valor primordial y
generó nuevas fuentes de
empleo en el campo y en
la ciudad. El uso de la
palanca fue sustituido
por el reconocimiento
del mérito de cada cual.
Sin embargo, la
burocracia y el
pensamiento que la
acompaña tienden a
reproducirse. La
muerte de un burócrata,
de Tomás Gutiérrez Alea
alertaba, desde fecha
temprana, acerca de la
aparición de esta
sintomatología maligna.
Poco después, se produjo
una sacudida nacional
contra las primeras
manifestaciones de
hipertrofia. Entonces,
las máquinas de escribir
se convirtieron en
imagen tangible del
fenómeno. Los llamados
al orden se repetirían
sucesivamente en varias
ocasiones para frenar el
procedimiento según el
cual la apertura de cada
nueva dependencia
comenzaba, antes de
producirse su desarrollo
natural, por la
elaboración de un amplio
organigrama con extensas
ramificaciones.
No imputable a la
esencia del socialismo,
sino a la agudización
del bloqueo conjugada
con el derrumbe de la
Europa socialista, así
como las repercusiones
de estos acontecimientos
en un país siempre muy
dependiente del comercio
exterior, la crisis
económica se abatió
sobre los cubanos con
violencia aterradora. Se
generó una mentalidad de
supervivencia en
condiciones de extrema
precariedad. La obsesión
por el día a día
desplazó el diseño de
proyectos de vida en una
perspectiva de horizonte
abierto al mañana. Las
jerarquías sociales se
modificaron. Subsistir
con las propinas
recibidas como maletero
era más ventajoso que
estudiar una carrera
universitaria. La moneda
nacional perdió su valor
y se desacreditó ante el
predominio de la divisa
convertible. Por ello,
de la crisis económica
derivaba la crisis de
valores. Reverdecieron,
como paradigmas,
personajes de la
república neocolonial,
el pícaro, el buscavidas
ahora llamado luchador.
Una tolerancia
generalizada convivió
con diversas formas de
jineterismo, extendidas
más allá de su expresión
visible, la venta de los
cuerpos. Quienes
ofrecían resistencia a
estas reglas del juego,
integraban la categoría
de los ilusos o, algo
peor, de los
comemierdas. En el plano
de los valores, la
crisis traspasó la etapa
más dura del llamado
período especial. La
aparición de las
shopping despertó
apetencias que no se
redujeron a las demandas
más apremiantes. El
regreso de un espíritu
pequeño-burgués concedió
a la pacotilla el
sentido de
representación simbólica
del tener, más
importante que las
cualidades inmanentes
del ser. Recordando una
vez más a Héctor
Quintero y su
costumbrista Contigo,
pan y cebollas, la
posesión del
refrigerador significa
el reconocimiento de un
estatus social ante el
vecindario. Se llega a
producir basura
artificial para ocultar
la miseria de la mesa
familiar. Se fractura
así el valor trabajo
como base de una
estructura axiológica
coherente.
En ese contexto, la
conducta burocrática se
ajusta camaleónicamente
a las nuevas
circunstancias de la
sobrevida. Para evitar
el impacto del
desempleo, ha crecido
hasta la hipertrofia.
Opera sobre el vacío sin
correspondencia con el
desarrollo de la
economía real. Para el
conjunto de la
población, sus efectos
repercuten sobre todo en
su vitrina, la
cotidianidad de los
servicios, de los
trámites interminables,
de las pequeñas
corruptelas, expresiones
tangibles de un
miserable ejercicio del
poder. Se trata, sin
embargo, de la
metástasis de un
problema más profundo.
En este orden de cosas,
algunos vicios preceden
la crisis económica. Por
encima del pequeño
empleado, las instancias
determinantes en el uso
de bienes y recursos han
generado mecanismos para
el ejercicio del poder
con relativa autonomía
hasta socavar en la
práctica principios y
objetivos de la
Revolución. Han
implementado, según las
características de cada
momento, estrategias
para encubrir la verdad
tras las apariencias, a
la vez que alentaron en
sus respectivos feudos,
pequeñas guerras
intestinas. Para
subsistir, miraron
siempre hacia arriba,
ajenos a las demandas de
una realidad cambiante,
razón de ser de su
trabajo.
Algunos apuntes
costumbristas pueden
revelar rasgos
característicos de este
comportamiento. En los
años 60, las luces
permanecían encendidas
en las oficinas durante
toda la noche. Lo que
parecía entrega sin
reservas a la tarea,
enmascaraba el
despilfarro del tiempo
regulado para su
ejecución. Entonces, el
paradigma era la
modestia en el
vestuario, botas cañeras
o milicianas, pantalones
de faena mal cortado o
lo que alguien llamó
“uniforme de lechero”.
Poco a poco, el atuendo
se formalizó con el uso
de guayaberas y duros
maletines con cerraduras
que parecían estallar al
abrirse. Cierta mejoría
en lo económico
favoreció ciertos
privilegios, asignación
de autos, acceso a
centros de recreación y
vacacionales, viajes de
trabajo. De estos
últimos se regresaba con
el equipaje cargado de
bienes de consumo.
Necesarios por las
insuficiencias de la
industria ligera
nacional, esos artículos
se convertían, juntos a
los autos y a los
restantes privilegios,
en símbolos de ejercicio
del poder. Ante el
despliegue, se convirtió
en lugar común afirmar
las bondades de los de
“afuera”. La pacotilla
GUM era el antecedente
de la pacotilla
shopping. De manera
subrepticia,
proliferaban los
intereses creados y
había que defenderlos a
toda costa, mediante
complicidades y a través
del sutil socavamiento
de las medidas de
control.
Ese grupo social de
burócratas, colocado por
encima del empleado que
nos atiende en los
trámites de cada día,
obligado a defender
intereses que les son
comunes, constituye
alianzas que atraviesan
horizontalmente las
estructuras
administrativas. El
intercambio de favores
conduce a la
complicidad, a la
edificación de
intrincados laberintos
en una atmósfera
envuelta en el misterio.
Son insumergibles,
porque de espaldas a los
intereses verdaderos de
la ejecución de una
política, trabajan para
sí. Lo que otrora fue
disfrute ególatra de un
poder secuestrado a los
intereses reales de la
Revolución unido al
usufructo de privilegios
menores, se ha
convertido, en las áreas
más sensibles, en fuente
de corrupción.
Así, sus estrategias de
supervivencia subvierten
el sentido de las
prácticas establecidas
para garantizar la buena
marcha de los asuntos
del estado y para
comprobar sus resultados
en la realidad. En
sucesivas escalas, se
trata, ante todo, de
complacer al jefe
inmediato superior con
imágenes panglosianas de
los hechos. Los informes
de balance y, aún,
aquellos que se
presentan en las
asambleas de rendición
de cuentas, responden a
una retórica precisa. La
avalancha de
estadísticas, huérfanas
del análisis crítico con
un instrumental adecuado
a cada sector,
enmascaran los hechos de
la realidad. Año tras
año, se acumulan
arrumbados en algún
archivo. No constituyen
herramientas de trabajo
para el ajuste y la
rectificación
necesarios. Lo abstracto
ocupa el lugar que
debiera corresponder a
lo concreto. La retórica
al uso se complementa
con el empleo
estereotipado del “no
obstante” en el
encabezamiento de los
párrafos finales de cada
informe. Es el paraguas
sustitutivo de una
auténtica autocrítica. A
modo de escudo
protector, “a pesar de…
no estamos del todo
satisfechos”, suele
decirse. Pero nunca se
sabe, en términos
específicos, de qué. Y
los problemas no se
acorralan.
El análisis de las
dificultades en el
terreno se lleva a cabo
mediante inspecciones.
En fechas programadas,
la caravana, a modo de
muerte anunciada,
recorre el país. En cada
lugar, se trabaja para
responder a las demandas
previstas. Se designan
las contrapartes y se
organizan los
recorridos. Se ajustan
los detalles de lo que
constituye la
formalización de una
representación escénica.
Así, al margen de su
correlato en la
realidad, se van
cumpliendo las metas y
se despilfarran los
recursos humanos y
materiales. Y lo más
grave, en el rejuego de
las apariencias, se
vulnera la moral
socialista y se debilita
la capacidad de
convocatoria política
para la indispensable
voluntad rectificadora
del conjunto de la
sociedad. El
escepticismo sustituye
la confianza en la
posibilidad de cambiar
las cosas. Regresan los
personajes que poblaron
el imaginario de la
república neocolonial.
Se añaden al pícaro, el
portador de la guataca,
el sufrido Liborio y el
Bobo de Abela.
En los momentos
actuales, el pensamiento
burocrático se entroniza
en una capa resistente a
los cambios necesarios.
En asuntos puntuales de
su competencia, se
paraliza ante el miedo
al error. La falta de
respuestas conduce a la
proliferación de vías
paralelas para
solucionar asuntos
impostergables tanto en
la esfera institucional,
como por parte de los
privados. De este modo,
se quiebran los
principios de legalidad
que deben regir dos
destinos de nuestra
sociedad. En muchos
casos, el
administrativismo de los
procedimientos sustituye
el enfoque político.
Como en tiempos de
España, la ley se acata,
pero no se cumple. En
consecuencia, la doble
moral deviene norma de
conducta generalizada.
La coyuntura actual
exige el rescate de los
valores resquebrajados.
En una sociedad como la
nuestra, la moral
pública se sustenta en
una ética del trabajo en
términos de justa
remuneración y también
en términos de
reconocimiento social.
Toda sociedad establece
paradigmas. En el
capitalismo y,
particularmente en
EE.UU. los modelos se
derivan de la
confrontación entre
loosers y winners
―perdedores y
triunfadores―. En la
nuestra, la ejemplaridad
debe dimanar de una
ética de servicio, no
contaminada por el monto
del dinero. En los años
60 del pasado siglo la
polémica entre los
estímulos materiales y
morales ocupó un
importante espacio
público. No se trata de
renunciar a unos en
favor de otros, sino de
conjugarlos de manera
eficiente. Paralizante
y, en última instancia,
de esencia reaccionaria,
el pensamiento
burocrático representa
un obstáculo objetivo
para la salvaguarda del
porvenir del proyecto
revolucionario cuando
tanto nos preocupa su
hipotética
reversibilidad. El
rescate efectivo de
nuestros paradigmas y la
revisión radical de
nuestros métodos son
factores esenciales para
el diálogo impostergable
con las nuevas
generaciones. |