Año VII
La Habana

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Entrevista con Frank Fernández

La música infinita

Johanna Puyol • La Habana

Fotos: Cortesía del entrevistado


El maestro Frank Fernández arriba a su cumpleaños 65 y sus 50 años de carrera artística tras una larga historia de triunfos nacionales e internacionales marcados por una mezcla genial de talento, virtuosismo técnico y versatilidad.

Considerado uno de los grandes pianistas mundiales, se ha ganado un lugar especial en el gusto de sus coterráneos por haber llevado mano a mano y con igual destreza la música de concierto y la música popular. Su entrega a la vocación musical no ha conocido barreras de formatos, géneros o estilos desde que fuera iniciado en el piano a los cuatro años por su madre Altagracia Tamayo, directora de la Academia Orbón en su pueblo natal, Mayarí Abajo, hasta su insigne labor pedagógica que dio a Cuba toda una generación de excelentes pianistas.

En el ambiente propicio de su estudio, ya enfrascado en los ensayos para su próximo concierto en el teatro Mella en saludo a la Semana de la Cultura de Plaza —el 18 de marzo—, el maestro encuentra espacio para comentar sobre este medio siglo de intensa actividad. Frank Fernández recibirá un homenaje el 14 de marzo en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán y otro tanto en el desarrollo del próximo Cubadisco 2009.

¿Qué legado le dejó Altagracia Tamayo?

Mi madre… Hay cosas difíciles de explicar. Todavía se discute si existe la espiritualidad en el legado que dejan los padres. Todavía no se sabe lo suficiente del legado genético, que aunque sí se acepta científicamente es inexplicable, por ejemplo, cómo mi hermana, que creció en el mismo medio ambiente que yo y supuestamente tiene los mismos genes, terminó el piano por un acto de cariño y respeto, pero no lo desarrolló suficientemente, a pesar de que creo que tenía más condiciones de las que ella piensa. Sin embargo, yo me senté al piano desde los cuatro años.

El legado de mi madre, más importante que los genes que me transmitió, que la espiritualidad que pudo entregarme, y también que haberme puesto las manos al piano —académicamente hablando, porque yo empecé antes de oído—, considero que fue las últimas palabras antes de su muerte, una petición que me ha marcado la vida entera. Si fuera a resumir, diría que toda mi obra está dedicada a la memoria de mi madre.

Ella dijo en su lecho de muerte, cuando yo tenía seis años: "Mijo, no abandones nunca el piano, tú tienes talento". Tuve muchos momentos, sobre todo a partir de los 11 años, en los que quise dejar el piano porque mis intereses eran diferentes, como pasa casi siempre con cualquier joven de esa edad. En esos momentos, aquellas palabras fueron el yunque que me hizo insistir para no traicionarla, para respetarla. Luego me hice adicto y dependiente de tocar, porque realmente no puedo vivir sin la música, y tengo la sensación de que en todos los momentos importantes, como este en el que estoy cumpliendo medio siglo, he sobrevivido a esta selva de ser un músico clásico en un país tercermundista —que es muy complejo por muchas razones— gracias al espíritu de mi madre, que jamás he visto. He hecho incluso misas espirituales para poder hablar con ella, pero no se ha dado y no sé si existe. Respeto mucho a los que lo han logrado, pero no supe y parece que no sabré lo que es el amor de una madre. Es ese espíritu el que me mantiene y me apoya, es cumplirles a esas palabras, a ella, es respetarla y no abandonar el piano. A veces siento que ella está conmigo, ese es el legado que me ha dejado Altagracia Tamayo, mi madre.

La música tradicional y la música popular cubanas han sido muy importantes en su formación y su desempeño. ¿Es preciso tener estas influencias para lograr una música clásica de auténtica identidad nacional?

Me parece que hay cuestiones científicas que ya son conocidas: lo primero que hace un buen psicólogo con cualquier persona que sufra un trauma de personalidad, que tenga dificultades sicológicas, es tratar de que se conozca a sí misma. Nadie puede sobrevivir en ninguna circunstancia si no sabe más o menos quién es. Conocí la música popular desde muy niño porque mi madre me enseñó los grandes clásicos, pero en la casa del director de la Banda Municipal conocí a Sindo Garay, a Manuel Corona, a Miguel Matamoros, a Benny Moré, a María Teresa Vera. A muchos de ellos los conocí personalmente, o en el caso de Pepe Sánchez, por ejemplo —el trovador que hizo el primer bolero, "Tristeza"—, oí toda su música, lo conocí artísticamente.

Más que un disfrute personal, esta música se convirtió en una escuela. Conocer bien a Sindo Garay y a Matamoros, a Rosendo Ruiz y a Corona, es conocer la identidad nacional, conocer bastante de cerca lo que es la cubanía, esa cosa inexplicable que es difícil expresar en palabras.

Por eso, cuando toco Beethoven, Rachmáninov o Tchaicovsky, nunca pretendo hacer una versión folclorista o una versión de "cubaneo", y mucho menos utilizar la obra de estos grandes para hacer autobiografía. Trato de adentrarme en el mundo espiritual del compositor, y a veces me creo el propio compositor. A veces llego a alucinar con esta apropiación después de estudiar mucho, de leer, de repetir y de soñar mucho, porque más que estudiar y leer lo que hago es soñar, tratar de intuir qué quería el compositor. Ahí es donde logro trasmutarme en el propio autor sin que yo lo pretenda y sale Sindo, sale Corona, sale Altagracia Tamayo, sale la esencia de la cultura cubana.

Se dice que soy uno de los intérpretes latinoamericanos de mayor cercanía con la identidad nacional, pero no es una actitud intelectual. Yo gozo, o trato de gozar, todo lo que hago.

¿Es algo que le ha trasmitido a la escuela cubana contemporánea de piano? ¿Es lo que la distingue de las otras escuelas internacionales?

Hablar de las escuelas es muy difícil porque todo el mundo se niega a aceptar que haya algo nuevo o mejor. A mí eso no me preocupa. Lo que más me interesa es que existen pianistas cubanos de primera categoría mundial formados por mí, que no conocieron otra información que no fuera la que recibieron en Cuba. Esa es una de las características que le dan derecho a un país a decir que tiene escuela de boxeo, de béisbol, de ballet, de guitarra o de piano.

Lo segundo que sucede es que hay una serie de parámetros, una forma de priorizar la espiritualidad por sobre todas las cosas. No digo que la escuela de piano cubana sea absoluta y que nació de la nada, de entrada empezó con Ignacio Cervantes en el siglo XIX, un hombre que estudió en París, pero que vino a Cuba y amó también la música popular. Una vez más la música popular tuvo un papel protagónico en la formación de uno de los padres de la música cubana. Cervantes creó sus danzas para piano, que él no consideraba muy importantes y resulta que son un paradigma en Latinoamérica. Él y Manuel Saumell son de los primeros compositores nacionalistas.

Es ese mundo que empezó desde Cervantes el que asumí como propio, que inculqué en mis alumnos y que creo que contribuyó de alguna manera a lo que los rusos llaman la escuela contemporánea de piano cubana, de la que me consideran el creador. Por supuesto que soy parte de esta escuela, fui el momento, el segundo en que se cristalizó todo ese mundo de información de Cervantes, de Espadero, de Lecuona, de Cecilia Aristi, de Ivette Hernández, de Zenaida Manfugás, grandes pianistas que también tienen su aporte; de Jorge Bolet, uno de los más grandes pianistas cubanos que murió en EE.UU. siendo ciudadano norteamericano.

Yo estuve en el momento preciso, el día adecuado. Todos los laureados internacionales que había hasta ese momento habíamos estudiado en Europa o en EE.UU. Todo el mundo me decía que no se podía ser laureado desde Cuba. Es importante que lo diga: nadie confió en mí. Me dijeron: eres un gran pianista, tienes mucho talento, estudiaste en Rusia, tienes una buena formación, pero para ser laureado internacional hay que ir a la gran Europa o a los grandes EE.UU. donde no tienen la misma tradición pero compran a los mejores. Desanimado por muchos intelectuales de este país —que por cierto, después que mis alumnos triunfaron los acogieron con cantos de sirena para asumirlos como propios— me dije: ¿por qué no? Si tienen talento, si tenemos información de los mejores conservatorios de Europa, ¿qué les impide avanzar? El ambiente cultural, me respondieron. El ambiente cultura es importante, pero tiene un límite. Creo que los grandes artistas son más que nada intuición, talento y sacrificio. Desde el fondo de una cueva Beethoven, que ni siquiera oía bien, iba a ser lo que fue. Pienso que Víctor Rodríguez, Jorge Luis Prats, Leonel Morales, Elisa Pedroso y todos mis grandes alumnos laureados internacionales lo que necesitaban era un poco de fe, de ayuda y talento en la pedagogía. Sí creo que existe una escuela de piano cubana y estoy convencido de que tiene características propias, que como todas las escuelas es muy difícil de traducir, porque la música es un lenguaje particular.

Para la Clausura del IV Festival de Orquestas Sinfónicas de Cuba, por ejemplo, interpretó "Emperador", de Beethoven y reconoció que estuvo practicando seis meses para ese día. ¿Usualmente es tan intensa la preparación de un concierto?

Así es, y lo peor es que después de seis meses a veces no sale bien. Estuve preparando "Fantasía", de Schumann, durante siete años antes de tocarla en público. Esa obra contribuyó a que fuera laureado internacional, saqué las mejores notas en el Conservatorio Tchaicovsky en Moscú, pero estuve a tal punto inmerso en ese mundo un poco demencial de Schumann —porque ya estaba medio loco cuando la compuso, antes de su intento de suicidio— que llegué a enfermarme de los nervios. Después de eso, la toqué y la he tocado varias veces.

La preparación para tocar bien una obra es infinita. Te puedo poner un ejemplo maravilloso de nuestra cultura que se llama Bola de Nieve. Tuve la dicha de conocer a Bola cuando yo tenía 14 años, compartimos incluso en el Karachi, en un tiempo en que trabajé ahí. Bola daba la impresión de que cada vez que cantaba improvisaba la canción. Yo le dije: "Bola, lo estoy oyendo todos los días, le oí ayer esto mismo, 'Vete de mí', y hoy lo vuelvo a oír y usted parece que la está inventando en ese momento". Me dijo: "Ah, mijito, el problema es que yo estudio mucho. La gente se cree que yo estoy nada más riéndome y gozando, pero yo estudio y repito y repito la canción. Primero, no canto nada que no me guste mucho", cosa que yo también hago, no toco nada porque me convenga sino porque me gusta. Respeto a todo el que lo haga diferente. Bola decía: "Después que repito tanto y que la canción ya la asimilé de tal manera, entonces yo soy la canción que canto y por eso te parece que la invento cada día que toco". Ese es el trabajo infinito, uno que no tiene término a no ser la muerte. Pienso que aún después de la muerte va a ser infinito porque lo que uno transmitió sobre esa obra que estudió tanto, a sus alumnos y a sus oyentes, o dejó plasmado en un disco, va a contribuir a que se toque mejor y más cerca de la esencia de lo que quiso el compositor.

Ha llegado a los 65 años de vida y a los 50 de experiencia artística con una historia muy rica. ¿Cómo calificaría el momento profesional y personal que vive ahora?

Este momento está lleno de una profunda alegría y de grandes temores. La profunda alegría es producto de que yo, si volviera a nacer haría todo lo más exacto posible a lo que ya he hecho. Quizá rectificaría algunas cosas, estudiaría más en alguna etapa de mi vida o disfrutaría más en alguna otra. Pero salvo esos detalles, disfrutaría cada día, vivir el momento exacto donde no existe ni el pasado ni el futuro, porque lo único que existe es este momento.

Así como digo que volvería a hacer lo mismo y que me siento feliz e íntegro, dichoso de haber podido hacer casi todo lo que he querido en la vida, el temor que tengo es que no me siento fuera del piano ni fuera del escenario, pero no quisiera que el público viera mi deterioro. La vida tiene una curva inevitable: primero sube y sube, suponiendo que haya talento y dedicación, inevitablemente llega a una gran meseta por un tiempo y luego desciende física, intelectual y espiritualmente. ¿Cuándo empezará ese momento? No quisiera vivirlo. Quisiera morirme un segundo antes de empezar a perder facultades. Ese es el temor que siento después de medio siglo de trabajo profesional exitoso, por qué no decirlo. Sería falsa modestia y vanidad no decir que han sido de mucho éxito, pero ahora estudio más que antes, me pregunto todos los días: ¿cuándo mis facultades físicas e intelectuales no van a acompañar mi deseo y mi amor por el arte? Pero llegué a la conclusión de que, como no soy capaz de retirarme, tendré que enfrentar, como siempre hago, ese guante. Yo nunca dejo un guante en el suelo. La vida me hizo así y voy a seguir así. Seguiré tratando de tocar mejor, y el día que lo haga peor ojalá que me dé cuenta.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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