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Al analizar toda la complejidad
alrededor del retrato de
Plácido, hay que partir de una
interrogante: ¿existen realmente
o son solo imágenes
convencionales con algún que
otro rasgo parecido al original
las que tenemos en nuestras
manos? Véase lo planteado por
Ildefonso Estrada y Zenea, quien
en carta a
El Observador —no
aparece consignada la fecha—
manifiesta lo siguiente:
“Plácido jamás se retrató:
“En su tiempo no se conocía la
fotografía.
Y apenas si alcanzó las primeras
pruebas del
daguerrotipo,
es decir, aquellos retratos que
se hacían en
planchas
de plata pulimentadas, que era
preciso colocar
en luz
para que se viesen.
“Los retratos más en boga
entonces, eran los llamados
miniaturas o miniados,
sobre marfil, en lo que era una
notabilidad en la habana, el
italiano
Zuchelli,
pero eran muy caros.
“[…] de ahí que Plácido, poeta,
es decir,
pobre
no se ocupase de asuntos tan
ajenos a sus condiciones y
ainda maia,
a su carácter asaz
despreocupado.”
Es importante tomar en
consideración este planteamiento
porque a partir de la base de
que
no existe
un retrato como tal, sino copias
de bocetos hechos por pintores
que lo conocieron, solo podemos
aspirar a determinar cuál de
ellos es el más parecido a
Gabriel de la Concepción Valdés.
Se sabe por el historiador Pedro
José Guiteras que en 1836 el
poeta consintió en retratarse
para ilustrar una edición de sus
versos que iba a ser publicada
por Boloña, su antiguo maestro,
impresión que no llegó a
realizarse por desacuerdos entre
ambos. “Lo más sensible de esta
ocurrencia
—dice
Guiteras—
es
la pérdida del retrato de
Valdés, que fue
litografiado en La Habana y
debía adornar la edición,
cuyos ejemplares quedaron
almacenados en la imprenta y
abandonados a la injuria del
tiempo, pérdida irreparable por
haber sido LA ÚNICA VEZ que se
prestó a que lo retratasen.”
Con la desaparición del retrato
de la edición de Boloña,
perdimos, tal vez, la única
oportunidad de saber cómo era
exactamente el autor de la
“Plegaria a Dios”.
Las efigies conocidas. Opiniones
favorables y desfavorables
El retrato del Álbum para todos
En el periódico
Álbum para todos
del 9 de febrero de 1885, su
director, Ildefonso Estrada y
Zenea, publicó en la “Galería de
poetas y escritores cubanos” un
boceto que generó una
interesante polémica sobre su
autenticidad e incluso sobre la
posible existencia de retrato
alguno. Salieron a la palestra
varios de los intelectuales de
la época para desmentirlo, y la
imagen fue declarada apócrifa
casi por unanimidad. Lo más
interesante de la discusión, ya
que Estrada y Zenea no pudo
probar su autenticidad, fue la
gran cantidad de opiniones
vertidas y que arrojaron alguna
luz sobre el aspecto físico de
Plácido. Sobre la imagen, dicho
intelectual plantea: “[...] lo
que debemos procurar es que haya
siquiera un retrato convencional
y aceptado”,
lo cual pone de manifiesto
superficialidad. Según él,
estaba tomado de un boceto hecho
en Matanzas por Pío Dubrocq,
“quien se proponía hacer el
retrato del inspirado vate”.
Más tarde, el Dr. Vidal Morales
consiguió en Matanzas el
original de dicho dibujo, pero
éste no se asemeja en nada al
boceto que aparece en la
“Galería…”. El retrato del
Álbum...
representa a un hombre de unos
cuarenta y cinco años, cuyo
aspecto físico difiere bastante
de las descripciones hechas por
quienes lo conocieron.
El retrato de Dubrocq
El boceto traído a La Habana por
el Dr. Vidal Morales fue
facilitado por éste al director
de la Academia de San Alejandro,
Sr. Miguel Melero, quien pintó
un óleo basándose en el original
entregado. A raíz de la
discusión surgida con el
periódico
Álbum para todos,
aparecieron numerosos
testimonios, entre ellos el de
la viuda de D. Dámaso García
—dueño de una platería de
Matanzas, en cuyo taller trabajó
el poeta—, quien declaró tener
“noticias de que D. Pío Dubrocq
hizo un boceto”, aunque no
considera que se parece al
modelo.
De hecho se acepta la existencia
de dicho dibujo, aunque al
parecer su calidad deja mucho
que desear. Sin embargo,
reproduce a un hombre joven
—con
rasgos bastantes comunes a las
descripciones existentes de
Valdés—,
en mangas de camisa, como se
supone trabajaba en el taller.
Pese a las reservas respecto a
su parecido con el bardo mulato,
ha sido aceptado por muchos y
aparece ilustrando algunas de
sus biografías, como la escrita
por Manuel García Garófalo Mesa.
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El retrato de Maucci
Según narra Domingo Figarola–Caneda
en un trabajo aparecido en el
periódico
La discusión
del 18 de marzo de 1909, la casa
editorial de los señores Maucci,
de Barcelona, dio a la
publicidad, en una antología
publicada por Adrián del Valle y
en dos libros de la señora
Baronesa de Wilson, un retrato
que guarda cierto parecido con
el dibujo de Dubrocq, pero en el
cual el poeta aparece vestido
con ropas de principios del
siglo XX. Los señores Maucci no
aportaron ningún tipo de dato
respecto a su origen, por lo que
no puede valorarse ni su
procedencia ni su autenticidad.
En mi opinión, fue hecho tomando
como modelo el boceto de Dubrocq,
y no puede aparecer en este
texto por el pésimo estado en
que se encuentra la reproducción
original en el libro de Figarola-Caneda.
El retrato de La Coruña
En una descripción publicada en
1884 de los objetos reunidos en
el museo de don Antonio Romero
Ortiz, en La Coruña, se
mencionaba la existencia de un
retrato de “Plácido el poeta
mulato”. Domingo Figarola–Caneda,
quien hizo valiosas
investigaciones al respecto, se
dio a la búsqueda de elementos
de juicio que le permitieran
valorar su posible autenticidad,
y obtuvo los datos siguientes:
“Se trata de una miniatura que
mide 84 x 69 mm y en ella
aparece el poeta vestido de
casaca, corbata al cuello, un
alfiler grande prendido al
pecho, y lo que es más extraño:
con patillas.
Hay entre este retrato y el
dibujo de la portada de la
edición de Plácido publicada en
Mallorca, una notable semejanza,
no solo en las facciones sino en
el traje y en el aspecto general
de la persona.”
Respecto a su origen y los
medios por los que llegó hasta
La Coruña, resultan discutibles
y fueron objeto de polémica,
puesto que si bien Romero Ortiz
gozaba en España de prestigio
suficiente para no creerle un
vulgar charlatán, también existe
la posibilidad de que haya sido
víctima de un engaño. No hay
pruebas de que la imagen
aparecida en el retrato sea la
de Plácido, ni ésta se
corresponde con las
descripciones del poeta
habanero.
El retrato de Morales
Quizás el más difundido de los
bocetos sea el que acompaña la
edición de sus
Poesías completas,
publicadas por Sebastián Alfredo
de Morales en 1886. Éste, según
dicho autor, “procede de un
boceto repentino que, en
presencia de Plácido, hizo de él
un pintor gaditano apellidado
Rojas”
y que Morales conservó por su
parecido con el original. Según
el mismo, es la “única muestra
que existe de las facciones del
más desventurado de los poetas
cubanos.”
De ser ciertas dichas
afirmaciones, este es el segundo
retrato que aparece tomado de
modelo vivo, pues se afirma que
el de Dubrocq fue hecho mientras
Plácido trabajaba; sin embargo,
ambos son por completo
distintos, lo que no quiere
decir que uno de los dos sea
necesariamente el verdadero.
La mayoría de las opiniones de
los intelectuales en este
polémico asunto se inclinan a
favor de Morales, bien porque
encuentran gran parecido con el
original, como es el caso de
Bachiller y Morales, Vélez
Herrera y Ramón Arnao, o porque
confían en la honestidad del
autor, quien en realidad conoció
al bardo fusilado por O´Donnell
y se llamaba a sí mismo amigo
del poeta.
Sobre este último punto debo
advertir que el criterio de
Lince no es enteramente
confiable. Su libro sobre
Plácido está muy parcializado y
lleno de inexactitudes y
exageraciones. Llegó al extremo
de alterar algunos de los poemas
aparecidos en la compilación,
afirmando que el autor los había
hecho así: ¿por qué entonces
confiar ciegamente en su palabra
cuando afirma que el boceto en
su poder es el
verdadero?
No quiero con esto negar la
posible autenticidad del dibujo,
pero considero que al igual que
los demás exponentes, debe ser
sometido al análisis crítico
antes de llegar a una conclusión
definitiva.
En esto, como se verá más
adelante, servirán de mucha
ayuda los testimonios de sus
contemporáneos.
Otros retratos
No son estos los únicos
atribuidos al cantor del Yumurí.
Figarola–Caneda menciona la
existencia de al menos otros
dos, aunque no tengo constancia
de ellos. El primero corresponde
a un dibujo que perteneció al
padre de Felipe López de Briñas.
En él aparece un hombre
retratado con casaca y corbata
enrollada al cuello, y al pie
del dibujo una nota: “Plácido,
1844”.
Figarola–Caneda se muestra
escéptico respecto a su
autenticidad, ya que no hay ni
siquiera noticias relativas a
quién lo pintó. Además, la fecha
señalada en el pie del dibujo
disminuye considerablemente sus
posibilidades de legitimidad,
pues, como señala dicho autor,
“de ser auténtico este retrato,
tuvo que hacerse entre enero y
febrero de aquel año (1844),
pues Plácido fue reducido a
prisión en Matanzas el 23 de
este último mes”.
En realidad, la fecha de prisión
fue 30 de enero de 1844, lo que
reduce aún más esas
posibilidades.
La segunda efigie mencionada por
este investigador se relaciona
con una carta que el señor
Jacobo Domínguez Sancti,
redactor del
Diario de la Marina,
envía a Domingo Figarola–Caneda
y de la que reproduzco a
continuación un fragmento:
“Amigo Figarola: Recuerdo que
por los años de 1861 á 62,
viviendo yo en el pueblo de
Santa Isabel de las Lajas,
jurisdicción de Cienfuegos
(provincia de Santa Clara), el
cura de aquel pueblo que se
llamaba Falguera (si no me es
infiel la memoria) me enseñó un
retrato del poeta
Plácido.
“Estaba en un marco dorado, de
media vara de largo, por un
tercio de ancho, en figura de
óvalo. El Cantor de
Jicotencal
aparecía con un sombrero de
yarey, camisa con cuello bajo, a
la marinera, una chaqueta de
dril blanco y una cinta negra en
vez de corbata.
“Su cabeza era pequeña y bien
formada, enjuta su cara, y sus
ojos vivos revelaban una
profunda melancolía. El referido
sacerdote era poseedor de una
biblioteca selecta de autores
cubanos. Él fue el primero que
me enseñó la Revista Bimestre
Cubana.”
No he encontrado, fuera de esa
carta, indicio alguno sobre la
imagen a la que se refiere el
señor Sancti. Ignoro también si
se realizó alguna investigación
referente al cura Falguera y a
la procedencia del cuadro. Como
puede observarse, son múltiples
y variados los bocetos
atribuidos al cantor de la
“Plegaria a Dios”, y no dudo
que, de ampliarse esta pesquisa,
salgan a la luz nuevos “retratos
de Plácido que aseguren ser
legítimos”.
Algunos testimonios de sus
contemporáneos
Lo más importante de la polémica
fue la diversidad de opiniones y
declaraciones en torno al poeta.
Muchas fueron recogidas en el
libro de Figarola y demuestran
hasta qué punto existen entre
quienes lo conocieron
contradicciones sobre el aspecto
físico del bardo.
Según don Jacobo de la Pezuela,
“era
Plácido
un mulato de color claro,
mediana estatura, delgado,
cargado de espaldas y desaliñado
en su persona. La vulgaridad de
su aspecto era un disfraz de la
riqueza de su numen y de la
nobleza de sus pensamientos.”
Para Pedro José Guiteras
Reunía Valdés dotes físicas e
intelectuales que en otras
circunstancias lo hubieran hecho
el orgullo de Matanzas. Era de
buena estatura y conformación de
miembros, de rostro no muy
claro, sombreado por una ligera
barba, frente espaciosa y ojos
negros y expresivos; su aspecto
taciturno y reflexivo cuando
estaba solo, y abierto y animado
en compañía de sus amigos; era
de un natural afable, alegre y
cariñoso, su andar pausado sin
afectación y vestía con decencia
[…]
Ramón Vélez Herrera afirmaba al
respecto:
“Plácido era de estatura
regular, muy delgado, un si es
no encorvado, de color blanco
pálido, pelo apasado y ojos
vivísimos y ardientes. Vestía
con mucho desaliño, jamás usó
corbata ni chaleco, no solo por
lo despreocupado de su carácter,
sino por su extraordinaria
pobreza.”
Por su parte, Bachiller y
Morales escribía a Figarola–Caneda
lo siguiente:
“He visto el retrato dado a luz
en dicho periódico [Álbum
para todos]
y en nada se parece al original
[…] por lo cual lo declaro
enteramente apócrifo. Sabía que
no se conservaba ningún retrato
de Plácido; y entre los que se
han publicado en descripción,
creo el más parecido el que nos
ha dado Ramón Vélez Herrera.
Conoció antes que yo a Plácido:
el mismo me lo presentó una
noche en casa de Valdés Machuca,
el verdadero mentor del entonces
desconocido poeta […]
“[…] su carácter [el de Plácido]
me pareció más retraído que
modesto, ni lo que se llama
corto
por no decir
tímido.
El traje que usaba era el que
expone Vélez Herrera; no llevaba
ni el calzado común o negro;
siempre lo tenía de corte bajo y
con una pequeña hebilla de
plata, de becerro virado, como
entonces lo acostumbraba la
gente de color.”
En un mensaje epistolar dirigido
también a Figarola–Caneda, Ramón
I. Arnao señalaba:
“Mis venerables amigos, D. Ramón
Vélez Herrera […] y D. Antonio
Bachiller y Morales […] han
olvidado del todo que dejaron de
ver a
Plácido,
según cómputo que hago en este
momento, lo menos
siete u ocho años
antes de su muerte; y que, en el
injurioso curso de estos, bien
pudo, como aconteció
efectivamente, además dejado de
usar los
zapatos de becerro virado con
hebilla de plata,
haber experimentado un cambio
notable en su físico.”
En 1885, Sebastián Alfredo de
Morales apuntaría:
“Gabriel de la Concepción Valdés
o Plácido el poeta, era de
regular estatura, delgado de
cuerpo; musculación seca, si
bien contorneada; color pálido
terso luciente como el del ámbar
[…] cabeza proporcionada; pelo
esponjado, mas no retorcido […]
frente espaciosa, tersa y
convexa con anchas entradas;
rostro oval, cejas sutiles y
rasgadas; ojos negros, pequeños
y vivos, con mirada de águila,
altiva y escudriñadora; nariz
perfilada, pequeña y de tipo
griego; boca delicada, contraída
[…] labios delgados; expresión
simpática y juvenil […]
dentadura pequeña, sana y
pareja.
“[…] voz argentina, palabra
elocuente e incisiva […] su
traje, si bien modesto y muy
pobre, era siempre aseado: no
usaba chaleco, y en lugar de
corbata, ceñía una cinta negra
de las que aquí se venden a
cinco centavos la vara. Levita
de lienzo de poco precio
(llamado
carranclán),
sombrero de palma
yarey
y zapatos bajos de becerro
completaban el ajuar o traje
común de este hijo predilecto de
las
Musas.”
Ramón S. Arnao aclaraba lo
siguiente:
“La descripción, minuciosamente
caracterizada con detalles que
hace de GABRIEL DE LA CONCEPCIÓN
VALDÉS mi antiguo y muy querido
amigo Sebastián Alfredo de
Morales, es sumamente exacta,
exceptuando dos o tres
particulares de poquísima
importancia, que no merecen ser
rectificados.
Morales trató inmediatamente a
Plácido
por espacio de algunos años, y
guardó con eficacia, y lo
conserva aún, “el boceto que de
él hizo, en su presencia”, y en
el lugar y la ocasión que
refiere, “el pintor gaditano
apellidado Rojas”, a quien
conocí yo mucho.
Más tarde, el propio informante
reafirmó:
“El señor Ricardo del Monte
recuerda que cuando estaba en
España, muchas veces le oyó
decir al Dr. Morales, conservaba
un retrato de Plácido. Por
último, de las cartas de los
distinguidos escritores, Vélez
Herrera, Bachiller y Morales y
Arnao, autoridades de gran peso
en esta materia, se deducen que
solo en detalles de pequeñísima
importancia difieren sus
descripciones de la que ha hecho
el Dr. Morales.”
Pedro José Guiteras opinaba que
de los retratos conocidos, el de
Dubrocq era el único que tenía
alguna semejanza con el descrito
por él en un artículo publicado
en 1874.
Once años después,
Calcagño escribía: “[...] no
creo que exista retrato
verdadero de Plácido, aunque
creo que podría hacerse a la
memoria […]”
Además de estos testimonios
recopilados por Figarola–Caneda,
considero importante reproducir
algunos documentos que
pertenecieron a Manuel Sanguily,
quien, a su vez, investigó con
profundidad todo lo referente al
poeta. Se trata de
correspondencia e información
obtenidas en tierras yumurinas
durante los años posteriores a
su fusilamiento, inéditas y que
pueden ayudar a enriquecer el
tema.
En la información procedente de
Matanzas a través de José
Augusto Escoto y conservada por
Sanguily, se encuentra el
testimonio de la señora doña
Joaquina Vehil, con el boceto
hecho por Dubrocq en la mano, y
de quien se dice en los apuntes
que conoció mucho a Valdés.
“Encuentro el boceto de Plácido
hecho por Don Pio Dubrocq muy
parecido. La frente es idéntica
como la expresión de la
fisonomía, solo la nariz, tal
vez por estar de frente, me
parece demasiado
ancha,
pues el poeta tenía las
facciones finas.
“Don Pío A. Dubrocq era el mejor
fisonomista que teníamos
entonces: recuerdo retratos de
mi familia por dicho aficionado
de un parecido exacto. Sus
trabajos eran en miniatura y de
escaso valor artístico; pero
llamaban la atención porque los
hacía de memoria, sin ningún
modelo.”
Refiere, además, Escoto en sus
informaciones lo siguiente:
“Regístrense los números del
periódico de La Habana El
triunfo
o
El país,
del año de 1884 y en uno de los
folletines dominicales que
publicaba entonces D. José
Fornaris que este dedicó a
Plácido hablando de su retrato
afirma que el de Dubrocq es el
único auténtico y parecido. Esta
noticia la he tomado de
referencias y rectifíquese.”
Estas investigaciones hechas en
la Atenas de Cuba son valiosas,
pues se relacionan con personas
que trataron íntimamente al
bardo o al menos lo conocieron
en la última etapa de su vida,
por lo que estaban en
condiciones de emitir un juicio
certero y no puede achacárseles
—como hizo Arnao con el
testimonio de Vélez Herrera y
Bachiller y Morales— que
hubieran dejado de ver al poeta
durante varios años y la
fisonomía de este hubiera
sufrido algún posible cambio. En
los documentos recopilados por
José Augusto Escoto, aparece una
nota que a continuación
reproduzco:
“El retrato de Plácido por P. A.
Dubrocq.
“D. Plutarco González a quien se
le enseñó para que me dijera el
parecido que tiene con el
original, pues él conoció
personalmente a Plácido me dice
que: se ve en dicho retrato el
aire de Plácido pero que no […]
y expresa disgusto de no
parecerle bien.
“Esta repulsiva de D. Plutarco
está en que para él Plácido debe
aparecer con los rasgos de
belleza con que lo vieron sus
ojos siempre y que él lo tiene
presente en su memoria. Yo le
hago observar que los retratos
de una persona cualquiera se
hacen en circunstancias que no
son siempre las mismas, que hay
gentes que nunca les queda bien
el retrato por muchas veces que
se lo hagas, que hay fisonomías
difíciles de reproducir, que el
artista acierta con unos y con
otros lo hace mal. Conviene en
todo esto pero siempre quiere a
Plácido como él se lo
representa.
“Me afirma después que no
obstante es lo más parecido que
queda de Plácido porque el que
ha reproducido Morales en la
Edición de 1888 no vale nada en
parecido.”
Otro testimonio interesante fue
tomado por Escoto a las
señoritas Milanés —hermanas de
José Jacinto y Federico— sobre
el dibujo de Dubrocq. Dice lo
siguiente:
“Las Srtas. Milanés lo ven, lo
repasan, se fijan; me dicen que
era mejor parecido de lo que lo
pintó Dubrocq porque ellas que
lo vieron bastante lo
encontraron siempre bello de
cara o mejor bonito (son sus
palabras). “La frente y los ojos
son los de Plácido me dice María
de Cleofás que es de ellas quien
mejor lo recuerda, lo ancha que
aparecen [la frente] en el
retrato y sus entradas y lo
hermoso de los ojos son de
Plácido, pero de aquí para abajo
tirando una línea desde la mitad
de la nariz no se parece, tenía
Plácido la nariz más fina y los
labios no tan gruesos como
aparecen en este retrato.
“Observan que Dubrocq hacía
muchas veces sus retratos de
memoria y que unos tenían un
gran parecido y otros solamente
el aire que los semejaba.”
A seguidas, la descripción que
del poeta hacen las hermanas
Milanés:
Era de estatura regular y que
por sus carnes delgadas parecía
más bien alto. Pero su delgadez
no era de esas secas o huesosas
porque dentro de aquella tenía
envueltos todos los huesos.
“Su cara guardaba proporción con
su cabeza que era bien formada y
no tenían una y otra la
desproporción con que aparecen
en el retrato que reproduce S.
A. de Morales, como tampoco
tenía el cuello largo que trae
ese retrato, pues lo tenía
también proporcionado.
“Tenía la frente ancha y las
entradas que siempre se ha dicho
pero ni la una ni las otras
exageradas.
“Su cara era angosta y aguileña
sin acabar en barba aguda ni
señalársele hueso ni de los
pómulos ni de las mandíbulas.
Sus ojos hermosos de color
negro, la nariz recta, la boca
pequeña y los labios delgados
formaban de su cara un conjunto
agradable a primera vista y que
continuaba persistiendo hasta
darle la belleza de un bien
parecido.
“Su pelo era lacio y con las
vueltas ya imperceptibles del
que tiene ascendientes africanos
después de varios cruzamientos.
Lo llevaba largo con la vuelta
sobre las orejas como entonces
se usaba y atrás las puntas se
ensortijaban en una melena. Usó
siempre un pequeño bigote negro
como su pelo.
“Su color era trigueño pero
rosado. Su voz era de plata. Los
rasgos finos de su cara pueden
compararse a los de la de
Enrique Piñeyro.
“En conjunto era Plácido
proporcionado en todo y su
figura guardaba rasgos de
belleza que unidos a sus maneras
finas y su traje siempre limpio
y decente le hacían de un porte
agradable.”
Entre los papeles que
pertenecieron a Sanguily existe
una carta enviada al doctor
Vidal Morales desde Matanzas,
con fecha 30 de marzo de 1898, y
firmada por Rafael Padró. Es el
testimonio de alguien que siendo
un muchacho conoció a Valdés y
que por indicaciones de Escoto
se dirige a Vidal Morales para
expresar sus opiniones sobre el
cantor del Yumurí. En lo que se
refiere a la imagen de éste,
dice Padró:
“Plácido era de una estatura
regular, más bien delgado que
grueso. No usaba barba ni
bigote; su frente era abultada,
con grandes entradas en la
cabeza y aunque su color podía
estimarse como el de un trigueño
oscuro, su cabello revelaba la
clase a que debía su origen por
su padre; porque su madre es
sabido que fue una blanca
peninsular.
“[…] Era tan despreocupado que
llegaba a ser sucio, porque si
bien es cierto que era pobre, no
estaba destituido de los
recursos aunque escasos que el
trabajo le proporcionaba […]”
Por último, doy a la publicidad
un cuestionario, presumiblemente
redactado por Escoto, para la
señora Joaquina Vehil, viuda de
D. Blas de la Cruz y casada en
segundas nupcias con don José
Jordán, vecino de Matanzas. Este
documento abarca varios aspectos
de la vida del autor de la
“Plegaria a Dios”, por lo que
solo voy a retomar las preguntas
correspondientes al retrato del
poeta y a su fisonomía.
2do ¿Recuerda su físico y moral?
Era delgado —de regular
estatura, más bien alto—
simpático, afable y cortés sin
ser sometido.
3ro ¿Cómo era en su interior?
Hágame la pintura de su
fisonomía.
De aspecto decente, pulcro, muy
sencillo y humilde en sus
maneras, las facciones finas y
despejadas, frente con entradas,
cabellera a grandes ondas.
4to ¿Se retrató o lo retrataron
alguna vez?
No lo sé.
5to ¿Es verdadero el retrato de
Plácido que ha colocado el Dr.
Morales al frente de la edición
de las poesías de aquel y que
tiene ud. delante? Qué
diferencias le encuentra con el
Plácido que ud. conoció?
Es bastante parecido, da una
idea de él; pero encuentro la
cabeza poco proporcionada y las
entradas muy exageradas. Las
facciones las tenía menos
unidas.
De todos estos testimonios se
desprenden dos consideraciones
importantes: hay suficientes
coincidencias en las
descripciones para conformar una
imagen física bastante
aproximada al original, y
demasiadas divergencias y
contradicciones para aceptar un
retrato como el “único y
verdadero”.
De todo lo antes expresado se
deduce que existen dos bocetos
con posibilidades de acercarse a
la imagen placidiana: el de
Dubrocq y el de Morales, pero en
ambos hay una desproporción en
los rasgos con respecto al
original o al modelo, que
produce una distorsión de la
imagen. El de Dubrocq centra sus
defectos en la mitad inferior
del rostro: nariz y boca son,
presumiblemente, más anchas que
las de Valdés, a quien muchos
concuerdan en atribuirle rasgos
físicos con escasa influencia
africana. En el de Morales las
diferencias esenciales aparecen
en la exagerada desproporción de
la cabeza y la frente del poeta,
al decir de sus contemporáneos.
¿Cuál de ellos se aproxima más a
Plácido?
Las opiniones de los
intelectuales que intervinieron
en la polémica del
Álbum para todos
dan la razón a Morales; las
investigaciones realizadas por
Escoto en Matanzas inclinan la
balanza hacia Dubrocq. En las
dos efigies hay “un aire de
Plácido”, pero ninguna lo
reproduce con fidelidad; y lo
que es más curioso, no hay
semejanza entre ambas.
Determinar a estas alturas cuál
era, exactamente, la imagen de
Gabriel de la Concepción Valdés,
es tarea casi imposible. Puede
tomarse como base el testimonio
de sus contemporáneos, retocar
los retratos existentes y
eliminar los defectos señalados,
pero han transcurrido más de
ciento cincuenta años de su
muerte, y ya no existe nadie que
pudiera decirnos hasta qué punto
esos retoques acercan o alejan
definitivamente de nosotros la
representación verdadera del
hombre. Es preciso, pues,
valerse de dichos retratos,
tomar partido por uno de ellos y
aceptar, de modo consciente, la
idea de que no existe una imagen
fidedigna.
Se han elaborado, como ya se ha
visto, muchas hipótesis que no
siempre tienen fundamento. En
este caso me inclino por el
boceto de Dubrocq como la efigie
más aproximada al poeta y me
baso para ello en los siguientes
hechos:
1. Se ha probado la existencia
de un boceto dibujado por
Dubrocq con idea de hacer, con
posterioridad, un retrato del
bardo mestizo; y nadie
contradice que fuera hecho con
el modelo vivo.
2. Los testimonios de quienes le
conocieron en Matanzas coinciden
en que, pese a las diferencias
que notan en él, hay en realidad
parecido con el poeta. Incluso
quien como Plutarco González no
reconoce más que un “aire de
Plácido en el retrato”, acepta,
en cambio, que es “lo más
parecido que queda de Plácido”,
negándole toda autenticidad al
retrato de Morales.
3. La indumentaria con que se
muestra en el boceto parece
coincidir con la del original,
pues sus biógrafos plantean que
trabajaba en mangas de camisa y
que el dibujo fue hecho mientras
realizaba sus faenas de
peinetero.
4. Me parecen de mayor peso los
testimonios matanceros que los
publicados en el libro de
Figarola–Caneda. En el primer
caso, estos son el resultado de
una investigación cuidadosa con
personas muy ligadas al poeta,
sobre todo en los últimos años
de su vida; en el segundo, se
trata, salvo en la de Morales,
de opiniones de personas que
dejaron de verlo durante años
enteros y que en algunos casos
solo lo habían visto dos o tres
veces en su vida.
5. Sebastián Alfredo de Morales,
en mi concepto, abusó de su
amistad con el cantor del Yumurí
al hacer alteraciones a algunos
de los poemas publicados en su
antología. Omitió los que
brindaban una imagen diferente
de la que él pretendía ofrecer
de su amigo; e, incluso,
reitero, su biografía se
considera llena de
incorrecciones y ausente de
crítica. No resulta, pues, lo
suficientemente confiable su
palabra, para aceptar como único
el retrato que presenta de
Plácido.
6. El boceto de Dubrocq es, por
las descripciones hechas, el que
mayor semejanza guarda con el
desaparecido retrato de Boloña.
En todo este asunto, en mi
opinión, pesó más la imagen del
intelectual romántico ofrecida
por el boceto de Rojas que la
del artesano plasmada por Pío
Dubrocq; de ahí que en el
imaginario colectivo, haya
subsistido la primera a lo largo
de más de siglo y medio, en
detrimento de lo señalado por el
propio Figarola-Caneda en su
libro:
“Y cuando, merced a las buenas
diligencias de un amigo, supimos
que durante nuestra ausencia en
Europa, se había publicado el
retrato de Dubrocq y llegamos a
obtener una copia de aquel, al
examinarlo detenidamente, vimos
acertada la opinión del señor
Manuel Sanguily, cuando nos
decía que si este de Dubrocq no
fuera el retrato de Plácido,
debiera serlo, porque así y no
de otra manera y con distinta
indumentaria, debiera haber sido
retratado el poeta.”
Todo esto ha traído como
consecuencia grandes
confusiones, constantes
polémicas y la certeza de que
más que un personaje histórico,
Gabriel de la Concepción Valdés
ha sido durante mucho tiempo una
leyenda viva.
Fragmento del
libro
Plácido, el poeta conspirador
Notas:
Apud.
Domingo Figarola–Caneda:
Plácido
(poeta cubano).
Contribución
histórico–literaria.
Impr. El Siglo XX, La
Habana, 1922, pp. 3–4.
Plácido
aprendió tipografía en
la imprenta de José
Severino Boloña,entre
1823 y 1826
Apud.
Figarola Caneda:
Plácido,
poeta cubano,
p. 37.
Ibíd.,
p. 4.
Ibíd.,
p. 2.
Ibíd.,
p. 34.
“El
Centenario de Plácido;
ofrenda del diario
cubano al poeta cubano”,
en
La
Discusión,
La Habana, 18 de marzo
de 1909, p. 1.
Apud. Figarola Caneda:
Op. cit.,
p. 8.
Ibíd.,
p. 6.
Ibíd.,
p. 8.
Ibíd.,
pp. 39, 40.
Ibíd.,
p. 40.
Ibíd.,
pp. 40–41.
Ibíd.,
p. 8.
Ibíd.,
p. 13.
Ibíd.
Ibíd.,
pp. 7–8.
Ibíd.,
p. 12.
Ibíd.,
pp 36–37.
Ibíd.,
p. 8.
Ibíd.,
p. 9.
Documentos
pertenecientes al
archivo personal de la
autora.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Op. cit., p. 61.
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