Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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La imagen polémica:
problemática en torno a su identificación

Daysi Cué • La Habana

 
Al analizar toda la complejidad alrededor del retrato de Plácido, hay que partir de una interrogante: ¿existen realmente o son solo imágenes convencionales con algún que otro rasgo parecido al original las que tenemos en nuestras manos? Véase lo planteado por Ildefonso Estrada y Zenea, quien en carta a El Observador —no aparece consignada la fecha manifiesta lo siguiente:

“Plácido jamás se retrató:

“En su tiempo no se conocía la fotografía. Y apenas si alcanzó las primeras pruebas del daguerrotipo, es decir, aquellos retratos que se hacían en planchas de plata pulimentadas, que era preciso colocar en luz para que se viesen.

“Los retratos más en boga entonces, eran los llamados miniaturas o miniados, sobre marfil, en lo que era una notabilidad en la habana, el italiano Zuchelli, pero eran muy caros.

“[…] de ahí que Plácido, poeta, es decir, pobre no se ocupase de asuntos tan ajenos a sus condiciones y ainda maia, a su carácter asaz despreocupado.”[1]

Es importante tomar en consideración este planteamiento porque a partir de la base de que no existe un retrato como tal, sino copias de bocetos hechos por pintores que lo conocieron, solo podemos aspirar a determinar cuál de ellos es el más parecido a Gabriel de la Concepción Valdés.

Se sabe por el historiador Pedro José Guiteras que en 1836 el poeta consintió en retratarse para ilustrar una edición de sus versos que iba a ser publicada por Boloña, su antiguo maestro,[2] impresión que no llegó a realizarse por desacuerdos entre ambos. “Lo más sensible de esta ocurrencia dice Guiteras es la pérdida del retrato de Valdés, que fue litografiado en La Habana y debía adornar la edición, cuyos ejemplares quedaron almacenados en la imprenta y abandonados a la injuria del tiempo, pérdida irreparable por haber sido LA ÚNICA VEZ que se prestó a que lo retratasen.”[3]

Con la desaparición del retrato de la edición de Boloña, perdimos, tal vez, la única oportunidad de saber cómo era exactamente el autor de la “Plegaria a Dios”.

Las efigies conocidas. Opiniones favorables y desfavorables

El retrato del Álbum para todos En el periódico Álbum para todos del 9 de febrero de 1885, su director, Ildefonso Estrada y Zenea, publicó en la “Galería de poetas y escritores cubanos” un boceto que generó una interesante polémica sobre su autenticidad e incluso sobre la posible existencia de retrato alguno. Salieron a la palestra varios de los intelectuales de la época para desmentirlo, y la imagen fue declarada apócrifa casi por unanimidad. Lo más interesante de la discusión, ya que Estrada y Zenea no pudo probar su autenticidad, fue la gran cantidad de opiniones vertidas y que arrojaron alguna luz sobre el aspecto físico de Plácido. Sobre la imagen, dicho intelectual plantea: “[...] lo que debemos procurar es que haya siquiera un retrato convencional y aceptado”,[4] lo cual pone de manifiesto superficialidad. Según él, estaba tomado de un boceto hecho en Matanzas por Pío Dubrocq, “quien se proponía hacer el retrato del inspirado vate”.[5] Más tarde, el Dr. Vidal Morales consiguió en Matanzas el original de dicho dibujo, pero éste no se asemeja en nada al boceto que aparece en la “Galería…”. El retrato del Álbum... representa a un hombre de unos cuarenta y cinco años, cuyo aspecto físico difiere bastante de las descripciones hechas por quienes lo conocieron.

El retrato de Dubrocq

El boceto traído a La Habana por el Dr. Vidal Morales fue facilitado por éste al director de la Academia de San Alejandro, Sr. Miguel Melero, quien pintó un óleo basándose en el original entregado. A raíz de la discusión surgida con el periódico Álbum para todos, aparecieron numerosos testimonios, entre ellos el de la viuda de D. Dámaso García —dueño de una platería de Matanzas, en cuyo taller trabajó el poeta—, quien declaró tener “noticias de que D. Pío Dubrocq hizo un boceto”, aunque no considera que se parece al modelo.[6] De hecho se acepta la existencia de dicho dibujo, aunque al parecer su calidad deja mucho que desear. Sin embargo, reproduce a un hombre joven con rasgos bastantes comunes a las descripciones existentes de Valdés, en mangas de camisa, como se supone trabajaba en el taller. Pese a las reservas respecto a su parecido con el bardo mulato, ha sido aceptado por muchos y aparece ilustrando algunas de sus biografías, como la escrita por Manuel García Garófalo Mesa.

El retrato de Maucci

Según narra Domingo Figarola–Caneda en un trabajo aparecido en el periódico La discusión del 18 de marzo de 1909, la casa editorial de los señores Maucci, de Barcelona, dio a la publicidad, en una antología publicada por Adrián del Valle y en dos libros de la señora Baronesa de Wilson, un retrato que guarda cierto parecido con el dibujo de Dubrocq, pero en el cual el poeta aparece vestido con ropas de principios del siglo XX. Los señores Maucci no aportaron ningún tipo de dato respecto a su origen, por lo que no puede valorarse ni su procedencia ni su autenticidad. En mi opinión, fue hecho tomando como modelo el boceto de Dubrocq, y no puede aparecer en este texto por el pésimo estado en que se encuentra la reproducción original en el libro de Figarola-Caneda.

El retrato de La Coruña

En una descripción publicada en 1884 de los objetos reunidos en el museo de don Antonio Romero Ortiz, en La Coruña, se mencionaba la existencia de un retrato de “Plácido el poeta mulato”. Domingo Figarola–Caneda, quien hizo valiosas investigaciones al respecto, se dio a la búsqueda de elementos de juicio que le permitieran valorar su posible autenticidad, y obtuvo los datos siguientes:

“Se trata de una miniatura que mide 84 x 69 mm y en ella aparece el poeta vestido de casaca, corbata al cuello, un alfiler grande prendido al pecho, y lo que es más extraño: con patillas.

Hay entre este retrato y el dibujo de la portada de la edición de Plácido publicada en Mallorca, una notable semejanza, no solo en las facciones sino en el traje y en el aspecto general de la persona.”[7]

Respecto a su origen y los medios por los que llegó hasta La Coruña, resultan discutibles y fueron objeto de polémica, puesto que si bien Romero Ortiz gozaba en España de prestigio suficiente para no creerle un vulgar charlatán, también existe la posibilidad de que haya sido víctima de un engaño. No hay pruebas de que la imagen aparecida en el retrato sea la de Plácido, ni ésta se corresponde con las descripciones del poeta habanero.

El retrato de Morales

Quizás el más difundido de los bocetos sea el que acompaña la edición de sus Poesías completas, publicadas por Sebastián Alfredo de Morales en 1886. Éste, según dicho autor, “procede de un boceto repentino que, en presencia de Plácido, hizo de él un pintor gaditano apellidado Rojas”[8] y que Morales conservó por su parecido con el original. Según el mismo, es la “única muestra que existe de las facciones del más desventurado de los poetas cubanos.”[9] De ser ciertas dichas afirmaciones, este es el segundo retrato que aparece tomado de modelo vivo, pues se afirma que el de Dubrocq fue hecho mientras Plácido trabajaba; sin embargo, ambos son por completo distintos, lo que no quiere decir que uno de los dos sea necesariamente el verdadero.

La mayoría de las opiniones de los intelectuales en este polémico asunto se inclinan a favor de Morales, bien porque encuentran gran parecido con el original, como es el caso de Bachiller y Morales, Vélez Herrera y Ramón Arnao, o porque confían en la honestidad del autor, quien en realidad conoció al bardo fusilado por O´Donnell y se llamaba a sí mismo amigo del poeta.

Sobre este último punto debo advertir que el criterio de Lince no es enteramente confiable. Su libro sobre Plácido está muy parcializado y lleno de inexactitudes y exageraciones. Llegó al extremo de alterar algunos de los poemas aparecidos en la compilación, afirmando que el autor los había hecho así: ¿por qué entonces confiar ciegamente en su palabra cuando afirma que el boceto en su poder es el verdadero? No quiero con esto negar la posible autenticidad del dibujo, pero considero que al igual que los demás exponentes, debe ser sometido al análisis crítico antes de llegar a una conclusión definitiva.

En esto, como se verá más adelante, servirán de mucha ayuda los testimonios de sus contemporáneos.

Otros retratos

No son estos los únicos atribuidos al cantor del Yumurí. Figarola–Caneda menciona la existencia de al menos otros dos, aunque no tengo constancia de ellos. El primero corresponde a un dibujo que perteneció al padre de Felipe López de Briñas. En él aparece un hombre retratado con casaca y corbata enrollada al cuello, y al pie del dibujo una nota: “Plácido, 1844”.

Figarola–Caneda se muestra escéptico respecto a su autenticidad, ya que no hay ni siquiera noticias relativas a quién lo pintó. Además, la fecha señalada en el pie del dibujo disminuye considerablemente sus posibilidades de legitimidad, pues, como señala dicho autor, “de ser auténtico este retrato, tuvo que hacerse entre enero y febrero de aquel año (1844), pues Plácido fue reducido a prisión en Matanzas el 23 de este último mes”.[10] En realidad, la fecha de prisión fue 30 de enero de 1844, lo que reduce aún más esas posibilidades.

La segunda efigie mencionada por este investigador se relaciona con una carta que el señor Jacobo Domínguez Sancti, redactor del Diario de la Marina, envía a Domingo Figarola–Caneda y de la que reproduzco a continuación un fragmento:

“Amigo Figarola: Recuerdo que por los años de 1861 á 62, viviendo yo en el pueblo de Santa Isabel de las Lajas, jurisdicción de Cienfuegos (provincia de Santa Clara), el cura de aquel pueblo que se llamaba Falguera (si no me es infiel la memoria) me enseñó un retrato del poeta Plácido.

“Estaba en un marco dorado, de media vara de largo, por un tercio de ancho, en figura de óvalo. El Cantor de Jicotencal aparecía con un sombrero de yarey, camisa con cuello bajo, a la marinera, una chaqueta de dril blanco y una cinta negra en vez de corbata.

“Su cabeza era pequeña y bien formada, enjuta su cara, y sus ojos vivos revelaban una profunda melancolía. El referido sacerdote era poseedor de una biblioteca selecta de autores cubanos. Él fue el primero que me enseñó la Revista Bimestre Cubana.”[11]

No he encontrado, fuera de esa carta, indicio alguno sobre la imagen a la que se refiere el señor Sancti. Ignoro también si se realizó alguna investigación referente al cura Falguera y a la procedencia del cuadro. Como puede observarse, son múltiples y variados los bocetos atribuidos al cantor de la “Plegaria a Dios”, y no dudo que, de ampliarse esta pesquisa, salgan a la luz nuevos “retratos de Plácido que aseguren ser legítimos”.

Algunos testimonios de sus contemporáneos

Lo más importante de la polémica fue la diversidad de opiniones y declaraciones en torno al poeta. Muchas fueron recogidas en el libro de Figarola y demuestran hasta qué punto existen entre quienes lo conocieron contradicciones sobre el aspecto físico del bardo.

Según don Jacobo de la Pezuela, “era Plácido un mulato de color claro, mediana estatura, delgado, cargado de espaldas y desaliñado en su persona. La vulgaridad de su aspecto era un disfraz de la riqueza de su numen y de la nobleza de sus pensamientos.”[12]

Para Pedro José Guiteras

Reunía Valdés dotes físicas e intelectuales que en otras circunstancias lo hubieran hecho el orgullo de Matanzas. Era de buena estatura y conformación de miembros, de rostro no muy claro, sombreado por una ligera barba, frente espaciosa y ojos negros y expresivos; su aspecto taciturno y reflexivo cuando estaba solo, y abierto y animado en compañía de sus amigos; era de un natural afable, alegre y cariñoso, su andar pausado sin afectación y vestía con decencia […][13]

Ramón Vélez Herrera afirmaba al respecto:

“Plácido era de estatura regular, muy delgado, un si es no encorvado, de color blanco pálido, pelo apasado y ojos vivísimos y ardientes. Vestía con mucho desaliño, jamás usó corbata ni chaleco, no solo por lo despreocupado de su carácter, sino por su extraordinaria pobreza.”[14]

Por su parte, Bachiller y Morales escribía a Figarola–Caneda lo siguiente:

“He visto el retrato dado a luz en dicho periódico [Álbum para todos] y en nada se parece al original […] por lo cual lo declaro enteramente apócrifo. Sabía que no se conservaba ningún retrato de Plácido; y entre los que se han publicado en descripción, creo el más parecido el que nos ha dado Ramón Vélez Herrera. Conoció antes que yo a Plácido: el mismo me lo presentó una noche en casa de Valdés Machuca, el verdadero mentor del entonces desconocido poeta […]

“[…] su carácter [el de Plácido] me pareció más retraído que modesto, ni lo que se llama corto por no decir tímido. El traje que usaba era el que expone Vélez Herrera; no llevaba ni el calzado común o negro; siempre lo tenía de corte bajo y con una pequeña hebilla de plata, de becerro virado, como entonces lo acostumbraba la gente de color.”[15]

En un mensaje epistolar dirigido también a Figarola–Caneda, Ramón I. Arnao señalaba:

“Mis venerables amigos, D. Ramón Vélez Herrera […] y D. Antonio Bachiller y Morales […] han olvidado del todo que dejaron de ver a Plácido, según cómputo que hago en este momento, lo menos siete u ocho años antes de su muerte; y que, en el injurioso curso de estos, bien pudo, como aconteció efectivamente, además dejado de usar los zapatos de becerro virado con hebilla de plata, haber experimentado un cambio notable en su físico.”[16]

En 1885, Sebastián Alfredo de Morales apuntaría:

“Gabriel de la Concepción Valdés o Plácido el poeta, era de regular estatura, delgado de cuerpo; musculación seca, si bien contorneada; color pálido terso luciente como el del ámbar […] cabeza proporcionada; pelo esponjado, mas no retorcido […] frente espaciosa, tersa y convexa con anchas entradas; rostro oval, cejas sutiles y rasgadas; ojos negros, pequeños y vivos, con mirada de águila, altiva y escudriñadora; nariz perfilada, pequeña y de tipo griego; boca delicada, contraída […] labios delgados; expresión simpática y juvenil […] dentadura pequeña, sana y pareja.

“[…] voz argentina, palabra elocuente e incisiva […] su traje, si bien modesto y muy pobre, era siempre aseado: no usaba chaleco, y en lugar de corbata, ceñía una cinta negra de las que aquí se venden a cinco centavos la vara. Levita de lienzo de poco precio (llamado carranclán), sombrero de palma yarey y zapatos bajos de becerro completaban el ajuar o traje común de este hijo predilecto de las Musas.”[17]

Ramón S. Arnao aclaraba lo siguiente:

“La descripción, minuciosamente caracterizada con detalles que hace de GABRIEL DE LA CONCEPCIÓN VALDÉS mi antiguo y muy querido amigo Sebastián Alfredo de Morales, es sumamente exacta, exceptuando dos o tres particulares de poquísima importancia, que no merecen ser rectificados.

Morales trató inmediatamente a Plácido por espacio de algunos años, y guardó con eficacia, y lo conserva aún, “el boceto que de él hizo, en su presencia”, y en el lugar y la ocasión que refiere, “el pintor gaditano apellidado Rojas”, a quien conocí yo mucho.[18]

Más tarde, el propio informante reafirmó:

“El señor Ricardo del Monte recuerda que cuando estaba en España, muchas veces le oyó decir al Dr. Morales, conservaba un retrato de Plácido. Por último, de las cartas de los distinguidos escritores, Vélez Herrera, Bachiller y Morales y Arnao, autoridades de gran peso en esta materia, se deducen que solo en detalles de pequeñísima importancia difieren sus descripciones de la que ha hecho el Dr. Morales.”[19]

Pedro José Guiteras opinaba que de los retratos conocidos, el de Dubrocq era el único que tenía alguna semejanza con el descrito por él en un artículo publicado en 1874.[20] Once años después, Calcagño escribía: “[...] no creo que exista retrato verdadero de Plácido, aunque creo que podría hacerse a la memoria […]”[21] Además de estos testimonios recopilados por Figarola–Caneda, considero importante reproducir algunos documentos que pertenecieron a Manuel Sanguily, quien, a su vez, investigó con profundidad todo lo referente al poeta. Se trata de correspondencia e información obtenidas en tierras yumurinas durante los años posteriores a su fusilamiento, inéditas y que pueden ayudar a enriquecer el tema.[22]

En la información procedente de Matanzas a través de José Augusto Escoto y conservada por Sanguily, se encuentra el testimonio de la señora doña Joaquina Vehil, con el boceto hecho por Dubrocq en la mano, y de quien se dice en los apuntes que conoció mucho a Valdés.

“Encuentro el boceto de Plácido hecho por Don Pio Dubrocq muy parecido. La frente es idéntica como la expresión de la fisonomía, solo la nariz, tal vez por estar de frente, me parece demasiado ancha, pues el poeta tenía las facciones finas.

“Don Pío A. Dubrocq era el mejor fisonomista que teníamos entonces: recuerdo retratos de mi familia por dicho aficionado de un parecido exacto. Sus trabajos eran en miniatura y de escaso valor artístico; pero llamaban la atención porque los hacía de memoria, sin ningún modelo.”[23]

Refiere, además, Escoto en sus informaciones lo siguiente:

“Regístrense los números del periódico de La Habana El triunfo o El país, del año de 1884 y en uno de los folletines dominicales que publicaba entonces D. José Fornaris que este dedicó a Plácido hablando de su retrato afirma que el de Dubrocq es el único auténtico y parecido. Esta noticia la he tomado de referencias y rectifíquese.”[24]

Estas investigaciones hechas en la Atenas de Cuba son valiosas, pues se relacionan con personas que trataron íntimamente al bardo o al menos lo conocieron en la última etapa de su vida, por lo que estaban en condiciones de emitir un juicio certero y no puede achacárseles —como hizo Arnao con el testimonio de Vélez Herrera y Bachiller y Morales— que hubieran dejado de ver al poeta durante varios años y la fisonomía de este hubiera sufrido algún posible cambio. En los documentos recopilados por José Augusto Escoto, aparece una nota que a continuación reproduzco:

“El retrato de Plácido por P. A. Dubrocq.

“D. Plutarco González a quien se le enseñó para que me dijera el parecido que tiene con el original, pues él conoció personalmente a Plácido me dice que: se ve en dicho retrato el aire de Plácido pero que no […] y expresa disgusto de no parecerle bien.

“Esta repulsiva de D. Plutarco está en que para él Plácido debe aparecer con los rasgos de belleza con que lo vieron sus ojos siempre y que él lo tiene presente en su memoria. Yo le hago observar que los retratos de una persona cualquiera se hacen en circunstancias que no son siempre las mismas, que hay gentes que nunca les queda bien el retrato por muchas veces que se lo hagas, que hay fisonomías difíciles de reproducir, que el artista acierta con unos y con otros lo hace mal. Conviene en todo esto pero siempre quiere a Plácido como él se lo representa.

“Me afirma después que no obstante es lo más parecido que queda de Plácido porque el que ha reproducido Morales en la Edición de 1888 no vale nada en parecido.”[25]

Otro testimonio interesante fue tomado por Escoto a las señoritas Milanés —hermanas de José Jacinto y Federico— sobre el dibujo de Dubrocq. Dice lo siguiente:

“Las Srtas. Milanés lo ven, lo repasan, se fijan; me dicen que era mejor parecido de lo que lo pintó Dubrocq porque ellas que lo vieron bastante lo encontraron siempre bello de cara o mejor bonito (son sus palabras). “La frente y los ojos son los de Plácido me dice María de Cleofás que es de ellas quien mejor lo recuerda, lo ancha que aparecen [la frente] en el retrato y sus entradas y lo hermoso de los ojos son de Plácido, pero de aquí para abajo tirando una línea desde la mitad de la nariz no se parece, tenía Plácido la nariz más fina y los labios no tan gruesos como aparecen en este retrato.

“Observan que Dubrocq hacía muchas veces sus retratos de memoria y que unos tenían un gran parecido y otros solamente el aire que los semejaba.”[26]

A seguidas, la descripción que del poeta hacen las hermanas

Milanés:

Era de estatura regular y que por sus carnes delgadas parecía más bien alto. Pero su delgadez no era de esas secas o huesosas porque dentro de aquella tenía envueltos todos los huesos.

“Su cara guardaba proporción con su cabeza que era bien formada y no tenían una y otra la desproporción con que aparecen en el retrato que reproduce S. A. de Morales, como tampoco tenía el cuello largo que trae ese retrato, pues lo tenía también proporcionado.

“Tenía la frente ancha y las entradas que siempre se ha dicho pero ni la una ni las otras exageradas.

“Su cara era angosta y aguileña sin acabar en barba aguda ni señalársele hueso ni de los pómulos ni de las mandíbulas. Sus ojos hermosos de color negro, la nariz recta, la boca pequeña y los labios delgados formaban de su cara un conjunto agradable a primera vista y que continuaba persistiendo hasta darle la belleza de un bien parecido.

“Su pelo era lacio y con las vueltas ya imperceptibles del que tiene ascendientes africanos después de varios cruzamientos. Lo llevaba largo con la vuelta sobre las orejas como entonces se usaba y atrás las puntas se ensortijaban en una melena. Usó siempre un pequeño bigote negro como su pelo.

“Su color era trigueño pero rosado. Su voz era de plata. Los rasgos finos de su cara pueden compararse a los de la de Enrique Piñeyro.

“En conjunto era Plácido proporcionado en todo y su figura guardaba rasgos de belleza que unidos a sus maneras finas y su traje siempre limpio y decente le hacían de un porte agradable.”[27]

Entre los papeles que pertenecieron a Sanguily existe una carta enviada al doctor Vidal Morales desde Matanzas, con fecha 30 de marzo de 1898, y firmada por Rafael Padró. Es el testimonio de alguien que siendo un muchacho conoció a Valdés y que por indicaciones de Escoto se dirige a Vidal Morales para expresar sus opiniones sobre el cantor del Yumurí. En lo que se refiere a la imagen de éste, dice Padró:

“Plácido era de una estatura regular, más bien delgado que grueso. No usaba barba ni bigote; su frente era abultada, con grandes entradas en la cabeza y aunque su color podía estimarse como el de un trigueño oscuro, su cabello revelaba la clase a que debía su origen por su padre; porque su madre es sabido que fue una blanca peninsular.

“[…] Era tan despreocupado que llegaba a ser sucio, porque si bien es cierto que era pobre, no estaba destituido de los recursos aunque escasos que el trabajo le proporcionaba […]”[28]

Por último, doy a la publicidad un cuestionario, presumiblemente

redactado por Escoto, para la señora Joaquina Vehil, viuda de D. Blas de la Cruz y casada en segundas nupcias con don José Jordán, vecino de Matanzas. Este documento abarca varios aspectos de la vida del autor de la “Plegaria a Dios”, por lo que solo voy a retomar las preguntas correspondientes al retrato del poeta y a su fisonomía.

2do ¿Recuerda su físico y moral?

Era delgado —de regular estatura, más bien alto— simpático, afable y cortés sin ser sometido.

3ro ¿Cómo era en su interior? Hágame la pintura de su fisonomía.

De aspecto decente, pulcro, muy sencillo y humilde en sus maneras, las facciones finas y despejadas, frente con entradas, cabellera a grandes ondas.

4to ¿Se retrató o lo retrataron alguna vez?

No lo sé.

5to ¿Es verdadero el retrato de Plácido que ha colocado el Dr. Morales al frente de la edición de las poesías de aquel y que tiene ud. delante? Qué diferencias le encuentra con el Plácido que ud. conoció?

Es bastante parecido, da una idea de él; pero encuentro la cabeza poco proporcionada y las entradas muy exageradas. Las facciones las tenía menos unidas.[29]

De todos estos testimonios se desprenden dos consideraciones importantes: hay suficientes coincidencias en las descripciones para conformar una imagen física bastante aproximada al original, y demasiadas divergencias y contradicciones para aceptar un retrato como el “único y verdadero”.

De todo lo antes expresado se deduce que existen dos bocetos con posibilidades de acercarse a la imagen placidiana: el de Dubrocq y el de Morales, pero en ambos hay una desproporción en los rasgos con respecto al original o al modelo, que produce una distorsión de la imagen. El de Dubrocq centra sus defectos en la mitad inferior del rostro: nariz y boca son, presumiblemente, más anchas que las de Valdés, a quien muchos concuerdan en atribuirle rasgos físicos con escasa influencia africana. En el de Morales las diferencias esenciales aparecen en la exagerada desproporción de la cabeza y la frente del poeta, al decir de sus contemporáneos. ¿Cuál de ellos se aproxima más a Plácido?

Las opiniones de los intelectuales que intervinieron en la polémica del Álbum para todos dan la razón a Morales; las investigaciones realizadas por Escoto en Matanzas inclinan la balanza hacia Dubrocq. En las dos efigies hay “un aire de Plácido”, pero ninguna lo reproduce con fidelidad; y lo que es más curioso, no hay semejanza entre ambas.

Determinar a estas alturas cuál era, exactamente, la imagen de Gabriel de la Concepción Valdés, es tarea casi imposible. Puede tomarse como base el testimonio de sus contemporáneos, retocar los retratos existentes y eliminar los defectos señalados, pero han transcurrido más de ciento cincuenta años de su muerte, y ya no existe nadie que pudiera decirnos hasta qué punto esos retoques acercan o alejan definitivamente de nosotros la representación verdadera del hombre. Es preciso, pues, valerse de dichos retratos, tomar partido por uno de ellos y aceptar, de modo consciente, la idea de que no existe una imagen fidedigna.

Se han elaborado, como ya se ha visto, muchas hipótesis que no siempre tienen fundamento. En este caso me inclino por el boceto de Dubrocq como la efigie más aproximada al poeta y me baso para ello en los siguientes hechos:

1. Se ha probado la existencia de un boceto dibujado por Dubrocq con idea de hacer, con posterioridad, un retrato del bardo mestizo; y nadie contradice que fuera hecho con el modelo vivo.

2. Los testimonios de quienes le conocieron en Matanzas coinciden en que, pese a las diferencias que notan en él, hay en realidad parecido con el poeta. Incluso quien como Plutarco González no reconoce más que un “aire de Plácido en el retrato”, acepta, en cambio, que es “lo más parecido que queda de Plácido”, negándole toda autenticidad al retrato de Morales.

3. La indumentaria con que se muestra en el boceto parece coincidir con la del original, pues sus biógrafos plantean que trabajaba en mangas de camisa y que el dibujo fue hecho mientras realizaba sus faenas de peinetero.

4. Me parecen de mayor peso los testimonios matanceros que los publicados en el libro de Figarola–Caneda. En el primer caso, estos son el resultado de una investigación cuidadosa con personas muy ligadas al poeta, sobre todo en los últimos años de su vida; en el segundo, se trata, salvo en la de Morales, de opiniones de personas que dejaron de verlo durante años enteros y que en algunos casos solo lo habían visto dos o tres veces en su vida.

5. Sebastián Alfredo de Morales, en mi concepto, abusó de su amistad con el cantor del Yumurí al hacer alteraciones a algunos de los poemas publicados en su antología. Omitió los que brindaban una imagen diferente de la que él pretendía ofrecer de su amigo; e, incluso, reitero, su biografía se considera llena de incorrecciones y ausente de crítica. No resulta, pues, lo suficientemente confiable su palabra, para aceptar como único el retrato que presenta de Plácido.

6. El boceto de Dubrocq es, por las descripciones hechas, el que mayor semejanza guarda con el desaparecido retrato de Boloña.

En todo este asunto, en mi opinión, pesó más la imagen del intelectual romántico ofrecida por el boceto de Rojas que la del artesano plasmada por Pío Dubrocq; de ahí que en el imaginario colectivo, haya subsistido la primera a lo largo de más de siglo y medio, en detrimento de lo señalado por el propio Figarola-Caneda en su libro:

“Y cuando, merced a las buenas diligencias de un amigo, supimos que durante nuestra ausencia en Europa, se había publicado el retrato de Dubrocq y llegamos a obtener una copia de aquel, al examinarlo detenidamente, vimos acertada la opinión del señor Manuel Sanguily, cuando nos decía que si este de Dubrocq no fuera el retrato de Plácido, debiera serlo, porque así y no de otra manera y con distinta indumentaria, debiera haber sido retratado el poeta.”[30]

Todo esto ha traído como consecuencia grandes confusiones, constantes polémicas y la certeza de que más que un personaje histórico, Gabriel de la Concepción Valdés ha sido durante mucho tiempo una leyenda viva.
 

Fragmento del libro Plácido, el poeta conspirador


Notas:

[1] Apud. Domingo Figarola–Caneda: Plácido (poeta cubano). Contribución histórico–literaria. Impr. El Siglo XX, La Habana, 1922, pp. 3–4.
[2] Plácido aprendió tipografía en la imprenta de José Severino Boloña,entre 1823 y 1826
[3] Apud. Figarola Caneda: Plácido, poeta cubano, p. 37.
[4] Ibíd., p. 4.
[5] Ibíd., p. 2.
[6] Ibíd., p. 34.
[7] “El Centenario de Plácido; ofrenda del diario cubano al poeta cubano”, en La Discusión, La Habana, 18 de marzo de 1909, p. 1.
[8] Apud. Figarola Caneda: Op. cit., p. 8.
[9] Ibíd., p. 6.
[10] Ibíd., p. 8.
[11] Ibíd., pp. 39, 40.
[12] Ibíd., p. 40.
[13] Ibíd., pp. 40–41.
[14] Ibíd., p. 8.
[15] Ibíd., p. 13.
[16] Ibíd.
[17] Ibíd., pp. 7–8.
[18] Ibíd., p. 12.
[19] Ibíd., pp 36–37.
[20] Ibíd., p. 8.
[21] Ibíd., p. 9.
[22] Documentos pertenecientes al archivo personal de la autora.
[23] Ibíd.
[24] Ibíd.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd.
[27] Ibíd.
[28] Ibíd.
[29] Ibíd.
[30] Op. cit., p. 61.

 

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