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Siempre he tenido especial
admiración por Plácido, entre
otras cosas por la injusticia
con que se le trató y porque es
una de esas voces que
representan los valores
populares de lo cubano. Lezama
habla de la gracia que Plácido
introduce en el ámbito un poco
sombrío, taciturno, fuerte, del
romanticismo cubano, esa gracia
natural del mulato cubano que
entra con su poesía.
Lo llamaron “poeta envilecido”
con total injusticia hombres que
vivían mucho mejor que él y que
disponían de bienes quizá un
poco más viles que los suyos,
como Don Domingo del Monte, que
yo respeto mucho pero quien
vivía de la esclavitud que
mantenía su gran suegro Aldama.
También llamaron a Heredia
“Ángel caído”. Yo creo que este
“poeta envilecido” y este
“ángel caído” son dos glorias de
la poesía cubana, dos glorias
fundamentales que exhibieron un
tremendo talento y una tremenda
entereza.
Martí reivindicó a Heredia por
encima de todo, con aquella
frase extraordinaria: “fue capaz
de todo menos de morir sin
volver a ver a su madre y a sus
palmas”, cuando gente mucho más
mediocre que él decía cosas
terribles sobre Heredia. Plácido
sufrió la injusticia de ese
proceso en el que no tomó parte,
pero del que fue, como dijo
Eusebio en las maravillosas
palabras que introdujeron este
acto, víctima pero también
culpable, culpable porque era
representante de la Cuba
popular, representante de esa
mezcla que ya se había integrado
para siempre en Cuba, era ese
mulato que representaba los
valores de Cuba, y que los
portadores de la tiranía, los
que expresaban y mantenían la
tiranía española, no perdonaban.
Intervención en
el Homenaje a Plácido que se
realizó en la Biblioteca
Nacional José Martí el 17 de
marzo de 2009. |