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Pensar la isla,
sentirla. Escribir sobre
su piel. Hacerla.
Trocarla poesía. Andar
el camino para que sea
territorio y no huella,
tierra firme y no mapa,
representación, no
imagen especular sino
mundo. País novia.
Fermento sacro que
impulsa la
transustanciación, el
cambio o, más bien, el
retorno al sentido
original, que es ser
materia resucitada antes
que para la muerte,
antes que materia
transformándose a sí
misma, materia que se
piensa, materia del
amor, obra espiritual.
Nupcias entre los
estelar y lo telúrico,
donde se borran las
fronteras y lo primero
respira ―pneuma―
y lo segundo se deja
poseer, insuflar por los
vientos y alcanzar el
equilibrio entre la
levedad y la sustancia.
Hojaldre.
Aquí entran las palabras
y a través de ellas el
Verbo, cierta música
proveniente del habla
común, de la
construcción coloquial,
de la épica de lo
cotidiano que se expresa
a través del recurso de
la memoria, del uso de
ella como centro
amatorio y condición de
(re)vivencia manifestada
en la necesidad de
narrar la emoción, de
contarla convertida en
música. Hay que decir,
es justo y por demás
necesario, que esta
presencia del coloquio
nunca se convierte en “coloquialismo”,
luego entonces, no se
posesiona en el plano de
las influencias o en el
de la rémora de una
norma ―¿horma? ― que aún
muestra cierta vigencia
e incluso validez o que,
al convertirse la
reacción poética de los
80-90 en una nueva
retórica que pronto
mostró sus hábitos,
manías y redundancias,
tampoco se afilia a ella
en plenitud, sino que es
consustancial con una
tradición cubana de
ruptura de las fronteras
entre épica y la lírica,
que viene de José Martí
y que alcanza en él la
dimensión más alta. La
cotidianidad y su
dureza, su mucho de
sobrevivencia y de
heroicidad callada,
alcanzan aquí voz. Lo
concreto de sostener el
país y la cosa pública
desde los fogones y los
paseos, desde lo íntimo
y lo privado, alcanza
verdadera dimensión
épica en este poeta.
¿Acaso vivir ya no es
bastante heroísmo, acaso
ponerse delante de la
realidad y aspirar de
ella no lo es, acaso el
ara del ser no tiene una
dimensión sacrificial, y
lo que es superior,
sentido redentor y
comunitario?
Reynaldo García Blanco
construye desde los
materiales mínimos de la
plenitud del ser en la
isla y para ella. No es
este un poeta menor,
sino un poeta de lo
menor. Padre, hermano,
mujer, amigos, patria,
héroes del canon
nacional, hacedores de
los “bastos oficios”,
paisajes de lo sacro,
arman el rostro y el
contorno insular en
paridad; lo cotidiano
alcanza la dimensión de
fragua y lo
extraordinario, lo
redentor, se expresa en
lo cotidiano,
dimensionado hacia lo
alto. Sus versos parecen
escritos en la
encrucijada de los
caminos, en el centro de
la Cruz donde todo
alcanza plenitud y
transitoriedad a un
mismo tiempo, ahí donde
se juntan la barra
horizontal con la
vertical se cuecen las
intuiciones y las
visiones del poeta, en
las que por momentos
parece escucharse la voz
de lo de arriba y del de
arriba, por lo que se
alcanza a estar casi
frente a una alocución,
ese estado en que el
escritor o el poeta se
abajan hasta la
condición de amanuense,
de escriba, de sacerdote
en sustitución, y lo
divino toma por asalto
todas las plazas, los
resquicios de su voz, y
convierte su cuerpo en
atalaya tomada.
Recuerdo cuando salió
Abaixar las velas
(Letras Cubanas, 1994) y
otros poemarios la
reacción de algún
crítico, en ejercicio
oral, que arremetió
contra esa insularidad
otra que emergía en la
poesía del país, aunque
mejor sería decir que se
hacía visible, que
entraba al ruedo
público. Ese libro,
junto a los demás,
recomponía el mapa de
Cuba, recolocaba la
tradición de pensarla
desde su condición
insular, que ciertamente
por la cercanía en el
tiempo parecería ser
deudora de la
preocupación y la
ocupación origenista,
pero que no era más que
la continuación del
reflejo del ser y el
pensar cubanos, solo que
alcanzados los “cotos de
mayor realeza” a los que
aspiraba Lezama se pudo
entonces dedicar el
poeta o el artista a
explorar y explorarse
con mayor intensidad,
pero esos cotos tenían,
más que la condición
paradisíaca, edénica,
que insinuaban los
esbozos de teleología
insular, la
contradicción de los
“campos de belleza
armada”. Era una
manifestación
apocalíptica, en su
acepción de revelación,
en la que se encontraban
las contradicciones de
una obra en progreso,
que como todas ellas,
terminaría tragándose a
sus hacedores como
precio que debería ser
pagado en el tránsito
hacia la “tierra nueva”
y el “cielo nuevo” que
suponen esos cotos,
símbolo y signo que nace
de la tradición católica
de los Libros de Horas
más que de la
veterotestamentaria
apegada a la idea del
resto, de la escogencia
de personas (conjunción
de lo temporal y lo
espacial) más que a la
de la separación de
espacios, aunque no los
niegue totalmente.
Usted pudiera, en
ejercicio simpático pero
no por eso útil, buscar
ciertos parentescos
entre nuestro poeta y
Martí y Julián del
Casal, cierta cercanía
con Eliseo Diego, con
Raúl Hernández Novás e
incluso con Ángel
Escobar o con Delfín
Prat y Lina de Feria,
pero esa sería una
sonrisa estéril. La
poesía de García Blanco
se parece a su tiempo,
es de su tiempo,
responde a la eternidad
de lo cotidiano, es hija
del renacer de una
poesía plena y múltiple,
y por eso entra en el
torrente de las grandes
fuentes nutricias de la
nación. Su poesía es uno
de esos manantiales, a
veces cercanos a un
hilo, pero muchos de
ellos parecidos a los
chorros de agua que
saltan a los pasos de
una montaña, y, en las
más de las veces,
integrados al gran
torrente del “agua por
todas partes”, del agua
total.
La poesía cubana no
pierde nunca su
condición líquida, esa
esencia atemporal que
sin embargo no renuncia
a dar pistas de su
presencia en el aquí y
ahora concreto. La
nuestra es una poesía
del eterno caminar, no
del retorno, ya que
nunca se emparienta con
el ouroboros,
pues ella no
llega nunca a morder su
cola, porque
sencillamente no la
tiene. Más que serpiente
estamos ante un río
heraclitano, y más que
ante él estamos ante un
territorio que es agua
sin horizontes, pues al
final solo hay un abismo
en el que en su
inmediatez vive el
Leviatán de los deseos,
de las ensoñaciones.
Un país es como una
novia
uno ama sus precipicios
y todos los días conoce
un poco más de sus aguas
En 1937, sangrando aún
por la república
española ya perdida,
Juan Ramón Jiménez con
Estado poético
cubano prologaba la
antología La poesía
cubana en 1936
(Institución
Hispanocubana de
Cultura, La Habana,
1937). En ese texto, ya
casi al final, el poeta
tiene uno de esos
arranques de lucidez
extrema, excepcionales
hasta en los más altos
―y él lo era, a no
dudar―, y describe lo
que considera sean los
elementos que hacen o
que harían de un país,
además de nación, patria
poética. Lo citaré
extensamente:
“¿Una isla? ¿Una isla
hermosa isla? Sí, muy
hermosa… Para que una
isla, grande o pequeña,
lejana o cercana, sea
nación y patria poéticas
ha de querer su corazón
y darle a ese sentido el
alimento necesario. Y
para la poesía, el
alimento es de cultivo
más aún que de cultura,
cultivo del elemento
propio, del carácter
propio, que sacan el
acento propio. Cuando el
mar de una isla no es
sólo mar para ir a otra
parte, sino para que lo
pasee y lo goce, mirando
hacía adentro, el
cargado de conciencia
universal tanto como el
satisfecho inconciente,
esa isla será alta y
hondamente poética, no
ya para los de afuera
sino, sobre todo, para
los de adentro. Hay que
ir al centro siempre, no
ponerse en la orilla a
aullar a otra vida mejor
o peor de nuestro mismo
mundo, peoría o mejoría
que puede ser la
muerte.”
Volver sobre el texto y
el contexto de Juan
Ramón Jiménez, ahondar
en su actualidad, en su
disfrutable estado de
gracia, nos lleva hasta
García Blanco, y sus
contemporáneos, o mejor
sería decir de sus
coetáneos (nacidos entre
1957 y 1977). Este
fragmento bien puede
aplicarse como programa
y como hermenéutica para
explicar la reacción
poética anticoloquial
de los 80. Agotados sus
modelos y revisitada la
memoria, estos poetas se
lanzan a la aventura de
descubrir la Isla, no ya
como “plaza sitiada”
sino como realidad a ser
vivida y celebrada en
todas sus dimensiones.
Desde un aparente
intimismo lírico se
aborda la sociedad, el
cambio de la consigna
por la lectura crítica,
la renuncia al ingenio
fácil y la asunción de
la razón, la composición
y la armonía como
elementos constructores,
la visión de la
revolución interior como
otra transformación
posible y necesaria, lo
privado como
manifestación de lo
público, la
espiritualidad y la
religión como elementos
de reconocimiento
nacional, la poesía como
patria celeste y como
espacio terrenal donde
se podía y se quería
vivir poéticamente. León
Estrada, Teresa Melo,
Odette Alonso, Alberto
Lauro, Agustín Labrada,
Rafael Almanza, Roberto
Méndez, Jesús David
Curbelo, Ramón Fernández
Larrea, Osvaldo Sánchez,
José Antonio Gutiérrez,
Carlos A. Alfonso,
Ileana Álvarez, Frank A.
Dopico, Arístides Vega,
Bertha Caluff, Heriberto
Hernández, Sigfredo
Ariel, Alberto Sicilia,
Caridad Atensio, Emilio
García Montiel, Damaris
Calderón, Alberto
Rodríguez Tosca, Juan
Carlos Valls, Juan
Carlos Flores, Camilo
Venegas, Nelson Simón,
José Félix León, Víctor
Fowler, Alberto
Acosta-Pérez, Omar
Pérez, Antonio José
Ponte, Rito R. Arocha,
el grupo Diáspora
―quizá los aparentemente
más distantes de esta
estética, pero solo en
apariencia―, entre
otros, hasta llegar a
Norge Espinosa y Marcelo
Morales, en los que
aparecen los elementos
que configurarán una
“nueva reacción”, que
está por completarse,
pero que aún conserva y
expresa los elementos de
esa mirada insular que
nos signó en los 80
(¿finales de los 70?) y
que se hizo totalmente
visible y mensurable en
los 90 gracias a nuestra
secular pereza crítica y
a la hasta ese momento
acolchonada vida
editorial.
Colocar en contexto la
poesía de Reynaldo
García Blanco, dar
ciertos elementos para
una posible lectura
desde la “insularidad”,
no hacen más que abrir
posibilidades a otras,
espacios para posibles
refutaciones,
precisiones, renovados
ejercicios de
pensamiento, que nos
encaminen hasta la
comprensión, no sé si
mayor y mejor, de la
poesía que aún se hace y
que aún pretende mirar y
dar testimonio,
configurar una nueva
tierra, una nueva
ínsula, quizá tan
extraña y misteriosa
como la pasada y la
presente, aunque sería
preferible que la futura
encarnara rangos
superiores de realeza,
es decir, una realeza
perfeccionada en lo
naciente, en lo posible,
en la resurrección y no
en cotos estrechos.
Notas:
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