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Del tambor a la conga
no tiene desperdicio. Ni
en el canto ni en el
baile ni en las voces ni
en las imágenes. Otros
valiosos proyectos
audiovisuales dan cuenta
de la enorme riqueza
implícita en nuestras
tradiciones músico-danzarias
marcadas por la herencia
de los centenares de
miles de negros esclavos
explotados por el
sistema de plantación
que impuso el régimen
colonial en Cuba. Este
en particular,
protagonizado con el
conjunto Rumberos de
Cuba en una producción
de la EGREM en formato
de video digital, posee,
al menos cinco
cualidades que merecen
ser reseñadas a la hora
de su presentación.
Una tiene que ver con el
carácter panorámico y
abarcador de la
muestra. Dos de las
principales
contribuciones étnicas
provenientes de África,
las culturas yoruba y
bantú, constituyen una
especie de plataforma de
lanzamiento para que se
empinen los diversos
reflejos de los procesos
de mestizaje y
transculturación que
dieron legitimidad al
llamado complejo de la
rumba, en su tránsito
del barracón a las
vecindades urbanas, y de
ahí a la calle, con la
trepidante convocatoria
de la conga. Dicho sea
no tan de paso: si en
algún lugar África se
reconoció plenamente
como tal fue en Cuba,
entre otras cosas, a
través de la música.
Pues esos esclavos
traídos a la fuerza
apenas poseían una
noción supraétnica en el
momento de su arribo.
Otra apunta hacia la
selección específica del
repertorio, que recorre
desde la estancia
folclórica, generalmente
conservadora, a la
contemporaneidad. A esto
último le atribuyo una
importancia cardinal,
pues no pocas veces se
trata de confinar todo
lo que se relaciona con
toques y cantos, baile y
percusión, al ámbito
museable, cuando no a la
exhibición turística.
Aquí estamos ante una
tradición viva, que se
renueva permanentemente
cribando los valores
heredados y formulando
nuevos desarrollos a los
que habrá que dar
mérito.
Una tercera cualidad
habita en la
integralidad de la
propuesta audiovisual.
Este no es ni repaso
antológico de valores
patrimoniales ni
muestrario didáctico.
Es, ni más ni menos, que
un espectáculo, en el
que la fidelidad a los
orígenes se revierte en
un sentido escénico
concebido con rigor
tanto en lo que respecta
a la interrelación de
los músicos y vocalistas
con la representación,
como por la actualidad y
dinamismo de las
coreografías.
Cabría otra distinción:
la aportada por el gesto
visual de la
realización. Si no fuera
porque en varios
momentos aparece el
público, y se nos ubica
en el Gran Teatro de La
Habana, alguien pudiera
pensar que es cine lo
que estamos viendo y no
un espectáculo filmado.
Por último digamos lo
que tal vez hubiera sido
menester colocar al
principio de estas
notas: Del tambor a
la conga culmina una
etapa de consolidación
de Rumberos de Cuba.
Desde el nacimiento de
la agrupación en fecha
no tan lejana, no hubo
entre sus integrantes, y
menos en su líder,
Rodolfo Chacón Tartabull,
la intención de
competir, sino más bien
la de ofrecer una
alternativa, una suerte
de “otredad” del
fenómeno rumbero. En un
país donde solemos
establecer rígidas y, a
veces, arbitrarias
jerarquías, Rumberos… no
pretende negar espacio a
nadie. Tratan únicamente
de reflejar una pasión
sustentada en vocaciones
ancestrales y una
determinación artística.
Si otros tienen
espacios, Rumberos… ha
abierto el suyo. No uno
más, sino el que le
corresponde por derecho
y posibilidad. En
ocasión de su primera
obra discográfica, un
reconocido crítico
francés escribió: “Este
no es un grupo más de lo
que llamamos ‘guarapachangueo’;
es una manera muy cubana
de juntar tradición y
modernidad”. No es
casual que en su
formación cohabiten
varias generaciones, que
hayan desterrado
prejuicios puristas y
compartimientos
estancos. La propia
denominación indica
apertura. Son rumberos y
son de Cuba. Y eso
basta. |