Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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Del tambor a la conga

Pedro de la Hoz • La Habana

 

Del tambor a la conga no tiene desperdicio. Ni en el canto ni en el baile ni en las voces ni en las imágenes. Otros valiosos proyectos audiovisuales dan cuenta de la enorme riqueza implícita en nuestras tradiciones músico-danzarias marcadas por la herencia de los centenares de miles de negros esclavos explotados por el sistema de plantación que impuso el régimen colonial en Cuba. Este en particular, protagonizado con el conjunto Rumberos de Cuba en una producción de la EGREM en formato de video digital, posee, al menos cinco cualidades que merecen ser reseñadas a la hora de su presentación.

Una tiene que ver con el carácter panorámico y abarcador de la  muestra. Dos de las principales contribuciones étnicas provenientes de África, las culturas yoruba y bantú, constituyen una  especie de plataforma de lanzamiento para que se empinen los diversos reflejos de los procesos de mestizaje y transculturación que dieron legitimidad al llamado complejo de la rumba, en su tránsito del barracón a las vecindades urbanas, y de ahí a la calle, con la trepidante convocatoria de la conga. Dicho sea no tan de paso: si en algún lugar África se reconoció plenamente como tal fue en Cuba, entre otras cosas, a través de la música. Pues esos esclavos traídos a la fuerza apenas poseían una noción supraétnica en el momento de su arribo.

Otra apunta hacia la selección específica del repertorio, que recorre desde la estancia folclórica, generalmente conservadora, a la contemporaneidad. A esto último le atribuyo una importancia cardinal, pues no pocas veces se trata de confinar todo lo que se relaciona con toques y cantos, baile y percusión, al ámbito museable, cuando no a la exhibición turística. Aquí estamos ante una tradición viva, que se renueva permanentemente cribando los valores heredados y formulando nuevos desarrollos a los que habrá que dar mérito.

Una tercera cualidad habita en la integralidad de la propuesta audiovisual. Este no es ni repaso antológico de valores patrimoniales ni muestrario didáctico. Es, ni más ni menos, que un espectáculo, en el que la fidelidad a los orígenes se revierte en un sentido escénico concebido con rigor tanto en lo que respecta a la interrelación de los músicos y vocalistas con la representación, como por la actualidad y dinamismo de las coreografías.

Cabría otra distinción: la aportada por el gesto visual de la realización. Si no fuera porque en varios momentos aparece el público, y se nos ubica en el Gran Teatro de La Habana, alguien  pudiera pensar que es cine lo que estamos viendo y no un  espectáculo filmado.

Por último digamos lo que tal vez hubiera sido menester colocar al principio de estas notas: Del tambor a la conga culmina una etapa de consolidación de Rumberos de Cuba. Desde el nacimiento de la agrupación en fecha no tan lejana, no hubo entre sus integrantes, y menos en su líder, Rodolfo Chacón Tartabull, la intención de competir, sino más bien la de ofrecer una alternativa, una suerte de “otredad” del fenómeno rumbero. En un país donde solemos establecer rígidas y, a veces, arbitrarias jerarquías, Rumberos… no pretende negar espacio a nadie. Tratan únicamente de reflejar una pasión sustentada en vocaciones ancestrales y una determinación artística. Si otros tienen espacios, Rumberos… ha abierto el suyo. No uno más, sino el que le corresponde por derecho y posibilidad. En ocasión de su primera obra discográfica, un reconocido crítico francés escribió: “Este no es un grupo más de lo que llamamos ‘guarapachangueo’; es una manera muy cubana de juntar tradición y modernidad”. No es casual que en su formación cohabiten varias generaciones, que hayan desterrado prejuicios puristas y compartimientos estancos.  La propia denominación indica apertura. Son rumberos y son de Cuba. Y eso basta.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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