Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

A salvo de la muerte y del olvido

Eusebio Leal • La Habana

Fotos: Kike y Kaloian (La Jiribilla)


Este acto de hoy Plácido lo merece. Porque no podíamos permitir que pasara una fecha patria de Cuba, una fecha tan excelsa para la memoria de la intelectualidad cubana, sin que celebremos. ¿Cómo es posible "celebrar", escogiendo este término, una vida atormentada, una vida cuyas esperanzas y posibilidades futuras se vieron de pronto bárbaramente truncadas? ¿Cómo no acceder a los espacios donde él vivió, al ámbito cultural en el cual se desenvolvió, sin sentir dentro de nosotros ese escalofrío ante el peligro de su vida efímera y breve? Pero como afirmaba otro gran poeta, de la España clásica, Jorge Manrique, les está reservada a los hombres como José Gabriel de la Concepción Valdés una gloria más allá de la vida material. Si bien el poeta clásico hablaba de una vida humanal, de una eternal y de una de la fama, a Plácido le corresponde hasta hoy esta última, la vida de la fama, porque como lo han descrito incontables autores, a veces comparando una biografía con otra, enfrentando a un personaje con otro, aunque pertenezcan a distintas clases sociales y a distintas posiciones ante el drama de Cuba como sucedió, por ejemplo, con Zenea y Plácido, nos dan sin embargo la dulce y magnífica oportunidad de entrar de lleno en la cuestión cubana: ¿qué somos?
 

Don Fernando Ortiz, cuya estirpe y condición social conocemos, tuvo como toda una cadena de discípulos suyos el mérito enorme de haberse entregado con pasión a la búsqueda de la verdad, contenida en los orígenes de la civilización occidental y cristiana en aquellas palabras de duda que Pilatos le dice a Cristo: "Maestro, ¿qué es la verdad?" Los cubanos necesitamos saber nuestra verdad, una nación que si se niega a sí misma perece; si se reconoce mirándose al espejo físico, moral y cultural, se identifica y se salva. Ese Plácido representa, como las grandes figuras de su generación y como el hombre común de la Cuba de aquella época, una clase y una raza que surgía anatematizada con aquella palabra dura, símbolo de hibridación: mulato, uno que nace como estas crías caballar que no son ni lo uno ni lo otro. Ese concepto colonial y despectivo llega sobre todos y cada uno de los que somos herederos, si no de la sangre, de la cultura, de ese concepto de mulatez, que es el concepto del Caribe, verdadero Mediterráneo americano.

Nadie podría ofenderse en otra latitud del mundo de tener de Grecia y de Fenicia, de Roma o de Iberia. Todo se reunió, y más allá de los horizontes de lo que Europa consideraba el mundo civilizado, comenzaba ese otro mundo que era el de la barbarie. Y más allá de ese mundo, que los cemitas consideraban el suyo, el privilegiado, existía otro, un mundo gentil. Nosotros pertenecemos casi a esa frontera. Cuando Roberto Fernández Retamar escribía su obra, inspirado quizá en el profundo debate que nace de la misma escena de la conquista, y celebraba la figura de Caliban nos está entregando la esencia misma que hizo nacer el humanismo moderno. ¿Teníamos o no un alma inmortal? Esa pregunta, más que hacérsela hoy a la carne y al hueso de Cuba, hay que hacérsela al espíritu de Cuba. ¿Tenemos o no un alma salvable e inmortal?

Cuando Eduardo Torres-Cuevas en sus iluminadas clases televisivas hablaba del "sueño de lo posible", colocaba ante nosotros el espejo en el cual debemos encontrar el retrato del alma inmortal de Cuba, de esa alma invisible de que hablaba Martí y que él, de la manera poética en que veía el mundo, con profundo y pragmático realismo sin embargo, definía sin dejar un cabo suelto de lo que sería la historia futura o indagando en la historia pasada.

En medio de ese tiempo, un joven es arrebatado al mundo en el que soñó y creó en la medida de las posibilidades a las que estaban limitados los hombres como él. Brilló con tal talento y con tal fuerza que su poesía fue adorno de los salones, y cuando hablamos de poesía no hablamos de una mezcla de azúcar y otros sentimientos. Hablamos de poesía como inspiración, como interpretación, como sueño, como utopía; hablamos de hermosas palabras, como pocas contenidas en el idioma castellano.

Ante la memoria de José Gabriel de la Concepción, ante su obra escrita, en la que los grandes críticos de su tiempo siempre encontraron defectos, siempre aspiraron quizá a una perfección que ni los propios críticos habían alcanzado, sujetos ellos mismos al juicio o al olvido de la historia, aparece aquella lira joven, aquella palabra gentil y aquella tragedia personal que lo hizo nacer en el seno del amor imposible de una bailarina española y un criollo cubano, quién sabe. Si a un hombre como Plácido, hijo de negro o de mulato con española, le acompaña la misma suerte y el mismo destino que a otros tantos cubanos como él, nos encontramos en 1839 ante un drama desconsolador. La sociedad esclavista está llegando a uno de sus momentos más elevados y crueles, Cuba parece dividida por la mancha inmensa de una sociedad irredenta, y valdría decir las palabras del Apóstol cuando afirmaba que solo la Revolución había sido la santa, la que fue capaz de arrebatar el látigo de la mano del mayoral y aun así no pudo arrancar de la conciencia ni del alma de la gente esa peyorativa mirada hacia un hombre y una mujer diferentes, independientemente de qué lugar ocupe el uno o el otro en la historia.

De esa manera, en los últimos textos interpretativos de Plácido se siente la emoción terrible del último poema, la "Plegaria a Dios", cuando la propia víctima confiesa ser una afrenta, un sello ignominioso que el mundo quiere colocar sobre su frente. Equiparado en igual destino y salvado por obra milagrosa del valor y de la templanza, José de la Luz y Caballero regresa a Cuba para enfrentar la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, un tribunal inquisitorial detrás del cual estaba una buena parte de la sociedad pensante cubana, independientemente de que ella tuviese o no una mirada aristocrática y benévola, como era propio de aquel tiempo, sobre todo el mundo circundante. Fue ese sentimiento altruista el que llevó a Domingo del Monte y a otros intelectuales desde el cómodo placer de su tertulia —lo que Martí llama la "inocencia del patriciado"— a extender su mano sobre aquellos creadores como el poeta Francisco Manzano, hoy olvidado, pero cuyo excelente trabajo testimonial presidido por bellas páginas de Nicolás Guillen publicó en su momento la Oficina del Historiador de la Ciudad bajo la dirección de mi predecesor y maestro de feliz e ilustrada memoria.

Plácido se presenta ante nosotros, inocente y culpable, dolorosa víctima de la tribulación, de la tortura, del silencio que precede a la muerte, de la certeza de que, aun culpando en un momento de debilidad propia de la condición humana,  ninguna palabra suya va a salvarlo de una muerte segura y ante ella se siente aterrado. Es demasiado joven para enfrentarla.

Y cuando uno llega la ciudad de Matanzas y encuentra que estuvo allí prisionero en la soledad del castillo o de una u otra celda; cuando ve su monumento esperando la hora final, siente que tenemos el deber de acudir ante Plácido y decir: "Tú fuiste un mártir tan inocente y tan culpable como lo fueron los estudiantes del 71, hijos de la aristocracia más alta de la sociedad colonial española, que sin embargo son arrastrados a la muerte por un crimen que no cometieron. Sin embargo, José Martí, atribulado por esos fantasmas que en España viven en entorno de su cama de enfermo, dice que no hubo uno solo que pidiese clemencia ante el castigo brutal."

Hoy, en la Plaza de San Juan de Dios, hay un monumento polvoriento que debemos rescatar. Tenemos que seguir fomentando la memoria, y me siento yo también culpable de no hacer más de lo que puedo para que brillen los lugares públicos, para que se sepa que lo que está en el mármol, en el bronce y en la piedra es para hacer perpetua memoria. Llegaremos ante el monumento de José Gabriel de la Concepción Valdés y diremos: "En ti, como en Juan Gualberto, triunfó el amor por encima de la condición de la raza y de la clase. Tú sentiste el regazo materno de una madre de la cual no pudiste, a las claras y ante la luz del mundo, sentirte orgulloso. Tú fuiste como Cecilia, que existió o no, dulce mito, admirable poema, bella leyenda de Cuba, hija de una pasión incontenible que llevó a la locura a Charito Alarcón, al hospital de Paula. Tú fuiste el símbolo de ese amor doloroso del cual casi todos nosotros hemos nacido", aun los que como el propio Martí naciesen de padre y de madre españoles, porque si no mestizos por la sangre lo somos por la cultura y ese es el verdadero espejo que Plácido, 200 años después, nos propone.

"Dios de inmensa bondad", clama desde lo profundo de su corazón de creyente. No quiere considerar como ciertas las balas que esperan su corazón atribulado. Han quedado escritos memoriales arrebatados bajo tortura o surgidos de una pueril esperanza, porque es muy grande el apego que todo hombre siente por la vida. Que esta exposición tan preciosa que la Biblioteca Nacional ha escogido nos sirva a todos los intelectuales y a los que quieren serlo, sobre todo a los más jóvenes, para detenerse ante la vida de Plácido, para pensar con respeto sus poemas, para recorrer el rostro de un perfil casi desconocido, cuyos varios retratos no parecen coincidir el uno con el otro y que sin embargo el excelso escultor cubano Teodoro Ramos, que hizo los monumentos de Antonio Maceo y de Panchito Gómez Toro, perfiló en su monumento de la Plaza del Cristo de La Habana. Allí está el perfil de Plácido y él está hoy con nosotros porque su poesía y su sufrimiento lo han salvado de la muerte y del olvido.
 

Palabras en la inauguración de la Exposición Bibliográfica y de Documentos Un poeta de leyenda, en la Biblioteca Nacional José Martí, el 17 de marzo de 2009.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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