Este acto de hoy Plácido lo
merece. Porque no podíamos
permitir que pasara una fecha
patria de Cuba, una fecha tan
excelsa para la memoria de la
intelectualidad cubana, sin que
celebremos. ¿Cómo es posible
"celebrar", escogiendo este
término, una vida atormentada,
una vida cuyas esperanzas y
posibilidades futuras se vieron
de pronto bárbaramente
truncadas? ¿Cómo no acceder a
los espacios donde él vivió, al
ámbito cultural en el cual se
desenvolvió, sin sentir dentro
de nosotros ese escalofrío ante
el peligro de su vida efímera y
breve? Pero como afirmaba otro
gran poeta, de la España
clásica, Jorge Manrique, les
está reservada a los hombres
como José Gabriel de la
Concepción Valdés una gloria más
allá de la vida material. Si
bien el poeta clásico hablaba de
una vida humanal, de una eternal y
de una de la fama, a Plácido le
corresponde hasta hoy esta
última, la vida de la fama,
porque como lo han descrito
incontables autores, a veces
comparando una biografía con
otra, enfrentando a un personaje
con otro, aunque pertenezcan a
distintas clases sociales y a
distintas posiciones ante el
drama de Cuba como sucedió, por
ejemplo, con Zenea y Plácido,
nos dan sin embargo la dulce y
magnífica oportunidad de entrar
de lleno en la cuestión cubana:
¿qué somos?
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Don Fernando Ortiz, cuya estirpe
y condición social conocemos,
tuvo como toda una cadena de
discípulos suyos el mérito
enorme de haberse entregado con
pasión a la búsqueda de la
verdad, contenida en los
orígenes de la civilización
occidental y cristiana en
aquellas palabras de duda que
Pilatos le dice a Cristo:
"Maestro, ¿qué es la verdad?"
Los cubanos necesitamos saber
nuestra verdad, una nación que
si se niega a sí misma perece;
si se reconoce mirándose al
espejo físico, moral y cultural,
se identifica y se salva. Ese
Plácido representa, como las
grandes figuras de su generación
y como el hombre común de la
Cuba de aquella época, una clase
y una raza que surgía
anatematizada con aquella
palabra dura, símbolo de
hibridación: mulato, uno que
nace como estas crías caballar
que no son ni lo uno ni lo otro.
Ese concepto colonial y
despectivo llega sobre todos y
cada uno de los que somos
herederos, si no de la sangre,
de la cultura, de ese concepto
de mulatez, que es el concepto
del Caribe, verdadero
Mediterráneo americano.
Nadie podría ofenderse en otra
latitud del mundo de tener de
Grecia y de Fenicia, de Roma o
de Iberia. Todo se reunió, y más
allá de los horizontes de lo que
Europa consideraba el mundo
civilizado, comenzaba ese otro
mundo que era el de la barbarie.
Y más allá de ese mundo, que los
cemitas consideraban el suyo, el
privilegiado, existía otro, un
mundo gentil. Nosotros
pertenecemos casi a esa
frontera. Cuando Roberto
Fernández Retamar escribía su
obra, inspirado quizá en el
profundo debate que nace de la
misma escena de la conquista, y
celebraba la figura de Caliban
nos está entregando la esencia
misma que hizo nacer el
humanismo moderno. ¿Teníamos o
no un alma inmortal? Esa
pregunta, más que hacérsela hoy
a la carne y al hueso de Cuba,
hay que hacérsela al espíritu de
Cuba. ¿Tenemos o no un alma
salvable e inmortal?
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Cuando Eduardo Torres-Cuevas en
sus iluminadas clases
televisivas hablaba del "sueño
de lo posible", colocaba
ante nosotros el espejo en el
cual debemos encontrar el
retrato del alma inmortal de
Cuba, de esa alma invisible de
que hablaba Martí y que él, de
la manera poética en que veía el
mundo, con profundo y pragmático
realismo sin embargo, definía
sin dejar un cabo suelto de lo
que sería la historia futura o
indagando en la historia pasada.
En medio de ese tiempo, un joven
es arrebatado al mundo en el que
soñó y creó en la medida de las
posibilidades a las que estaban
limitados los hombres como él.
Brilló con tal talento y con tal
fuerza que su poesía fue adorno
de los salones, y cuando
hablamos de poesía no hablamos
de una mezcla de azúcar y otros
sentimientos. Hablamos de poesía
como inspiración, como
interpretación, como sueño, como
utopía; hablamos de hermosas
palabras, como pocas contenidas
en el idioma castellano.
Ante la memoria de José Gabriel
de la Concepción, ante su obra
escrita, en la que los grandes
críticos de su tiempo siempre
encontraron defectos, siempre
aspiraron quizá a una perfección
que ni los propios críticos
habían alcanzado, sujetos ellos
mismos al juicio o al olvido de
la historia, aparece aquella
lira joven, aquella palabra
gentil y aquella tragedia
personal que lo hizo nacer en el
seno del amor imposible de una
bailarina española y un criollo
cubano, quién sabe. Si a un
hombre como Plácido, hijo de
negro o de mulato con española,
le acompaña la misma suerte y el
mismo destino que a otros tantos
cubanos como él, nos encontramos
en 1839 ante un drama
desconsolador. La sociedad
esclavista está llegando a uno
de sus momentos más elevados y
crueles, Cuba parece dividida
por la mancha inmensa de una
sociedad irredenta, y valdría
decir las palabras del Apóstol
cuando afirmaba que solo la
Revolución había sido la santa,
la que fue capaz de arrebatar el
látigo de la mano del mayoral y
aun así no pudo arrancar de la
conciencia ni del alma de la
gente esa peyorativa mirada
hacia un hombre y una mujer
diferentes, independientemente
de qué lugar ocupe el uno o el
otro en la historia.
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De esa manera, en los últimos
textos interpretativos de
Plácido se siente la emoción
terrible del último poema, la
"Plegaria a Dios", cuando la
propia víctima confiesa ser una
afrenta, un sello ignominioso
que el mundo quiere colocar
sobre su frente. Equiparado en
igual destino y salvado por obra
milagrosa del valor y de la
templanza, José de la Luz y
Caballero regresa a Cuba para
enfrentar la Comisión Militar
Ejecutiva y Permanente, un
tribunal inquisitorial detrás
del cual estaba una buena parte
de la sociedad pensante cubana,
independientemente de que ella
tuviese o no una mirada
aristocrática y benévola, como
era propio de aquel tiempo,
sobre todo el mundo circundante.
Fue ese sentimiento altruista el
que llevó a Domingo del Monte y
a otros intelectuales desde el
cómodo placer de su tertulia —lo
que Martí llama la "inocencia
del patriciado"— a extender su
mano sobre aquellos creadores
como el poeta Francisco Manzano,
hoy olvidado, pero cuyo
excelente trabajo testimonial
presidido por bellas páginas de
Nicolás Guillen publicó en su
momento la Oficina del
Historiador de la Ciudad bajo la
dirección de mi predecesor y
maestro de feliz e ilustrada
memoria.
Plácido se presenta ante
nosotros, inocente y culpable,
dolorosa víctima de la
tribulación, de la tortura, del
silencio que precede a la
muerte, de la certeza de que,
aun culpando en un momento de
debilidad propia de la condición
humana, ninguna palabra suya va
a salvarlo de una muerte segura
y ante ella se siente aterrado.
Es demasiado joven para
enfrentarla.
Y cuando uno llega la ciudad de
Matanzas y encuentra que estuvo
allí prisionero en la soledad
del castillo o de una u otra
celda; cuando ve su monumento
esperando la hora final, siente
que tenemos el deber de acudir
ante Plácido y decir: "Tú fuiste
un mártir tan inocente y tan
culpable como lo fueron los
estudiantes del 71, hijos de la
aristocracia más alta de la
sociedad colonial española, que
sin embargo son arrastrados a la
muerte por un crimen que no
cometieron. Sin embargo, José
Martí, atribulado por esos
fantasmas que en España viven en
entorno de su cama de enfermo,
dice que no hubo uno solo que
pidiese clemencia ante el
castigo brutal."
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Hoy, en la Plaza de San Juan de
Dios, hay un monumento
polvoriento que debemos
rescatar. Tenemos que seguir
fomentando la memoria, y me
siento yo también culpable de no
hacer más de lo que puedo para
que brillen los lugares
públicos, para que se sepa que
lo que está en el mármol, en el
bronce y en la piedra es para
hacer perpetua memoria.
Llegaremos ante el monumento de
José Gabriel de la Concepción
Valdés y diremos: "En ti, como
en Juan Gualberto, triunfó el
amor por encima de la condición
de la raza y de la clase. Tú
sentiste el regazo materno de
una madre de la cual no pudiste,
a las claras y ante la luz del
mundo, sentirte orgulloso. Tú
fuiste como Cecilia, que existió
o no, dulce mito, admirable
poema, bella leyenda de Cuba,
hija de una pasión incontenible
que llevó a la locura a Charito
Alarcón, al hospital de Paula.
Tú fuiste el símbolo de ese amor
doloroso del cual casi todos
nosotros hemos nacido", aun los
que como el propio Martí
naciesen de padre y de madre
españoles, porque si no mestizos
por la sangre lo somos por la
cultura y ese es el verdadero
espejo que Plácido, 200 años
después, nos propone.
"Dios de inmensa bondad", clama
desde lo profundo de su corazón
de creyente. No quiere
considerar como ciertas las
balas que esperan su corazón
atribulado. Han quedado escritos
memoriales arrebatados bajo
tortura o surgidos de una pueril
esperanza, porque es muy grande
el apego que todo hombre siente
por la vida. Que esta exposición
tan preciosa que la Biblioteca
Nacional ha escogido nos sirva a
todos los intelectuales y a los
que quieren serlo, sobre todo a
los más jóvenes, para detenerse
ante la vida de Plácido, para
pensar con respeto sus poemas,
para recorrer el rostro de un
perfil casi desconocido, cuyos
varios retratos no parecen
coincidir el uno con el otro y
que sin embargo el excelso
escultor cubano Teodoro Ramos,
que hizo los monumentos de
Antonio Maceo y de Panchito
Gómez Toro, perfiló en su
monumento de la Plaza del Cristo
de La Habana. Allí está el
perfil de Plácido y él está hoy
con nosotros porque su poesía y
su sufrimiento lo han salvado de
la muerte y del olvido.
Palabras en la inauguración de
la Exposición Bibliográfica y de
Documentos Un poeta de
leyenda, en la Biblioteca
Nacional José Martí, el 17 de
marzo de 2009. |