Gabriel de la Concepción Valdés
(1809-1844), más conocido por su
seudónimo Plácido,
celebra este año su
bicentenario, aunque los
enfoques más diversos sobre su
vida accidentada y su singular
obra dividan a especialistas
cubanos y extranjeros.
Con una cultura desigual y
obtenida a saltos, pero, a la
vez, con una excepcional
capacidad como improvisador,
Plácido pudo llevar a la vez
algo así como una doble obra:
una “poesía mayor”, compuesta
por odas, sonetos, octavas,
romances, en los que su fogoso
temperamento y el aire de los
tiempos le iría llevando del
neoclasicismo tradicional hacia
el hallazgo de una auténtica
expresión desatada y romántica,
y por otro lado una “poesía
artesanal”, destinada a
procurarse el sustento: llegó a
firmar un contrato con el
periódico La Aurora de
Matanzas para entregar un poema
cada día, en el que celebraba el
cumpleaños, santo, bautizo,
desposorio o muerte de algún
personaje notable de la ciudad o
escribía en verso un mensaje
amoroso que firmaría otra
persona. A esto habría que sumar
las fiestas en las que se le
buscaba para improvisar ante los
invitados, muchas veces a partir
de los más disparatados pies
forzados.
Una existencia marginal,
itinerante, desordenada,
perjudicó la labor intelectual
de Plácido, no siempre las
fronteras entre la auténtica
poesía y el verso tasado en
céntimos estaban claras para él
mismo. A ello habría que sumar
el grave problema de su
inserción social: Valdés era
mulato y bastardo, y aunque era
teóricamente libre, se le miraba
como a un sirviente por los
blancos acomodados, mientras que
no encajaba demasiado en los
círculos de “pardos y morenos”
que conformaban una pequeña
burguesía emergente, con la que
tenía contactos pero cuyas
preocupaciones y negocios le
eran ajenos y en último caso,
podía compadecer a los esclavos
africanos, pero no era uno de
ellos.
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Plácido no era como José María
Heredia o Félix Varela un hombre
de claro pensamiento
independentista, tampoco
pertenecía a los más cautelosos
intelectuales que abogaban por
la abolición de la “trata”
esclavista y por reformas en la
colonia como Domingo del Monte y
José Antonio Saco. Era un hombre
inconforme con su condición de
persona discriminada en un país
colonial, que veía con aversión
el régimen esclavista y la
corrupción de la administración
española. En sus poemas hay
alusiones a lo imperioso de
arrojar del país a la dominación
extranjera o simplemente
eliminar al “tirano”. Resulta
paradigmático en ese sentido el
soneto “La muerte de Gessler”,
evidentemente inspirado en el
Guillermo Tell, de Schiller
o en el simple conocimiento de
ese pasaje legendario de la
historia Suiza, que nos es
presentado como un
enmascaramiento a medias de la
circunstancia cubana, de modo
que cualquier lector, aún de los
no muy avisados podía
descifrarlo, sin que por ello
pudiera ser tachado por la
censura:
Sobre un monte de nieve
transparente
En el arco la diestra reclinada,
Por un disco de fuego coronada
Muestra Guillermo Tell la
heroica frente.
Yace en la playa el déspota
insolente
Con férrea vira al corazón
clavada,
Despidiendo al infierno
acelerada
El alma negra en forma de
serpiente.
El calor le abandona; sus
sangrientos
Miembros lanza la tierra al
Océano:
Tórnanle a echar las olas y los
vientos;
No encuentra humanidad el
inhumano;
Y hasta los insensibles
elementos
Lanzan de sí los restos del
tirano.
Sin embargo, la mano que eso
escribe es la misma que sigue
alabando en sus odas a las
reinas de España, a ministros
supuestamente liberales como
Martínez de la Rosa y aún a
funcionarios de dudosa moral del
entorno criollo. Es evidente que
en Plácido no hay una conciencia
política y en pocos de sus
textos puede hallarse alguno que
clasifique como tal. De ahí que
sea difícil aceptar que fuera en
ocasión alguna un conspirador
contra los poderes establecidos.
Sin embargo, es evidente que en
la obra del cantor del valle del
Yumurí hay una actitud de
resistencia que se manifiesta en
tres aspectos esenciales: en la
libertad del lenguaje, en la
ruptura genérica y en el desafío
a las normas del “buen gusto”.
En cuanto al lenguaje, se ha
reprochado al poeta su
“pobreza”, atribuida
habitualmente a su educación
desordenada, pero en realidad,
más allá de esta limitación y de
la que pudiera ofrecerle su
labor artesanal de improvisador,
hay una voluntad de asumir
múltiples voces, un desdoblarse
en personalidades muy diversas.
¿Era acaso el mismo hombre quien
hiperbolizaba en “El ángel de la
gloria”: “Que yo por ser el
oriente de Cristina, / júrote
ser, si en tus doradas alas / al
trono de Jehová mi acento
elevas, / Homero en Ilión,
Píndaro en Tebas.”, y el que
escribe “La
flor de la caña”?:
Yo vi una veguera
Trigueña tostada,
Que el sol envidioso
De sus lindas gracias,
O quizá bajando
De su esfera sacra
Prendado de ella,
Le quemó la cara.
Y es tierna y modesta,
Como cuando saca
Sus primeros tilos
La flor de la caña.
La ocasión primera
Que la vide, estaba
De blanco vestida,
Con cintas rosadas.
Llevaba una gorra
De brillante paja,
Que tejió ella misma
Con sus manos castas,
Y una hermosa pluma
Tendida, canaria,
Que el viento mecía
Como la flor de la caña.
¿Es el correcto escritor del
soneto “A la muerte de
Jesucristo” el mismo que acumula
los versos tremendistas de El
hijo de maldición: “Su
cuerpo en cada pisada / suena
cual ronco cencerro,/ y era su
voz atronada,/ y era su mano de
hierro;/ pero de hierro
animada.”? Y a todo esto podría
añadirse la vulgaridad
deliberada, la grosería
provocadora de quien no vacila
en escribir en “Juicio del año”
―ese texto descubierto hace unos
años por Salvador Arias―:
“Comerá aquél que trabaje, / Y
también aquel que no,/ Con tal
que le importe poco / La nota de
mamalón.”
Plácido usa el lenguaje con esa
misma libertad con la que los de
su raza tomaban los diseños de
la moda española e inglesa y
exageraban el tamaño de los
cuellos y las corbatas o
llegaban a convertirlos en
distintivos extravagantes de su
condición marginal, como ocurría
con los “curros del Manglar” y
otras zonas marginales de La
Habana, que fueron
magistralmente retratados por
Fernando Ortiz en su libro
Los negros curros.
Valdés combina el “bien decir”
de las academias, con lo
coloquial estilizado y hasta con
los términos de la jerga
marginal. Eso, más que un simple
juego provocador, es un modo de
resaltar su condición de
desclasado: está en todos los
grupos y en ninguno, tiene las
claves de todos los sectores,
pero no se adscribe
incondicionalmente a uno solo,
sino que vaga de uno a otro y se
reserva siempre la última
palabra.
Esta especie de desarraigo, esta
“intermitencia” de opiniones ―
porque es difícil usar respecto
a él la palabra “convicciones”―
tiene mucho de actitud
romántica. Al involuntario
apartamiento del “centro” de la
sociedad se une, como actitud
rebelde, el desafío vital y
artístico desde la pose del
poeta maldito. En él va a
producirse ese tránsito que
Pedro Salinas estudiara en un
autor que Plácido leyó y admiró,
José de Espronceda:
¿Cómo mira el poeta al mundo
real? En Espronceda pasa por
tres estados. El primero
consiste en el amor entusiasta
por la realidad. El poeta se
siente atraído por todo, todo le
gusta y la vida se le ofrece
como un repertorio interminable
de tentaciones y
hermosuras.[...] Pero cuando se
aproxima a ellas, su pureza se
cambia en lodo y podredumbre. Es
el segundo grado de la actitud
romántica ante el mundo y la
realidad: desilusión, desengaño
amargo y sin remedio.[...] Se ha
perdido ese término de
comparación con algo superior y
que se puede alcanzar poniendo
la vista en el más allá. El
romántico todo lo compara con su
deseo, con su anhelo nada más.
De suerte que si la vida no
puede satisfacer ese deseo ya no
le queda más esperanza. No se
resigna, como el poeta
cristiano, no se decide a vivir
valerosamente el sueño del
mundo, si no es otra cosa.
Rebelde siempre, se alza
satánicamente ante la vida
insatisfactoria y la
maldice.[...] He aquí el tercer
grado, el final de la actitud
romántica: la desesperación, el
odio, la muerte en rebeldía.
Es precisamente esa muerte en
rebeldía la que más se recuerda
hoy ―a veces a costa de obviar
buena parte de su fructífera
obra―. Para la mayoría de los
lectores y hasta algunos
estudiosos, el poeta es
simplemente el autor de la
“Plegaria a Dios”, que se
supone compuso en las últimas
horas en prisión y que, según la
tradición, iba recitando, camino
del sitio de su ejecución:
Ser de inmensa bondad, Dios
poderoso,
A vos acudo en mi dolor
vehemente;
Extended vuestro brazo
omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo
odioso,
Y arrancad este sello
ignominioso
Con que el mundo manchar quiere
mi frente.
Rey de los reyes, Dios de mis
abuelos,
Vos solo sois mi defensor, Dios
mío:
Todo lo puede quien al mar
sombrío
Olas y peces dio, luz a los
cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al
Norte hielos,
Vida a las plantas, movimiento
al río.
No es difícil imaginarlo: va por
las calles matanceras, con un
crucifijo entre las manos
atadas, rodeado por la tropa y
entre redobles de tambores, que
no permiten escuchar exactamente
lo que recita, hasta que llega
ante los muros del hospital
Santa Isabel y lo alinean junto
a los otros sentenciados.
Entonces dice la última estrofa:
Mas si cuadra a tu suma
omnipotencia
que yo perezca cual malvado
impío,
y que los hombres mi cadáver
frío
ultrajen con maligna
complacencia,
suene tu voz y acabe mi
existencia;
cúmplase en mí tu voluntad, Dios
mío.
Llega la descarga de fusilería y
se levanta una humareda. Plácido
ha entrado en la historia.
Corresponde a este bicentenario
el mostrarnos al poeta, más
libre de mitos y
tergiversaciones, vivo y
actuante en nuestras letras.
*Fragmento de un libro en
preparación.
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