Año VII
La Habana

22 al 28
de MARZO
de 2009

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TE PONGA EL PLATO?

 

Plácido, lenguaje y resistencia*

Roberto Méndez Martínez • La Habana

 


Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), más conocido por su seudónimo Plácido, celebra este año su bicentenario, aunque los enfoques más diversos sobre su vida accidentada y su singular obra dividan a especialistas cubanos y extranjeros.

Con una cultura desigual y obtenida a saltos, pero, a la vez, con una excepcional capacidad como improvisador, Plácido pudo llevar a la vez algo así como una doble obra: una “poesía mayor”, compuesta por odas, sonetos, octavas, romances, en los que su fogoso temperamento y el aire de los tiempos le iría llevando del neoclasicismo tradicional hacia el hallazgo de una auténtica expresión desatada y romántica, y por otro lado una “poesía artesanal”, destinada a procurarse el sustento: llegó a firmar un contrato con el periódico La Aurora de Matanzas para entregar un poema cada día, en el que celebraba el cumpleaños, santo, bautizo, desposorio o muerte de algún personaje notable de la ciudad o escribía en verso un mensaje amoroso que firmaría otra persona. A esto habría que sumar las fiestas en las que se le buscaba para improvisar ante los invitados, muchas veces a partir de los más disparatados pies forzados.

Una existencia marginal, itinerante, desordenada, perjudicó la labor intelectual de Plácido, no siempre las fronteras entre la auténtica poesía y el verso tasado en céntimos estaban claras para él mismo. A ello habría que sumar el grave problema de su inserción social: Valdés era mulato y bastardo, y aunque era teóricamente libre, se le miraba como a un sirviente por los blancos acomodados, mientras que no encajaba demasiado en los círculos de “pardos y morenos” que conformaban una pequeña burguesía emergente, con la que tenía contactos pero cuyas preocupaciones y negocios le eran ajenos y en último caso, podía compadecer a los esclavos africanos, pero no era uno de ellos.

Plácido no era como José María Heredia o Félix Varela un hombre de claro pensamiento independentista, tampoco pertenecía a los más cautelosos intelectuales que abogaban por la abolición de la “trata” esclavista y por reformas en la colonia como Domingo del Monte y José Antonio Saco. Era un hombre inconforme con su condición de persona discriminada en un país colonial, que veía con aversión el régimen esclavista y la corrupción de la administración española. En sus poemas hay alusiones a lo imperioso de arrojar del país a la dominación extranjera o simplemente eliminar al “tirano”. Resulta paradigmático en ese sentido el soneto “La muerte de Gessler”, evidentemente inspirado en el Guillermo Tell, de Schiller o en el simple conocimiento de ese pasaje legendario de la historia Suiza, que nos es presentado como un enmascaramiento a medias de la circunstancia cubana, de modo que cualquier lector, aún de los no muy avisados podía descifrarlo, sin que por ello pudiera ser tachado por la censura:

Sobre un monte de nieve transparente
En el arco la diestra reclinada,
Por un disco de fuego coronada
Muestra Guillermo Tell la heroica frente.

Yace en la playa el déspota insolente
Con férrea vira al corazón clavada,

Despidiendo al infierno acelerada
El alma negra en forma de serpiente.

El calor le abandona; sus sangrientos
Miembros lanza la tierra al Océano:
Tórnanle a echar las olas y los vientos;

No encuentra humanidad el inhumano;
Y hasta los insensibles elementos
Lanzan de sí los restos del tirano.

Sin embargo, la mano que eso escribe es la misma que sigue alabando en sus odas a las reinas de España, a ministros supuestamente liberales como Martínez de la Rosa y aún a funcionarios de dudosa moral del entorno criollo. Es evidente que en Plácido no hay una conciencia política y en pocos de sus textos puede hallarse alguno que clasifique como tal. De ahí que sea difícil aceptar que fuera en ocasión alguna un conspirador contra los poderes establecidos.

Sin embargo, es evidente que en la obra del cantor del valle del Yumurí hay una actitud de resistencia que se manifiesta en tres aspectos esenciales: en la libertad del lenguaje, en la ruptura genérica y en el desafío a las normas del “buen gusto”.

En cuanto al lenguaje, se ha reprochado al poeta su “pobreza”, atribuida habitualmente a su educación desordenada, pero en realidad, más allá de esta limitación y de la que pudiera ofrecerle su labor artesanal de improvisador, hay una voluntad de asumir múltiples voces, un desdoblarse en personalidades muy diversas. ¿Era acaso el mismo hombre quien hiperbolizaba en “El ángel de la gloria”: “Que yo por ser el oriente de Cristina, / júrote ser, si en tus doradas alas / al trono de Jehová mi acento elevas, / Homero en Ilión, Píndaro en Tebas.”, y el que escribe “La flor de la caña”?:

Yo vi una veguera
Trigueña tostada,
Que el sol envidioso
De sus lindas gracias,
O quizá bajando
De su esfera sacra
Prendado de ella,
Le quemó la cara.
Y es tierna y modesta,
Como cuando saca
Sus primeros tilos
 La flor de la caña.

La ocasión primera
Que la vide, estaba
De blanco vestida,
Con cintas rosadas.
Llevaba una gorra
De brillante paja,
Que tejió ella misma
Con sus manos castas,
Y una hermosa pluma
Tendida, canaria,
Que el viento mecía
Como la flor de la caña.
 

¿Es el correcto escritor del soneto “A la muerte de Jesucristo” el mismo que acumula los versos tremendistas de El hijo de maldición: “Su cuerpo en cada pisada / suena cual ronco cencerro,/ y era su voz atronada,/ y era su mano de hierro;/ pero de hierro animada.”? Y a todo esto podría añadirse la vulgaridad deliberada, la grosería provocadora de quien no vacila en escribir en “Juicio del año” ―ese texto descubierto hace unos años por Salvador Arias―: “Comerá aquél que trabaje, / Y también aquel que no,/ Con tal que le importe poco / La nota de mamalón.”

Plácido usa el lenguaje con esa misma libertad con la que los de su raza tomaban los diseños de la moda española e inglesa y exageraban el tamaño de los cuellos y las corbatas o llegaban a convertirlos en distintivos extravagantes de su condición marginal, como ocurría con los “curros del Manglar” y otras zonas marginales de La Habana, que fueron magistralmente retratados por Fernando Ortiz en su libro Los negros curros.

Valdés combina el “bien decir” de las academias, con lo coloquial estilizado y hasta con los términos de la jerga marginal. Eso, más que un simple juego provocador, es un modo de resaltar su condición de desclasado: está en todos los grupos y en ninguno, tiene las claves de todos los sectores, pero no se adscribe incondicionalmente a uno solo, sino que vaga de uno a otro y se reserva siempre la última palabra.

Esta especie de desarraigo, esta “intermitencia” de opiniones ― porque es difícil usar respecto a él la palabra “convicciones”― tiene mucho de actitud romántica. Al involuntario apartamiento del “centro” de la sociedad se une, como actitud rebelde, el desafío vital y artístico desde la pose del poeta maldito. En él va a producirse ese tránsito que Pedro Salinas estudiara en un autor que Plácido leyó y admiró, José de Espronceda:

¿Cómo mira el poeta al mundo real? En Espronceda pasa por tres estados. El primero consiste en el amor entusiasta por la realidad. El poeta se siente atraído por todo, todo le gusta y la vida se le ofrece como un repertorio interminable de tentaciones y hermosuras.[...] Pero cuando se aproxima a ellas, su pureza se cambia en lodo y podredumbre. Es el segundo grado de la actitud romántica ante el mundo y la realidad: desilusión, desengaño amargo y sin remedio.[...] Se ha perdido ese término de comparación con algo superior y que se puede alcanzar poniendo la vista en el más allá. El romántico todo lo compara con su deseo, con su anhelo nada más. De suerte que si la vida no puede satisfacer ese deseo ya no le queda más esperanza. No se resigna, como el poeta cristiano, no se decide a vivir valerosamente el sueño del mundo, si no es otra cosa. Rebelde siempre, se alza satánicamente ante la vida insatisfactoria y la maldice.[...] He aquí el tercer grado, el final de la actitud romántica: la desesperación, el odio, la muerte en rebeldía.

Es precisamente esa muerte en rebeldía la que más se recuerda hoy ―a veces a costa de obviar buena parte de su fructífera obra―. Para la mayoría de los lectores y hasta algunos estudiosos, el poeta es simplemente el autor de la “Plegaria a  Dios”, que se supone compuso en las últimas horas en prisión y que, según la tradición, iba recitando, camino del sitio de su ejecución:

Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,
A vos acudo en mi dolor vehemente;
Extended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso,
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente.

Rey de los reyes, Dios de mis abuelos,
Vos solo sois mi defensor, Dios mío:
Todo lo puede quien al mar sombrío
Olas y peces dio, luz a los cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al Norte hielos,
Vida a las plantas, movimiento al río.

No es difícil imaginarlo: va por las calles matanceras, con un crucifijo entre las manos atadas, rodeado por la tropa y entre redobles de tambores, que no permiten escuchar exactamente lo que recita,  hasta que llega ante los muros del hospital Santa Isabel y lo alinean junto a los otros sentenciados. Entonces dice la última estrofa:

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia

que yo perezca cual malvado impío,

y que los hombres mi cadáver frío

ultrajen con maligna complacencia,

suene tu voz y acabe mi existencia;

cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío. 

Llega la descarga de fusilería y se levanta una humareda. Plácido ha entrado en la historia. Corresponde a este bicentenario el mostrarnos al poeta, más libre de mitos y tergiversaciones, vivo y actuante en nuestras letras.


*Fragmento de un libro en preparación.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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