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En primer término quiero aludir
al estatuto de intelectual de
Plácido, y cómo con él se pone
en evidencia la necesidad que
tenemos de modificar nuestros
modos de estudiar la
intelectualidad cubana. Ya decía
Darcy Ribeiro en sus últimos
años, completando las ideas de
Gramsci sobre los intelectuales,
que había que ampliar los marcos
de reflexión, y proponía de
hablar de los intelectuales en
términos de aquellos hombres que
logran dominar las claves de la
cultura a la que pertenecen. Y
esta definición mucho más
democrática, mucho más abierta,
permite entender, por ejemplo,
que los grupos aborígenes tienen
sus intelectuales, que no son
iguales a otros tipos de
intelectuales.
Los grupos sociales, las
estratificaciones sociales,
generan sus propios tipos de
intelectuales: Aponte es un
intelectual de un grupo social.
El libro La conspiración de
Aponte, publicado en 1963
gracias a la paciencia de José
Luciano Franco, se centra en
transcribir lo que dijo Aponte
cuando lo entrevistaron. Aponte
dibujaba y algunas de las
pruebas que le ocupa el aparato
represivo colonial español son
sus libros de dibujos. Cuando le
preguntan sobre lo que dibujó,
sobre los collages que
hizo, Aponte empieza a explicar
como artista qué es lo que hay
detrás de esos dibujos. Uno se
entera de que el abuelo de
Aponte combatió contra los
ingleses y fue un héroe de los
batallones de Pardo, y que
Aponte vive orgulloso de ese
hecho. Él fundamenta su
cosmovisión del mundo a partir
de esos dibujos; sin embargo, no
tenemos incluido a Aponte dentro
de nuestra historia del arte, ni
siquiera están publicados sus
dibujos.
Plácido es expresión de otro
tipo de intelectual, y voy a
poner un ejemplo contemporáneo
para que se me entienda:
nosotros tenemos hoy un genial
repentista que se llama Alexis
Díaz Pimienta, que cualquiera
que haya conversado con él sabe
que es un genio de la capacidad,
un talento de la naturaleza.
Alexis Díaz Pimienta, para mí,
es como un Plácido de ahora.
Hace menos de dos meses dio una
conferencia en la universidad
sobre los problemas de la
lingüística. No ha estudiado en
ninguna universidad, pero es un
hombre con una cultura como la
que pueden tener muchos
universitarios e incluso más que
algunos doctores. El
autodidactismo también genera
saberes, y Plácido es un ejemplo
de un intelectual formado por
las vías del autodidactismo. Por
supuesto, fue por razones del
medio social y color de la piel;
además Plácido no podía haber
estudiado en ningún sistema
porque no tenía el expediente de
limpieza de sangre que exigían
para entrar a cualquiera de
ellos. Por lo tanto, Plácido es
un ejemplo de esas otras formas
de saber, y cuando uno se lee el
extraordinario libro de Daysi
Cué, Plácido, el poeta
conspirador, y comienza a
ver los poemas y las
referencias, comprende que
Plácido sí tenía un saber
literario sobre poesía: sabía de
métrica, de recursos
estilísticos y conocía poetas,
porque Plácido se relacionaba
con otros poetas que eran su
fuente de información.
Hace unos días le preguntaba a
Daysi dónde obtuvo Plácido la
información para escribir “Jicotencal”,
porque este poema tiene una
información muy especializada
sobre la conquista de México. Se
supone que por lo menos manejó
la crónica de Solís, y también
recibió información de sus
amigos y de la prensa, que en la
época era muy buena y tenía
mucha información. Plácido era
un lector de periódicos y fue un
hombre que transitó como
intelectual entre dos medios
sociales: un medio de alta
cultura, digamos legitimada, que
es el medio “delmontino”, y un
medio de alta cultura no
legitimada, y fíjense que estoy
hablando de alta cultura. Uno de
los méritos que tiene el libro
de Daysi Cué es que ella explica
las fuentes clásicas y de poesía
neoclásica que son las que
inspiran a Plácido. O sea, él
sabe perfectamente bien quiénes
son algunos autores españoles,
tiene hasta preferencias. Si
digo esto es porque Plácido va a
representar, como lo representa
en otro momento de nuestra
historia Nicolás Guillén, otro
ejemplo de gran autodidactismo y
además de un talento poético
innegable.
Heredia, por ejemplo, es un
genio de la poesía, pero es un
genio educado. Su medio
familiar, desde su padre José
Francisco hasta el resto de su
familia, favorece que desde los
ocho años sepa latín y griego.
Ese no es el medio social del
que viene Plácido, pero el
talento no tiene esos
obstáculos; Plácido es un hombre
tan talentoso como Heredia
aunque no tenga las coordenadas
sociales que le permiten a
Heredia llegar. Lo interesante
es que el autor de "Plegaria a
Dios" es capaz de establecer una
relación personal con ese gran
mito de la cultura y de la
poesía cubana que es Heredia.
Plácido se declaró hijo
espiritual de Heredia y escribió
el poema “La malva azul” para
rendirle homenaje cuando este
muere. Por tanto, Heredia y
Plácido nos ilustran caminos
diferentes en la historia de la
intelectualidad cubana, que no
se limitan a los problemas de un
grupo o de una clase, sino que
tienen distintos modelos en cada
uno de los momentos históricos
del país, que tienen que ser
estudiados. Contemporáneo a
estos dos mitos estaría un
tercero: Juan Francisco Manzano.
Cuando uno estudia a Manzano
encuentra igualmente formas de
saberes, medio social en el que
se desenvolvió, tipos de amos a
los que perteneció, que también
lo hicieron un intelectual.
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No olvidemos cuando mencionamos
a las víctimas de la
Conspiración de la Escalera que
estas fueron concebidas dentro
de una cultura del terror, y que
allí también estuvo preso
Manzano. Se involucró a blancos
como a José de la Luz y
Caballero, que nada más y nada
menos estaba en París, y lo
involucraron también porque eso
es una cultura del terror: dar
un escarmiento en todos los
niveles de peligro existentes.
Pero nunca imaginaron que Luz —a
diferencia de Del Monte que era
cobarde y se fue para no
retornar más—, sí regresaría. Se
presentó a la Comisión Militar,
la desafió, y estuvo 14 meses
bajo arresto domiciliario. Por
eso la imagen que hay de José de
la Luz y Caballero, la que
tuvieron los hombres del ´68, no
es solo la del intelectual sino
también la de un Luz valiente,
del tipo guapo que se enfrentó a
la Comisión y que resistió la
presión.
En la Escalera cayeron muchos,
porque formó parte de unos
movimientos de represión que
además estaban ocurriendo en
España, donde se estaban
desarrollando las Guerras
Carlistas que amenazaron a la
Metrópoli. Todo eso generó un
clima de sospecha, nada más hay
que leer la novela de Galdós
sobre Leopoldo O'Donnell para
darse cuenta de que el Capitán
general de la Isla fue uno de
los generales de la mano fuerte
en la guerra contra el carlismo,
y por tanto aplica aquí lo que
ya se había aplicado contra los
carlistas y contra los
anarquistas. Es la psicología
del terror, una minioperación
Cóndor de la época. Esas teorías
del terror se fueron probando en
distintos momentos y O'Donnell
las aplicó en Cuba hasta donde
pudo, con los sectores que pudo.
Podía fusilar a negros y
mulatos, pero a José de la Luz y
Caballero solo podía
amedrentarlo.
En cuanto a la conspiración,
para los generales de Ayacucho
—Tacón y demás—, todos los
criollos eran en potencia un
peligro. El mejor criollo era el
muerto, daba igual que
conspirara o no. Es parte del
panorama a partir de 1824 en el
que el síndrome Ayacucho es una
realidad, un síndrome que planea
sobre todo y provoca sospechas
sobre todo lo que puede resultar
peligroso.
El caso Plácido ilumina la
necesidad de un estudio más
abierto, más flexible, que tenga
más en cuenta las problemáticas
locales. Hay más de una Cuba y
estos problemas explican hoy
muchas cosas. Plácido es uno de
los grandes poetas cubanos, creo
que Daysi lo demostró muy bien
en su libro. Es un poeta que
escribe a lo Góngora, las
"Letrillas", de Plácido no
tienen nada que envidiar a las
mejores letrillas del barroco
español. Escribe muy bien en
todos los eventos de cultura
popular satírica en las que
describe cuán ilustrada es la
gente y se burla de los
sabidillos. Es un ejemplo de un
Plácido ligero, capaz de ver lo
que sucede en la calle y
burlarse, pero que puede ser
filosófico. Si Aponte pintaba
para expresar ideas, Plácido
puede hacer una extraordinaria
fábula como es "El hombre y el
canario", uno de los textos de
ejemplares para explicar el
concepto de la libertad. Lo hace
con las mediaciones que le son
posibles, porque lo que escribe
allí sobre la libertad como
inherente a la esencia humana no
lo puede decir de otra manera
que no sea en una fábula.
Plácido es, por tanto, un hombre
con grandes registros como poeta
que también expresa esta
gama importante de formas de
pensamientos que va a enriquecer
la historia de la
intelectualidad cubana.
Soy una de las primeras
conocedoras del libro de Daysi
Cué, Plácido, el poeta
conspirador, porque tuve el
raro privilegio de ser su
oponente cuando defendió su gran
investigación para la tesis de
doctorado. Lo que tiene de
novedoso este libro es, primero,
que no es un rapto poético sino
el resultado de una
investigación. Es una
investigación de años en la que
Daysi también aprovechó saberes
de su padre, el gran
investigador Cué, y la herencia
de documentación que este le
dejó, lo que le permitió
aproximarse a documentos
desconocidos de Plácido. Es un
libro donde se combinan dos
tipos de saberes: sus saberes
como profesora de Literatura y
también sus diálogos con los
grandes historiadores que han
ido siguiendo el largo camino de
los estudios coloniales y sobre
este período de la esclavitud.
En su metodología este libro me
parece muy original porque parte
de una verdad de Perogrullo que
a veces se olvida, y es que
Plácido es una sola persona.
Decía Juan Marinello que cuando
se fuera a estudiar a Martí no
se olvidara que el poeta y el
hombre de acción es el mismo,
que no había dos Martí, sino uno
solo. En este caso, la tesis de
Daysi es muy simple: Plácido es
una sola persona y por lo tanto
ella trabaja al hombre, lo ubica
socialmente con sus ideas y los
grupos a los que pertenece,
luego el problema de la
conspiración, adónde va, qué
carácter tiene, y trabaja
también al artista y al creador.
Yo diría que las dos partes son
excelentes porque nos devuelven
un hombre que fue un político en
la medida en que pensó los
problemas de su época, y en la
medida en que todos los
intelectuales de su época eran
ilustrados, y la Ilustración
parte de la premisa de que eran
hombres de la sociedad y por lo
tanto hombres políticos, sea
cual fuera la profesión: poeta,
pintor o cura. Quien no
comprenda esto no puede entender
a Plácido. ¿Era o no un
conspirador?, da igual porque
para el colonialismo español
todos eran conspiradores y todos
eran peligrosos. Todos eran como
Aponte, "malos", según Tacón.
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El segundo elemento del libro es
que nos da todos los detalles de
la cultura literaria y de la
calidad intrínseca que sabemos
tiene la obra de Plácido.
Plácido ha tenido muy mala
suerte —creo que eso también
está en el libro aunque menos—
con su propio mito. Plácido
fusilado se convierte en un mito
y a finales del siglo XIX
comienza la gran polémica con
Manuel Sanguily, a propósito de
si es conveniente convertirlo en
un poeta nacional o no. Esa fue
una discusión de política
cultural: ¿Nos conviene tener un
Plácido santo? Creo que este
debate de la conveniencia de
tener un San Grabriel mulato en
la cúpula de la cultura cubana
es importante entenderlo porque
va a expresar otro momento y
otros problemas de la
intelectualidad, siempre
política, siempre al día y con
un conocimiento tremendo de las
teorías de propaganda y difusión
en términos de metodologías
culturales.
En mi opinión el libro de Daisy
Cué es el más serio que se ha
publicado en los últimos diez
años sobre una personalidad
intelectual cubana.
Intervención en el Panel
“Plácido en la encrucijada de la
identidad cubana”. Teatro de la
Biblioteca Nacional de Cuba, 18
de marzo de 2009. |