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El Premio Cultural ALBA
de las Letras 2008 ha
sido otorgado en su
segunda edición a
Roberto Fernández
Retamar. Intelectual
coherente de profunda
vocación martiana y
gestor cultural
incansable, Fernández
Retamar (1930) es una de
las figuras más ilustres
de la cultura cubana,
cuya relevante obra
poética —al decir de
Lezama Lima entre las
mejores de su
generación—, y una
prestigiosa obra
ensayística sobre el
desarrollo cultural de
la América Latina y el
Caribe lo sitúan entre
los más respetados
pensadores del
continente. El Premio
ALBA, para "creadores
vivos que hayan
consagrado, de manera
sostenida, su vida y el
conjunto de su obra a
engrandecer el
patrimonio cultural de
la América Latina y el
Caribe con aportes
originales", es
auspiciado por el Fondo
Cultural de la
Alternativa Bolivariana
para las Américas, y fue
concedido en su primera
entrega a Mario
Benedetti como Premio
Literario, y a Oscar
Niemeyer como Premio de
las Artes.
Graduado de Filosofía y
Letras en la Universidad
de La Habana, donde es
Profesor de Mérito, la
inquietud intelectual
que condujo a Roberto
Fernández Retamar a un
sobresaliente desempeño
académico hasta su
Doctorado, lo llevó a
cursar estudios
universitarios en París
y Londres, y a impartir
luego clases en la
universidad de Yale, y
conferencias en muchas
otras universidades de
América, Europa y Japón.
Desde el triunfo
revolucionario en Cuba
se entregó a un intenso
trabajo a favor de la
cultura nacional, ha
realizado tareas
diplomáticas y ha
contribuido a fundar
instituciones culturales
como la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC) y el Centro
de Estudios Martianos.
Fue merecedor, en 1989,
del Premio Nacional de
Literatura.
Ha ejercido como
Presidente de la Casa de
las Américas desde 1986,
y como Director de la
revista Casa de las
Américas desde 1965.
En ambas funciones su
labor ha sido
fundamental para
extender este espacio de
encuentro de las
culturas de nuestra
América, y ha
contribuido a que la
Casa arribe a la
celebración del medio
siglo de quehacer
cultural siendo digna de
los más altos homenajes.
Por lo general, los
premiados dicen que
permanecen atónitos ante
el anuncio oficial del
premio recibido, que
demoran en entender la
noticia. ¿Qué fue lo
primero que pensó cuando
se lo dijeron? ¿Cómo
recibió este
reconocimiento?
La noticia me cogió
desprevenido y me halagó
al mismo tiempo, así que
la recibí con una mezcla
de sorpresa y alegría.
El Premio remite a algo
muy importante, el ALBA,
proyecto que surgió en
Venezuela, al principio
solo abarcaba a
Venezuela y Cuba, y hoy
cuenta además con otros
países de nuestra
América. Se trata de una
iniciativa que mira a
muchas zonas de nuestra
vida política,
económica, social y
también cultural. Me
hace feliz que este
hermoso proyecto tenga
una vertiente cultural,
y que se haya tenido la
generosidad de pensar en
mí.
Usted se ha convertido
en una referencia
respetada sobre el
estado de la cultura
latinoamericana a través
de sus ensayos. ¿Ha
llegado la hora de
añadir una nueva etapa a
la mirada de "Caliban"
sobre el mundo y sobre
sí mismo?
He dicho en otras
ocasiones, y repito
ahora, que lamento que "Caliban"
siga teniendo
actualidad. Me gustaría
que no la tuviera, me
gustaría que la esencia
de ese ensayo, la
defensa de los países
del Sur, llamados
subdesarrollados o del
Tercer Mundo (que de
varias maneras se los
nombra), frente a la
explotación de que son
objeto por los países
del Norte, a los que he
llamado
subdesarrollantes, no
fuera ya necesaria, con
lo cual perdería
vigencia "Caliban".
Pero, desgraciadamente,
la realidad persiste, y
le sigue dando razón de
ser al ensayo. Creo, sin
embargo, que el momento
actual es de los
mejores, porque la
América Latina y el
Caribe están
despertando. Se cuenta
con varios gobiernos
francamente
revolucionarios, y otros
que mantienen al menos
una postura digna. Que
yo recuerde, nuestra
América no ha vivido
nunca un momento tan
positivo como este. Lo
que espero, insisto en
ello, es que pierda
sentido "Caliban",
porque haya desaparecido
la explotación de unos
países por otros.
En la Feria del libro
mencionó haber lamentado
que le quedara pendiente
un diálogo con el Che
sobre la cultura cubana,
truncado por el viaje
del guerrillero al
Congo, luego a Bolivia y
finalmente por su
muerte. ¿Cuál fue su
relación con el Che, y
en qué hubiera
consistido ese diálogo,
del cual la conversación
y la carta fueron un
punto de partida?
Ello nació del hecho de
encontrarme azarosamente
en un viaje fuera de
Cuba con el Che, quien
me dio a leer lo que
entonces era todavía el
manuscrito de su carta a
Carlos Quijano, el
director del semanario
Marcha, que sería
publicada con el título
"El socialismo y el
hombre en Cuba", un
texto capital, que fue
uno de los últimos que
dio a conocer en vida.
Sin embargo, en ese
texto que tan importante
es y que tanto me
satisface, había un
punto, referente a los
escritores y artistas
coetáneos de los
dirigentes de la
Revolución, con el que
no estaba enteramente de
acuerdo, y se lo dije al
Che. Entonces él me
instó a que escribiera
sobre ese punto, y yo le
respondí que nadie en
Cuba se iba a atrever a
publicar un texto en el
que yo discrepara del
Héroe de Santa Clara,
como se llamaba entonces
por antonomasia al Che,
y me dijo que se lo
mandara a él y él lo
haría publicar. Por eso
le escribí la carta,
demasiado larga. La idea
era que él la publicara,
me respondiera y
mantuviésemos un
intercambio de ideas
sobre ese punto. Pero
cuando le envié la carta
al Che ya él no estaba
en Cuba, y no sé si
cuando regresó del Congo
la haya leído, aunque
desde luego doy por
sentado que no. Tenía
entonces muchas cosas
importantes que leer y
que hacer.
En esa fecha yo había
empezado a dirigir la
revista Casa de las
Américas, y Haydée
me mandó a llamar y me
preguntó si era verdad
que yo le había enviado
una carta discutidora al
Che. Le respondí que sí.
Y entonces ella añadió
algo cuyo sentido último
no entendí de momento.
Me preguntó si yo le
hubiera mandado una
carta así a Fidel cuando
peleaba en la Sierra
Maestra. Le contesté
que, por supuesto, no. Y
no me di cuenta de que
lo que me estaba
diciendo Haydée era que
el Che estaba como Fidel
en la Sierra Maestra. En
aquel tiempo no se sabía
dónde estaba el Che, y
no fui lo bastante
perspicaz para darme
cuenta de lo que me
estaba dando a entender
Haydée.
Me hubiera gustado mucho
que el Che me
respondiera esa carta.
Cuando se conmemoraron
los 75 años de su
nacimiento, la compañera
Aleida March, a quien yo
había enviado una copia
de la carta, me pidió
que la leyera en un acto
en la Biblioteca
Nacional. Y una vez que
se hizo pública, la
incluí en dos libros
míos: Cuba defendida
y Recuerdo a.
Después, en una
intervención en la
Feria, llamé la atención
sobre por qué en los
encuentros famosos de
junio de 1961 en que nos
reunimos escritores y
artistas cubanos con
dirigentes de la
Revolución como Fidel,
el presidente Dorticós,
el ministro de Educación
Armando Hart y otros, no
estaba el Che. Fue una
ausencia notable,
porque, como se vio en
su carta a Quijano, él
tenía ideas muy firmes
sobre la cuestión.
Hubiera sido magnífico
que estuviera presente.
En cuanto al diálogo con
el Che, hay que recordar
que a él le gustaba
mucho polemizar. Creó
Nuestra Industria.
Revista Económica,
siendo Ministro de
Industrias, para
polemizar, para
discutir, y discutió con
compañeros de la
Revolución y con
compañeros de fuera,
como Charles Bettelheim.
Por tanto, no hubiera
sido imposible que
también polemizara en
relación con el punto
que le mencioné. Por
desgracia, el diálogo
quedó inconcluso.
En relación con el
diálogo entre cultura y
política, práctica que
ha sido eje fundamental
en su vida, desde el
presente, ¿suprimiría o
agregaría nuevos
comentarios al texto del
Che? ¿Cómo ha sido, en
lo personal y en su
ejercicio intelectual,
esta difícil y a la vez
estimulante convivencia?
Creo que el del Che es
un texto valiosísimo. En
mi carta le decía que
era una contribución
notable a lo que en la
jerga de los filósofos
se llama "antropología
filosófica". Me imagino
que se hubiera sonreído
de haber tenido acceso a
esas líneas, que como he
dicho no sé si llegó a
leer. El comentario que
yo le hacía se refería a
su idea de que los
escritores y artistas
coetáneos de los
dirigentes de la
Revolución tenían un
pecado original, y que
vendrían nuevos
escritores y artistas
sin ese pecado. Yo le
argumenté que lo del
pecado original provenía
de la tradición
judeocristiana, y que no
me parecía justo que se
nos aplicara en bloque.
También mencionó lo del
olmo y las peras, que le
objeté igualmente. Por
otra parte, la carta del
Che es de una
importancia inmensa. Y
después de su muerte se
han venido publicando
textos suyos de una
enorme relevancia. Por
ejemplo, las páginas
donde con tanta agudeza
critica el manual de
economía política de la
Academia de Ciencias de
la URSS.
En aquellos dos días con
sus noches que en la
primera quincena de
marzo de 1965 compartí
con el Che, en un
momento me preguntó: "¿A
qué atribuyes que la
Unión Soviética se haya
ido a la mierda?" Me
quedé bastante
sorprendido. Y como
acababa de leer varios
libros sobre el tema del
gran analista político
Isaac Deutscher, le
repetí sus criterios. El
Che me dijo que no
estaba de acuerdo, y que
él atribuía lo que había
pasado en la URSS a la
NEP, la Nueva Política
Económica, ese cambio
económico tan brusco que
a principios de los años
20 se hizo en la URSS, y
que Lenin, muerto
tempranamente, no llegó
a rectificar. Después he
visto en los textos
póstumos del Che que él
insistía mucho en eso.
Atribuía a la NEP el
comienzo de la deriva
negativa de la URSS. En
aquel momento me dijo
eso nada más. Pero
después leí en el libro
donde expresa sus
desacuerdos con el
manual de economía
política de la URSS, una
cosa tremenda: "están
regresando al
capitalismo". Lo dijo en
1965, y fue un profeta,
porque, efectivamente,
eso fue lo que ocurrió.
Y el Che lo previó con
extraordinaria
anticipación y lucidez.
El Che no es solo una
figura política y
éticamente maravillosa.
Es también un pensador
notable. Defendió con su
carne sus ideas, y no
hay que olvidar, como
parte esencial de su
contribución, su
pensamiento, su
extraordinaria
coherencia. Apenas tuve
relación con él, lo vi
varias veces en mi vida,
pero no puedo
considerarme, como me
hubiera gustado, un
amigo suyo. Para mí fue
magnífico haber podido
departir, aunque fuera
un poco, con esa inmensa
figura.
En cuanto al "diálogo
entre cultura y
política", no hay que
olvidar que la política
es también una forma de
la cultura. Entre los
Cuadernos de la cárcel,
de Antonio
Gramsci hay uno que se
llama Los
intelectuales y la
organización de la
cultura, donde él
recordó que los
intelectuales no son
solo los escritores,
artistas y pensadores:
también lo son los
sacerdotes, los
dirigentes políticos,
los científicos, los
técnicos, los maestros.
Pero cuando se habla de
la relación entre
cultura y política, con
frecuencia se olvida que
la política también es
una forma de la cultura.
Los dirigentes políticos
también son
intelectuales, y las
relaciones entre los
intelectuales que se
identifican como
políticos y los que se
identifican como
escritores y artistas no
suelen ser idílicas, y a
menudo han sido tensas.
Se trata de dos maneras
de abordar el mundo. Y
el caso nuestro no es
una excepción. Las
relaciones a veces son
buenas, a veces son
tensas, y me parece que
a unos y a otros debe
exigírseles coherencia.
No siempre la
intervención de los
intelectuales políticos
en las cuestiones de los
intelectuales escritores
y artistas ha sido
feliz. Ni tampoco lo ha
sido la de escritores y
artistas en la vida
política. Pero hay que
desear lo mejor en ambos
casos. Añado que hace
años que en Cuba se vive
una situación favorable
en este orden.
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Cuando usted contaba su
diálogo con el Che en la
presentación del libro
por Ayacucho —lo
mencioné en la nota que
redacté para La Ventana—
sentí la falta en el
presente de ese diálogo
equivalente del joven
que usted era en esos 60
con un dirigente de hoy.
En efecto, entonces yo
era joven, y el Che no
tuvo más que juventud,
porque murió a los 39
años. Hace tiempo
escribí un artículo
llamado "El Che: nuestra
juventud", ya que fue
toda la vida un
extraordinario joven. Y,
al igual que usted, me
pregunto si hoy día un
escritor joven le
escribiría, como yo le
escribí al Che, a un
dirigente político,
identificados ambos con
las mejores causas: no
desde el punto de vista
de la hostilidad, sino
todo lo contrario, muy
dentro de la Revolución.
En relación con la
famosa frase de Fidel
"Dentro de la
Revolución, todo, contra
la Revolución, nada",
siempre he entendido que
dentro de la Revolución
se incluye la polémica
en relación con aspectos
que pueden ser o parecer
equivocados. (Véase el
libro compilado por
Graziella Pogolotti
sobre polémicas
culturales en la Cuba de
los 60.) Y el Che llevó
eso a vías de hecho.
Acabo de recordar la
revista que creó para
polemizar dentro de la
Revolución: no fuera ni
mucho menos contra, sino
dentro.
Tuve un privilegio muy
grande, entre los tantos
que he tenido, al
trabajar 15 años con
Haydée Santamaría. Con
ella hablé sobre todas
las cosas humanas y
divinas. Era un ser
extraordinario. Algunas
cosas que yo le dije le
parecieron bien y otras
disparatadas, como es
natural. A mí me gusta
la frase de Tagore, el
poeta de la India, según
la cual “cuando se
cierra la puerta a todos
los errores, también la
verdad se queda fuera”.
O sea, no hay que temer
equivocarse, porque
buscar es la única
manera de llegar a la
verdad. Existe lo que se
llama, en la conducta
general de los seres
humanos, “ensayo y
error”. El error forma
parte del aprendizaje.
El Che tenía más razón
de lo que yo pensaba en
aquel momento. Pero de
lo que se trataba era de
intercambiar ideas,
hacer rozar las ideas:
esa era la finalidad
noble y necesaria. Hay
un excelente poema de
Bertolt Brecht que se
llama “Loa de la duda”,
y a Marx le gustaba
dudar de todo.
Abundando en lo anterior
y con la perspectiva de
medio siglo participando
desde la institución en
la práctica y diseño de
las políticas
culturales. ¿Cómo ve
usted que ha
evolucionado la
participación e
intervención del
intelectual en la
construcción de la
nación?
Soy de los que creen que
el arte
―y
la literatura es un arte―,
lo he dicho en el título
de un libro mío a
propósito de la poesía,
es un reino autónomo,
tiene un reino propio,
suyo, como lo tienen la
política, la religión,
los deportes. Un
pelotero que sea
revolucionario, pero que
batee o fildee poco
(excluyo a los
lanzadores), es un mal
pelotero, aunque sea
buen revolucionario. Un
poeta, un narrador, un
dramaturgo que escriban
malas poesías, malas
narraciones o malas
obras de teatro no
pueden defender bien con
sus obras una causa, o
si creen estar
defendiéndola lo hacen
mal. Hay un carácter
intrínseco de la faena
artística que tiene que
ser respetado, sin lo
cual no se es eficaz
desde ningún punto de
vista. Eso no quiere
decir que los escritores
y artistas no podamos
defender causas
valiosas. Se ha hecho a
lo largo de la historia
y se seguirá haciendo.
Pero para que sea eficaz
esa defensa, hace falta
que el instrumento con
el cual se trabaja sea
un instrumento de alta
calidad. Por eso puse el
ejemplo de la pelota,
que se entiende más
fácilmente.
En 2008 el uruguayo
Mario Benedetti recibió
el Premio ALBA, este año
la joven e importante
distinción ha recaído en
su persona. Sin duda, es
inevitable trazar una
línea común entre usted
y Benedetti donde se
destaca la Casa de las
Américas. ¿Cómo ve esta
coincidencia en medio de
la celebración por los
50 años de la Casa?
Me hace muy feliz, y
estoy muy orgulloso de
que la persona que
recibió antes este
Premio haya sido Mario
Benedetti, a quien me
unen profundos lazos
afectivos e
intelectuales. De hecho,
Mario forma parte de la
Casa de las Américas.
Fundó el Centro de
Investigaciones
Literarias y ha estado
vinculado a nosotros
siempre. De manera que
me llena de orgullo que
este Premio lo haya
recibido una figura tan
admirable como Mario. Se
puede hacer una lectura
coherente de estas
premiaciones, porque la
línea espiritual que nos
une a Mario y a mí pasa
por el corazón mismo de
la Casa de las Américas.
Es una institución
―aunque
estoy demasiado
involucrado para hablar
con objetividad de ella―
importante en cuanto a
reclamar lo genuino de
la creación artística y
literaria de nuestra
América. En general, no
me parece extraño que
dos figuras vinculadas a
la Casa de las Américas
hayamos recibido
sucesivamente el Premio.
Se ha dicho más de una
vez que el proyecto del
Alba es similar a la
misión integradora que
durante medio siglo ha
cumplido la Casa de las
Américas. ¿Cuáles
considera que son hoy
los desafíos a los que
se enfrentan proyectos
equivalentes en el nuevo
escenario sociopolítico
y cultural del
continente?
Siempre que ha habido un
movimiento
auténticamente
revolucionario en
nuestra América, ese
movimiento se ha abierto
al continente todo. En
el siglo XX, el primer
gran ejemplo es el de la
Revolución Mexicana, que
generó una repercusión
continental y una
preocupación por los
hechos continentales.
Cuando en la década del
20 del siglo pasado José
Vasconcelos fue en
México lo que hoy
llamaríamos ministro de
Cultura, llevó adelante
una política de
repercusión continental.
Él invitó a una joven
maestra que entonces no
había publicado todavía
su primer libro, y que
se llamaba Gabriela
Mistral. Reunir allí en
México una serie de
grandes intelectuales
fue un antecedente de lo
que iba a ser después la
Casa de las Américas y
de lo que está haciendo
ahora la Venezuela
bolivariana. Estamos en
la misma línea
revolucionaria, que
suele ser una línea de
afirmación nacional y al
mismo tiempo de apertura
a la universalidad, pero
con raíces propias.
Entiendo que,
efectivamente, la Casa
de las Américas está
vinculada tanto en el
pasado con la Revolución
Mexicana, como en el
presente con la
Revolución Bolivariana,
porque es una línea
constante.
Es extraordinariamente
esperanzador
―comenzamos
hablando de eso―
que el ALBA tenga una
vertiente cultural, como
se manifiesta en la
generosidad de este
Premio, y que, en este
sentido, la Casa de las
Américas, que durante
mucho tiempo estuvo casi
sola en el continente,
si bien acompañada por
muchos de los mejores
escritores y artistas,
ahora esté acompañada
también por distintos
países en sus
respectivas políticas
culturales, en primer
lugar lo tocante al
ALBA. Hay una
continuidad, repito, de
la Revolución Mexicana a
la Revolución
Bolivariana, y
seguramente va a seguir
extendiéndose en este
despertar de nuestra
América que estamos
viviendo.
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Cuando se habla de
nuestra América, en ese
sentido inclusivo y de
pertenencia que le dio
Martí, a veces se
olvidan regiones de la
América Latina y del
Caribe que de manera
histórica han estado
alejadas del resto del
continente. Ha sido una
de las grandes labores
de la Casa incluir
muchas de estas
regiones. Pienso, por
ejemplo, en las noticias
de las revueltas
sociales en Guadalupe y
la Guayana francesa que
no han tenido mucha
repercusión en nuestros
medios. ¿Qué espacio
queda para estas
regiones en los intentos
de integración que
empiezan a nacer en
América?
Martí mencionó, en su
texto programático
“Nuestra América”, “las
naciones románticas del
continente” y “las islas
dolorosas del mar”, en
una alusión clara, en el
último caso, al corazón
del Caribe. La Casa de
las Américas se ha
preocupado mucho por
incluir las distintas
zonas de nuestra América
en el área de su
atención y de su
trabajo. Por ejemplo, el
Premio Literario, que
comenzó llamándose
Concurso de Literatura
Hispanoamericana, al
principio se dirigía
solo a la América de
lengua española. En
crecimientos sucesivos,
el Premio ha incluido la
literatura brasileña, en
portugués, y las
literaturas en inglés y
francés del Caribe, con
sus correspondientes
creoles. Pienso que
cuando hablaba de “las
islas dolorosas del
mar”, Martí tenía en
mente sobre todo las
Antillas de lengua
española: o sea, Cuba,
la República Dominicana
y Puerto Rico. Se sabe
que el Partido
Revolucionario Cubano de
Martí se proponía la
independencia de Cuba y
la de Puerto Rico.
Incluso el Partido tenía
una Sección Puerto Rico.
En el caso de la
República Dominicana, es
innecesario recordar que
el general en jefe de
las tropas mambisas en
la Guerra de
Independencia de 1895
era un dominicano,
Máximo Gómez. Después se
ha ampliado mucho el
concepto de las Antillas
o, más ampliamente, del
Caribe, en cuanto a
incluir países que no
son de lengua española
como, por ejemplo, los
de lengua inglesa. Son
los casos de Jamaica,
Trinidad Tobago, Guyana,
Barbados, Granada,
etcétera. En el Caribe
se encuentra el primer
país independiente de
nuestra América: Haití.
Pero también existen
colonias de varias
metrópolis. Tales son
los casos de Guadalupe y
Martinica, colonias de
Francia llamadas
“Departamentos de
Ultramar” para eludir el
nombre de colonias.
Puerto Rico se supone
que es un “Estado Libre
Asociado” y es una
colonia de los EE.UU. Es
muy variada, por tanto,
el área para la cual la
Casa de las Américas
creó hace 30 años el
Centro de Estudios del
Caribe.
Ha dicho que “cuando se
viven situaciones
límites, la poesía
reclama su lugar”. ¿Es
que cobra fuerza la
poesía en la medida en
que la situación del
mundo se deteriora? ¿Es
la poesía parte de la
esperanza de que un
mundo mejor es posible?
Aristóteles dijo que el
ser humano es un animal
político —zoon
politikon, decía en
griego. Está bien, creo
que tiene razón, pero
también es un animal
poético. Creo que es
imprescindible, forma
parte de la esencia del
ser humano la necesidad
de arte, incluyendo la
poesía.
Tuve una experiencia muy
curiosa, y seguramente a
partir de esa
experiencia es que hice
esa observación. En el
año 1970 fui con algunos
amigos cineastas
dirigidos por Julio
García Espinosa, el gran
cineasta cubano, a
Vietnam, para filmar un
documental sobre la
guerra de agresión.
Salimos de Hanoi y
avanzamos hacia el
paralelo 17 que entonces
dividía lo que se
llamaba Vietnam del
Norte y Vietnam del Sur.
A medida que nos
acercábamos al paralelo
se oían los bombardeos.
Al principio preocupados
les preguntamos a
nuestros amigos
vietnamitas. “Son
truenos”, dijeron. Eran
bombardeos terribles. A
medida que nos
acercábamos empecé a
escribir, a tomar
apuntes que se
convirtieron después en
un libro de poemas
llamado Cuaderno
paralelo. Pero me
llamó la atención que
los demás miembros de la
delegación, que no eran,
por así decir, poetas,
también empezaron a
escribir. Entonces me di
cuenta de que la poesía,
en los momentos más
tensos de la vida de un
ser humano, demanda su
lugar. Puede ser una
guerra, puede ser
enamorarse o
desenamorarse, puede ser
la muerte. En
situaciones límites,
lejos de desaparecer, la
poesía reclama su lugar.
De ahí que crea que el
hombre no es solo un
animal político, también
es un animal poético.
En la presentación de
sus libros publicados
por la editorial
Ayacucho se describió
como un poeta del aire.
¿Por qué?
Hay un libro de un
filósofo francés, Gaston
Bachelard, que planteó
que los artistas
pertenecían a la familia
de los cuatro elementos:
la tierra, el agua, el
aire y el fuego. Una
muchacha cuyo nombre no
recuerdo hizo una tesis
de grado sobre mi poesía
y me ponía entre los
poetas del aire, y yo
siempre me tuve por tal.
Lo que hice entonces fue
una alusión a ese libro
de Bachelard. Me llama
la atención porque hay
dos libros míos donde
aparece el título fuego,
una en Perú que se llama
Nuestro fuego, y
este otro que acaba de
salir en Caracas, que se
llama Lo que va
dictando el fuego.
Pero yo personalmente no
me considero un poeta
del fuego, sino un poeta
del aire, en la
terminología de Gastón
Bachelard.
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