Año VII
La Habana
2009

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La peineta calada 
(Fragmento)

 Cirilo Villaverde (La Habana, 1812- Nueva York, 1894)

 

XII

Rosario, persiguiendo a Andrés, se había alejado mucho de su casa, en el callejón de la Samaritana, de modo que antes que torne a ella muy bien podemos adelantarnos nosotros y describirla aunque ligeramente.

Componíase de una salita cuadrada con una ventana angosta a la izquierda de la puerta, la cual tenía delante un escalón de piedra: al frente se veía una escalera de madera que servía de comunicación con una especie de zaquizamí, cuyo techo era gacho, que solamente en el centro podía revolverse de pie una persona de mediana estatura y sin otro respiro que una como claraboya o ventanita mirando a la calle. Abajo había muy pocos muebles: un tinajero cojo, varios taburetes de madera, un fogón portátil, cuyos trébedes eran tres pedazos de arco de pipa, y un biombo puesto de manera que lo ocultara a los que pasaban por la calle; además una batea colocada a guisa de tapa sobre un barril, que fue de harina, y en la pared, a la derecha, poco elevada, una estampa de media vara en cuadro, representativa del ángel san Rafael y el joven Tobías, éste con un pez en la mano, aquel gallardo mancebo con el bordón del peregrino y conduciéndole a casa de Gabelo, a cobrar los diez talentos que le debía a su padre, ciego y pobre, según más largamente se refiere en la Escritura. El marco dentro del cual se hallaba la estampa, veíase adornado de variedad infinita de lazos de cinta y "milagros", es decir, de manecitas, piernecitas, ojitos y cabecitas de plata.

La única luz que alumbraba en la sala era la fija perpetuamente al lado del cuadro, y bajo de ella, en la noche de que hablamos, junto de una pequeña mesa de cedro se hallaba sentada seña Caridad Chirinos, que ya conocen nuestros lectores desde el capítulo tercero de esta historia.

Entreteníase a la sazón la buena vieja en leer una novena, no sabemos de qué santo. La puerta de la casa estaba entornada, sujeta por dentro con una silla. Cerca de las ocho, dieron dos golpecitos muy suaves en la hoja, levantóse la vieja, tal vez creyendo que era su hija, asomó la nariz por la estrecha abertura y preguntó:

―¿Quién es?

―Yo, seña Caridad ―contestó una voz fuerte de hombre.

―¡Ah! ¿Era usted, don Liborio? ―añadió aquella sin abrir―. Como vengo encandilada de la vela, a fe que no le había conocido. Está usted tomándose todo el fresco, ¿eh? Buen valor.

―¿Y qué, tiene usted miedo de los ladrones, por ventura?

―¿Yo? No, por cierto; pero como corre un airecillo tan frío y como me hallaba sola, entorné la puerta.

―Pues, ¿dónde anda Rosario a estas horas?

―¿Rosario? ¡Ah! El demonio son las muchachas: no le tienen miedo a nada. Rosarito es más guapa… que la espada de Bernardo: a ella no la detiene ni el frío ni el agua: en queriendo salir a la calle, sale. Nosotras las viejas no podemos hacer esas gracias todos los días: no servimos para la maldita cosa: en sacándonos del dormir, del comer y del rezar, somos un trasto que se arrima a un rincón y allí se está.

―Pero, ¿qué es eso?, ¿no me abre usted? ―agregó don Liborio, que conoció que la mulata no sólo había eludido completamente su pregunta, sino que parece llevaba trazas de dejarlo tiritar en la calle.

―Creí que iba usted de largo ―respondió la astuta vieja sonriendo y quitando la silla que sujetaba la hoja de la puerta. Don Liborio, sin replicar palabra, entró en el momento. 

Era el tal, un hombre de más que mediana estatura, fuerte, trabado de cabeza y cara grande, de pelo negro y aindiado; queremos decir, lacio y recio, patillas del mismo color, recortadas en forma de media luna, las cejas pobladas, los ojos chicos y vivos, la nariz larga, pero bien hecha, la boca grande y sin gracia, los dientes amarillos de humo de tabaco, las manos muy velludas y anchas, y el rostro sembrado de muchos barros de color bermejo, que contrastaban con el de su cutis blanco de leche. Vestía chupa de dril crudo, pantalones de mahón marañuela, corbata de seda formando una lazada con las puntas sueltas y colgantes, y camisa de batista muy fina y bordada. Traía en la cabeza un sombrero de felpa color carmelita claro, de los primeros sombreros de felpa que empezaban a usarse entonces en La Habana. Por bastón portaba en la mano derecha una gruesa vara de medir de ácana, distintivo de su ocupación cotidiana, porque hemos de advertir, que don Liborio se entretenía en revender por las calles piezas de géneros de poco valor, tales como muselinas, plantillas, yocós, gasas, etc., ya sacándolas al fiado de alguna tienda, ya comprándolas: especie de ganguería a que en la época de que hablamos se dedicaban muchos hombres robustos y fuertes.

Habiendo la Chirinos entornado la puerta como antes, volvió a ocupar su puesto, cerca de la mesa, y el hombre, sin esperar a que le invitasen, sentose frente por frente de ella, para lo cual arrimó primero la vara a un lado, cruzó las piernas y metió dentro de ellas ambas manos juntas, en ademán de quien siente mucho frío. Durante breve rato ni la una ni el otro hablaron palabra: don Liborio miraba fijamente a la frente de la vieja, y la vieja leía para sí en la novena de que arriba hicimos mención. Al cabo aquél dijo:

―¿Sabe usted, seña Caridad, que aquí hay más frío que en la calle? ¡Quién lo creería!

―Jun ―repuso la vieja formando con la garganta un sonido bronco, muy semejante al que hacen las palomas cuando arrullan; pero sin levantar la cabeza, que actualmente la tenía cubierta con una manta oscura de algodón sujeta bajo la barba con la mano derecha, a manera de toca monjil.

―Parece increíble ―prosiguió el hombre de la vara, sin turbarse― que con una noche tan mala se haya atrevido Rosarito a salir sola por esas calles de Dios.

―Ella no ha ido lejos: aquí a la vuelta como quien dice.

―¿A la tienda de don Isidro, eh?

―¿Qué tiene que buscar Rosarito en la tienda de don Isidro?

―Tal vez a que Andrés le compusiera la peineta que le rompieron noches pasadas...

―Que usted le rompió, por decirlo de una vez ―interrumpiole la Chirinos de mal humor.

―¡Ay, seña Caridad! nadie sabe cómo está nadie, porque nadie va a casa de nadie.

―Yo no lo entiendo a usted.

―Yo me entiendo y Dios me entiende.

―Lo único que yo entiendo ―replicó la vieja levantando algo más la voz― es que usted hizo una cosa muy mal hecha. Sí, señor, porque la peineta no era de usted, y usted no tenía ningún dominio sobre mi hija y mi hija podía ponerse cuantas peinetas le diera la gana.

―¿Y por qué en vez de ponerse la peineta que yo le regalé dos días antes, no se la puso, sino que esperó que Andrés le acabase otra precisamente la noche del baile, y a la hora de salir? ¿Quién tiene paciencia para aguantar un desaire semejante? ¿Qué, yo no tengo sangre en la cara? Ya que no quiso ponerse mi peineta, ¿por qué se puso la de Andrés? ¿La de Andrés era más bonita, más costosa que la mía? O la mía, o ninguna. Así es como procede la gente que no trata de molestar a la otra gente.

―Pero si mi hija no ama a usted ni le gusta nada de usted. El querer no ha de ser forzado, sino voluntario.

―¿Y cuál es la razón que tiene su hija de usted para no quererme a mí?

―Claro está: la razón de que no le sale de adentro el quererlo.

―Pues Andrés no es mejor que yo, ni él gana más dinero que yo, ni es más generoso que yo con las mujeres. Además, yo soy un hombre libre por todos cuatro costados, que no tiene niño que le llore ni perrito que le ladre.

―¿Y Andrés también no es un hombre libre?

―¿Quién, Andrés? ―prorrumpió don Liborio dando una gran carcajada―. ¿Libre Andrés? Sí, libre de buenas comidas. ¿Pues no se casó hace una pila de tiempo? Conque ya tiene la mujer embarazada. ―¡Qué me dice usted! ―exclamó seña Caridad levantándose como espantada de oír una cosa horrible―. ¡Andrés casado! ¡Andrés haber engañado a mi hija! ¡Infame! ¡Mal hombre! ¡Y mi hija no me lo había dicho! ¡Oh!, ¡rabia! ¿Pero ―añadió de pronto sonriendo y fingiendo que se serenaba― usted se chancea, no es cierto, don Liborio? Es usted capaz de matar a cualquiera con sus mentiras. ¡Qué malo es usted! A bien que ya lo conozco.

―¿Usted no lo quiere creer? ―añadió nuestro hombre más animado, pues harto comprendió el efecto que sus palabras habían producido en el ánimo de la astuta vieja―. ¿Usted no lo quiere creer, seña Caridad? Pregúnteselo a Rosario cuando venga, pregúnteselo a Andrés cuando lo vea. Yo no digo mentira nunca.

―¡Qué pícaro es usted!, ¡qué pícaro! ―replicó la vieja todavía sonriendo; pero sin poder contener el temblor convulso que se había apoderado de todo su cuerpo―. Confieso que la chirigota de usted me ha hecho mucho mal, porque la primera impresión nadie puede evitarla: sin embargo, yo no creo lo que usted me dice.

―Bien, no lo crea, no me importa: tampoco yo la fuerzo. A bien que lo que digo es tan verdad como ahora es de noche, y esa luz alumbra a ese santo buen mozo. El correo lo dirá. ¡Eh! Conque dígame adiós, que me marcho.

Y diciendo y haciendo fuese, dejando a la pobre mulata que no sabía lo que le pasaba.

* El texto que publicamos es el capítulo XII de la novela La peineta calada, escrita por Cirilo Villaverde en 1842. En esta obra el autor relata un presumible episodio en la vida del poeta cubano Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, tomando de fondo la vida habanera del XIX. La trama se desarrolla en el barrio de Paula, en "la calle; que corre del punto nombrado el Aserradero a los muros del convento de Paula". A decir del autor: "uno de los barrios más silenciosos y tristes de esta ciudad".


Cirilo Villaverde: Novelista y periodista cubano. Nació en 1812, en la ciudad de Pinar del Río. Estudió Humanidades y Leyes en La Habana. Ejerció la enseñanza y el periodismo. Partidario de la independencia de Cuba, tuvo que exiliarse en los EE.UU. En Nueva York siguió trabajando por la causa cubana. Fue redactor del periódico La Verdad. Fundó en Nueva Orleans el periódico El Independiente. En 1858 regresó a Cuba; pero su estancia en la Isla fue breve. Tuvo que huir nuevamente y acabó sus días en Nueva York en el año 1894.

 
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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