XII
Rosario, persiguiendo a
Andrés, se había alejado
mucho de su casa, en el
callejón de la Samaritana,
de modo que antes que torne
a ella muy bien podemos
adelantarnos nosotros y
describirla aunque
ligeramente.
Componíase de una salita
cuadrada con una ventana
angosta a la izquierda de la
puerta, la cual tenía
delante un escalón de
piedra: al frente se veía
una escalera de madera que
servía de comunicación con
una especie de zaquizamí,
cuyo techo era gacho, que
solamente en el centro podía
revolverse de pie una
persona de mediana estatura
y sin otro respiro que una
como claraboya o ventanita
mirando a la calle. Abajo
había muy pocos muebles: un
tinajero cojo, varios
taburetes de madera, un
fogón portátil, cuyos
trébedes eran tres pedazos
de arco de pipa, y un biombo
puesto de manera que lo
ocultara a los que pasaban
por la calle; además una
batea colocada a guisa de
tapa sobre un barril, que
fue de harina, y en la
pared, a la derecha, poco
elevada, una estampa de
media vara en cuadro,
representativa del ángel san
Rafael y el joven Tobías,
éste con un pez en la mano,
aquel gallardo mancebo con
el bordón del peregrino y
conduciéndole a casa de
Gabelo, a cobrar los diez
talentos que le debía a su
padre, ciego y pobre, según
más largamente se refiere en
la Escritura. El marco
dentro del cual se hallaba
la estampa, veíase adornado
de variedad infinita de
lazos de cinta y "milagros",
es decir, de manecitas,
piernecitas, ojitos y
cabecitas de plata.
La única luz que alumbraba
en la sala era la fija
perpetuamente al lado del
cuadro, y bajo de ella, en
la noche de que hablamos,
junto de una pequeña mesa de
cedro se hallaba sentada
seña Caridad Chirinos, que
ya conocen nuestros lectores
desde el capítulo tercero de
esta historia.
Entreteníase a la sazón la
buena vieja en leer una
novena, no sabemos de qué
santo. La puerta de la casa
estaba entornada, sujeta por
dentro con una silla. Cerca
de las ocho, dieron dos
golpecitos muy suaves en la
hoja, levantóse la vieja,
tal vez creyendo que era su
hija, asomó la nariz por la
estrecha abertura y
preguntó:
―¿Quién es?
―Yo, seña Caridad ―contestó
una voz fuerte de hombre.
―¡Ah! ¿Era usted, don
Liborio? ―añadió aquella sin
abrir―. Como vengo
encandilada de la vela, a fe
que no le había conocido.
Está usted tomándose todo el
fresco, ¿eh? Buen valor.
―¿Y qué, tiene usted miedo
de los ladrones, por
ventura?
―¿Yo? No, por cierto; pero
como corre un airecillo tan
frío y como me hallaba sola,
entorné la puerta.
―Pues, ¿dónde anda Rosario a
estas horas?
―¿Rosario? ¡Ah! El demonio
son las muchachas: no le
tienen miedo a nada.
Rosarito es más guapa… que
la espada de Bernardo: a
ella no la detiene ni el
frío ni el agua: en
queriendo salir a la calle,
sale. Nosotras las viejas no
podemos hacer esas gracias
todos los días: no servimos
para la maldita cosa: en
sacándonos del dormir, del
comer y del rezar, somos un
trasto que se arrima a un
rincón y allí se está.
―Pero, ¿qué es eso?, ¿no me
abre usted? ―agregó don
Liborio, que conoció que la
mulata no sólo había eludido
completamente su pregunta,
sino que parece llevaba
trazas de dejarlo tiritar en
la calle.
―Creí que iba usted de largo
―respondió la astuta vieja
sonriendo y quitando la
silla que sujetaba la hoja
de la puerta. Don Liborio,
sin replicar palabra, entró
en el momento.
Era el tal, un hombre de más
que mediana estatura,
fuerte, trabado de cabeza y
cara grande, de pelo negro y
aindiado; queremos decir,
lacio y recio, patillas del
mismo color, recortadas en
forma de media luna, las
cejas pobladas, los ojos
chicos y vivos, la nariz
larga, pero bien hecha, la
boca grande y sin gracia,
los dientes amarillos de
humo de tabaco, las manos
muy velludas y anchas, y el
rostro sembrado de muchos
barros de color bermejo, que
contrastaban con el de su
cutis blanco de leche.
Vestía chupa de dril crudo,
pantalones de mahón
marañuela, corbata de seda
formando una lazada con las
puntas sueltas y colgantes,
y camisa de batista muy fina
y bordada. Traía en la
cabeza un sombrero de felpa
color carmelita claro, de
los primeros sombreros de
felpa que empezaban a usarse
entonces en La Habana. Por
bastón portaba en la mano
derecha una gruesa vara de
medir de ácana, distintivo
de su ocupación cotidiana,
porque hemos de advertir,
que don Liborio se
entretenía en revender por
las calles piezas de géneros
de poco valor, tales como
muselinas, plantillas, yocós,
gasas, etc., ya sacándolas
al fiado de alguna tienda,
ya comprándolas: especie de
ganguería a que en la época
de que hablamos se dedicaban
muchos hombres robustos y
fuertes.
Habiendo la Chirinos
entornado la puerta como
antes, volvió a ocupar su
puesto, cerca de la mesa, y
el hombre, sin esperar a que
le invitasen, sentose frente
por frente de ella, para lo
cual arrimó primero la vara
a un lado, cruzó las piernas
y metió dentro de ellas
ambas manos juntas, en
ademán de quien siente mucho
frío. Durante breve rato ni
la una ni el otro hablaron
palabra: don Liborio miraba
fijamente a la frente de la
vieja, y la vieja leía para
sí en la novena de que
arriba hicimos mención. Al
cabo aquél dijo:
―¿Sabe usted, seña Caridad,
que aquí hay más frío que en
la calle? ¡Quién lo creería!
―Jun ―repuso la vieja
formando con la garganta un
sonido bronco, muy semejante
al que hacen las palomas
cuando arrullan; pero sin
levantar la cabeza, que
actualmente la tenía
cubierta con una manta
oscura de algodón sujeta
bajo la barba con la mano
derecha, a manera de toca
monjil.
―Parece increíble ―prosiguió
el hombre de la vara, sin
turbarse― que con una noche
tan mala se haya atrevido
Rosarito a salir sola por
esas calles de Dios.
―Ella no ha ido lejos: aquí
a la vuelta como quien dice.
―¿A la tienda de don Isidro,
eh?
―¿Qué tiene que buscar
Rosarito en la tienda de don
Isidro?
―Tal vez a que Andrés le
compusiera la peineta que le
rompieron noches pasadas...
―Que usted le rompió, por
decirlo de una vez ―interrumpiole
la Chirinos de mal humor.
―¡Ay, seña Caridad! nadie
sabe cómo está nadie, porque
nadie va a casa de nadie.
―Yo no lo entiendo a usted.
―Yo me entiendo y Dios me
entiende.
―Lo único que yo entiendo
―replicó la vieja levantando
algo más la voz― es que
usted hizo una cosa muy mal
hecha. Sí, señor, porque la
peineta no era de usted, y
usted no tenía ningún
dominio sobre mi hija y mi
hija podía ponerse cuantas
peinetas le diera la gana.
―¿Y por qué en vez de
ponerse la peineta que yo le
regalé dos días antes, no se
la puso, sino que esperó que
Andrés le acabase otra
precisamente la noche del
baile, y a la hora de salir?
¿Quién tiene paciencia para
aguantar un desaire
semejante? ¿Qué, yo no tengo
sangre en la cara? Ya que no
quiso ponerse mi peineta,
¿por qué se puso la de
Andrés? ¿La de Andrés era
más bonita, más costosa que
la mía? O la mía, o ninguna.
Así es como procede la gente
que no trata de molestar a
la otra gente.
―Pero si mi hija no ama a
usted ni le gusta nada de
usted. El querer no ha de
ser forzado, sino
voluntario.
―¿Y cuál es la razón que
tiene su hija de usted para
no quererme a mí?
―Claro está: la razón de que
no le sale de adentro el
quererlo.
―Pues Andrés no es mejor que
yo, ni él gana más dinero
que yo, ni es más generoso
que yo con las mujeres.
Además, yo soy un hombre
libre por todos cuatro
costados, que no tiene niño
que le llore ni perrito que
le ladre.
―¿Y Andrés también no es un
hombre libre?
―¿Quién, Andrés? ―prorrumpió
don Liborio dando una gran
carcajada―. ¿Libre Andrés?
Sí, libre de buenas comidas.
¿Pues no se casó hace una
pila de tiempo? Conque ya
tiene la mujer embarazada.
―¡Qué me dice usted!
―exclamó seña Caridad
levantándose como espantada
de oír una cosa horrible―.
¡Andrés casado! ¡Andrés
haber engañado a mi hija!
¡Infame! ¡Mal hombre! ¡Y mi
hija no me lo había dicho! ¡Oh!,
¡rabia! ¿Pero ―añadió de
pronto sonriendo y fingiendo
que se serenaba― usted se
chancea, no es cierto, don
Liborio? Es usted capaz de
matar a cualquiera con sus
mentiras. ¡Qué malo es
usted! A bien que ya lo
conozco.
―¿Usted no lo quiere creer?
―añadió nuestro hombre más
animado, pues harto
comprendió el efecto que sus
palabras habían producido en
el ánimo de la astuta
vieja―. ¿Usted no lo quiere
creer, seña Caridad?
Pregúnteselo a Rosario
cuando venga, pregúnteselo a
Andrés cuando lo vea. Yo no
digo mentira nunca.
―¡Qué pícaro es usted!, ¡qué
pícaro! ―replicó la vieja
todavía sonriendo; pero sin
poder contener el temblor
convulso que se había
apoderado de todo su
cuerpo―. Confieso que la
chirigota de usted me ha
hecho mucho mal, porque la
primera impresión nadie
puede evitarla: sin embargo,
yo no creo lo que usted me
dice.
―Bien, no lo crea, no me
importa: tampoco yo la
fuerzo. A bien que lo que
digo es tan verdad como
ahora es de noche, y esa luz
alumbra a ese santo buen
mozo. El correo lo dirá.
¡Eh! Conque dígame adiós,
que me marcho.
Y diciendo y haciendo fuese,
dejando a la pobre mulata
que no sabía lo que le
pasaba.
*
El texto que publicamos es
el capítulo XII de la novela
La peineta calada,
escrita por Cirilo
Villaverde en 1842. En esta
obra el autor relata un
presumible episodio en la
vida del poeta cubano
Gabriel de la Concepción
Valdés, Plácido, tomando de
fondo la vida habanera del
XIX. La trama se desarrolla
en el barrio de Paula, en
"la calle; que corre del
punto nombrado el Aserradero
a los muros del convento de
Paula". A decir del autor:
"uno de los barrios más
silenciosos y tristes de
esta ciudad".