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Plegaria a Dios
Ser de inmensa bondad, Dios poderoso
A vos acudo en mi dolor vehemente;
Estended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso,
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente.
Rey de los reyes, Dios de mis abuelos,
Vos solo sois mi defensor, Dios mio.
Todo lo puede quien al mar sombrío
Olas y peces dió, luz á los cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al Norte hielos,
Vida á las plantas, movimiento al rio.
Todo lo podeis vos, todo fenece
O se reanima á vuestra voz sagrada:
Fuera de vos, Señor, el todo es nada,
Que en la insondable eternidad perece,
Y aun en esa misma nada os obedece,
Pues de ella fué la humanidad creada.
Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia
Y pues vuestra eternal sabiduría
Ve al través de mi cuerpo el alma mia
Cual del aire á la clara transparencia,
Estorbad que humillada la inocencia
Bata sus palmas la calumnia impía.
Mas si cuadra á tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frio
Ultrajen con maligna complacencia,
Suene tu voz, y acabe mi existencia...
¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío!
Jicotencal
Dispersas van por los campos
Las tropas de Moctezuma,
De sus dioses lamentando
El poco favor y ayuda:
Mientras ceñida la frente
De azules y blancas plumas,
Sobre un palanquin de oro
Que finas perlas dibujan,
Tan brillantes que la vista,
Heridas del sol, deslumbran,
Entra glorioso en Tlascala
El jóven que de ellas triunfa;
Himnos le dan de victoria,
Y de aromas le perfuman
Guerreros que le rodean,
Y el pueblo que le circunda,
A que contestan alegres
Trescientas vírgenes puras:
"Baldón y afrenta al vencido,
Loor y gloria al que triunfa."
Hasta la espaciosa plaza
Llega, donde le saludan
Los ancianos Senadores,
Y gracias mil le tributan.
Mas ¿por qué veloz el héroe,
Atropellando la turba,
Del palanquín salta y vuela,
Cual rayo que el éter surca?
Es que ya del caracol,
Que por los valles retumba,
A los prisioneros muerte
En eco sonante anuncia.
Suspende á lo lejos hórrida
La hoguera su llama fúlgida,
De humanas víctimas ávida
Que bajan sus frentes mústias,
Llega; los suyos al verle
Cambian en placer la furia,
Y de las enhiestas picas
Vuelven al suelo las puntas.
Perdón, esclama, y arroja
Su collar: los brazos cruzan
Aquellos míseros seres
Que vida por él disfrutan.
“Tornad á México, esclavos;
Nadie vuestra marcha turba,
Decid á vuestro señor,
Rendido ya veces muchas,
Que el joven Jicotencal
Crueldades como él no usa,
Ni con sangre de cautivos
Asesino el suelo inunda;
Que el cacique de Tlascala
Ni batir ni quemar gusta
Tropas dispersas é inermes,
Sino con armas, y juntas.
Que armen flecheros mas bravos,
Y me encontrará en la lucha
Con sola una pica mia
Por cada trescientas suyas;
Que tema el funesto dia
Que mi enojo á punto suba;
Entónces, ni sobre el trono
Su vida estará segura;
Y que si los puentes corta
Porque no vaya en su busca,
Con cráneos de sus guerreros
Calzada haré en la laguna.”
Dijo y marchóse al banquete
Do está la nobleza junta,
Y el néctar de las palmeras
Entre vítores apura.
Siempre vencedor despues
Vivió lleno de fortuna;
Mas, como sobre la tierra
No hay dicha estable y segura
Vinieron atrás los tiempos
Que eclipsaron su ventura,
Y fué tan triste su muerte
Que aun hoy se ignora la tumba
De aquel ante cuya clava,
Barreada de áureas puntas,
Huyeron despavoridas
Las tropas de Moctezuma.
A una ingrata
Basta de amor: si un tiempo te queria
Ya se acabó mi juvenil locura,
Porque es, Celia, tu cándida hermosura
Como la nieve, deslumbrante y fria.
No encuentro en tí la estrema simpatía
Que mi alma ardiente contemplar procura,
Ni á la sombra de la noche oscura,
Ni á la espléndida faz del claro dia.
Amor no quiero como tú me amas,
Sorda á mis ayes, insensible al ruego;
Quiero de mirtos adornar con ramas
Un corazon que me idolatre ciego,
Quiero besar una mujer de llamas,
Quiero abrazar una mujer de fuego.
A mi amada
Mira, mi bien, cuán mústia y deshojada
Está con el calor aquella rosa
Que ayer brillante, fresca y olorosa,
Puse en tu blanca mano perfumada.
Dentro de poco tornaráse en nada:
No verás en el mundo alguna cosa
Que á mudanza feliz ó dolorosa
No se encuentre sujeta ú obligada.
Sigue á las tempestades la bonanza,
Sigue al gusto el tedio y la tristeza;
Perdóname, que tenga desconfianza,
Y dude de tu amor y tu terneza,
Que habiendo en todo el mundo tal mudanza
¿Solo en tu corazón habrá firmeza?
Fatalidad
Negra deidad que sin clemencia alguna
De espinas al nacer me circuiste,
Cual fuente clara cuya márgen viste
Maguey silvestre y punzadora tuna;
Entre el materno tálamo y la cuna
El férreo muro del honor pusiste;
Y acaso hasta las nubes me subiste,
Por verme descender desde la luna.
Sal de los antros del averno oscuros,
Sigue oprimiendo mi existir cuitado,
Que si sucumbo á tus decretos duros,
Diré como el ejército cruzado
Esclamó al divisar los rojos muros
De la santa Salem... “¡Dios lo ha mandado!”
La flor de la caña
Yo ví una veguera
Trigueña tostada,
Que el sol envidioso
De sus lindas gracias,
O quizá bajando
De su esfera sacra
Prendado de ella,
Le quemó la cara.
Y es tierna y modesta,
Como cuando saca
Sus primeros tilos
"La flor de la caña."
La ocasión primera
Que la vide, estaba
De blanco vestida,
Con cintas rosadas.
Llevaba una gorra
De brillante paja,
Que tejió ella misma
Con sus manos castas,
Y una hermosa pluma
Tendida, canaria,
Que el viento mecia
"Como flor de la caña."
Su acento divino,
Sus labios de grana,
Su cuerpo gracioso,
Lijera su planta:
Y las rubias hebras
Que á la merced vagan
Del céfiro, brillan
De perlas ornada,
Como con las gotas
Que destila el alba
Candorosa rie
"La flor de la caña."
El domingo ántes
De Semana Santa,
Al salir de misa
Le entregué una carta,
Y en ella unos versos
Donde la juraba,
Miéntras existiera
Sin doblez amarla.
Temblando tomóla
De pudor velada,
Como con la niebla
"La flor de la caña."
Halléla en el baile
La noche de Pascua,
Púsose encendida,
Descojió su manta,
Y sacó del seno
Confusa y turbada,
Una petaquilla
De colores várias.
Diómela al descuido,
Y al examinarla,
He visto que es hecha
"Con flores de caña."
En ella hay un rizo
Que no lo trocara
Por todos los tronos
Que en el mundo haya:
Un tabaco puro
De Manicaragua,
Con una sortija
Que ajusta la Capa,
Y en lugar de Tripa,
Le encontré una carta,
Para mí mas bella
"Que la flor de caña."
No hay ficción en ella,
Sino estas palabras:
"Yo te quiero tanto
Como tú me amas."
En una reliquia
De rasete blanca,
Al cuello conmigo
La traigo colgada;
Y su tacto quema
Como el sol que abrasa
En julio y agosto
"La flor de la caña."
Ya no me es posible
Dormir sin besarla,
Y mientras que viva
No pienso dejarla.
Veguera preciosa
De la tez tostada,
Ten piedad del triste
Que tanto te ama;
Mira que no puedo
Vivir de esperanzas,
Sufriendo vaivenes
"Como flor de caña."
Juro que en mi pecho
Con toda eficacia,
Guardaré el secreto
De nuestras dos almas;
No diré á ninguno
Que es tu nombre Idalia,
Y si me preguntan
Los que saber ansian
Quién es mi veguera,
Diré que te llamas
Por dulce y honesta
"La flor de la caña."
Tomado de Poesías completas de Plácido, París,
1856.
Se ha respetado la edición del original.
Gabriel de la Concepción Valdés,
“Plácido” (1809 -1844), poeta cubano. Se le reconoce
como uno de los más importantes representantes del
Romanticismo cubano y uno de los iniciadores del
criollismo y el siboneyismo. En su época fue el poeta de
mayor aceptación y divulgación en el país. Después de
cuatro meses de prisión acusado de ser uno de los
integrantes de la Conspiración de la Escalera, es
fusilado el 29 de junio de 1844. Entre sus obras más
reconocidas se encuentra el poema que según la leyenda
recitó camino al cadalso: "Plegaria a Dios". |