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Afirma la leyenda que
los guaraníes creen en
“la tierra sin males” o
“yvy maraney”, un lugar
donde las flechas
vuelan, los frutos caen
de los árboles y es
posible vivir como
hermanos.
En grandes
peregrinaciones que se
prolongaron de
generación en
generación, ellos
marchaban al este,
guiados por los karai,
en busca del “yvy
maraney”. Esa búsqueda
no ha cesado. Así lo
confirma el académico y
crítico Ticio Escobar,
ministro de Cultura de
Paraguay, tierra de
guaraníes, donde hoy se
despierta la esperanza.
A su paso por la X
Bienal de Artes
Plásticas de La Habana,
sostuve una conversación
con este prestigioso
intelectual
latinoamericano, para
mirar y repasar caminos
desde la intensa
contemporaneidad que nos
atraviesa a todos.
A finales del siglo
pasado usted afirmó:
“Lo que se presenta
ahora es quizá recuperar
la idea de la utopía (…)
deconstruyéndola en el
sentido de volver, no
tanto a una promesa de
un mundo realizable,
como a recuperar el
sentido etimológico del
no-lugar, de umbral de
aspiraciones, de sitio
del deseo, que se
convierta en el espacio
donde el hombre coloque
sus construcciones, sus
demandas, apuntalando
sus sueños, haciéndolos
sin un sentido
mesiánico.”
¿Cómo valoraría sus
palabras cuando ya casi
acaba la primera década
del Siglo XXI?
Yo sería aún más
radical. Realmente creo
en ese horizonte-deseo,
en un momento en el cual
el mundo, en clave de
mercado, ha tratado de
uniformar nuestros
sueños y convertirnos en
registro de una
productividad meramente
medible en términos de
renta-beneficio.
Conservar ese espacio
utópico, ese espacio de
no-lugar, en el cual las
cosas no se cumplen
totalmente, no son
enteramente propensas a
hacerlo desde la fuerza
de lo que quieren ser.
“Creo que es la
posibilidad más grande
que tiene no solamente
el arte, sino la cultura
e incluso la cultura de
la izquierda. Esa
posibilidad de aspirar a
un espacio en que las
cosas no están
realizadas y tienen que
hacerse. Un espacio
donde no existen dogmas
absolutos, marcado por
una sensibilidad y una
poesía. Es la poesía la
que marca fuertemente el
lugar de la falta, y que
espera ser dicha.
“Los guaraníes,
indígenas que habitan mi
país, tienen un nombre
para esa utopía: 'yvy
maraney', que quiere
decir tierra sin mal.
Para ellos es un
horizonte en el sentido
que le da Eduardo
Galeano, que es aquel
lugar que nunca termina,
que se aleja mientras
uno va acercándose y que
mantiene vivas las
ganas. Pues, creo que en
este momento mantener
vivas las fuerzas del
deseo es nuestra
posibilidad más grande
en el plano del arte.
Quizá el arte sea en
cierto sentido un
vigilante de ese deseo.
¿Y en el plano
sociológico y del
pensamiento?
En el plano del
pensamiento creo que hay
una contaminación muy
fuerte. El pensamiento
ha dejado de ser una
cuestión meramente
cuantitivista,
desarrollista, fijada en
términos de cifras y de
números y, también, se
ha visto atravesado por
la metáfora, ha acogido
con ganas la retórica.
Un pensamiento que tenía
un santo temor al
lenguaje figural, de
pronto se ha dado cuenta
de que hay cosas que no
pueden decirse si no es
a través del rodeo de la
falta, que es la poesía.
Hay una zona de
interferencia entre el
pensamiento teórico
académico más duro, de
origen por lo menos más
duro y, un pensamiento
más poético, más abierto
a esa turbiedad del
deseo, ese sesgo que es
la forma de atravesar la
realidad y entenderla no
solamente como realidad,
sino en el sentido
lacaniano “como lo
real”, es decir,
aquellos núcleos que no
pueden ser explicados,
ni descifrados, ni
simbolizados, pero que
existen continuamente
siendo reescritos como
espacio traumático de
falta, como espacio
traumático de
incumplimiento o como
espacio activo de deseo.
El pensamiento
positivista de las
ciencias de los años
60-70 del siglo pasado,
se ha abierto a un
pensamiento que acoge
también espacios de
secreto, espacios de
poesía en ese sentido de
ausencia de nada, de no
pretender simbolizarlo
todo y decirlo todo y,
es que hay muchos
espacios que escapan al
símbolo, que no pueden
ser dichos. Y esos quizá
son los espacios que
resguarda el arte hoy y
que alimentan
grandemente la
sensibilidad
contemporánea. Distingo
hoy un pensamiento de
izquierda precisamente
por la sensibilidad.
¿Cómo calificaría la
posmodernidad de la
América Latina de hoy?
No sé si le llamaría
así. Es que la
posmodernidad habla de
un momento descreído, un
poco cínico. Me interesa
más bien hablar de lo
contemporáneo como
escenario en el cual se
cruzan maneras
destiempo, anacronismos,
formas distintas de
pensar, que acogen modos
rupturistas, innovadores
o transgresores, pero
también núcleos duros de
pensamiento heredados.
La gran diferencia es
que recupera la utopía
en el sentido
etimológico, que ya
mencionaba, como un
no-lugar, como un lugar
no cumplido.
Quizá la modernidad lo
que pretendía era hacer
cumplir ese lugar y, los
grandes dogmas, los
sistemas más
jerárquicos, pretenden
traer el paraíso a la
tierra, y eso es
imposible.
Creo que los pueblos más
ricos son aquellos que
mantienen abiertas una
posibilidad de seguir
construyendo y
apostando, lo cual es
hoy el sentido más rico
de la utopía.
El pensamiento
posmoderno, que en un
momento insistió
demasiado en la
negatividad, en el
momento del
incumplimiento, en el
instante exclusivo de la
falta, es también hoy un
pensamiento con hambre
de construcción. No
solamente un pensamiento
esencialmente
melancólico de la
posmodernidad, si no un
pensamiento más activo
al decir: bueno, a
partir de este mundo
casi en ruinas, ¿qué
podemos construir?, ¿a
qué podemos apostar?,
¿con qué nuevas cosas
podemos soñar?
En fragmentos, quizá, y
eso sí es posmoderno, no
las grandes totalidades
que podrán cumplirse de
una vez y para siempre.
Significa partir de
distintos lugares, de
diferentes lenguajes, de
distintas zonas de
iniciación, de disímiles
creencias.
Hay una diversidad
cultural muy fuerte que
también ha alimentado el
pensamiento
contemporáneo y en el
cual podemos reimaginar
no un mundo completo,
pero sí muchas formas de
ver el mundo, que
fugazmente nos iluminen
a algún camino posible.
¿Y cómo considera que
pueda darse la inserción
de América Latina en la
llamada Aldea global, la
Sociedad en Red, como la
ha bautizado Manuel
Castells, a partir del
desarrollo y expansión
de las Tecnologías de la
Información y las
Comunicaciones?
Pienso que América
Latina tiene un lugar
bastante propio. No creo
en América Latina como
una sustancia, como algo
compacto. América Latina
está atravesada por
clases, por intereses
diferentes, por grandes
corporaciones.
El paisaje global ha
homogeneizado mucho una
situación que nosotros
identificamos
geográficamente o
cartográficamente como
América Latina, pero
cuando hablo de un
pensamiento
latinoamericano, pienso
en un pensamiento
alternativo, de
resistencia, que
confronta o vincula el
pensamiento indígena con
el popular y el más
erudito de izquierda.
En ese sentido sí pienso
que puede hablarse de un
pensamiento
latinoamericano, de una
producción hecha en
nuestra región, que
constituyen justamente
momentos de aperturas,
de asumir su enorme
diversidad y de su
monumental posibilidad
de reimaginar. La
imaginación es
fundamental hoy.
¿Cómo se vincula ese
pensamiento con lo que
se ha dado en llamar
Sociedad de la
Información, Sociedad en
red?
Hay una sociedad en red
que también ha sido
contaminada
saludablemente por el
imaginario. Toda cultura
tiene su momento de
desafío, su momento
fuerte, su momento
condicionante —digámoslo
así—, que está
constituyendo un reto.
El capitalismo lo
constituyó siempre, el
colonialismo en su
momento, lo tuvo el
feudalismo, toda
sociedad tiene su carga
de condicionamiento. Ese
es nuestro
condicionamiento hoy. Es
lo que llamamos hoy
asumir, enfrentar,
revertir, negociar,
ampliar, romper, crear
intersticios,
aperturas.
Ese es el mundo que nos
condiciona hoy, nos da
grandes ventajas y nos
permite muchas cosas.
Hay identidades globales
que son muy
interesantes, que se
crean a partir de
reticulaciones
informáticas muy
atrayentes. Se crean
comunidades on line
muy activas.
En toda época la cultura
siempre se las ha
ingeniado para
inventar, para poner un
signo de interrogación
sobre las cosas, sea el
momento que fuere y,
este no tendría que ser
diferente.
Ticio Escobar aseguró
también a finales del
siglo XX: Vivimos un
momento asustado. ¿Cómo
lo definiría ahora?
Me ubico en Paraguay.
Entonces diría que
vivimos un momento
asustado, pero con la
esperanza. No puedo
dejar de tenerla
obstinadamente en un
tiempo en que ha caído
una estructura
dictatorial después de
35 años y, esperamos
estar construyendo una
otra cosa. Desde este
punto de vista no puedo
dejar de mencionar ese
sesgo un poco inocente
de la esperanza, que
ojalá nos dure.
¿Cómo se articula
Latinoamérica con el
contexto actual para la
construcción simbólica
de su realidad?
La construcción
simbólica tiene que ver
con variados lenguajes,
con muchos discursos,
con la cultura. La
cultura es
fundamentalmente la
posibilidad de construir
un mundo simbólico y,
el arte podría romperlo
con la imaginación, ir
más allá de lo
simbólico, al apuntar a
explorar el límite del
símbolo, el límite del
lenguaje, el límite de
lo que se puede decir,
el límite de lo
imaginario. Eso rige en
los circuitos
informáticos que son
lenguajes de símbolo
puro.
¿Y cómo se inserta la
comunicación?
Se inserta muy
cómodamente, como
negociación, como
disturbio, de manera
acomodaticia. No creo
que haya una sola manera
de pensar lo
latinoamericano desde su
posición con las redes
globales. Existen muchas
América Latina y muchos
mundos de universo de
sentido opuesto en ello.
¿Tomando en cuenta el
papel que la
globalización
capitalista ha dado a
la imagen visual, qué
lugar le otorgaría usted
para construir la
realidad latinoamericana
desde sí misma?
Considero que hay una
lucha muy fuerte por la
imagen en este momento,
porque la imagen ha sido
prácticamente cooptada
por el mercado, ha sido
convertida en mercancía.
Sin embargo, existe
desde América Latina
—pero no solo en ella—,
un pensamiento crítico
en el arte que deviene
utilizar la imagen,
justamente, para
descentrar un modelo
simbólico sumiso de la
realidad y abrir
espacios de disenso,
abrir espacios de la
pregunta, abrir espacios
a la inquietud, a la
angustia incluso, que
está dado por la
imagen.
A pesar de que la imagen
es un instrumento
fundamental del mercado
y, que en gran parte del
arte contemporáneo se ha
renegado de ella por
eso, nosotros
reivindicamos la imagen
como un arma de combate,
porque es precisamente
lo que permite hacer
zozobrar lo simbólico
hablando en el sentido
lacaniano, como el
pensamiento del lenguaje
oligocultural
establecido y abrir
zonas de imposibilidad,
de ficción, de
posibilidad y —vuelvo de
nuevo— de utopía.
¿Qué aportes podría,
entonces, ofrecer
Latinoamérica desde la
información audiovisual?
Hay un resurgir
fortísimo del
audiovisual en América
Latina. Por encima de
una imagen
estandarizada,
domesticada, anclada en
Hollywood, América
Latina está abriendo un
espacio enorme en la
creación del
audiovisual. Creo que la
región tiene un lugar
natural y una
responsabilidad inmensa
en ese sentido…
¿Por qué?
Porque precisamente se
está dando la emergencia
de jóvenes que están
usando la imagen con
otro sentido. No sé por
qué.
La creación tiene
razones que no pueden
ser explicadas. De
pronto surgen, hay
fricciones secretas,
combustiones que no se
sabe de dónde salieron,
constelaciones que se
arman.
Tampoco quiero ser un
latinoamericanista
fanático, pero hablo de
lo que creo que puede
aportar al lado de
muchas otras culturas
alternativas, de
resistencia, que también
se dan en Europa, en
EE.UU., en África y en
Asia.
Es decir, estoy hablando
de culturas
contrahegemónicas. Me
estoy refiriendo a
posiciones diferentes a
una hegemonía del
capital, pensado en
términos de un mercado
que uniforma la imagen.
¿Qué contribuciones
podría ofrecer hoy Cuba
en este concierto
latinoamericano tan
peculiar?
Cuba es una reserva muy
fuerte de dignidad y de
creación. Extrañamente
ha logrado crear un
sistema ordenado, un
sistema sustentable, con
muchas dificultades. No
idealizo Cuba para nada,
aunque la ame
profundamente. Conozco
sus dificultades y sus
riesgos, pero sé que ha
imaginado un sistema
paralelo al gran sistema
hegemónico, y eso es
para nosotros una fuerte
reserva de sentido. |