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Los días pasan veloces,
como siempre. O más, por
el cúmulo de
acontecimientos locales,
regionales y planetarios
que se suceden con ritmo
creciente. Desde las
agresiones ambientales
ocasionadas por los
incontrolables cambios
climáticos hasta las
noticias muy recientes,
casi de ahora mismo,
sobre el fin de algunas
restricciones impuestas
a Cuba por anteriores
gobiernos
norteamericanos y los
vientos de esperanza y/o
incertidumbre que soplan
sobre las relaciones
entre nuestro país y el
vecino poderoso del
Norte —todo esto,
además, en tiempos de
crisis económica mundial
que amenaza con golpear,
seguir golpeando, las
expectativas de vida de
una parte considerable
de la población del
planeta.
En medio de ese ritmo
estremecido,
estremecedor, tocan
también tareas menores,
como el cierre de este
boletín Memoria,
que quiere cumplir con
los cronogramas que nos
hemos propuesto y, al
mismo tiempo, no
sobrepasar el “peso” que
las ediciones
electrónicas admiten o
aconsejan. Para terminar
esta edición urgente es
que se escribe esta
“crónica ecológica y
cardenalicia”, al filo
de una medianoche en la
que el calor ha vuelto
por sus fueros en esta
Habana silenciosa de
abril.
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El tema de la crónica
sería el II Encuentro de
Escritores por la
Tierra, organizado por
la Fundación
Mediaterrania, de
Barcelona y la
Universidad Veracruzana.
Allí coincidimos,
durante cuatro días,
Silvio Rodríguez y yo,
que llegábamos desde
Cuba, con escritores,
artistas, ecologistas,
promotores culturales,
periodistas, convocados
para debatir sobre “Agua
y biodiversidad” y
rendir homenaje a los 80
años de Ernesto
Cardenal, uno de los
poetas mayores de la
lengua en nuestros días.
Los trabajos sobre el
tema ambiental, con
énfasis en la necesidad
de preservar el agua en
el planeta y defender su
carácter de bien común
frente a la codicia de
las transnacionales,
llevaron a la aprobación
de la Declaración de
Veracruz, que
compartimos aquí con los
lectores de ese Boletín
Memoria.
A lo largo de los días
del Encuentro, que se
celebró desde el 19
hasta el 27 de marzo, se
desarrolló un programa
cultural intenso y
extenso que incluyó el
cine y la poesía, el
pensamiento y la
fotografía, la danza y
la canción. En las
pantallas pasaron las
imágenes y las voces de
los poetas (Eliseo
Diego, Juan Gelman,
Hamlet Lima Quintana, el
propio Cardenal) en
documentales dirigidos
por Jorge Denti y
Modesto López. El
impresionante anfiteatro
natural de la
Universidad veracruzana
fue el escenario
propicio para iniciar
los momentos culminantes
de esta auténtica fiesta
de la cultura con un
espectáculo de hermosas
raíces latinoamericanas.
Allí encontramos Silvio
y yo a hermanos
distantes y cercanos
como Luis Enrique y
Carlos Mejía Godoy, que
trajo a los de
Palacagüina para llenar
de nostalgia todos los
entornos con la poesía
popular de la Misa
campesina, y Pedro
Meyer, uno de los
grandes cronistas y
artistas del lente de
nuestra época que
inauguró una exposición
dedicada a Ernesto
Cardenal con imágenes
del poeta y de los
combatientes sandinistas
a los que Pedro acompañó
documentando aquel
asalto a la utopía que
fue la Revolución
sandinista. La letra
manuscrita de Cardenal
en la pancarta de la
entrada y en el catálogo
para recordar nos
advierte que “sobre todo
estas fotos están llenas
de esperanza y de la
sonrisa de un país nuevo
que está naciendo, estas
fotos expresan el gozo
de hacer una
revolución”.
Para homenajear la vida
y la obra de Ernesto
llegó también otro
hermano común, Eduardo
Germán Hughes Galeano
(según rezaba en el
programa general del
Encuentro), ese
fabulador cronista
indetenible que recibió
junto al poeta el
Doctorado Honoris Causa
de la Universidad
veracruzana y fascinó a
centenares de
estudiantes en un
conversatorio memorable
mientras presentaba
Espejos, su
libro más reciente.
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La palabra de estos dos
hermanos en la poesía y
la lucha por la
justicia, la igualdad y
la libertad nos ha
acompañado a lo largo de
estos años, preguntando,
respondiendo y
haciéndonos nuevas
preguntas sobre el
“bicho humano” que somos
y sobre los caminos
recorridos y por
recorrer para lograr la
verdadera independencia
de nuestras tierras
americanas y de la
gentes luchadoras,
imperfectas y
maravillosas que las
habitan. Por eso
llegamos Silvio y yo a
Xalapa a finales de
marzo, para homenajear
la poesía de Ernesto que
alumbró nuestras
búsquedas tempranas y
retó a la imaginación
desde los difíciles
territorios de la
sencillez y la
autenticidad. Los poetas
de nuestra generación
compartimos desde muy
temprano una admiración
declarada por aquel
sacerdote en jeans y
sandalias, capaz de
“oficiar” un recital de
poemas en la Casa de las
Américas, a la luz de
unas velas traídas con
urgencia en medio de un
apagón no planificado. Y
de ofrecer mediante el
montaje de textos
diversos, en tiempos
bien difíciles para la
Isla, su opinión sobre
nuestra realidad
revolucionaria en un
libro de testimonios,
sincero, crítico y
desprejuiciado, que
ayudó mucho entonces a
desbrozar caminos de
comprensión y despertó
la solidaridad en gentes
de buena voluntad en
otras tierras del mundo.
De aquella poesía se
alimentó la nuestra. Y
de su imagen, recordada
ahora nuevamente en las
fotos de Pedro Meyer,
con cotona, gorra o
boina durante la
ofensiva sandinista
contra Somoza,
rescatamos una verdad no
descubierta totalmente
hasta entonces: que se
podía ser revolucionario
“también” de esa
manera, que se podían
sentar a una misma mesa
(a discutir sus
diferencias ideológicas
o a soñar sus sueños
comunes de libertad) los
barbudos Carlos Marx y
Jesucristo, como nos
contaría, de alguna
manera, después Wichy
Nogueras en algunos de
sus poemas inolvidables.
Por eso llegamos en
marzo pasado a Xalapa
para agradecer a Ernesto
por su poesía y por su
ejemplo. Por eso nos
alegramos ahora, cuando
incluimos en este
Memoria la noticia
jubilosa de que ha
recibido el Premio
Internacional
Pablo Neruda. Por eso
esta es una crónica
ecológica y
“cardenalicia”, como
llamamos alguna vez a
aquellos poemas
—coloquiales,
conversacionales,
exterioristas— con los
que quisimos contar,
compartir, multiplicar
nuestra “nostalgia del
futuro”. Que todavía
sentimos. |