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Comandante, compañeras y
compañeros:
Hoy nos reunimos aquí los
delegados de los congresos de la
UNEAC y de la UPEC para asistir
a un acto que expresa, una vez
más, y con hechos irrefutables,
la voluntad de la Revolución de
salvar la cultura.
Estos dos congresos
caracterizaron los grandes
desafíos ideológicos que tenemos
ante nosotros y reiteraron la
necesidad de enfrentar
coherentemente la globalización
hegemonista en el campo de la
cultura y de la información.
Por estos días hemos comprobado
de nuevo cómo se complementan y
articulan el poder militar del
imperio y la maquinaria de
manipulación de las conciencias
que está a su servicio: así van
juntos, perfectamente
armonizados, el genocidio y la
desinformación, la agresión
imperialista y la difamación.
Nunca como hoy la llamada
"opinión pública" ha sido
dirigida de una manera tan
inescrupulosa y totalitaria.
Bajo un lenguaje propagandístico
que nos habla de "democracia" y
"derechos humanos", se está
articulando ante nuestros ojos
un nuevo fascismo mucho más
peligroso que aquel que fue
vencido en la Segunda Guerra
Mundial.
Los signos fascistas aparecen
de modo evidente en la propia
"industria del entretenimiento":
el desarme cotidiano de la
inteligencia y del espíritu
crítico, la supresión de la
memoria histórica" el mensaje
racista y xenófobo y la
glorificación del "súper héroe"
yanqui como arquetipo, del
vencedor, y, por supuesto, la
exaltación de lo peor del hombre
y su sistemática de mutilación
espiritual.
La auténtica cultura siembra
valores éticos; pone de
manifiesto lo mejor del hombre,
lo específicamente humano que
hay en él; lo completa y lo hace
crecer. Por eso, en la
maquinaria imperial que fabrica
y difunde supuestos productos
artísticos, hay, como en la
ideología fascista más ortodoxa,
una definida orientación
anticultural.
Cuando en Cuba, en medio de
tantas dificultadas inauguramos
una obra como este teatro,
estamos levantando una nueva
trinchera de ideas; estamos
participando activamente en esa
“batalla globalizada” a la que
nos ha convocado Fidel.
Tenemos que unirnos para acudir
a esa batalla; tenemos que
construir un frente común entre
todos los que defendemos día a
día nuestras ideas, nuestros
valores y nuestra cultura; entre
las instituciones culturales y
educacionales, la televisión, la
radio y la prensa; entre
artistas, periodistas, maestros
y promotores culturales.
Creo que ese es el sentido
profundo de la invitación que
nos hizo Fidel a los delegados
de los congresos de la UNEAC y
de la UPEC para estar aquí,
juntos, en esta reapertura del
Amadeo Roldán.
Es una institución nueva la que
está naciendo hoy, con
posibilidades y condiciones a la
altura del extraordinario
talento que hemos formado en
estos años. Con la recuperación
y remodelación integral de este
teatro, la cultura cubana gana
un espacio privilegiado. Esto ha
sido posible, como ya dijo
Alicia, gracias al apoyo de
Fidel, a su preocupación directa
y permanente; al empeño de Lazo,
Felipe, Alfredo y de otros
muchos compañeros, y al trabajo
esforzado de los constructores.
Este 10 de abril quedará como
una fecha memorable para el
movimiento artístico e
intelectual cubano. Nuestro
pequeño país, bloqueado,
hostilizado y calumniado por ese
imperio que se pretende dueño y
gendarme del planeta, ha
empleado cuantiosos recursos en
la fundación de un centro de
promoción artística de altísimo
nivel y ha dado así un nuevo
ejemplo de su irreversible
vocación humanista.
Frente al fascismo y a las
tendencias anticulturales,
frente al pragmatismo y a la
deshumanización, frente a la
crueldad del reino del mercado,
Cuba envía con esta obra otro
mensaje al mundo: un mensaje de
fe en la cultura verdadera, de
fe en el poder de los valores
espirituales y en el
mejoramiento humano.
Muchas gracias
*Discurso
pronunciado en la reinauguración
del Teatro Auditórium Amadeo
Roldan el 10 de abril de 1999 |