Año VII
La Habana

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Se reinicia la función

Magda Resik Aguirre • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

La ciudad se retiraba. El reposo anunciador de la madrugada poseía a los edificios aledaños al parque. En la duermevela, los vecinos escucharon una explosión, y al salir a los balcones descubrieron la lluvia de "fuegos artificiales" que caía sobre el teatro cercano. Luego las detonaciones. El humo y las llamaradas provenientes de la planta alta devoraron el antiguo edificio, evocador de los más disímiles estilos arquitectónicos.

Los bomberos habían luchado durante horas contra el fuego. Altas cortinas de agua evitaron la expansión de las llamas hacia los inmuebles cercanos. Del interior del Auditórium pudieron salvarse el hermoso piano de cola, y algunos instrumentos, y del archivo, el tesoro de partituras originales y los documentos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Pero el incendio —otro sabotaje financiado por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos—; destruyó sin piedad la mejor sala de conciertos del país.

Esa noche del 30 de junio de 1977, el teatro Amadeo Roldán cerró por última vez sus puertas tras una función del Conjunto Folclórico Nacional. Al día siguiente, entre escombros y abundante ceniza, la majestuosa fachada, todavía en pie milagrosamente, mostraba el rostro ajado de un teatro que se resistía a desaparecer.


Un potencial de emociones

La esquina de Calzada y D en El Vedado, fue el sitio elegido para erigir la sala de conciertos tantas veces soñada por los cultores de esa música. Fanáticos y hombres de dinero adquirieron los bonos para la compra del terreno, y la recaudación popular terminó por completar la suma requerida.

Antes, una mujer, devota del arte y promotora por probada vocación, había desplegado todos sus encantos y habilidades con el fin de lograr consenso a favor del nuevo auditórium. Su condición de presidenta de la sociedad Pro-Arte Musical, María Teresa García de Giberga, convenció a las autoridades gubernamentales de la época para que autorizaran la obra e incluso, destinaran recursos a la añorada sala de conciertos.

La fachada de estilo ecléctico cautivó en 1927 a quienes decidieron el premio del Colegio de Arquitectos. Al año siguiente, el Auditórium se convirtió en una realidad y devino por condiciones acústicas, espacio ideal de la Filarmónica del momento; sitio obligado para los intérpretes de la llamada música clásica.

Una de las publicaciones periódicas de la sociedad de arquitectos, en la década del veinte consigna que el Auditórium poseía un volumen apropiado para diversos usos desde una orquesta sinfónica hasta un solista. Sus condiciones para la propagación de sonidos lo emparentaban con el edificio de música Smith, de la Universidad de Illinois, Estados Unidos, patrón de referencia en esos años.

Semejantes poderes acústicos se hicieron públicos y notorios cuando en el acto de inauguración el coro de "señoras, señoritas y caballeros” convocados por Pro-Arte musical, interpretó el Himno Nacional. Acto seguido, el maestro Gonzalo Roig condujo con maestría a la Orquesta Sinfónica y luego se estrenó el poema Anacaona, para coro y orquesta, de Eduardo Sánchez de Fuentes.

Ese dos de diciembre de 1928 María Teresa García Montes de Giberga recibió en el escenario una medalla de platino con el em­blema de Pro-Arte Musical, que arribaba a sus diez años de vida. Los integrantes de esa sociedad quisieron consignar su gran empeño: “… a través de dos lustros la hemos visto afanarse con renovado e inteligente esfuerzo en mantener, en creciente prestigio y desarrollo perenne esta sociedad, los que a través de ese tiempo hemos observado en usted las carac­terísticas inconfundibles de la supermujer, extraordinaria por el talento, excepcional por el carácter, singular por su vehemente anhelo de elevar el nivel cultural patrio a su más empinada cumbre.”

Desfilaron por el Auditórium a partir de ese momento, las voces y orquestas más connotadas de Cuba y el mundo. Más que la excelencia física del teatro, el atractivo terminó siendo la inmensa lista de prestigiosas personalidades y agrupaciones que aparecían en cartelera.

Hasta la trágica noche de 1977, en el edificio de Calzada y D se presentaron entre otros, compositores como Rachmaninoff, Prokofief, Stravinsky, Villalobos... las orquestas sinfónicas de Minneá­polis, Filadelfia y Bamberg..., bailarines como Leonide Massin y Antonio Dolín, guitarristas como Andrés Segovia, pianistas como Rubinstein y Horowitz. Actuaron también allí las compañías dramáticas de Louis Jouvet y la Co­medie Française, y condujeron la orquesta directores de la talla de Eugene Ormandy, Sir Thomas Beecham y Herbert von Karajan.

Entre los cubanos, se han presentado allí los mejores. Baste recordar que la prima ballerina assoluta Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba realizaron su función de estreno en ese lugar el 28 de octubre de 1948. Incluso, grandes conocedores de la música ofrecieron en ese sitio conferencias magistrales. El escritor cubano Alejo Carpentier fue uno de ellos.

Quizás la presencia de Carpentier en esa plaza cultural se debió a su devoción por la música y a su admiración por la obra del compositor cubano Amadeo Roldán, cuyo nombre ostentó el otrora Auditórium a partir del 3 de marzo de 1961. Sin dudas, el rebautizo de la mejor sala de conciertos de la Isla fue gratamente acogido.

El autor de “La rebambaramba”, el primer sinfonista de Cuba según Carpentier, el compositor que eliminó la rémora de lo afrocubano como tabú, el director de la Orquesta Filarmónica y de la Academia Municipal de Música, recibía así un merecido homenaje. Tal vez ningún espacio mejor que ese para apropiarse de su nombre. Roldán le confesó a Alejo que gustaba de estar en "contacto con las nuevas obras, yéndolas a oír como un simple espectador, dirigidas por otros, para renovar su potencial de emociones...

Defender el espacio

Los ornamentos y piezas de valor salvados del siniestro que en 1977 destruyó el teatro Amadeo Roldán han servido para otorgarle a su nueva imagen el sello de otras épocas. Restaurarlo de la nada, con la sola constancia física de la fachada, no ha resultado fácil. Durante años las obras reconstructivas sortearon innumerables dificultades. Sobre todo las exigencias materiales que impone levantar un edificio del cual solo se salvó "el cascarón".

El inmueble antiguo y el que quedará inaugurado próximamente, difieren en muchos puntos, pero tienen en común la posibilidad de que el sonido sin amplificadores pueda escucharse en cualquier ángulo del lunetario. Según Roberto Sánchez Lagarza, inversionista principal de la obra, encargado del montaje tecnológico, la sala mayor, con capacidad para 886 espectadores, está equipada con eleetromecanismos escenotécnicos que permiten, a través de una concha variable, modificar las características acústicas.

Además del sistema de trampas acústicas que condiciona el aislamiento del exterior posibilitando la entrada y salida del público con un nivel de ruido permisible, hay que valorar la climatización por pleno: el aire se inyecta en la sala por las butacas, a menor velocidad. De esa manera el Amadeo adquiere características propias de un estudio de grabación (el mayor del país), condición que será aprovechada para registrar cada una de las presentaciones que allí sucedan.

Otra sala más pequeña, con 276 localidades, se ubica en el piso superior. Solistas y agrupaciones de pequeño formato podrán ser escuchadas en ese espacio ideal también para conferencias y clases magistrales. Cuenta con sistemas de reproducción monaural, estéreo y cuadrofónico en cualquier formato, y con todo tipo de soporte en imágenes.

La nueva imagen del Amadeo Roldán contempla un área de exposiciones, salón de protocolo, camerinos para los músicos, sala de audiciones, biblioteca y archivo de partituras (muchas de ellas pertenecen al patrimonio nacional de la música sinfónica). Asimismo en el lateral izquierdo y con una capacidad para 60 usuarios, el Bar Opus ofrece una panorámica del parque aledaño al tiempo que es posible disfrutar de los conciertos que se estén ofreciendo, a través de un circuito cerrado de televisión. 

Frente a la maqueta del teatro, Sánchez Lagarza evoca las largas jornadas de dedicación que exigió una obra, cuya ejecución constituye asunto de honor para los cubanos: "Después del sabotaje, nadie se resignaba a la derrota de perder este espacio para la música de concierto, más sabiendo que nos había sido arrebatado".

El olor a "nuevo", a pintura reciente en las paredes, a madera pulida... y el brillo que imprimen las luces al gran recinto que regresa a la vida, alejan las imágenes de la tragedia. Es imposible ya imaginarlo envuelto en llamas y desolado. Solo los vecinos conservan ese testimonio necesario a la memoria; porque "es bueno recordar cuánto daño nos han hecho, y cuánto intentan hacernos". Sin embargo, hablan de sus planes, de las visitas al teatro los domingos... desean regresar.

En pie, majestuosa, la fachada que se resistió a desaparecer contempla a gusto cómo ascienden por la escalinata del Auditórium, al igual que en otras épocas, las más hermosas melodías. Silenciosa testigo, conoce como nadie que en el Amadeo Roldán siempre hubo función.
 

*Publicado en Juventud Rebelde el 4 de abril de 1999

 

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