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El maestro Iván del Prado formó
parte de los huérfanos de 1977,
aquella generación de
concertistas cuyo despunte no
conoció el amparo del Amadeo
Roldán.
En aquel año, cuando un incendio
lo redujo a escombros durante
casi dos décadas, Iván tenía
solo ocho años. Tampoco estaba
allí el teatro cuando obtuvo, en
su adolescencia, el Segundo
Premio del Concurso Nacional
para jóvenes intérpretes Amadeo
Roldán. Y ni siquiera en 1994,
cuando se desempeñó como
director titular de la Orquesta
Sinfónica Nacional, junto al
Maestro Leo Brouwer.
Iván del Prado ha dirigido
orquestas en México, Francia,
Colombia, Portugal, España,
Alemania y China, fundó la
Orquesta de Cámara de La Habana
junto a jóvenes egresados del
ISA y ha dirigido música para
cine (El viajero inmóvil,
de Tomás Piard) y ballet (Cascanueces).
Aunque la coherencia de su obra
y su dominio de la forma musical
solo deben diez años al
Auditórium, a su público y sus
salas, se siente identificado
con su "mística":
"Al Amadeo Roldán llego cuando
estaba ya en la fase terminal de
reconstrucción. Yo dirigía la
Sinfónica y nos acercábamos a
ver cómo iba la obra, cuándo
terminaría aquella situación
nómada en que se encontraba la
Orquesta. Luego, con la
reapertura, ya fue finalmente
nuestra sede y yo hice el
concierto de reapertura: un
programa que incluyó una obra de
Amadeo Roldán. Así se hizo,
nuevamente, parte de la historia
de la Orquesta y de mi carrera."
¿Cómo recuerda el período que
siguió al incendio?
Todo el tiempo que el Teatro
estuvo en ruinas fue terrible.
Recuerdo que siendo estudiante,
la Orquesta estuvo deambulando
por diferentes lugares: el
Trianón, el Mella, la Sinagoga
de 17 y E y el Teatro Nacional.
Era muy difícil sostener un
ritmo.
¿Qué referencias tenía de lo que
había sido el Amadeo?
Las referencias eran excelentes,
daban envidia. Me hablaban de la
acústica, de la programación, de
la actividad del patronato antes
del triunfo de la Revolución, de
los grandes solistas que venían
a La Habana… eran referencias
anecdóticas, pues además no hay
nada escrito al respecto, que yo
sepa.
Son anécdotas muy ricas. Por
ejemplo, hay un señor encargado
del parqueo en uno de los
edificios cercanos, que me
cuenta que cuando se hacía ópera
en el teatro, como Aída,
a él lo contrataban para actuar
como egipcio, pues era un negro
grande y corpulento.
Me cuentan que era un lugar con
una mística muy grande, donde no
tocaba todo el mundo. Era una
meta tocar en el Amadeo. Jorge
Luis Prats me contó que una vez,
cuando era niño, entró en el
teatro, se acercó a un piano y
lo tocó. Entonces llegó un
hombre que cuidaba y lo regañó
muy fuerte: ¿qué haces tú
tocando ese piano, donde tocan
los grandes artistas…? Era un
lugar muy respetado.
Usted conoce salas de más de una
decena de países. ¿Qué distingue
al Auditórium Amadeo Roldán, a
su público, su programación y
sus salas?
El público del Amadeo es el
público que sabe que allí la
mayoría de los programas son de
música de concierto, un público
que sigue la Sinfónica y las
agrupaciones de cámara. Es una
maravilla, y creo que muchas
veces pecamos al subestimarlo,
al pensar que no entenderán una
programación. El público está
muy por encima de lo que se
piensa.
El Amadeo es la sala que da la
posibilidad de escuchar la
llamada música de concierto con
un cierto nivel óptimo en cuanto
acústica, por ejemplo. Sin
embargo, creo que no debe ser un
lugar polivalente, concepto que
hoy rige, sino destinado a un
determinado tipo de espectáculo.
No debe incluirse cualquier cosa
en su programa. Es el único
lugar de La Habana donde puedes
escuchar música sin necesidad de
micrófono. Por eso debe ser
reservado a quienes necesitan de
estos requerimientos para tocar.
¿Qué importancia le concedes a
que hoy exista como sala
permanente, amén de estos
contratiempos?
Es una oportunidad, la
oportunidad de tener una sala de
conciertos donde escuchar
correctamente esta música. La
música nunca dejará de hacerse,
pero si se tiene el espacio se
hace mejor. Es como el fútbol:
cuando se juega en Cuba, muchas
veces se hace en espacios que no
son precisamente para fútbol…
cuando existan los espacios
indicados, será un mejor fútbol.
No soy un aficionado, pero la
analogía puede ser válida. Es
ahí donde radica el valor del
Amadeo: en su existencia. |