Año VII
La Habana

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de 2009

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Entrevista con Iván del Prado

"El valor del Amadeo está en su existencia"

Marianela González • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

El maestro Iván del Prado formó parte de los huérfanos de 1977, aquella generación de concertistas cuyo despunte no conoció el amparo del Amadeo Roldán.

En aquel año, cuando un incendio lo redujo a escombros durante casi dos décadas, Iván tenía solo ocho años. Tampoco estaba allí el teatro cuando obtuvo, en su adolescencia, el Segundo Premio del Concurso Nacional para jóvenes intérpretes Amadeo Roldán. Y ni siquiera en 1994, cuando se desempeñó como director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, junto al Maestro Leo Brouwer.

Iván del Prado ha dirigido orquestas en México, Francia, Colombia, Portugal, España, Alemania y China, fundó la Orquesta de Cámara de La Habana junto a jóvenes egresados del ISA y ha dirigido música para cine (El viajero inmóvil, de Tomás Piard) y ballet (Cascanueces).

Aunque la coherencia de su obra y su dominio de la forma musical solo deben diez años al Auditórium, a su público y sus salas, se siente identificado con su "mística":

"Al Amadeo Roldán llego cuando estaba ya en la fase terminal de reconstrucción. Yo dirigía la Sinfónica y nos acercábamos a ver cómo iba la obra, cuándo terminaría aquella situación nómada en que se encontraba la Orquesta. Luego, con la reapertura, ya fue finalmente nuestra sede y yo hice el concierto de reapertura: un programa que incluyó una obra de Amadeo Roldán. Así se hizo, nuevamente, parte de la historia de la Orquesta y de mi carrera."

¿Cómo recuerda el período que siguió al incendio?

Todo el tiempo que el Teatro estuvo en ruinas fue terrible. Recuerdo que siendo estudiante, la Orquesta estuvo deambulando por diferentes lugares: el Trianón, el Mella, la Sinagoga de 17 y E y el Teatro Nacional. Era muy difícil sostener un ritmo.

¿Qué referencias tenía de lo que había sido el Amadeo?

Las referencias eran excelentes, daban envidia. Me hablaban de la acústica, de la programación, de la actividad del patronato antes del triunfo de la Revolución, de los grandes solistas que venían a La Habana… eran referencias anecdóticas, pues además no hay nada escrito al respecto, que yo sepa.

Son anécdotas muy ricas. Por ejemplo, hay un señor encargado del parqueo en uno de los edificios cercanos, que me cuenta que cuando se hacía ópera en el teatro, como Aída, a él lo contrataban para actuar como egipcio, pues era un negro grande y corpulento.

Me cuentan que era un lugar con una mística muy grande, donde no tocaba todo el mundo. Era una meta tocar en el Amadeo. Jorge Luis Prats me contó que una vez, cuando era niño, entró en el teatro, se acercó a un piano y lo tocó. Entonces llegó un hombre que cuidaba y lo regañó muy fuerte: ¿qué haces tú tocando ese piano, donde tocan los grandes artistas…? Era un lugar muy respetado.

Usted conoce salas de más de una decena de países. ¿Qué distingue al Auditórium Amadeo Roldán, a su público, su programación y sus salas?

El público del Amadeo es el público que sabe que allí la mayoría de los programas son de música de concierto, un público que sigue la Sinfónica y las agrupaciones de cámara. Es una maravilla, y creo que muchas veces pecamos al subestimarlo, al pensar que no entenderán una programación. El público está muy por encima de lo que se piensa.

El Amadeo es la sala que da la posibilidad de escuchar la llamada música de concierto con un cierto nivel óptimo en cuanto acústica, por ejemplo. Sin embargo, creo que no debe ser un lugar polivalente, concepto que hoy rige, sino destinado a un determinado tipo de espectáculo. No debe incluirse cualquier cosa en su programa. Es el único lugar de La Habana donde puedes escuchar música sin necesidad de micrófono. Por eso debe ser reservado a quienes necesitan de estos requerimientos para tocar.

¿Qué importancia le concedes a que hoy exista como sala permanente, amén de estos contratiempos?

Es una oportunidad, la oportunidad de tener una sala de conciertos donde escuchar correctamente esta música. La música nunca dejará de hacerse, pero si se tiene el espacio se hace mejor. Es como el fútbol: cuando se juega en Cuba, muchas veces se hace en espacios que no son precisamente para fútbol… cuando existan los espacios indicados, será un mejor fútbol. No soy un aficionado, pero la analogía puede ser válida. Es ahí donde radica el valor del Amadeo: en su existencia.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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