V
Desconfiada asomó la cara al
rastrillo la monja tornera,
mudándosele la cara de gozo
al ver el semblante del
Pelirrojo: — “¡Oh! ¡Divina
sorpresa, maestro!” Y
chirriaron las bisagras del
portillo y entraron los
cinco en el Ospedale della
Pietá, todo en sombras, en
cuyos largos corredores
resonaban, a ratos, como
traídos por una brisa
tornadiza, los ruidos
lejanos del carnaval.
—“¡Divina sorpresa!”
—repetía la monja,
encendiendo las luces de la
gran Sala de Música que, con
sus mármoles, molduras y
guirnaldas, con sus muchas
sillas, cortinas y dorados,
sus alfombras, sus pinturas
de bíblico asunto, era algo
como un teatro sin escenario
o una iglesia de pocos
altares, en ambiente a la
vez conventual y mundano,
ostentoso y secreto. Al
fondo, allá donde una cúpula
se ahuecaba en sombras, las
velas y lámparas iban
estirando los reflejos de
altos tubos de órgano,
escoltados por los tubos
menores de las voces
celestiales. Y preguntábanse
Montezuma y Filomeno a qué
habían venido a semejante
lugar, en vez de haberse
buscado la juerga adonde
hubiese hembras y copas,
cuando dos, cinco, diez,
veinte figuras claras
empezaron a salir de las
sombras de la derecha y de
las penumbras de la
izquierda, rodeando el
hábito del fraile Antonio
con las graciosas blancuras
de sus camisas de olán,
batas de cuarto, dormilonas
y gorros de encaje. Y
llegaban otras, y otras más,
aún soñolientas y
emperezadas al entrar, pero
pronto piadoras y
alborozadas, girando en
torno a los visitantes
nocturnos, sopesando los
collares de Montezuma, y
mirando al negro, sobre
todo, a quien pellizcaban
las mejillas para ver si no
eran de máscara. Y llegaban
otras, y otras más, trayendo
perfumes en las cabelleras,
flores en los escotes,
zapatillas bordadas, hasta
que la nave se llenó de
caras
jóvenes — ¡por fin, caras
sin antifaces! —, reidoras,
iluminadas por la sorpresa,
y que se alegraron más aún
cuando de las despensas
empezaron a traerse jarras
de sangría y aguamiel, vinos
de España, licores de
frambuesa y ciruela mirabel.
El Maestro —pues así lo
llamaban todas— hacía las
presentaciones: “Pierina
del violino”... “Cattarina
del corneto”... “Bettina
della viola”... “Bianca
Maria organista”...
“Margherita del arpa
doppia”... “Giuseppina del
chitarrone”... “Claudia del
flautino”... “Lucieta della
tromba”... Y poco a
poco, como eran setenta, y
el Maestro Antonio, por lo
bebido, confundía unas
huérfanas con otras, los
nombres de éstas se fueron
reduciendo al del
instrumento que tocaban.
Como si las muchachas no
tuviesen otra personalidad,
cobrando vida en sonido, las
señalaba con el dedo:
“Clavicémbalo”... “Viola da
brazzo”... “Clarino”...
“Oboe”... “Basso di
gamba”... “Flauto”...
“Organo di legno”...
“Regale”... “Violino alla
francese”... “Tromba
marina”... “Trombone”...
Se colocaron los atriles, se
instaló el sajón,
magistralmente, ante el
teclado del órgano, probó el
napolitano las voces de un
clavicémbalo, subió el
Maestro al “podium”,
agarró un violín, alzó el
arco, y, con dos gestos
enérgicos, desencadenó el
más tremendo “concerto
grosso” que pudieron
haber escuchado los siglos
—aunque los siglos no
recordaron nada, y es
lástima porque aquello era
tan digno de oírse como de
verse... Prendido el
frenético “allegro”
de las setenta mujeres que
se sabían sus partes de
memoria, de tanto haberlas
ensayado, Antonio Vivaldi
arremetió en la sinfonía con
fabuloso ímpetu, en juego
concertante, mientras
Doménico Scarlatti —pues era
él— se largó a hacer
vertiginosas escalas en el
clavicémbalo, en tanto que
Jorge Federico Haendel se
entregaba a deslumbrantes
variaciones que atropellaban
todas las normas del bajo
continuo. —“¡Dale, sajón del
carajo!” —gritaba Antonio.
—“¡Ahora vas a ver, fraile
putañero!” —respondía el
otro, entregado a su
prodigiosa inventiva, en
tanto que Antonio, sin dejar
de mirar las manos de
Doménico, que se le
dispersaban en arpegios y
floreos, descolgaba arcadas
de lo alto, como sacándolas
del aire con brío gitano,
mordiendo las cuerdas,
retozando en octavas y
dobles notas, con el
infernal virtuosismo que le
conocían sus discípulas. Y
parecía que el movimiento
hubiese llegado a su colmo,
cuando Jorge Federico,
soltando de pronto los
grandes registros del
órgano, sacó los juegos de
fondo, las mutaciones, el “plenum”,
con tal acometida en los
tubos de clarines, trompetas
y bombardas, que allí
empezaron a sonar las
llamadas del Juicio
Final.—“¡El sajón nos está
jodiendo a todos!” —gritó
Antonio, exasperando el “fortíssimo”.
— “A mí ni se me oye” —gritó
Doménico, arreciando en
acordes. Pero, entre tanto,
Filomeno había corrido a las
cocinas, trayendo una
batería de calderos de
cobre, de todos tamaños, a
los que empezó a golpear con
cucharas, espumaderas,
batidoras, rollos de amasar,
tizones, palos de plumeros,
con tales ocurrencias de
ritmos, de síncopas, de
acentos encontrados, que,
por espacio de treinta y dos
compases lo dejaron solo
para que improvisara.
—“¡Magnífico! ¡Magnífico!”
—gritaba Jorge Federico. —
“¡Magnífico! ¡Magnífico!
—gritaba Doménico, dando
entusiasmados codazos al
teclado del clavicémbalo.
Compás 28. Compás 29. Compás
30. Compás 31. Compás 32. —
“¡Ahora!” —aulló Antonio
Vivaldi, y todo el mundo
arrancó sobre el “Da capo”,
con tremebundo impulso,
sacando el alma a los
violines, oboes, trombones,
regales, organillos de palo,
violas de gamba, y a cuanto
pudiese resonar en la nave,
cuyas cristalerías vibraban,
en lo alto, como
estremecidas por un
escándalo del cielo.
Acorde final. Antonio soltó
el arco. Doménico tiró la
tapa del teclado. Sacándose
del bolsillo un pañuelo de
encaje harto liviano para
tan ancha frente, el sajón
se secó el sudor. Las
pupilas del Ospedale
prorrumpieron en una enorme
carcajada, mientras
Montezuma hacía correr las
copas de una bebida que
había inventado, en gran
trasiego de jarras y
botellas, mezclando de todo
un poco... En tal tónica se
estaba, cuando Filomeno
reparó en la presencia de un
cuadro que vino a iluminar
repentinamente un candelabro
cambiado de lugar. Había ahí
una Eva, tentada por la
Serpiente. Pero lo que
dominaba en aquella pintura
no era la Eva flacuchenta y
amarilla —demasiado envuelta
en una cabellera inútilmente
cuidadosa de un pudor que no
existía en tiempos todavía
ignorantes de malicias
carnales—, sino la
Serpiente, corpulenta,
listada de verde, de tres
vueltas sobre el tronco del
Árbol, y que, con enormes
ojos colmados de maldad, más
parecía ofrecer la manzana a
quienes miraban el cuadro
que a su víctima, todavía
indecisa —y se comprende
cuando se piensa en lo que
nos costó su aquiescencia—
en aceptar la fruta que
habría de hacerla parir con
el dolor de su vientre.
Filomeno se fue acercando
lentamente a la imagen, como
si temiese que la Serpiente
pudiese saltar fuera del
marco y, golpeando en una
bandeja de bronco sonido,
mirando a los presentes como
si oficiara en una extraña
ceremonia ritual, comenzó a
cantar:
“—Mamita, mamita,
ven, ven, ven.
Que me come la culebra,
ven, ven, ven.
—Mírale lo sojo
que parecen candela.
—Mírale lo diente
que parecen filé.
—Mentira, mi negra,
ven, ven, ven.
Son juego é mi tierra,
ven, ven, ven.”
Y haciendo ademán de matar
la sierpe del cuadro con un
enorme cuchillo de trinchar,
gritó:
“—La culebra se murió,
ca-la-ba-són,
Son-són.
Ca-la-ba-són,
Son-són”.
—“Kábala-sum-sum-sum” —coreó
Antonio Vivaldi, dando al
estribillo, por hábito
eclesiástico, una inesperada
inflexión de latín
salmodiado.
“Kábala-sum-sum-sum” —coreó
Doménico Scarlatti.
“Kábala-sum-sum-sum” —coreó
Jorge Federico Haendel.
“Kábala-sumsum-sum”
—repetían las setenta voces
femeninas del Ospedale,
entre risas y palmadas. Y,
siguiendo al negro que ahora
golpeaba la bandeja con una
mano de mortero, formaron
todos una fila, agarrados
por la cintura, moviendo las
caderas, en la más
descoyuntada farándula que
pudiera imaginarse
—farándula que ahora guiaba
Montezuma, haciendo girar un
enorme farol en el palo de
un escobillón a compás del
sonsonete cien veces
repetido. “kábalasum-sum-sum”.
Así, en fila danzante y
culebreante, uno detrás del
otro, dieron varias vueltas
a la sala, pasaron a la
capilla, dieron tres vueltas
al deambulatorio, y
siguieron luego por los
corredores y pasillos,
subiendo escaleras, bajando
escaleras, recorrieron las
galerías, hasta que se les
unieron las monjas
custodias, la hermana
tornera, las fámulas de
cocina, las fregonas,
sacadas de sus camas, pronto
seguidas por el mayordomo de
fábrica, el hortelano, el
jardinero, el campanero, el
barquero, y hasta la boba
del desván que dejaba de ser
boba cuando de cantar se
trataba —en aquella casa
consagrada a la música y
artes de tañer, donde, dos
días antes, se había dado un
gran concierto sacro en
honor del Rey de
Dinamarca... “Ca-laba-són-són-són”
—cantaba Filomeno, ritmando
cada vez más. “Kábalasum-sum-sum”
—respondían el veneciano, el
sajón y el napolitano. “Kábala-sum-sum-sum”
—repetían los demás, hasta
que, rendidos de tanto
girar, subir, bajar, entrar,
salir, volvieron al ruedo de
la orquesta y se dejaron
caer, todos, riendo, sobre
la alfombra encarnada, en
torno a las copas y
botellas. Y, después de una
muy abanicada pausa, se pasó
al baile de estilo y
figuras, sobre las piezas de
moda que Doménico empezó a
sacar del clavicémbalo,
adornando los aires
conocidos con mordentes y
trinos del mejor efecto. A
falta de caballeros, pues
Antonio no bailaba y los
demás descansaban en la
hondura de sus butacas, se
formaron parejas de oboe con
tromba, clarino con regale,
cornetto con viola, flautino
con chitarrone, mientras los
violini piccoli alla
francese se concertaban en
cuadrilla con los trombones.
—“Todos los instrumentos
revueltos —dijo Jorge
Federico—: Esto es algo así
como una sinfonía
fantástica.” Pero Filomeno,
ahora, junto al teclado, con
una copa puesta sobre la
caja de resonancia, ritmaba
las danzas rascando un rayo
de cocina con una llave.
—“¡Diablo de negro!
—exclamaba el napolitano—:
Cuando quiero llevar un
compás, él me impone el
suyo. Acabaré tocando música
de caníbales.” Y, dejando de
teclear, Doménico se echó
una última copa al gaznate,
y, agarrando por la cintura
a Margherita del Arpa Doble,
se perdió con ella en el
laberinto de celdas del
Ospedale della Pietá... Pero
el alba empezó a pintarse en
los ventanales. Las blancas
figuras se aquietaron,
guardando sus instrumentos
en estuches y armarios con
desganados gestos, como
apesadumbradas de regresar,
ahora, a sus oficios
cotidianos. Moría la alegre
noche con la despedida del
campanero que,
repentinamente librado de
los vinos bebidos, se
disponía a tocar maitines.
Las blancas figuras iban
desapareciendo, como ánimas
de teatro, por puerta
derecha y puerta izquierda.
La hermana tornera apareció
con dos cestas repletas de
ensaimadas, quesos, panes de
rosca y medialuna,
confituras de membrillo,
castañas abrillantadas y
mazapanes con forma de
cochinillos rosados, sobre
los que asomaban los
golletes varias botellas de
vino romañola: “Para que
desayunen por el camino.”
—“Los llevaré en mi barca”
—dijo el Barquero—. “Tengo
sueño” —dijo Montezuma—.
“Tengo hambre —dijo el
sajón—: Pero quisiera comer
en donde hubiese calma,
árboles, aves que no fuesen
las tragonas palomas de la
Plaza, más pechugonas que
las modelos de la Rosalba y
que, si nos descuidamos,
acaban con las vituallas de
nuestro desayuno.”—“Tengo
sueño” —repetía el
disfrazado. —“Déjese
arrullar por el compás de
los remos” —dijo el Preste
Antonio... — “¿Qué te
escondes ahí, en el
entallado del gabán?
—preguntó el sajón a
Filomeno. —“Nada: un pequeño
recuerdo de la Cattarina del
Cornetto” —responde el
negro, palpando el objeto
que no acaba de definirse en
una forma, con la unción de
quien tocara una mano de
santo puesta en relicario.
Tomado del libro
Concierto Barroco, de Alejo
Carpentier
Alejo Carpentier
Balmont: narrador, periodista,
musicólogo, investigador,
promotor cultural y patriota
cubano. Nació en La Habana el 26
de diciembre de 1904 y falleció
el 25 de abril de 1980 en París,
Francia. El término "lo real
maravilloso", divulgado en el
prólogo a su novela El reino
de este mundo ha servido
para tipificar su novelística.
Participó en el Grupo Minorista
a partir de 1923. En 1924 fue
nombrado jefe de redacción de la
revista Carteles. Fue uno
de los fundadores de la
Revista de Avance en 1928.
Viajó a Madrid en 1933 y allí
publicó su primera novela
Écue-Yamba-O. Regresó a Cuba
en 1939. Realizó viajes por
Haití y Venezuela, y en 1960 fue
nombrado subdirector de Cultura
de su país. Desde entonces el
Gobierno revolucionario le
confió importantes cargos
culturales. Entre sus novelas se
cuentan: El reino de este
mundo (1944), Los pasos
perdidos (1949), Guerra
del tiempo (1958), El
siglo de las luces (1962),
Tientos y diferencias
(1964) y La consagración de
la primavera (1979) De su
novela Concierto Barroco
les ofrecemos su quinto
capítulo. |