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Es un placer reseñar un nuevo libro de
mi amigo y colega Virgilio López Lemus
(Fomento, 1946), tanto más porque desde
hace algunos meses él está lejos de
nosotros prodigando sus bondades y
saberes literarios por la villa de
Flaubert. Poeta, ensayista, profesor
universitario e investigador del
Instituto de Literatura y Lingüística,
López Lemus es en la actualidad uno de
los estudiosos más lúcidos e informados
de la poesía cubana de todos los tiempos
y de manera especial de la que configura
los diversos rostros de la centuria que
dejamos atrás, y de esta otra que ya
transitamos y cuyo ritmo acelerado
parece anunciarnos premonitoriamente los
versos de la era polar. Basta revisar la
copiosa bibliografía del autor para
darnos cuenta de la decisiva impronta
que va dejando en torno al tema que nos
ocupa en libros y revistas de Cuba,
América Latina y Europa.
Ahora, por intermedio de la Editorial
Oriente y de la aguzada mirada de su
directiva, aparece El siglo entero
(2008), un penetrante estudio de
Virgilio en torno a la poesía cubana de
1900 hasta el año 2000; es decir, desde
los confusos años de la continuidad
modernista, del posmodernismo y lo
neorromántico, hasta la poesía de
nuestra posmodernidad de entre siglos.
Enmarcados entre un prefacio nada
convencional y unas conclusiones que
invitan a la continuidad reflexiva, los
contenidos de esta obra se articulan a
través de seis capítulos que en lo
interno siguen una estructura de
tríptico —con la excepción del primero—
para caracterizar el fenómeno poético en
cuestión, examen fundado en la peculiar
dinámica y complejidad del género.
Posteriormente dialoga con el acontecer
de la poesía en Iberoamérica y los nexos
concurrentes en ambas direcciones; por
último, particulariza el análisis en
autores y obras.
El volumen citado examina el corpus
poético de referencia a partir de la
identidad cultural. Hasta donde sabemos,
nunca antes de Virgilio se había
realizado en Cuba un estudio tan amplio
sobre la poesía desde esta perspectiva
gnoseológica. Cintio Vitier y algunos
otros analistas lo hicieron —en su
positividad o negación— solo en forma
parcial; nuestro autor, en cambio, y a
sabiendas de los riesgos implícitos en
cualquier conciliación teórica de lo
diacrónico y lo sincrónico, lo
centrípeto y lo centrífugo si de arte se
trata, se echó a los hombros, sin
titubeos, tan ardua y extensa faena. Muy
pronto le agradeceremos su ingente
esfuerzo.
Ante todo porque en estas páginas el
enfoque de lo identitario no se asume de
manera maniquea, más bien se considera
en sus diversos puntos sin rehuir la
polémica (indicio de buena salud si de
pensamiento se trata). Por otro lado su
mejor divisa reside en mantener siempre
un alto rigor exegético, pues se ha ido
principalmente a las fuentes de la
poesía no al simple recurso de la
crítica. Para validar sus juicios, el
ensayista ha cumplido la fatigosa labor
de leer o releer minuciosamente cada
poemario y cientos de poemas impresos en
revistas y periódicos no solo de 1900 al
2000, sino incluso de antes o después de
esos límites temporales. Complementa el
repaso de las fuentes directas una
exhaustiva revisión de los ensayos
relativos a la poesía presentes en
antologías, publicaciones periódicas y
en libros concebidos con esos fines. Y
como corresponde a un legítimo
especialista, también fueron consultados
distintos tratados de historia,
política, cultura y sociedad según
certifican las notas al pie o la
enjundiosa y actualizada bibliografía
del volumen.
Por esas razones asistimos a un examen
sutil y enriquecedor de la poesía cubana
de los últimos cien años. Tan diversas
miras culturales, la feraz miríada de
lecturas que las calzan y el natural
talento y experiencia indagatoria del
autor, le han permitido aventurar ideas
novedosas o quizá más precisas en
relación con el acontecer literario
descrito. Por ejemplo, era común leer en
los estudios sobre nuestra poesía o
escuchar en los discursos académicos,
que los inicios del siglo XX —los de la
instauración de la neocolonia— habían
sido años estériles en la creación
poética debido a la prematura
desaparición de los dos autores clave
del modernismo en la Isla: Casal y
Martí. López Lemus en cambio, sin dejar
de reconocer el alcance de este suceso,
niega la existencia de un vacío; en su
opinión no comparecen en rigor figuras
de la talla de los poetas mencionados,
pero se continúa dando rienda suelta a
la inspiración y en ocasiones con saldos
muy positivos. Demuestra el investigador
que la poesía siguió cultivándose y
readaptándose a las nuevas
circunstancias, a la dispersión; hubo,
en resumen, continuación mas no
esterilidad.
Notables son también sus ideas
relacionadas con el posmodernismo y el
papel desempeñado en el lapso por Regino
Boti, José Manuel Poveda y Agustín
Acosta. En Cuba esta línea revela
modificaciones distintas, por ejemplo, a
las de Ramón López Velarde en México. En
su criterio en esa etapa no sobreviene
un mero alejamiento del modernismo
clásico ni un gesto de enojo ante el
desastre del 98 —que en mi opinión sí
palpita arcanamente—, sino un curso
lógico, una evolución de la lírica
nacional.
Algo similar plantea en torno al
neorromanticismo y sus aspectos
renovadores; destaca con acierto el
hecho de que esta corriente trae al
verso un despertar de lo erótico y el
despliegue de imágenes más sinceras en
la representación de lo carnal,
elementos que no pueden desconocerse por
su trascendencia ni en esos instantes ni
en decenios ulteriores. Rasgo que de
igual forma se enriquece con la novedad
del léxico, el versolibrismo y el propio
ritmo “moderno” del verso que nos
entrega, junto a otros, Boti. A lo
expresado añade el crítico que no se
debe olvidar la relevancia que por
entonces tuvo esta poesía a escala
nacional y continental, ni su capacidad
de haber sobrevivido a lo largo del
siglo.
Al mismo tiempo se refiere al itinerario
de la décima en este tiempo, si bien
acota que la poesía culta no la asimiló
tanto en las primeras décadas, con la
excepción del autor de El mar y la
montaña quien desde temprano
reconoció su notoriedad con la
publicación en 1919 del repertorio La
lira cubana. En tal sentido Boti no
solo renovó la llamada poesía culta,
sino que además difundió la popular con
una clara voluntad de pertenencia.
En lo tocante a nuestro vanguardismo,
Virgilio recuerda la complejidad de la
lírica en la etapa, pues esta se
intensifica, universaliza y adensa su
espíritu identitario. Algo más: se
pregunta si no sería conveniente
replantearnos el mismo término de
vanguardismo, dado el cariz rizomático
que presentan la poesía y las tendencias
en los autores de relevancia creativa,
juicio que, aparte del desafío
intelectual que dirige a nuestra
ortodoxa y empolvada enciclopedia, no
deja de ser efectivo. Tal vez nuestras
vanguardias merezcan calificarse también
de tropicales, camaleónicas o híbridas
en razón de sus fluctuaciones
cromáticas. No se olvide que junto a las
tres corrientes más definidas en ese
tiempo: la poesía social, la negra y la
pura, se manifestaron otras por el
estilo de la neorromántica y la ironía
sentimental. Tales cruzamientos o
ambigüedades pueden percibirse, por
ejemplo, en Emilio Ballagas.
De este modo vamos andando y dialogando
con Virgilio por un siglo de poesía,
años y años en los cuales encontramos
otras tantas visiones atópicas como las
que descubre al analizar a los
escritores y obras del Grupo Orígenes,
en especial las poéticas de Lezama Lima,
Virgilio Piñera y otros miembros del
memorable “taller renacentista” de los
40 donde se privilegió el esmero de la
composición literaria y la búsqueda de
lo cubano esencial frente a los íconos
estereotipados y la ligereza de su
externidad.
Recorre asimismo la década del 50,
explora el coloquialismo o poesía
conversacional en las dos décadas
siguientes fijando en particular sus
aciertos y en alguna medida aquellas
debilidades que al decir de Marinello no
eran coloquio ni poesía. Al centrarse en
la creación de los 80 descubre el
influjo de Lezama y de otros sistemas
líricos en los creadores del período,
años estos donde fueron vislumbrándose
ciertas aristas que poco más tarde
cobrarían protagonismo.
Por último, el capítulo final se acerca
a la poesía de los 90, a las difíciles
circunstancias que la rodean y de manera
especial al impacto de esa realidad en
la praxis del género en los jóvenes; sin
embargo, Virgilio no olvida la labor de
autores mayores que continúan
escribiendo aún a finales de siglo y
explica las esencias de tal poesía en la
época de crisis, tracto general que
considera en sí mismo un gesto de
identidad.
Con realismo, el propio autor refiere
que su texto no constituye un trabajo
definitivo; y le asiste la razón. Ningún
empeño de esta clase lo fue ayer ni lo
será en el futuro; pero de lo que sí
estamos seguros es de que todos esos
resultados constituyen, sin lugar a
dudas, hitos valiosos de la
inteligencia, la sensibilidad y la
cultura para entender tanto el sentido
de la poesía, como su manera de existir
en cada etapa. Más aún, nos permiten
conocer por medio de sus reflexiones y
desciframiento de los versos, cómo era
el espíritu de cada época y la manera de
ver ellas el sentido de lo cubano. Al
menos, esa es la grata recompensa que me
dejó haber acompañado a Virgilio en su
tránsito por la poesía de un siglo
entero. |