Año VII
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 2009

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El siglo poético de Virgilio

Emmanuel Tornés • La Habana

 

Es un placer reseñar un nuevo libro de mi amigo y colega Virgilio López Lemus (Fomento, 1946), tanto más porque desde hace algunos meses él está lejos de nosotros prodigando sus bondades y saberes literarios por la villa de Flaubert. Poeta, ensayista, profesor universitario e investigador del Instituto de Literatura y Lingüística, López Lemus es en la actualidad uno de los estudiosos más lúcidos e informados de la poesía cubana de todos los tiempos y de manera especial de la que configura los diversos rostros de la centuria que dejamos atrás, y de esta otra que ya transitamos y cuyo ritmo acelerado parece anunciarnos premonitoriamente los versos de la era polar. Basta revisar la copiosa bibliografía del autor para darnos cuenta de la decisiva impronta que va dejando en torno al tema que nos ocupa en libros y revistas de Cuba, América Latina y Europa.

Ahora, por intermedio de la Editorial Oriente y de la aguzada mirada de su directiva, aparece El siglo entero (2008), un penetrante estudio de Virgilio en torno a la poesía cubana de 1900 hasta el año 2000; es decir, desde los confusos años de la continuidad modernista, del posmodernismo y lo neorromántico, hasta la poesía de nuestra posmodernidad de entre siglos.

Enmarcados entre un prefacio nada convencional y unas conclusiones que invitan a la continuidad reflexiva, los contenidos de esta obra se articulan a través de seis capítulos que en lo interno siguen una estructura de tríptico —con la excepción del primero— para caracterizar el fenómeno poético en cuestión, examen fundado en la peculiar dinámica y complejidad del género. Posteriormente dialoga con el acontecer de la poesía en Iberoamérica y los nexos concurrentes en ambas direcciones; por último, particulariza el análisis en autores y obras.

El volumen citado examina el corpus poético de referencia a partir de la identidad cultural. Hasta donde sabemos, nunca antes de Virgilio se había realizado en Cuba un estudio tan amplio sobre la poesía desde esta perspectiva gnoseológica. Cintio Vitier y algunos otros analistas lo hicieron —en su positividad o negación— solo en forma parcial; nuestro autor, en cambio, y a sabiendas de los riesgos implícitos en cualquier conciliación teórica de lo diacrónico y lo sincrónico, lo centrípeto y lo centrífugo si de arte se trata, se echó a los hombros, sin titubeos, tan ardua y extensa faena. Muy pronto le agradeceremos su ingente esfuerzo.

Ante todo porque en estas páginas el enfoque de lo identitario no se asume de manera maniquea, más bien se considera en sus diversos puntos sin rehuir la polémica (indicio de buena salud si de pensamiento se trata). Por otro lado su mejor divisa reside en mantener siempre un alto rigor exegético, pues se ha ido principalmente a las fuentes de la poesía no al simple recurso de la crítica. Para validar sus juicios, el ensayista ha cumplido la fatigosa labor de leer o releer minuciosamente cada poemario y cientos de poemas impresos en revistas y periódicos no solo de 1900 al 2000, sino incluso de antes o después de esos límites temporales. Complementa el repaso de las fuentes directas una exhaustiva revisión de los ensayos relativos a la poesía presentes en antologías, publicaciones periódicas y en libros concebidos con esos fines. Y como corresponde a un legítimo especialista, también fueron consultados distintos tratados de historia, política, cultura y sociedad según certifican las notas al pie o la enjundiosa y actualizada bibliografía del volumen.

Por esas razones asistimos a un examen sutil y enriquecedor de la poesía cubana de los últimos cien años. Tan diversas miras culturales, la feraz miríada de lecturas que las calzan y el natural talento y experiencia indagatoria del autor, le han permitido aventurar ideas novedosas o quizá más precisas en relación con el acontecer literario descrito. Por ejemplo, era común leer en los estudios sobre nuestra poesía o escuchar en los discursos académicos, que los inicios del siglo XX —los de la instauración de la neocolonia— habían sido años estériles en la creación poética debido a la prematura desaparición de los dos autores clave del modernismo en la Isla: Casal y Martí. López Lemus en cambio, sin dejar de reconocer el alcance de este suceso, niega la existencia de un vacío; en su opinión no comparecen en rigor figuras de la talla de los poetas mencionados, pero se continúa dando rienda suelta a la inspiración y en ocasiones con saldos muy positivos. Demuestra el investigador que la poesía siguió cultivándose y readaptándose a las nuevas circunstancias, a la dispersión; hubo, en resumen, continuación mas no esterilidad.

Notables son también sus ideas relacionadas con el posmodernismo y el papel desempeñado en el lapso por Regino Boti, José Manuel Poveda y Agustín Acosta. En Cuba esta línea revela modificaciones distintas, por ejemplo, a las de Ramón López Velarde en México. En su criterio en esa etapa no sobreviene un mero alejamiento del modernismo clásico ni un gesto de enojo ante el desastre del 98 —que en mi opinión sí palpita arcanamente—, sino un curso lógico, una evolución de la lírica nacional.

Algo similar plantea en torno al neorromanticismo y sus aspectos renovadores; destaca con acierto el hecho de que esta corriente trae al verso un despertar de lo erótico y el despliegue de imágenes más sinceras en la representación de lo carnal, elementos que no pueden desconocerse por su trascendencia ni en esos instantes ni en decenios ulteriores. Rasgo que de igual forma se enriquece con la novedad del léxico, el versolibrismo y el propio ritmo “moderno” del verso que nos entrega, junto a otros, Boti. A lo expresado añade el crítico que no se debe olvidar la relevancia que por entonces tuvo esta poesía a escala nacional y continental, ni su capacidad de haber sobrevivido a lo largo del siglo.

Al mismo tiempo se refiere al itinerario de la décima en este tiempo, si bien acota que la poesía culta no la asimiló tanto en las primeras décadas, con la excepción del autor de El mar y la montaña quien desde temprano reconoció su notoriedad con la publicación en 1919 del repertorio La lira cubana. En tal sentido Boti no solo renovó la llamada poesía culta, sino que además difundió la popular con una clara voluntad de pertenencia.

En lo tocante a nuestro vanguardismo, Virgilio recuerda la complejidad de la lírica en la etapa, pues esta se intensifica, universaliza y adensa su espíritu identitario. Algo más: se pregunta si no sería conveniente replantearnos el mismo término de vanguardismo, dado el cariz rizomático que presentan la poesía y las tendencias en los autores de relevancia creativa, juicio que, aparte del desafío intelectual que dirige a nuestra ortodoxa y empolvada enciclopedia, no deja de ser efectivo. Tal vez nuestras vanguardias merezcan calificarse también de tropicales, camaleónicas o híbridas en razón de sus fluctuaciones cromáticas. No se olvide que junto a las tres corrientes más definidas en ese tiempo: la poesía social, la negra y la pura, se manifestaron otras por el estilo de la neorromántica y la ironía sentimental. Tales cruzamientos o ambigüedades pueden percibirse, por ejemplo, en Emilio Ballagas.

De este modo vamos andando y dialogando con Virgilio por un siglo de poesía, años y años en los cuales encontramos otras tantas visiones atópicas como las que descubre al analizar a los escritores y obras del Grupo Orígenes, en especial las poéticas de Lezama Lima, Virgilio Piñera y otros miembros del memorable “taller renacentista” de los 40 donde se privilegió el esmero de la composición literaria y la búsqueda de lo cubano esencial frente a los íconos estereotipados y la ligereza de su externidad.

Recorre asimismo la década del 50, explora el coloquialismo o poesía conversacional en las dos décadas siguientes fijando en particular sus aciertos y en alguna medida aquellas debilidades que al decir de Marinello no eran coloquio ni poesía. Al centrarse en la creación de los 80 descubre el influjo de Lezama y de otros sistemas líricos en los creadores del período, años estos donde fueron vislumbrándose ciertas aristas que poco más tarde cobrarían protagonismo.

Por último, el capítulo final se acerca a la poesía de los 90, a las difíciles circunstancias que la rodean y de manera especial al impacto de esa realidad en la praxis del género en los jóvenes; sin embargo, Virgilio no olvida la labor de autores mayores que continúan escribiendo aún a finales de siglo y explica las esencias de tal poesía en la época de crisis, tracto general que considera en sí mismo un gesto de identidad.

Con realismo, el propio autor refiere que su texto no constituye un trabajo definitivo; y le asiste la razón. Ningún empeño de esta clase lo fue ayer ni lo será en el futuro; pero de lo que sí estamos seguros es de que todos esos resultados constituyen, sin lugar a dudas, hitos valiosos de la inteligencia, la sensibilidad y la cultura para entender tanto el sentido de la poesía, como su manera de existir en cada etapa. Más aún, nos permiten conocer por medio de sus reflexiones y desciframiento de los versos, cómo era el espíritu de cada época y la manera de ver ellas el sentido de lo cubano. Al menos, esa es la grata recompensa que me dejó haber acompañado a Virgilio en su tránsito por la poesía de un siglo entero.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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