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A Humberto nunca le gustó Un día de
noviembre. O tal vez pesara
demasiado en sus recuerdos, y en las
opiniones que vertiera a posteriori,
las tristes circunstancias que rodearon
la realización y exhibición del que
fuera su segundo largometraje de
ficción. Venía de realizar Lucía,
opus mayor, consagratorio, en la
cinematografía nacional, y decidió
explorar la realidad contemporánea a
partir de un personaje masculino
distanciado por completo de la línea
heroico/épica imperante en el ICAIC de
los años 70: El hombre de Maisinicú,
Mella, El brigadista,
Elpidio Valdés… Pero ninguna de
estas películas existía cuando se rodó
Un día de noviembre, cuyo
protagonista se encuentra abatido por la
enfermedad, precisa la introspección
dubitativa, y cuestiona a fondo, tal vez
sin proponérselo conscientemente, el
sentido de la vida de quienes lo rodean,
empezando por él mismo.
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Casi 30 años después de las penosas
circunstancias extrartísticas que
rodearon Un día… —me refiero al
engavetamiento en 1972, y al estreno
pospuesto por seis años; me refiero al
trauma, a la desorientación e
inactividad que generó en el realizador
la difícil circunstancia del agua por
todas partes— declaró Humberto en el
libro Tras la huella de Solás
(editado con exactitud en el año 2000):
“Hago Un día de noviembre cuando
realmente hay un espíritu de desilusión…
como que las cosas no van por donde
debieran ir… Acudo al referente de la
enfermedad como un elemento alegórico
para provocar en el personaje y los que
lo rodean determinadas reflexiones sobre
el valor del recorrido, de la
existencia, de la gestión social de cada
uno de ellos. Es una película que está
medianamente lograda desde el punto de
vista del guión y de puesta en escena.
Si un mérito excepcional tiene es que
testimonia la tristeza que imperó en
aquel momento”.
A finales de los años 90, cuando fue
publicada la opinión anterior, ya la
película figuraba entre los cuatro o
cinco títulos heréticos, “malditos”, en
la historia del ICAIC, junto con PM,
Coffea Arabiga, Cecilia y
Alicia en el pueblo de Maravillas.
Además, los primeros años 90, los más
cruentos del llamado período especial,
reflejaban más de una circunstancia del
llamado Quinquenio Gris, aquel período
cuyos decretos y prudencias frustraron
el encuentro de Un día de noviembre
con su público, en el momento en que tal
encuentro debió haber ocurrido.
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Los filmes que realizó Humberto en los
años 70 (el documental Simparelé,
sobre el arte y el espíritu de
resistencia del pueblo haitiano; el
largometraje de ficción Cantata de
Chile, barroca aproximación a la
épica colectiva de los obreros chilenos
en 1907; el documental sobre la inmensa
fortuna de Nacer en Leningrado o
el docudrama exegético Wifredo Lam)
pueden conceptuarse, en mayoría, de
intentos desesperados del autor por
realizar un arte comprometido con los
conceptos culturales del socialismo
cubano, al tiempo que se mantenía fiel
al legado estético y espiritual del
humanismo occidental.
Si en los complejos años 70 Humberto
consiguió sostener su filmografía, e
incluso asumir y trascender los
estrechos márgenes creativos que
permitía el realismo socialista
entronizado (parcialmente y porque no
existían alternativas) en el ICAIC, 20
años después, luego de realizar El
siglo de las luces, Solás se veía de
nuevo inmerso en un largo período de
incertidumbre, frustración de proyectos
y desconfianza. Es ese precisamente el
momento cuando le imprime un giro
trascendental a su obra, y regresa a
ciertos conceptos apuntados en Lucía
y en Un día de noviembre. Poco
antes de verificar este retorno a sus
orígenes, que además le permitió
continuar su obra desde los preceptos
del Cine Pobre, se registra la
entrevista aludida antes. En otro
momento del diálogo, Humberto asegura
que “en Un día… voy a ciegas por
el laberinto de la contemporaneidad,
donde la vibración cotidiana va
conformando el espíritu de la trama (…)
Abordaba temáticas con la incitación del
hallazgo, no tenía ningún referente para
apoyarme. Y de verdad, quisiera volver a
esa experiencia, convertirla en el modo
consecuente para lo que me queda por
hacer. Porque son los caminos más
insospechados y peligrosos. Es mi
película más personal”.
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Por muchos defectos que reconociera
Humberto en Un día de noviembre
—y fueron muchos los problemas de guión
y de puesta en escena que le atribuyó a
su película— al borde del siglo XXI el
cineasta concebía la continuidad de su
filmografía solo mediante la vuelta al
riesgo y al hallazgo, a través de la
mirada hacia la cotidianidad y los
conflictos contemporáneos, un giro que
derivó, como ya sabemos, en Miel para
Oshún y Barrio Cuba. El
dialéctico enlace de estos filmes con su
contexto sicosocial es muy similar al
que patentizaran el tercer cuento de
Lucía y Un día de noviembre.
Esta última continuaba las reflexiones
sobre la clase media citadina (que
inauguraba Memorias del subdesarrollo)
en las circunstancias pos Primavera de
Praga, pos Mayo francés, en el momento
de la zafra de los Diez Millones y del
Primer Congreso de Educación y Cultura,
justo en el momento previo a la
parametración, las prohibiciones y la
instauración del realismo socialista en
casi todos los niveles de la cultura.
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Aparte de su retrato fidedigno de un
período incierto y frustrante, Un día
de noviembre reabría, en segunda
instancia, la interrogación respecto a
la incorporación femenina al núcleo más
activo de la sociedad, sin obviar las
desgarraduras que puede conllevar tal
integración, pues implica renuncias,
empachos con la “nueva” moral, e incluso
soledad y frustración (personajes de
Alicia Bustamante, Eslinda Núñez y
Raquel Revuelta).
En primera instancia, lo que durante
años originó la postergación del
estreno, quedaba la incapacidad del
protagonista para sumarse al optimismo
de la zafra, la “emulación socialista” y
al aquelarre de la rumba. Su negativa se
veía avalada por una razón tan sólida e
irrebatible como saberse herido por una
enfermedad mortal. Pero era la época de
subordinarlo todo, la salud, la familia
o la vida privada, a la épica del
trabajo colectivo y al esfuerzo nacional
por incrementar la productividad.
Concentrarse en un personaje enfermo,
que se aísla, que se pregunta a dónde va
todo, y que se permite sobre todo la
dolorosa iluminación de verificar que
algunas cosas a su alrededor ni
progresan ni esplenden, como reza a
todas horas la propaganda oficial,
deriva en una película pesimista,
apesadumbrada, profundamente
melancólica, todo lo cual es reforzado
por la preciosa música de Leo Brouwer,
los escorzos de una fotografía
excepcionalmente reveladora, y el modo
en que se desenvuelve el guión, que
discurre entre encuentros del
protagonistas con una serie de
personajes más o menos integrados,
familiares decididos a emigrar,
compañeros de la clandestinidad, su
actual pareja, amigos y coetáneos.
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Esteban busca en otros la verificación
de un ideal que le permita asirse a la
vida. Así, se va revelando insatisfecho
con el cierto mecanicismo, con la
vulgaridad cotidiana, con las
contingencias y la inmediatez propuestas
por una cotidianidad diseñada en
términos de pobreza espiritual y escasa
perspectiva hacia el futuro. Este
personaje lánguido y expectante, pero
cuestionador e inconforme, guarda
estrecha relación con el Esteban de
El siglo de las luces; ambos
aparecen desahuciados por la
inspiración, casi rendidos en la afanosa
búsqueda de ciertos ideales de
integración y armonía, y hartos de
constatar en la práctica la
imposibilidad perentoria de
materializarlos. Además del diseño
espiritual de los dos Esteban, El
siglo de las luces y Un día de
noviembre comparten también la
obsesión del autor por estudiar las
relaciones, muchas veces enconadas e
implacables, entre la sociedad y el
individuo, hasta el punto de evidenciar
la frustración personal que puede
conllevar el acatamiento irrestricto de
las anuencias y las disposiciones
colectivas, masivas, mayoritarias.
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El siglo de
las luces |
Seis años luego de realizar Cecilia,
y tres antes de que emprendiera El
siglo de las luces, con la
indagación evidente en ambas películas
sobre el origen de la identidad cubana,
Humberto había realizado Obataleo,
un documental performático sobre el
carácter danzario de la música yoruba, y
la recreación de estas canciones
ancestrales en el estilo del grupo
Síntesis. Es decir, que hacia finales de
los años 80 se registró la coincidencia
creativa entre Humberto Solás y el grupo
Síntesis a partir de que ambos se
interesaban sostenidamente en la
recreación del aporte africano a nuestra
cultura. Entre 1987 y 1989,
paralelamente con Obataleo, se
estrenan las primeras creaciones del
excepcional disco Ancestro I,
luego continuado en Ancestros II y
III, recientemente antologados en el
multipremiado Trilogía Ancestros.
Un día de noviembre
en la gala de apertura, y Síntesis en el
concierto inaugural de este Festival,
son dos gestos colmados de sentido que
apuntan a esclarecer, una vez más, la
presencia permanente de Humberto Solás
en el Festival que él fundara, y su
aporte imperecedero a la cultura de este
país. |