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Aunque abrió sus puertas en
1959, fue en 1960, año de
fundaciones, cuando nacieron
varios de los símbolos que han
acompañado e identificado a la
Casa de las Américas hasta hoy:
la revista que lleva su nombre,
la editorial y el Premio
Literario con que se le
identifica desde entonces. La
primera ―que ya ha sobrepasado
la cifra de 250 números― se
convertiría pronto en órgano de
la vanguardia estética y
política latinoamericana, donde
encontrarían espacio la mayor
parte de los más sobresalientes
escritores y pensadores de
nuestra América y de buena parte
del mundo; la editorial, que ya
cuenta con casi mil títulos,
surgió para publicar los libros
premiados, pero pronto se vio
desbordada de esa misión inicial
y comenzó la fundación de
colecciones y perfiles
editoriales que venían a ser
también, en esencia, una
refundación de los paradigmas de
la literatura y el pensamiento
latinoamericanos y caribeños.
Esos libros comenzarían a surcar
el espacio continental, a viajar
en busca de sus lectores y a
tejer esa red de relaciones
intelectuales que ha sostenido a
la Casa a lo largo de su
historia. El Premio, por su
parte, fue la primera actividad
de resonancia continental de la
institución.
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Durante su existencia, el Premio
Literario Casa de las Américas,
tal vez el más antiguo de su
tipo en el continente, ha sido
reflejo de la historia y la
cultura de la América Latina y
el Caribe. A partir de su
primera edición, en la cual
fueron jurados desde escritores
consagrados como Miguel Ángel
Asturias, Nicolás Guillén y
Alejo Carpentier, hasta jóvenes
promesas como Carlos Fuentes, el
certamen ha contado con la
presencia de más de mil
intelectuales de varios
continentes. Muchos autores a
quienes la vida condujo por los
más disímiles rumbos (Juan José
Arreola, Mario Benedetti, Italo
Calvino, Ernesto Cardenal,
Fernando Henrique Cardoso,
Camilo José Cela, Julio
Cortázar, Nélida Piñón, Ángel
Rama, José Saramago y Mario
Vargas Llosa, entre otros) han
legitimado, al participar como
jurados en él, un premio
empeñado en apoyar, inclusive,
la creación en géneros no
canónicos o en otras lenguas de
nuestra América, además de
estimular el esfuerzo de los
nuevos escritores. De hecho,
autores como el salvadoreño
Roque Dalton, el argentino
Ricardo Piglia, el peruano
Alfredo Bryce Echenique, el
venezolano Luis Britto García,
el chileno Antonio Skármeta y el
uruguayo Eduardo Galeano daban
sus primeros pasos en la
literatura cuando fueron
galardonados y publicados por la
Casa. Ese reconocimiento
significó para todos ellos la
entrada a la literatura por la
puerta ancha. El propio Skármeta,
al dejar inaugurado el Premio en
1984, confesaba:
“En 1969 un generoso descuido
del Jurado premió aquí mi libro
de cuentos Desnudo en el
tejado y aún recuerdo la
emoción en una desierta playa al
norte de Antofagasta, sin luz ni
teléfono, cuando avanzó hasta mí
un cartero sobre la arena
calcinante con el flamígero
telegrama en sus manos que me
comunicaba la noticia. Para los
jóvenes de entonces, y de ahora,
esta distinción operaba como un
trampolín hacia la vida pública
y suprarregional. De ser
escritores ocasionales, grandes
ladrones del tiempo que
castigábamos en el periodismo,
la universidad, los liceos, y en
la troglodita publicidad, el
Premio Casa con todo su
prestigio y eco era un desafío a
tomar la vocación y oficio de
escritor en serio.”
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Haydée
Santamaría y Alejo
Carpentier |
La idea del certamen surgió ―si
vamos a hacer un poco de
historia― inmediatamente después
del nacimiento de la nueva
institución, creada mediante un
decreto de abril de 1959 e
inaugurada en julio de ese mismo
año bajo la dirección de Haydée
Santamaría. El 13 de octubre, es
decir, a escasos tres meses de
su apertura, la Casa dio a
conocer la convocatoria para el
primer concurso. Este se celebró
con la participación de 575
originales, en enero del año
siguiente. Fue Alejo Carpentier,
con su prestigio y la amistad
que lo unía a destacados
intelectuales cubanos y
extranjeros, quien ayudó a
preparar las Bases del concurso
y quien convocó a la mayor parte
de aquellos primeros jurados. El
Premio de ensayo otorgado en esa
primera
ocasión al reconocido
pensador argentino Ezequiel
Martínez Estrada por el libro
Análisis funcional de la cultura,
muestra el interés inmediato
que el concurso suscitó aun en
escritores consagrados. Lo
cierto es que a partir de
entonces muchos de los propios
jurados y premiados serían sus
más importantes promotores.
Si de veras las instituciones y
las políticas culturales pueden
influir en el proceso creativo,
la Casa de las Américas, surgida
en los primeros meses de la
Revolución Cubana, tuvo el
privilegio de ser protagonista
de un momento particularmente
intenso de la historia y la
cultura continentales. El
establecimiento del Premio fue
coherente con la política
cultural del proceso cubano,
empeñados ambos en dar sentido a
su doble vocación
latinoamericanista. No extrañe,
por tanto, que aunque su papel
era, sobre todo, de índole
cultural, el Premio compartiera
los vaivenes de la confrontación
política de aquellos años. Más
allá de la voluntad de sus
organizadores, participar en el
Premio podía ser una opción
ética que adquiriera de pronto,
además, connotaciones políticas.
De hecho, ya en 1961 el
argentino José Bianco tuvo que
renunciar al cargo de Secretario
de Redacción de la revista
Sur ―que ocupaba desde hacía
más de dos décadas― por haber
integrado el jurado de ese año.
Algo similar le ocurrió en el
convulso México de 1968 a José
Revueltas, modesto funcionario
de la Secretaría de Educación
Pública de su país.
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Premio
Casa 1980. En el
encuentro de escritores
latinoamericanos y
caribeños.
Mario Benedetti, Mariano Rodríguez y Haydée
Santamaría
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En aquellos años difíciles en
que todos los países de la
América Latina, con excepción de
México, rompieron relaciones con
Cuba, la participación misma de
los jurados podía adquirir
tintes epopéyicos. Mario
Benedetti ha resumido así su
primera experiencia:
“La Casa de las Américas hizo
tremendos y exitosos esfuerzos
por vencer el bloqueo cultural y
siguió trayendo a
latinoamericanos para que
juzgaran obras de la América
Latina (…), aunque para ello
tuviera que traerlos a través de
complicadísimos itinerarios que
pasaban por Checoslovaquia,
Irlanda y Canadá. Recuerdo que
la primera vez que vine a Cuba,
en enero de 1966, para integrar
el jurado de novela, tuve que
volar nada menos que 50 horas,
en varias etapas, e incluso
quedar anclado durante 18 días
en Praga porque los viejos y
beneméritos aviones Britannia
(los únicos que entonces tenía
Cuba) carraspeaban, tosían,
padecían náuseas, disneas,
temblores y escalofríos, y a
veces era imprescindible que
fueran urgentemente atendidos
por los geriatras de la
aeronáutica. Pero estoy seguro
de que la Casa nos hubiera
traído en avionetas, o en barcos
de vela, o en lanchas con motor
fuera de borda, con tal de que
el Premio siguiera derrotando al
bloqueo.”
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Premio
Casa de 1980.
Haydée Santamaría junto
a Julio Cortázar
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No era extraño, por otra parte,
que la realización del Premio
sirviera también como plataforma
para tareas que excedían lo
puramente vinculado con el
certamen. Además de ser espacio
propicio para el intercambio
entre los escritores, y de estos
con el público, la presencia de
ellos en La Habana puede ser
ocasión para nexos más
profundos. Es el caso, por
ejemplo, de Juan José Arreola,
quien después de participar como
jurado permanecería en Cuba
durante varios meses para llevar
a cabo entre nosotros lo que en
su país era una tradición que él
mismo había ayudado a
consolidar: la realización de un
taller de creación literaria al
que asistieron varios de quienes
comenzaban a ser los más
reconocidos narradores cubanos.
Fue también con motivo de su
presencia en el Premio Literario
de la Casa de 1963, cuando Julio
Cortázar llegara por primera vez
a Cuba en viaje que, según
confesaría después, daría un
nuevo sesgo a su vida y uniría
para siempre su nombre al de la
institución cubana. Muchos años
después, por su parte, el
compositor y cantante brasileño
Chico Buarque, invitado en su
condición de dramaturgo y
narrador como jurado del Premio
Literario, ofrecería durante su
estancia un recital junto al
Grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC y a otros trovadores
cubanos. El Premio se convirtió
pronto, además, en un sitio de
encuentro donde escritores de
universos y tendencias distantes
se conocieran entre sí, un lugar
de creación y fortalecimiento de
redes altamente provechosas. Si
se miran algunas fotografías de
diferentes momentos del Premio
pueden verse reunidas figuras
que tal vez jamás volvieron a
coincidir en otro sitio. En una
es posible ver, por ejemplo, a
Carpentier, Asturias y Fuentes
en el ya lejano 1960; en otra
aparecen, un poco más adelante
en el tiempo, los poetas José
Lezama Lima, Allen Ginsberg,
Nicanor Parra y Jaime Sabines;
los caminos de Cortázar,
Benedetti y Juan Marsé se cruzan
en otra instantánea, mientras
Juan Gelman, José Emilio
Pacheco, Fayad Jamís y Antonio
Cisneros comparten una lectura
tal vez irrepetible.
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Premio
Casa. Jurado de Poesía.
Se encuentran Armando
Hart, Nicolás Guillén,
Fayad Jamís, Cintio
Vitier, Juan Bosch,
Pablo González Casanova,
Mario Benedetti,
Claribel Alegría, entre
otros. Palacio de las
Convenciones, 1981 |
Si bien en principio el Premio
se limitó a los géneros
tradicionales (poesía, cuento,
novela, teatro y ensayo), en
1970 hace su entrada un género
que no había sido canonizado
hasta entonces: el testimonio.
Era la respuesta a una inquietud
que venía tomando cuerpo desde
hacía varios años. Es obvio que
la Casa no “creó” el género,
pero al tomarlo en consideración
le proporcionó un nuevo marco de
referencia y le dio, al menos en
nuestra lengua, una personalidad
de la cual carecía. En la carta
en que el escritor argentino
Rodolfo Walsh aceptaba la
invitación para integrar el
jurado (que a la postre
compartió con Raúl Roa y con el
antropólogo mexicano Ricardo
Pozas), argumentaba: “creo un
gran acierto de la Casa de las
Américas haber incorporado el
género testimonio al concurso
anual. Es la primera
legitimación de un medio de gran
eficacia para la comunicación
popular”.
Poco después, en 1975, el Premio
decide abrirse a una zona de la
creación literaria en la que no
había incursionado; esta vez se
trata de la literatura para
niños y jóvenes. De nuevo el
certamen reivindica un quehacer
con frecuencia menospreciado en
los circuitos de la alta
cultura, sobre todo en momentos
en que la literatura infantil no
había adquirido la reputación
que alcanzaría mucho tiempo
después.
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Además de la misión de difundir
la obra de los escritores
galardonados, el Premio se
propuso ser lugar de encuentro y
debate de los escritores de todo
el mundo y en especial de
nuestra América. Allí se
conocieron personalmente ―como
he dicho― gran parte de ellos y
esbozaron muchas ideas fecundas.
No es de extrañar entonces que a
partir de cierto momento
tuviera lugar, junto con el
concurso, una serie anual de
Encuentros de Escritores
Latinoamericanos, donde se
debatieron algunas de sus
preocupaciones y urgencias. La
reunión dio un importante
espacio a escritores del Caribe
de habla inglesa (lo que tendría
una repercusión inmediata en el
propio certamen), pues como
consecuencia directa de los
debates de ese Encuentro, se
convoca por vez primera en 1976
un premio para la literatura
caribeña en inglés (que en 1983
se abriría también a la
literatura escrita en lengua
“nacional” o creol). Esa
efectiva forma de integrar
orgánicamente al Caribe dentro
del quehacer de la Casa ha dado
a conocer en el ámbito hispano a
varios de los más notables
escritores anglocaribeños y ha
permitido invitar como jurados a
sus mejores exponentes y
estudiosos. Tres años después,
como parte del natural proceso
de integración con el Caribe no
hispano, es convocada en el
Premio Literario la literatura
caribeña de expresión francesa.
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Premio
Casa 1979. En la
premiación junto a Ivan
Egüez y Roberto
Fernández Retamar. 1979 |
En ocasiones de forma directa,
en otras de manera involuntaria,
el concurso ha ido poniendo de
manifiesto preocupaciones que
van más allá de los estrechos
marcos del ámbito literario. Si
durante décadas la Casa asumió
una cartografía de Latinoamérica
que ocupaba del Río Bravo a la
Patagonia, un creciente proceso
de modificación de ese mapa se
hizo visible a mediados de la
década del 70, cuando el premio
otorgado al escritor chicano
Rolando Hinojosa por su novela
Klail City y sus alrededores
fue una llamada de atención
hacia un fenómeno social y
cultural (el de la presencia e
influencia latinas en los
Estados Unidos) que se iría
desarrollando con los años y que
encontraría en la Casa nuevos
cauces a través de los cuales
expresarse. El más importante de
ellos sería la creación, varias
décadas después, de un Programa
de Estudios sobre Latinos en los
EE.UU. Pero lo llamativo es que
fue aquel premio el que hizo
notar el desarrollo de una
literatura de origen latino al
norte de México.
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Ya en 1964 el nombre original
del Concurso Literario
Hispanoamericano había sido
sustituido por el de Concurso
Literario Latinoamericano con el
propósito de incluir a los
escritores brasileños. Pero no
fue sino hasta 16 años después,
en 1980, que se convocaría la
literatura brasileña como
categoría independiente dentro
del Premio Literario. Desde
entonces han estado vinculados a
él, como galardonados o como
jurados, la mayor parte de los
más reconocidos escritores de
Brasil, entre los que se
encuentran Nélida Piñón, Rubem
Fonseca, Moacyr Scliar, Antonio
Cándido, y otros más jóvenes
como Paulo Lins. Algunos de
ellos han pronunciado las
palabras inaugurales del Premio
junto a figuras como el Premio
Nobel nigeriano Wole Soyinka y
el italiano Antonio Tabucchi.
Varios meses antes de entrar en
año de tan polémica
conmemoración como 1992, la Casa
fija su posición en el texto
titulado “La Casa de las
Américas ante el Quinto
Centenario”. A partir de esa
declaración de principios ―que
desde luego reconoce que 1492
significó “el inicio de la
‘mundialización del mundo’, de
la conversión de la historia de
la humanidad en una sola
historia”, pero que no acepta
ninguna interpretación o festejo
de matiz colonialista―, la Casa
toma parte activa en el
acercamiento a la fecha.
Consecuencia de ese propósito es
que el Premio Literario
―inaugurado con palabras del
escritor paraguayo Augusto Roa
Bastos― convoca esa vez con
carácter extraordinario un
premio para las literaturas
indígenas en quechua, náhuatl y
guaraní. Era la primera ocasión
en que lenguas autóctonas
americanas concursaban en el
certamen, si bien antes lo
habían hecho los distintos creoles del Caribe en pie de
igualdad con sus respectivas
lenguas metropolitanas. Lo
extraordinario se hizo ordinario
dos años después, cuando
concursaron las literaturas
indígenas en mapuche, aymara y
maya.
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Fidel conversa al final
del encuentro con Roa
Bastos
y Miguel Ángel Fernández |
Cuando en 1999 se cumplieron los
cuarenta años del certamen,
Roberto Fernández Retamar lo
inauguraba con las siguientes
palabras:
“¿qué van a hacer los jóvenes
con el Premio Casa de las
Americas? ¿Quedará como está?
¿Desaparecerá, entendiéndose que
su misión ha sido cumplida?
¿Encontrará maneras creadoras de
seguir prestando servicios?
[…]
Hago estas preguntas en un
momento de madurez de nuestro
Premio y de nuestra Casa. Y,
como he dicho, no anticipo
contestaciones. Es más: quiero
dejar las preguntas en el aire,
con la certidumbre de que serán
bien respondidas. Si hemos
sabido ser los mismos y otros;
si hemos vivido y sobrevivido a
través de pruebas a menudo bien
complejas, tropezando y
volviendo a encontrar el paso,
tenemos derecho a la confianza.
Tenemos más: el derecho, y
probablemente el deber, de
volver a empezar.”
Ese llamado provocó de inmediato
la renovación del Premio
Literario. Así, desde el año
2000 la Casa decidió convocar,
de forma paralela a sus premios
tradicionales, otros tres de
carácter honorífico destinados a
libros relevantes publicados por
autores de nuestra América o por
ensayistas de cualquier país con
libros de tema latinoamericano o
caribeño. Se trata del Premio de
poesía José Lezama Lima, el
Premio de Ensayo Ezequiel
Martínez Estrada y el Premio de
Narrativa José María Arguedas.
La selección de los nombres no
era casual; aparte de tratarse
de autores emblemáticos dentro
de la literatura del Continente,
todos estuvieron vinculados a la
Casa, y al Premio mismo, desde
sus primeros años. El cubano fue
jurado en tres ocasiones, el
peruano en otra y el argentino
no solo actuó como tal sino que
fue el primero en ganar, como
dije antes, el Premio de Ensayo.
Esos tres flamantes premios se
proponen dar la mayor difusión
posible a aquellos títulos que
están marcando lo mejor del
quehacer literario de hoy, y se
han honrado en galardonar obras
de figuras como los poetas Juan
Bañuelos, Idea Vilariño, Raúl
Zurita, Juan Manuel Roca y
Carlos Germán Belli; los
narradores Rubem Fonseca,
Abelardo Castillo y Roberto
Burgos Cantor, y los ensayistas
William Ospina, Luis Britto
García, Boaventura de Sousa
Santos y Héctor Díaz Polanco.
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Haydée
Santamaría con Gabriel
García Márquez, 18 de
junio de 1976 |
La posible embriaguez ante la
nostalgia, ante los nombres hoy
legendarios de quienes
contribuyeron a desarrollar este
Premio, no puede hacernos pasar
por alto la participación como
jurados de escritores de las más
nuevas generaciones; resulta
importante tenerlo en cuenta no
solo porque ello implica que la
Casa ha mantenido vínculos con
autores de promociones diversas,
sino también porque a partir de
ahora, y cada vez con mayor
frecuencia, los jurados ―en una
muestra de vitalidad del
certamen― son más jóvenes que el
Premio mismo. Tal compromiso con
nombres que apenas comienzan a
tener reconocimiento es también
una apuesta al futuro, a los
Cortázar o García Márquez de hoy
que aún no han alcanzado su
madurez plena, o a aquellos
otros que, aun cuando no lleguen
al nivel de esos predecesores
ilustres, son quienes van
conformando nuestra literatura.
Entre los representantes de esas
generaciones más recientes se
encuentran nombres como los de
los colombianos Jorge Franco
Ramos, Santiago Gamboa y Mario
Mendoza, los mexicanos Mario
Bellatin, Ignacio Padilla,
Cristina Rivera Garza y David
Toscana, el boliviano Edmundo
Paz Soldán, la puertorriqueña
Mayra Santos Febres y muchos
otros.
Si tuviéramos que hacer un
recuento en cifras, habría que
decir que a lo largo de 50 años
han participado como jurados del
Premio Literario Casa de las
Américas 1 235 intelectuales, y
han concursado 25 473 obras de
52 países, de las cuales han
sido premiadas 365. Pero si bien
las cifras son elocuentes,
ocultan lo más importante: lo
que ha significado el Premio
como espacio de confluencia
intelectual y como plataforma
para dar a conocer a centenares
de autores fundamentalmente
jóvenes, para contribuir a
difundir ―sin las presiones que
el mercado ejerce sobre otros
certámenes― obras que marchan a
contracorriente, géneros que no
gozan de éxito editorial, y
hasta creaciones en lenguas de
escasa circulación. Cinco
décadas después de haberse
fundado, el Premio puede ser un
referente para hablar de la
literatura latinoamericana y
caribeña, y de su evolución a lo
largo de estos años; sin
embargo, prefiere pensarse a sí
mismo como un referente hacia
delante, hacia la literatura que
vendrá, las obras que se están
gestando en este mismo instante
y los autores que las están
haciendo posibles. |