Año VII
La Habana

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Bailar la Casa de las Américas

Roberto Fernández Retamar • La Habana

 

Se atribuye razonablemente a Isadora Duncan haber dicho que podía bailar una silla. Por mi parte, no estoy del todo seguro de que podría bailar la Casa de las Américas, pero creo que puedo recitarla, tocarla con acompañamiento de flauta, y hasta tararearla bajito, cuando, casi siempre de noche, regreso a donde vivo, a veces sin luz, añorándola. Después de todo, ¿qué no es dable hacer con una hermosa Casa, deseada por el mar, como sabe todo hombre que ha soñado alguna vez, muchas veces, con ella, aunque no haya leído a Segismundo (el príncipe o el doctor)?

Esas, más o menos, fueron las palabras con que empecé un texto sobre la Casa que destiné al Festival Iberoamericano de Teatro realizado no hace mucho en Cádiz, y tuvo la suerte (que no tiene este) de haber sido leído allí, con su bella voz juvenil, por Vivian Martínez Tabares. Y aunque ahora reaparecerán unas pocas de aquellas palabras, su finalidad es otra, y otro será su sesgo.

Como la Revolución Cubana que la creó, la Casa de las Américas cumple en 1994 35 años, por lo que nuestra Dirección, después de considerar otros proyectos, acordó que este Premio fuera inaugurado por quien les habla. Simplemente para valernos de la primera persona del plural, como vamos a hacer en lo adelante, porque es un equipo y no un mero individuo quien se expresa.

Treinta y cinco años no son nada para un astro, demasiado para una luciérnaga, aproximadamente la mitad de la vida para un ser humano. ¿Y para una institución cultural? Depende, dicho sea con la venia de Pero Grullo: las hay multiseculares y las hay efímeras. Ahora bien: a semejanza de Goethe, quien dijo que cuando él era joven, Alemania era joven, cuando nosotros, la Casa de las Américas, éramos jóvenes, el mundo era joven. Todo daba la impresión de empezar de nuevo. Los pobres de la Tierra decidían dejar de serlo. Nuestra América volvía a soñar, con los ojos abiertos. La mejor política se había hecho tan fascinante como la mejor poesía, y la poesía mejor tan emprendedora como la política mejor. La imagen, diría Lezama, había encarnado en la historia. Los citareros pudieron encender sus fogatas en la noche impenetrable. José Martí, convocado por la masa, abrazaba al primer hombre, se echaba a andar. Entonces pudo aparecer (tuvo que aparecer) la Casa de las Américas.

Quizá sin saberlo, la traía en sus dulces y adoloridas entrañas, desde la sangre del Moncada y las estrellas de la Sierra Maestra, la persona sagrada (así habría sabido verla Simone Weil) que fue Haydée Santamaría. Se suele decir que no terminó la escuela, pero la escuela era ella, y la intensa vida que hacía brotar a su lado, en ocasiones tan extraña como la muerte, a la que tanto perteneció, al igual que su admirada Violeta Parra. Se reía con fuerza, para no terminar llorando, lo que no siempre pudo impedir. Ella misma, que era toda valor y toda sentimiento y toda justicia, dijo que con frecuencia le era difícil distinguir entre la felicidad y la pena. Podía dialogar con los gorriones, como don Ezequiel Martínez Estrada, a quien quiso filialmente y suavizó la aspereza; y con la pólvora y la broma, como su joven hermano travieso Roque Dalton, con quien está hablando ahora cosas que solo ellos escuchan. En esos diálogos y en muchos más (con Alejo Carpentier, Ángel Rama, Juan F. Noyola, Pepe Bianco, María Rosa Oliver y Sebastián Salazar Bondy, con Julio Cortázar, Efraín Huerta, Italo Calvino, Manuel Rojas y Felicia Bursztyn, con Raúl Roa, Benjamín Carrión, Lya y Luis Cardoza y Aragón, Paquito Urondo y Aquiles Nazoa, con José María Arguedas, Rodolfo Walsh, Alejandro Obregón, Herminio Almendros y Agustín Cuevas, con César Fernández Moreno, Huillca, René Zavaleta Mercado y José Vicente Abreu, con Renecita Méndez Capote, Carlos Barral, Rogerio Paulo y Nicomedes Santa Cruz, con muchísimas y muchísimos más: y estamos evocando solo sombras); en reuniones que se sucedían y trenzaban sin reposo, e iban del Encuentro con Rubén Darío al Encuentro de la Canción Protesta, de plásticos y teatristas (de los cuales brotarían respectivamente los proyectos de la Nueva Trova, Telarte y la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe), fue levantándose la Casa de las Américas. Por supuesto, no todo estaba previsto, ni hubiera podido estarlo, desde la arrancada: Se hace camino al andar", supo Antonio Machado.

Sería absurdo que pretendiéramos sintetizar ahora, por apretado que fuera el intento, la tarea cumplida por la Casa de las Américas. Ni puede esperarse de nosotros, aunque voluntad de ello no nos falta, la imparcialidad que tal pretensión exige. Pero como estamos en el inicio de las tareas del Premio Literario correspondiente a este año, algo debe decirse sobre la literatura de nuestra América en las últimas décadas, y sobre nuestro Premio. Cuando este último fue convocado por vez primera, en 1959, apenas si había (en caso de existir) certámenes continentales como él. Y si bien la literatura de nuestra América contaba ya desde el pasado con figuras eminentes, como el Inca Garcilaso, Sor Juana, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Sarmiento o Machado de Assís, e incluso se había otorgado a Gabriela Mistral, en 1945, el Premio Nobel, tal literatura no había recibido aún el reconocimiento planetario que, sin duda, merecía al menos desde el modernismo hispanoamericano y sus equivalentes en otras zonas latinoamericanas. Fue después de la creación de la Casa de las Américas y su Premio, después del triunfo de la Revolución Cubana, cuando, gracias a la atención mundial que se volcó entonces sobre la América Latina y el Caribe, su literatura recibió acogida internacional, por una parte; y por otra, se multiplicaron los galardones que la distinguen y las reuniones donde se la exalta o estudia. Lo que llevó el feo nombre bursátil de boom fue ejemplo elocuente, aunque parcial, de aquel reconocimiento, que benefició a autores de indudable calidad, así fueran unos pocos de ellos hostiles a la onda revolucionaria desencadenada a partir de 1959, como lo mostró el caso del admirable escritor y conspicuo entrevistado que fue Jorge Luis Borges. Precisamente por el altísimo valor de su escritura, vale la pena añadir que siempre deploramos que razones políticas hayan obstaculizado, como en el otro extremo fue el caso de Alejo, que a ambos se les otorgara el Premio Nobel. Mucho peor, desde luego, fue el caso de César Vallejo, quien, muerto en 1938, no solo no recibió galardón alguno, sino que murió consumido, prácticamente de hambre, no obstante ser uno de los mayores poetas de siempre.

Lo que corresponde a la Casa de las Américas, incluido como es lógico este su Premio por excelencia, en la difusión de la literatura de nuestra América y en su acogida mundial, algún día será visto en todas partes con serenidad y proclamado con justicia. Quizá las pasiones son aún muy encrespadas para anticipar ese día. Pero nadie puede negar que hemos contribuido a ello en la medida de nuestras fuerzas. Razón de más para acometer nuevos cambios. Pues la Casa de las Américas fue enriqueciéndose y afinándose constantemente, y sin la menor duda, contra viento y marea, seguirá haciéndolo. El Premio Literario, por ejemplo, añadió géneros, idiomas, áreas. Quizá, como algunos bosques desaforados, creció incluso más allá de lo aconsejable. Es tiempo de volver a considerar la mejor manera de que siga siendo útil, conjugando nuestras estrecheces materiales impuestas con nuestras irrenunciables ambiciones, ahora que, felizmente, obras latinoamericanas y caribeñas, en sus momentos más altos, son ya patrimonio reconocido de la humanidad, y no menos felizmente estamos ya bien acompañados en cuanto a impulsarlas, apreciarlas a fondo y galardonarlas.

Ha sido frecuente, y no dejará de serlo, que al otorgarse nuestros Premios ordinarios aprovechemos la ocasión para abordar algún aspecto particular de nuestra literatura, de nuestro pensamiento (o de nuestra historia, como ocurrió cuando lo de los Quinientos Años), y que además de los Premios ordinarios se concedan otros, extraordinarios. Este año hacemos ambas cosas, valiéndonos del hecho de que conmemoramos el centenario de la excepcional dominicano-cubana, de la excepcional mujer de nuestra América que fue Camila Henríquez Ureña. (También conmemoramos el centenario del Amauta José Carlos Mariátegui, sobre quien vamos a realizar un Coloquio Internacional el próximo julio.) En cuanto a Camila, fue espejo de la cultura latinoamericana y caribeña, en muchos sentidos: en lo personal, en lo familiar, en lo histórico, indivisibles en ella. Criatura refinada, cultísima y raigal, altiva y popular como solo saben serlo los auténticamente grandes, dominadora de muchos idiomas, colaboradora cercana de espíritus de primera magnitud (como Fernando Ortiz, con quien llevó adelante la Institución Hispanocubana de Cultura, como Juan Ramón Jiménez y José María Chacón y Calvo, con quienes compiló la colección La poesía cubana en 1936), dueña de un español impecable y de una información enorme, todo lo cual le hubiera permitido producir numerosos libros, esta huma­nista integral decidió ser sobre todo maestra. Glosando lo que Martí escribió sobre Luz y Caballero, de ella hay que decir que antes que libros prefirió hacer hombres y mujeres, que fueron y son sus agradecidos discípulos, no pocos de los cuales pertenecemos a esta Casa de las Américas, donde su huella es permanente. Baste mencionar nuestra Colección Literatura Latinoamericana, a la que ella prestó su ejemplar concurso. La presencia de Camila en la Casa es, por otra parte, indisoluble de su presencia mayor en la fraterna Universidad de La Habana, en la cual (teniendo relaciones y prestigio sobrados para tomar otras decisiones) ingresó con entusiasmo, y fue allí su mejor profesora de Letras, en momentos en que Cuba era bloqueada, invadida y calumniada. Lo que nos lleva por obligación a considerar sus vínculos familiares e históricos.

Un tío de Camila, Federico Henríquez y Carvajal, fue el amigo íntimo de Martí a quien este, en vísperas de desembarcar en Cuba y de morir en su guerra, escribió una de sus últimas y más reveladoras cartas, que con razón ha sido considerada, junto con la carta póstuma a Mercado, como su testamento político. La madre de Camila, la poeta Salomé Ureña, fue activa colaboradora de Eugenio María de Hostos en la magna campaña educativa desempeñada por este en la República Dominicana. Su padre, Francisco, era honesto y digno presidente de su país cuando el gobierno estadounidense de Woodrow Wilson lo derrocó en 1916, aduciendo la falta de pago de una deuda. La familia salió al destierro, y no olvidó nunca el agravio. Hasta hace poco, en que fueron trasladados a su patria, los restos del ilustre ex presidente se conservaban con unción en Santiago de Cuba. En cuanto a sus hermanos Pedro (que además ella tuvo el privilegio de que fuera su mentor) y Max, es innecesario abundar en lo que significan para la cultura de toda nuestra América. Lo menos que podría decirse de Camila en este orden es que fue totalmente digna de esa estirpe, sin parigual en el continente. Refiriéndose a ella en cartas desde Santiago de Cuba a Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña le escribió el 9 de mayo de 1911: “Camila, que solo tiene diecisiete años, [ ... ] sabe francés e italiano, y estudia inglés; ha leído a los poetas griegos, cierto número de autores Clásicos, y muchas poesías; y el 30 de junio de ese año va más lejos y le añade: “Habrás de saber que en Santo Domingo se asegura que ella es el mayor talento de la familia [...]; tiene mucho de mi carácter por la tranquilidad, y del de Max por la inventiva.”

Aunque el tema será abordado en especial por Luisa Campuzano, me es imposible no añadir que Camila, la gran humanista, fue también, como corolario esencial de aquella condición, una gran feminista, lo que justifica con creces que la celebración de su centenario coincida con la atención que este Premio da al papel relevante de la mujer en nuestra cultura. Es verdad que durante más de 20 años hemos publicado materiales sobre feminismo, incluyendo la redición de una precursora conferencia de Camila que nos dio a conocer la inolvidable Magistra Vicentina Antuña. Es verdad igualmente lo que en sus generosas palabras al inaugurar el Premio el pasado año dijera Ana Pizarro: que tocante a ese sector emergente de nuestra cultura: el de las mujeres escritoras, críticas e investigadoras, ámbito que ha ido rediseñando en las últimas décadas el perfil de nuestra cultura [ ... ] la Casa de las Américas ha tenido también un papel importante: aquí han participado, han sido premiadas y han tenido tribuna importantes mujeres representantes de la creación y los estudios literarios del continente. No ha habido otra institución nuestra que haya llevado a cabo esta labor tan masiva y sistemáticamente.

No obstante ello, todavía nos queda por andar en esta senda, y las lecciones de Camila son estímulo imprescindible para esa andadura.

Nos reunimos esta tarde en el más importante local de la Casa de las Américas, que por vez primera lleva el nombre que tendrá en lo adelante: Sala Che Guevara, el nombre de quien es encarnación purísima de la América por la que lucharemos hasta la victoria siempre, como él le escribió en su carta de despedida a Fidel, y como le repitió Haydée, al dirigirse al propio Che a raíz de su trágica muerte. Así, quien penetre en este edificio se encontrará de inmediato con la sala Manuel Galich, homenaje al hermano mayor que trajo a la Casa el aliento de la Guatemala herida pero nunca vencida (enfrente de esa sala se halla el impresionante mural que Roberto Matta nos hiciera, en condiciones también muy duras, con tierra que rodea el edificio, y se ha vuelto uno de los símbolos de la Casa), y al llegar a este piso entrará en un local con el nombre del combatiente sin fronteras, de estirpe bolivariana. En esta sala Fidel asistió a la inauguración del Árbol de la Vida que nos donó el México fraternal (un Árbol que también se ha vuelto uno de los símbolos de la Casa), y a la imposición de la Orden Félix Varela a Miguel Otero Silva. Aquí estuvo el Che, a poco de habernos hecho el honor de evocar a este Premio de la Casa en Punta del Este. Aquí nos acompañaron Juan Marinello, Nicolás Guillén, C.L.R. James, Carlos Quijano, Carlos Fonseca, Luigi Nono, Leopoldo Marechal, Mimi Langer, Carlos Pellicer, César Rengifo, José Revueltas, Leónidas Barletta, Alfredo Pareja Diezcanseco, Francisco Herrera Luque, León de Greiff, Paco Moncloa, Blas de Otero, Vic Reid, Onelio Jorge Cardoso, Oswaldo França, Marta Lynch, Ernesto Mejía Sánchez, Arnold Belkin, Julio Vélez, José Rodríguez Feo. Aquí cantó sus canciones de rebeldía y esplendor Víctor Jara. Desde aquí habló recientemente a nuestro pueblo Rigoberta Menchú. Aquí se proclamaron los premios de amigos como Roberto Ibáñez, Jorge Zalamea, Haroldo Conti, Marta Traba, Enrique Linh, Carlos María Gutiérrez, Andrés Lizarraga, Jorge Ibargüengoitia, Manolín Maldonado Denis, Tito Flores Galindo, Armando Tejada Gómez, Alfred Melon, Chuchú Martínez, Virgilio Piñera, Fayad Jamís, Manuel Cofiño, Wichy Nogueras. Aquí se han celebrado incontables encuentros, exposiciones, conciertos, representaciones, proyecciones, diálogos, conferencias, lecturas.

Sin embargo, con todo lo que nos enorgullece nuestro pasado (lleno de logros, aunque sería tonto suponer que no hemos cometido también errores), mucho más nos interesa el porvenir. Hoy soplan aires oscuros, pero el mundo volverá a ser joven, indudablemente. Pinos nuevos entonarán otra vez, con más vigor y fortuna aún, el himno de la vida, para valernos de palabras martianas: un himno que de alguna manera, contra obstáculos sin cuento, nunca hemos dejado de entonar. Muchos de los que aquí y en tantísimos países somos ahora la Casa de las Américas no estaremos físicamente en ese porvenir, aunque al hablar de él se siga usando la primera persona del plural. Sin embargo, no pocos de esos pinos nuevos ya se encuentran en estos locales, o fuera de ellos pero destinados a vincularse con la que será su Casa, otra y la misma: otra para ser la misma, como la mar de olas innumerables, siempre recomenzada, la constelación cantante de las aguas que evocaron Homero, Valéry y Huidobro.

A principios del pasado año, tan difícil, cuando ya nos hallábamos, como nos hallamos aún, entre la espada y la pared (expresión que es más bella y tremenda en inglés, donde se diceentre el diablo y el profundo mar azul”), al ser entrevistado para la revista Casa, y preguntársele al final si quería decir algo más a la revista, a sus lectores, Mauricio Rosencoff exclamó sin vacilar: en la Casa de las Américas lo que hace falta es un viento de locura, algo que les permita romper el cerco por vía directa en el mismo sentido de lo que está intentando el gobierno cubano, de aperturas por vía del turismo, por vías de empresas, cadenas hoteleras ... El gobierno sabrá si ese es el camino, si eso es lo que hay que hacer, por aquello de que cada maestrito con su librito.// [ ... ] la Casa de las Américas tendría que hacer cosas. ¡Locuras, crear cosas nuevas, locas, no sé! Los entrañables compañeros de la Casa de las Américas sabrán y tendrán la cuota de locura suficiente para que la desaten.

¿Qué añadir, amigas y amigos, a este juicioso elogio de la locura? Ella, en efecto, no nos falta: en realidad es, con el decoro, de las pocas cosas que no nos faltan. Y, como todo lo grande, necesitamos repartirla. ¿Nos dan una mano para bailar en el futuro necesario la necesaria Casa de las Américas: la Casa de Haydée y don Ezequiel y Manuel y Mariano y Camila y Julio y Roque y Fayad y Atahualpa y Lourdes y Arqueles y Raúl; y de las muchachas y los muchachos adolescentes que acaban de descubrir con alegría y estupor que son artistas o escritores; y de quienes no han nacido aún y merecen vivir (y confiamos en que lo harán) en un mundo más justo y hermoso, donde todo mezclado sea ese amor sin límites ni colores, sea esa música y razón que los seres humanos no nos cansaremos de buscar en el inmenso misterio de la existencia, en el deber, en la agonía, en el placer y en el júbilo de las iluminaciones con las banderas de éxtasis?

*Con ligeras modificaciones, estas palabras fueron leídas en la instalación del jurado del Premio Literario Casa de las Américas, el 12 de enero de 1994.
 

 

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