Se atribuye razonablemente a
Isadora Duncan haber dicho
que podía bailar una silla.
Por mi parte, no estoy del
todo seguro de que podría
bailar la Casa de las
Américas, pero creo que
puedo recitarla, tocarla con
acompañamiento de flauta, y
hasta tararearla bajito,
cuando, casi siempre de
noche, regreso a donde vivo,
a veces sin luz, añorándola.
Después de todo, ¿qué no es
dable hacer con una hermosa
Casa, deseada por el mar,
como sabe todo hombre que ha
soñado alguna vez, muchas
veces, con ella, aunque no
haya leído a Segismundo (el
príncipe o el doctor)?
Esas, más o menos, fueron
las palabras con que empecé
un texto sobre la Casa que
destiné al Festival
Iberoamericano de Teatro
realizado no hace mucho en
Cádiz, y tuvo la suerte (que
no tiene este) de haber sido
leído allí, con su bella voz
juvenil, por Vivian Martínez
Tabares. Y aunque ahora
reaparecerán unas pocas de
aquellas palabras, su
finalidad es otra, y otro
será su sesgo.
Como la Revolución Cubana
que la creó, la Casa de las
Américas cumple en 1994 35
años, por lo que nuestra
Dirección, después de
considerar otros proyectos,
acordó que este Premio fuera
inaugurado por quien les
habla. Simplemente para
valernos de la primera
persona del plural, como
vamos a hacer en lo
adelante, porque es un
equipo y no un mero
individuo quien se expresa.
Treinta y cinco años no son
nada para un astro,
demasiado para una
luciérnaga, aproximadamente
la mitad de la vida para un
ser humano. ¿Y para una
institución cultural?
Depende, dicho sea con la
venia de Pero Grullo: las
hay multiseculares y las hay
efímeras. Ahora bien: a
semejanza de Goethe, quien
dijo que cuando él era
joven, Alemania era joven,
cuando nosotros, la Casa de
las Américas, éramos
jóvenes, el mundo era
joven. Todo daba la
impresión de empezar de
nuevo. Los pobres de la
Tierra decidían dejar de
serlo. Nuestra América
volvía a soñar, con los ojos
abiertos. La mejor política
se había hecho tan
fascinante como la mejor
poesía, y la poesía mejor
tan emprendedora como la
política mejor. La imagen,
diría Lezama, había
encarnado en la historia.
Los citareros pudieron
encender sus fogatas en la
noche impenetrable. José
Martí, convocado por la
masa, abrazaba al primer
hombre, se echaba a andar.
Entonces pudo aparecer (tuvo
que aparecer) la Casa de las
Américas.
Quizá sin saberlo, la traía
en sus dulces y adoloridas
entrañas, desde la sangre
del Moncada y las estrellas
de la Sierra Maestra, la
persona sagrada (así habría
sabido verla Simone Weil)
que fue Haydée Santamaría.
Se suele decir que no
terminó la escuela, pero la
escuela era ella, y la
intensa vida que hacía
brotar a su lado, en
ocasiones tan extraña como
la muerte, a la que tanto
perteneció, al igual que su
admirada Violeta Parra. Se
reía con fuerza, para no
terminar llorando, lo que no
siempre pudo impedir. Ella
misma, que era toda valor y
toda sentimiento y toda
justicia, dijo que con
frecuencia le era difícil
distinguir entre la
felicidad y la pena. Podía
dialogar con los gorriones,
como don Ezequiel Martínez
Estrada, a quien quiso
filialmente y suavizó la
aspereza; y con la pólvora y
la broma, como su joven
hermano travieso Roque
Dalton, con quien está
hablando ahora cosas que
solo ellos escuchan. En
esos diálogos y en muchos
más (con Alejo Carpentier,
Ángel Rama, Juan F. Noyola,
Pepe Bianco, María Rosa
Oliver y Sebastián Salazar
Bondy, con Julio Cortázar,
Efraín Huerta, Italo
Calvino, Manuel Rojas y
Felicia Bursztyn, con Raúl
Roa, Benjamín Carrión, Lya y
Luis Cardoza y Aragón,
Paquito Urondo y Aquiles
Nazoa, con José María
Arguedas, Rodolfo Walsh,
Alejandro Obregón, Herminio
Almendros y Agustín Cuevas,
con César Fernández Moreno, Huillca, René Zavaleta
Mercado y José Vicente
Abreu, con Renecita Méndez
Capote, Carlos Barral,
Rogerio Paulo y Nicomedes
Santa Cruz, con muchísimas y
muchísimos más: y estamos
evocando solo sombras); en
reuniones que se sucedían y
trenzaban sin reposo, e iban
del Encuentro con Rubén
Darío al Encuentro de la
Canción Protesta, de
plásticos y teatristas (de
los cuales brotarían
respectivamente los
proyectos de la Nueva Trova,
Telarte y la Escuela
Internacional de Teatro de
América Latina y el Caribe),
fue levantándose la Casa de
las Américas. Por supuesto,
no todo estaba previsto, ni
hubiera podido estarlo,
desde la arrancada: “
Se hace camino al
andar", supo Antonio
Machado.
Sería absurdo que
pretendiéramos sintetizar
ahora, por apretado que
fuera el intento, la tarea
cumplida por la Casa de las
Américas. Ni puede esperarse
de nosotros, aunque voluntad
de ello no nos falta, la
imparcialidad que tal
pretensión exige. Pero como
estamos en el inicio de las
tareas del Premio Literario
correspondiente a este año,
algo debe decirse sobre la
literatura de nuestra
América en las últimas
décadas, y sobre nuestro
Premio. Cuando este último
fue convocado por vez
primera, en 1959, apenas si
había (en caso de existir)
certámenes continentales
como él. Y si bien la
literatura de nuestra
América contaba ya desde el
pasado con figuras
eminentes, como el Inca Garcilaso, Sor Juana,
Gertrudis Gómez de
Avellaneda, Sarmiento o
Machado de Assís, e incluso
se había otorgado a Gabriela
Mistral, en 1945, el Premio
Nobel, tal literatura no
había recibido aún el
reconocimiento planetario
que, sin duda, merecía al
menos desde el modernismo
hispanoamericano y sus
equivalentes en otras zonas
latinoamericanas. Fue
después de la creación de la
Casa de las Américas y su
Premio, después del triunfo
de la Revolución Cubana,
cuando, gracias a la
atención mundial que se
volcó entonces sobre la
América Latina y el Caribe,
su literatura recibió
acogida internacional, por
una parte; y por otra, se
multiplicaron los
galardones que la
distinguen y las reuniones
donde se la exalta o
estudia. Lo que llevó el feo
nombre bursátil de boom
fue ejemplo elocuente,
aunque parcial, de aquel
reconocimiento, que
benefició a autores de
indudable calidad, así
fueran unos pocos de ellos
hostiles a la onda
revolucionaria
desencadenada a partir de
1959, como lo mostró el caso
del admirable escritor y
conspicuo entrevistado que
fue Jorge Luis Borges.
Precisamente por el altísimo
valor de su escritura, vale
la pena añadir que siempre
deploramos que razones
políticas hayan
obstaculizado, como en el
otro extremo fue el caso de
Alejo, que a ambos se les
otorgara el Premio Nobel.
Mucho peor, desde luego, fue
el caso de César Vallejo,
quien, muerto en 1938, no
solo no recibió galardón
alguno, sino que murió
consumido, prácticamente de
hambre, no obstante ser uno
de los mayores poetas de
siempre.
Lo que corresponde a la Casa
de las Américas, incluido
como es lógico este su
Premio por excelencia, en la
difusión de la literatura de
nuestra América y en su
acogida mundial, algún día
será visto en todas partes
con serenidad y proclamado
con justicia. Quizá las
pasiones son aún muy
encrespadas para anticipar
ese día. Pero nadie puede
negar que hemos contribuido
a ello en la medida de
nuestras fuerzas. Razón de
más para acometer nuevos
cambios. Pues la Casa de las
Américas fue
enriqueciéndose y afinándose
constantemente, y sin la
menor duda, contra viento y
marea, seguirá haciéndolo.
El Premio Literario, por
ejemplo, añadió géneros,
idiomas, áreas. Quizá, como
algunos bosques desaforados,
creció incluso más allá de
lo aconsejable. Es tiempo de
volver a considerar la mejor
manera de que siga siendo
útil, conjugando nuestras estrecheces materiales
impuestas con nuestras
irrenunciables ambiciones,
ahora que, felizmente, obras
latinoamericanas y
caribeñas, en sus momentos
más altos, son ya patrimonio
reconocido de la humanidad,
y no menos felizmente
estamos ya bien acompañados
en cuanto a impulsarlas,
apreciarlas a fondo y
galardonarlas.
Ha sido frecuente, y no
dejará de serlo, que al
otorgarse nuestros Premios
ordinarios aprovechemos la
ocasión para abordar algún
aspecto particular de
nuestra literatura, de
nuestro pensamiento (o de
nuestra historia, como
ocurrió
cuando lo de los Quinientos
Años), y que además de los
Premios ordinarios se
concedan otros,
extraordinarios. Este año
hacemos ambas cosas,
valiéndonos del hecho de que
conmemoramos el centenario
de la excepcional
dominicano-cubana, de la
excepcional mujer de nuestra
América que fue Camila
Henríquez Ureña. (También
conmemoramos el centenario
del Amauta José Carlos
Mariátegui, sobre quien
vamos a realizar un Coloquio
Internacional el próximo
julio.) En cuanto a Camila,
fue espejo de la cultura
latinoamericana y caribeña,
en muchos sentidos: en lo
personal, en lo familiar, en
lo histórico, indivisibles
en ella. Criatura refinada,
cultísima y raigal, altiva y
popular como solo saben
serlo los auténticamente
grandes, dominadora de
muchos idiomas, colaboradora
cercana de espíritus de
primera magnitud (como
Fernando Ortiz, con quien
llevó adelante la
Institución Hispanocubana de
Cultura, como Juan Ramón
Jiménez y José María Chacón
y Calvo, con quienes compiló
la colección La poesía
cubana en 1936), dueña
de un español impecable y
de una información enorme,
todo lo cual le hubiera
permitido producir numerosos
libros, esta humanista
integral decidió ser sobre
todo maestra. Glosando lo
que Martí escribió sobre Luz
y Caballero, de ella hay que
decir que antes que libros
prefirió hacer hombres y
mujeres, que fueron y son
sus agradecidos discípulos,
no pocos de los cuales
pertenecemos a esta Casa de
las Américas, donde su
huella es permanente. Baste
mencionar nuestra Colección
Literatura Latinoamericana,
a la que ella prestó su
ejemplar concurso. La
presencia de Camila en la
Casa es, por otra parte,
indisoluble de su presencia
mayor en la fraterna
Universidad de La Habana, en
la cual (teniendo relaciones
y prestigio sobrados para
tomar otras decisiones)
ingresó con entusiasmo, y
fue allí su mejor profesora
de Letras, en momentos en
que Cuba era bloqueada,
invadida y calumniada. Lo
que nos lleva por obligación
a considerar sus vínculos
familiares e históricos.
Un tío de Camila, Federico
Henríquez y Carvajal, fue el
amigo íntimo de Martí a
quien este, en vísperas de
desembarcar en Cuba y de
morir en su guerra, escribió
una de sus últimas y más
reveladoras cartas, que con
razón ha sido considerada,
junto con la carta póstuma a
Mercado, como su testamento
político. La madre de
Camila, la poeta Salomé Ureña, fue activa
colaboradora de Eugenio
María de Hostos en la magna
campaña educativa
desempeñada por este en la
República Dominicana. Su
padre, Francisco, era
honesto y digno presidente
de su país cuando el
gobierno estadounidense de Woodrow Wilson lo derrocó en
1916, aduciendo la falta de
pago de una deuda. La
familia salió al destierro,
y no olvidó nunca el
agravio. Hasta hace poco, en
que fueron trasladados a su
patria, los restos del
ilustre ex presidente se
conservaban con unción en
Santiago de Cuba. En cuanto
a sus hermanos Pedro (que
además ella tuvo el
privilegio de que fuera su
mentor) y Max, es
innecesario abundar en lo
que significan para la
cultura de toda nuestra
América. Lo menos que
podría decirse de Camila en
este orden es que fue
totalmente digna de esa
estirpe, sin parigual en el
continente. Refiriéndose a
ella en cartas desde
Santiago de Cuba a Alfonso
Reyes, Pedro Henríquez Ureña
le escribió el 9 de mayo de
1911: “Camila, que solo
tiene diecisiete años, [ ...
] sabe francés e italiano,
y estudia inglés; ha leído a
los poetas griegos, cierto
número de autores Clásicos,
y muchas poesías” ; y el 30 de junio de ese
año va más lejos y le añade:
“Habrás de saber que en
Santo Domingo se asegura que
ella es el mayor talento de
la familia [...]; tiene
mucho de mi carácter por la
tranquilidad, y del de Max
por la inventiva.”
Aunque el tema será abordado
en especial por Luisa
Campuzano, me es imposible
no añadir que Camila, la
gran humanista, fue también,
como corolario esencial de
aquella condición, una gran
feminista, lo que justifica
con creces que la
celebración de su centenario
coincida con la atención que
este Premio da al papel
relevante de la mujer en
nuestra cultura. Es verdad
que durante más de 20 años
hemos publicado materiales
sobre feminismo, incluyendo
la redición de una
precursora conferencia de
Camila que nos dio a conocer
la inolvidable Magistra
Vicentina Antuña. Es
verdad igualmente lo que en
sus generosas palabras al
inaugurar el Premio el
pasado año dijera Ana
Pizarro: que tocante a ese sector emergente de nuestra
cultura: el de las mujeres
escritoras, críticas e
investigadoras, ámbito que ha
ido rediseñando en las últimas
décadas el perfil de nuestra
cultura [ ... ] la Casa de las
Américas ha tenido también un
papel importante: aquí han
participado, han sido premiadas
y han tenido tribuna importantes
mujeres representantes de la
creación y los estudios
literarios del continente. No ha
habido otra institución nuestra
que haya llevado a cabo esta
labor tan masiva y
sistemáticamente.
No obstante ello, todavía nos
queda por andar en esta senda, y
las lecciones de Camila son
estímulo imprescindible para esa
andadura.
Nos reunimos esta tarde en el
más importante local de la Casa
de las Américas, que por vez
primera lleva el nombre que
tendrá en lo adelante: Sala Che
Guevara, el nombre de quien es
encarnación purísima de la
América por la que lucharemos
hasta la victoria siempre, como
él le escribió en su carta de
despedida a Fidel, y como le
repitió Haydée, al dirigirse al
propio Che a raíz de su trágica
muerte. Así, quien penetre en
este edificio se encontrará de
inmediato con la sala Manuel Galich, homenaje al hermano
mayor que trajo a la Casa el
aliento de la Guatemala herida
pero nunca vencida (enfrente de
esa sala se halla el
impresionante mural que Roberto Matta nos hiciera, en
condiciones también muy duras,
con tierra que rodea el
edificio, y se ha vuelto uno de
los símbolos de la Casa), y al
llegar a este piso entrará en un
local con el nombre del
combatiente sin fronteras, de
estirpe bolivariana. En esta
sala Fidel asistió a la
inauguración del Árbol de la
Vida que nos donó el México
fraternal (un Árbol que también
se ha vuelto uno de los símbolos
de la Casa), y a la imposición
de la Orden Félix Varela a
Miguel Otero Silva. Aquí estuvo
el Che, a poco de habernos hecho
el honor de evocar a este Premio
de la Casa en Punta del Este.
Aquí nos acompañaron Juan
Marinello, Nicolás Guillén,
C.L.R. James, Carlos Quijano,
Carlos Fonseca, Luigi Nono,
Leopoldo Marechal, Mimi Langer,
Carlos Pellicer, César Rengifo,
José Revueltas, Leónidas
Barletta, Alfredo Pareja
Diezcanseco, Francisco Herrera
Luque, León de Greiff, Paco
Moncloa, Blas de Otero, Vic Reid,
Onelio Jorge Cardoso, Oswaldo
França, Marta Lynch, Ernesto
Mejía Sánchez, Arnold Belkin,
Julio Vélez, José Rodríguez Feo.
Aquí cantó sus canciones de
rebeldía y esplendor Víctor
Jara. Desde aquí habló
recientemente a nuestro pueblo Rigoberta Menchú. Aquí se
proclamaron los premios de
amigos como Roberto Ibáñez,
Jorge Zalamea, Haroldo Conti,
Marta Traba, Enrique Linh,
Carlos María Gutiérrez, Andrés
Lizarraga, Jorge Ibargüengoitia,
Manolín Maldonado Denis, Tito
Flores Galindo, Armando Tejada
Gómez, Alfred Melon, Chuchú
Martínez, Virgilio Piñera, Fayad
Jamís, Manuel Cofiño, Wichy
Nogueras. Aquí se han celebrado
incontables encuentros,
exposiciones, conciertos,
representaciones, proyecciones,
diálogos, conferencias,
lecturas.
Sin embargo, con todo lo que nos
enorgullece nuestro pasado
(lleno de logros, aunque sería
tonto suponer que no hemos
cometido también errores), mucho
más nos interesa el porvenir.
Hoy soplan aires oscuros, pero
el mundo volverá a ser joven,
indudablemente. Pinos nuevos
entonarán otra vez, con más
vigor y fortuna aún, el himno de
la vida, para valernos de
palabras martianas: un himno que
de alguna manera, contra
obstáculos sin cuento, nunca
hemos dejado de entonar. Muchos
de los que aquí y en tantísimos
países somos ahora la Casa de
las Américas no estaremos
físicamente en ese porvenir,
aunque al hablar de él se siga
usando la primera persona del
plural. Sin embargo, no pocos de
esos pinos nuevos ya se
encuentran en estos locales, o
fuera de ellos pero destinados a
vincularse con la que será su
Casa, otra y la misma: otra para
ser la misma, como la mar de
olas innumerables, siempre
recomenzada, la constelación
cantante de las aguas que
evocaron Homero, Valéry y
Huidobro.
A principios del pasado año, tan
difícil, cuando ya nos
hallábamos, como nos hallamos
aún, entre la espada y la pared
(expresión que es más bella y
tremenda en inglés, donde se
dice “entre el diablo y
el profundo mar azul”), al ser
entrevistado para la revista
Casa, y preguntársele al
final si quería decir algo más a
la revista, a sus lectores,
Mauricio Rosencoff exclamó sin
vacilar: en la Casa de las
Américas lo que hace falta es un
viento de locura, algo que les
permita romper el cerco por vía
directa en el mismo sentido de
lo que está intentando el
gobierno cubano, de aperturas
por vía del turismo, por vías de
empresas, cadenas hoteleras ...
El gobierno sabrá si ese es el
camino, si eso es lo que hay que
hacer, por aquello de que cada
maestrito con su librito.// [
... ] la Casa de las Américas
tendría que hacer cosas.
¡Locuras, crear cosas nuevas,
locas, no sé! Los entrañables
compañeros de la Casa de las
Américas sabrán y tendrán la
cuota de locura suficiente para
que la desaten.
¿Qué añadir, amigas y amigos, a
este juicioso elogio de la
locura? Ella, en efecto, no nos
falta: en realidad es, con el
decoro, de las pocas cosas que
no nos faltan. Y, como todo lo
grande, necesitamos repartirla.
¿Nos dan una mano para bailar
en el futuro necesario la
necesaria Casa de las Américas:
la Casa de Haydée y don Ezequiel
y Manuel y Mariano y Camila y
Julio y Roque y Fayad y
Atahualpa y Lourdes y Arqueles y
Raúl; y de las muchachas y los
muchachos adolescentes que
acaban de descubrir con alegría
y estupor que son artistas o
escritores; y de quienes no han
nacido aún y merecen vivir (y
confiamos en que lo harán) en un
mundo más justo y hermoso, donde
todo mezclado sea ese amor sin
límites ni colores, sea esa
música y razón que los seres
humanos no nos cansaremos de
buscar en el inmenso misterio de
la existencia, en el deber, en
la agonía, en el placer y en el
júbilo de las iluminaciones con
las banderas de éxtasis?
*Con ligeras modificaciones,
estas palabras fueron leídas en
la instalación del jurado del
Premio Literario Casa de las
Américas, el 12 de enero de
1994.
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