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Cuando en enero pasado
la Casa de las Américas
presentaba su Año
Cinético al público
cubano, no imaginábamos
que el proyecto fuera a
ganar tantos adeptos
dentro y fuera de la
Isla. En medio de una
revalorización
internacional de esta
corriente y lo que
significó para la
historia del arte
latinoamericano del
último medio siglo,[1]
el Año Cinético de la
Casa propone un ciclo de
homenajes y
reconocimientos a
grandes figuras del arte
latinoamericano
presentes en su
colección Arte de
nuestra América, así
como la recuperación de
otros exponentes no tan
conocidos
internacionalmente, pero
con similares
inquietudes artísticas.
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"Julio Le Parc".
Cloison Grille,
1970 |
Un rápido recorrido por
la historia del
cinetismo señala que,
desde finales de los
años 50, fue París la
ciudad que acogió a un
conjunto de jóvenes
artistas
latinoamericanos de
filiación abstracta. El
afán por transgredir en
sus obras la limitante
propia de la pintura y
la escultura de atrapar
el tiempo, y con él, el
movimiento (real o
ilusorio), hizo que
exploraran el espacio,
los adelantos de la
tecnología y la
industria, pero sobre
todo la forma en que el
hombre consume el arte.
El Op Art y el
Arte Cinético emergieron
entonces como una
propuesta fresca y
arriesgada, que no tuvo
una recepción entusiasta
en los países de origen
de muchos de estos
artistas, y sí en la
capital francesa,
concretamente en la
Galería Denise René,
donde en 1960 se funda
el GRAV (Groupe de
Recherche d`Art Visuel).
A este taller colectivo
pertenecieron, entre
otros, Julio Le Parc y
Horacio García Rossi de
Argentina, y luego la
chilena Matilde Pérez.
La impronta de teorías
que ponderaban la
integración del arte a
la vida, y acercar cada
vez más el receptor a la
obra, haciéndolo
partícipe del hecho
artístico, fue el punto
de partida para
discursar sobre los
mecanismos de creación y
la noción de
“experiencia”, necesaria
tanto para el artista
como para el
receptor/consumidor. De
ahí que abogaran por la
obra múltiple y
colectiva, fruto del
intercambio directo con
el (los) espectador(es)
en el espacio público.
Aunque el GRAV se
disolvió en 1968, sus
integrantes y otros
artistas independientes
que investigaron en
simultáneo y realizaron
obras óptico-cinéticas
―como
Rogelio Pollesello,
Carlos Cruz Diez o Jesús
Soto―,
en la década siguiente
continuaron sus
búsquedas formales en la
misma dirección.
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Carlos Cruz
Diez.
Physichromie
105, 1965 |
En Cuba, la Casa de las
Américas fue pionera al
presentar los trabajos
de esta pléyade de
jóvenes artistas, pues
desde 1970, con la
muestra personal de
Julio Le Parc, se
iniciaría un conjunto de
exposiciones que hasta
1999,[2]
en que se erige la
Inducción Cromática para
La Habana, de Carlos
Cruz Diez, mantuvo una
actualización del
público cubano con
proyectos de vanguardia.
De esta forma, hace diez
años, cuando la Casa
cumplía cuatro décadas
de fundada, el conjunto
escultórico del maestro
venezolano encontró su
espacio perfecto cerca
de la Facultad de Artes
y Letras, en una
intersección
privilegiada del
circuito vial
capitalino, justo donde
empieza la avenida que
la Casa cierra a escasos
metros del malecón
habanero.
En este, su aniversario
50, la Casa vuelve
renovada en su quehacer
y con otros espacios
para imaginar. Así, el
16 de enero cuando se
inauguró la primera de
las muestras de su Año
Cinético, De la
abstracción…al arte
cinético, muchos que
visitaron aquella
exposición de 1970,
recordaron su
fascinación por aquellas
obras y descubrieron
otras donadas
posteriormente por los
herederos de este
movimiento en el
continente.
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Victor Vasarely.
Tridim-L, 1968
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De la abstracción…al
arte cinético
hizo converger a
artistas de diversos
países de procedencia,
destacando Argentina y
Venezuela con los
mayores conjuntos, pero
mostrando igualmente
artistas mexicanos,
brasileños, colombianos,
o algunos exponentes de
Ecuador, Cuba, Hungría y
España. La curaduría
proponía partir de la
abstracción como
fundamento del que
emerge el arte
óptico-cinético, aun
cuando convivieran una y
otro por largo tiempo.
De esta forma en el
lobby de la institución
se concentraron obras
abstractas de Tomie
Ohtake (Japón-Brasil);
Sérgio Camargo y Sérvulo
Esmeraldo, de Brasil;
Manuel Felguérez, de
México; Mercedes Pardo,
de Venezuela y Eduardo
Jonquieres, de
Argentina; así como se
rescató una figura
olvidada por la
historiografía de la
región, Araceli Gilbert
(Ecuador) con un
interesante trabajo. Ya
en el segundo piso y el
acceso al tercero se
concentraron algunas
obras escultóricas de
Luís Arnal y Alejandro
Salas (Venezuela),
Enrique Salamanca
(España) y Sandú Darié (Rumanía-Cuba).
Las tres primeras, de
directa implicación con
el público ya sea por
estar en movimiento, o
por incitar al
espectador a
recomponerla como en el
caso Zuura (Luís
Arnal, 1973). También
podrían apreciarse los
trabajos de los
argentinos, Juan
Michelangeli, León
Ferrari, Hugo Demarco y
Luís Tomasello, al lado
de Julio Le Parc y su
Cloison Grillé
(1970), Jesús Soto o
Carlos Cruz Diez con
obras de gran impacto.
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Julio Le Parc.
Tema 59 a
variation, 1979 |
De la abstracción…al
arte cinético
funge como excelente
marco de referencia para
las muestras personales
que a lo largo del año
servirán de homenaje a
varios de los más
destacados cultivadores
del cinetismo. De hecho
ya la inauguración de
dos exposiciones a cargo
de la chilena Matilde
Pérez (Cinética,
Premio Literario Casa de
las Américas,
febrero-marzo) y el
argentino León Ferrari (Agitador
de formas, X Bienal
de La Habana,
abril-mayo) confirmó la
pujanza de ambos
creadores, quienes a sus
respectivos 92 y 88
años, consintieron en
mostrar obras de
diferentes etapas de su
carrera hasta la
actualidad. En el caso
de Matilde, y gracias al
trabajo de seis
estudiantes de la
Academia San Alejandro,
la Casa incorporó a su
colección una obra
realizada a partir de un
diseño en serigrafía de
la artista, en 1973.
Cinética presentó al
público cubano a la más
fiel exponente del Arte
Cinético en Chile,
recientemente fruto de
una revalorización en su
país tras una muestra
antológica realizada en
el Museo Nacional de
Bellas Artes de Santiago
de Chile (El ojo
móvil, 1999). Sus
cajas de luces,
serigrafías y collages
dejaron entrever un
espíritu dinámico y
metódico al mismo
tiempo, con gran
imaginación y
originalidad dado que el
visitante lograba una
rápida identificación
con la obra dado su
carácter lúdico.
Por otro lado, en la
muestra de Ferrari,
quien no pudo estar
presente en la
inauguración, como sí
estuvo la artista
chilena, confluyen obras
de la colección Arte
de nuestra América
de la Casa, donadas por
el artista en anteriores
visitas a la Isla, y de
su colección personal.
Se combinan así su serie
de heliografías que
tratan la problemática
de las grandes ciudades
y el mundo contemporáneo
en su impersonalidad y
enajenación, dos
esculturas en acero
inoxidable maquetas para
proyectos a gran escala
que el artista realizó
en 1981, al igual que
sus Laberintos
(1980) serie concebida
cual apretada caligrafía
laberíntica que crea
efectos ópticos
singulares,
conjuntamente a obras
que comulgan en su
sentido ético con un
tipo de arte más
contestatario y
provocador como es el
caso de Mimetismo
(1994) o
Evangelización
(2003), y
definitivamente su serie
L´Observatore Romano
(2001-2008). En esta
ocasión, la Bienal de La
Habana y la Casa de las
Américas se unen en el
homenaje a este gran
artista,[3]
mostrando su quehacer a
lo largo de más de
cuadro décadas, como es
usual en los
aniversarios cerrados, y
en este 2009 la bienal
celebra sus 25 años, así
como la Casa, sus 50.
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Alejandro Otero.
Serigrafía, 1985 |
Indiscutiblemente, una
Casa de las Américas
“en movimiento” es
el sitio perfecto para
la complicidad, para el
encuentro entre lo nuevo
y la historia, la
necesaria invitación a
crecer y a
multiplicarnos en la
marcha, a mantener la
dinámica que siempre ha
sido el fundamento de su
éxito como proyecto
social y cultural.
[1]
Palpable en las
múltiples
exposiciones
colectivas como
Lo(s)
cinético(s)
(Museo Nacional
Centro de Arte
Reina Sofía,
marzo-agosto,
2007) y de los
principales
exponentes del
movimiento entre
las que destacan
la muestra
antológica de
Luis Tomasello
en el Museo de
Arte
Contemporáneo
Latinoamericano
(La Plata,
abril-julio,
2004), Julio
Le Parc:
luz en
movimiento
(Biblioteca Luis
Ángel Arango,
Bogotá,
julio-octubre,
2007)[1]
y El color
sucede, de
Carlos Cruz Diez
(Museo de Arte
Contemporáneo,
Palma de
Mallorca,
febrero-junio,
2009), por solo
citar algunas.
[2]
Entre ellas:
Panorama de la
pintura
venezolana
(1975),
Didáctica y
dialéctica del
color
(colectiva,
1980),
Modulaciones
(Julio Le Parc,
1981), las
muestras
personales de
León Ferrari y
Luis Tomasello
(1983 y 1989
respectivamente)
o El rojo,
el verde y el
azul (Carlos
Cruz Diez,
1999).
[3]
Casa de las
Américas le
impuso la
Medalla Haydée
Santamaría en
virtud de la
calidad de su
trayectoria
artística y su
relación con la
institución.
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