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Acompañado por Fayad Jamís y
Fabelo, Mariano Rodríguez y
Flora Fong. Refugiado en
centenas de libros en español,
inglés, francés y creole,
dispuestos con la pulcritud de
quien compone versos sobre
estantes alineados: rítmicos,
apetitosos y conspiradores
“campos de amor y de batallas”.
Fatigado por las demandas de una
computadora intrusa, menos digna
de su magia que la pluma y el
tintero. Así, en la misma casa
donde se despidió Cortázar de
sus amigos cubanos, vive el
poeta Pablo Armando Fernández.
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En uno de esos espacios
tranquilos por donde
―quizá―
aún camina
para reanimarlos mientras todos
duermen, me habló de su vida y
de otras. De Nueva York y de la
entonces naciente Revolución
Cubana; de su llegada a Cuba y
de Lunes de Revolución;
de Carpentier,
Soler Puig, Roque Dalton, Miguel
Ángel Asturias, Alfredo Bryce
Echenique y Antonio Skármeta; de
John Reed y Carson McCullers;
de su esposa Maruja y del viaje
a Londres en 1963: aquella
designación de agregado cultural
que lo separó de la dirección de
Casa… físicamente. Y lo
enfatiza: “de esa revista no me
he ido nunca, forma parte de mi
vida”.
Por eso lo entrevisté.
Creo que sería difícil entender
la naturaleza de Casa sin
la perspectiva de su fundación
en la “década prodigiosa”, que
para muchos se extendió desde el
triunfo de la Revolución Cubana
hasta el asesinato de Allende,
en 1973. ¿Cómo recuerda aquel
contexto y, dentro de él, la
fundación de la revista
Voy primero, si me lo permites,
a hacerte la historia de cómo
fui a parar a Casa. En el
primer número de la revista
―una
idea que cristalizó mediante la
dirección de Antón Arrufat y
Antonio Masó―
publiqué un poema: “Soledad,
cruel estación”. En 1962, cuando
cerró Lunes, Haydée me
ofreció la Secretaría de la
revista y por eso es que los
números 8 y 9 aparecen dirigidos
por mí.
Aquellos fueron años de
definición continental, guiados
por la luz que emanaba Cuba.
Prodigiosa, en verdad. La
relación entre las vanguardias
artísticas y políticas abría un
camino antes insospechado, con
posibilidades deslumbrantes. Es
así como la revista Casa
y la propia institución, se
dedican a transformar nuestro
panorama cultural, como lo hizo
la Revolución misma.
Imagino que el hecho de que
Casa surgiera y cristalizara
como publicación institucional y
a la vez seguidora de los
lineamientos revolucionarios en
el ámbito de la cultura, la hizo
doblemente compleja…
Extremadamente. Pero Casa de las
Américas, como institución,
había nacido muy sólida, con un
destino propio y una estrategia
bien definida, por lo que
mantenía una visión clara y
capaz de asumir ese reto. Por
eso guiaba la revista con sus
proyecciones, ancladas, como
bien dices, en las estrategias
culturales revolucionarias.
Mientras usted la dirigió, ¿cómo
llegaban las colaboraciones, los
temas? ¿Qué caracterizaba al
equipo de redacción?
Las colaboraciones se
solicitaban a escritores
conocidos, fundamentalmente.
Recuerdo que algunas de las
primeras las solicitó
Carpentier. Eran figuras
prestigiosas, fíjate que muchos
de ellos luego formaron parte
del jurado en los Premios Casa.
El equipo trabajaba con
coherencia y una perspectiva
común. Haydée confiaba en
nosotros y sabía escuchar: fue
una de sus mayores virtudes.
Justo antes de dirigir Casa,
usted estuvo muy vinculado a
Lunes de Revolución.
¿Encontró puntos de contacto
entre ambas publicaciones?
¡Tanto! Lunes y Casa
fueron simultáneas, tenían ese
espíritu de hermandad que nos
acercaba profundamente al
aliento del continente: de Norte
a Sur, de Este a Occidente. Yo
no quiero aventurarme, pero
posiblemente no haya una revista
con números tan definidos y
enmarcados dentro de un hecho
histórico, de una personalidad
literaria o artística como los
de Casa de las Américas.
Y Lunes me ayudó a
comprender eso.
Evidentemente, la revista no
pretendía ser solo literaria,
sino que incursionó además en
temas propios de otras
disciplinas como las ciencias
sociales y políticas. ¿Cuándo
puede hablarse de una línea
editorial definida? ¿Coincide
con quienes piensan que la
vocación literaria se vio
opacada por estos otros temas,
en un inicio?
No formé parte de la fundación
de Casa, pero creo que
todos esos temas formaban parte
del espíritu de la revista, que
era muy amplio. Le correspondían
desde el momento de su creación.
Baste recordar títulos como el
ensayo de Regis Debray
América Latina: algunos
problemas de estrategia
revolucionaria y la reseña
crítica de Retamar sobre Los
condenados de la tierra, de
Franz Fanon. Hace un rato
conversamos sobre ellos, como
títulos clave en la revista,
pero creo que la vocación
literaria estuvo siempre
liderando política editorial de
Casa.
¿Qué credenciales destacaría
para vindicar a Casa como
revista literaria de nivel
continental y universal?
Todo lo que en ella se publicó:
sus autores emanaban cercanía,
abrazaban a sus pueblos.
Recuerdo, por ejemplo, el número
que siguió a la muerte de Don
Ezequiel Martínez Estrada, el
dedicado a Julio Cortázar o
aquel que presentó el llamado
“boom” de la narrativa
latinoamericana. Si uno hace una
revisión tenaz de la revista,
verá que ha estado muy cerca de
nuestro proceso literario, sin
dejar de mezclarse con hechos de
diversa índole: desde Playa
Girón hasta el lamentable caso
Padilla. Todo estuvo unido en
Casa, porque lo estaba
también fuera de ella.
¿Qué definía al movimiento
intelectual vinculado a Casa?
Respeto y amor por la Revolución
Cubana. Intelectuales de
izquierda. Todos los que han
contribuido a esa revista, por
su obra, estuvieron muy ligados
a Cuba. Desde el punto de vista
literario, han sido los mejores.
En Casa han estado
los mejores escritores del
continente y más allá:
españoles, ingleses y hasta
africanos. Solo hay que ver los
jurados de los Premios Casa, y
añadir que en su mayoría han
sido colaboradores de la
revista: los seres más ilustres
y conocidos.
Cuando Roberto Fernández Retamar
comenzó a dirigir Casa en
1965, Ángel Rama opinó que “era
una adquisición de primera
magnitud”. ¿Cuánto cree que le
ha impregnado de su pensamiento
crítico y literario?
Coincido totalmente con Rama.
Afortunadamente Roberto regresó
de París, donde representaba a
Cuba como agregado cultural, y
se dedicó a la revista… se lo
agradezco, gracias a eso pude
dedicarme a escribir una novela
que fue Premio Casa en el año
68. ¡Si me hubiese quedado al
frente de la revista tal vez no
hubiera podido! Repito: coincido
con Ángel Rama. Roberto es
extraordinario: eminente poeta,
ensayista, de cultura nuestra.
Roberto es de los nuestros
Algunos estudiosos, como
Ambrosio Fornet, consideran que
la década del 70 es definitiva
para comprender la esencia de
Casa, desde la perspectiva
del cambio. ¿Cómo los recuerda,
en relación con Casa?
Debo confesarte que esos años
estuve tan distanciado de todo
que casi ni fui a Casa.
Sobreviví precisamente porque
ignoraba todo ese proceso. Sabía
que lo que nos defendería a
todos es el amor que la
Revolución, como cambio, nos
inspira.
En 1963, como te dije, tuve que
irme a Londres. Ya en el 65,
Haydée quería que regresara a la
revista, pero no me fue posible
y Roberto, quien ya había
regresado de París, obtuvo el
puesto. No obstante, me mantuve
siempre muy vinculado a Casa.
Luego vino ese decenio difícil,
que no es nada gris, y eso nos
alejó mucho. A partir del 80
volví a tener contacto físico
con Casa y colaboraba
cuando se hacían números
específicos. Lo hago hasta hoy y
aún formo parte de su consejo de
redacción. Aquellos años 70 no
los cuento.
También Fornet ha definido a
Casa como “un amplio lugar
de reflexión donde confluyen los
rasgos distintivos de la clásica
Utopía latinoamericana”. ¿Es esa
aún la esencia de Casa?
¿Cómo resumir su esencia luego
de 50 años?
Diría que sí. ¿Por qué no? Estoy
de acuerdo con Ambrosio. Creo
que hay un proceso histórico,
artístico y cultural que ha
encontrado en la revista Casa
un hogar. Un día, cuando nos
sentemos a revisar la
contribución al desarrollo
artístico e intelectual de estos
50 años, veremos allí el aporte
de Casa. Esa revista ha
sido un puente hacia la luz. Y
lo será en lo adelante, de eso
estoy seguro. |