Año VII
La Habana

2 al 8
de MAYO
de 2009

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El Árbol de la Casa

Vivian Martínez Tabares • La Habana

 

La sala Che Guevara, ubicada en las alturas del tercer piso, es la sede de los principales acontecimientos que tienen lugar en la Casa de las Américas. Cuando uno accede al amplio espacio, dominado a la derecha por el espléndido mural del chileno Roberto Matta titulado "Para que la libertad no se convierta en estatua", y a la izquierda por obras igualmente significativas —que durante mucho tiempo fueron las de Julio Le Parc y Víctor Vassarely y ahora un gran collage de Raúl Martínez—, un punto de interés atrae las miradas y los pasos hacia el fondo, el Árbol de la Vida, de espectacular tamaño y colorido, que cinco hermanos alfareros mexicanos de Metepec, Alfonso, Pedro, Manuel, Tiburcio y Mónico Soteno, liderados por el primero, fabricaran especialmente para ser plantado en La Habana e iluminar el Caribe desde 1975, en un espacio cimero en la casa de Haydée Santamaría, Manuel Galich, Mariano Rodríguez y Ezequiel Martínez Estrada.
 

Es común que muchos de quienes trabajamos en el edificio principal de la Casa —que ya cuenta con otros cuatro, por obra y gracia del desarrollo y crecimiento de la institución—, invitemos a los nuevos visitantes a emprender escaleras arriba para sorprenderlos con el impacto visual del Árbol y el prodigio de sus 1663 figuras de barro, bajo un simpático sol bigotudo, una luna delgadísima y caprichosa y una sirena coronada que nos mira desde el centro. Singular iconografía que lo distingue del resto de ejemplares de su especie, al haber sido creado para el entorno insular y caribeño de la Casa de las Américas, junto al malecón habanero. Más que la pieza mayor de la colección de ocho mil y tantas que atesora la Casa por donativos de sus autores, este Árbol se ha convertido en una especie de emblema de la institución, a los pies del cual han tenido lugar muchos de los principales eventos de la cultura del continente durante medio siglo.

Pero la imagen del conjunto, imponente y humanísima en su expresión popular, con sus inabarcables piececitas firmemente engarzadas al eje central: estrellas marinas, peces de todas las configuraciones y colores, caballitos de mar, sirenas y caracoles, y su ubicación al final de los recorridos, como resumen y colofón, construyen una suerte de metáfora festiva de cómo la labor de miles y miles de intelectuales y artistas de Latinoamérica y el Caribe, y hasta de un poco más allá de sus confines geográficos, ha logrado dar vida y continuidad a la labor de promoción y valoración de la cultura de Nuestra América y de afirmación, defensa de la identidad de nuestros pueblos desarrollada por la Casa por casi 50 años, y de proyectarla hacia el futuro.

El Árbol ha sido testigo de recitales de Silvio, Pablo, Noel, Víctor Jara, Daniel Viglietti, Chico Buarque, León Gieco, Gilberto Gil, Vicente Feliú, Carlos Varela, Víctor Heredia y muchos otros, mientras compartían enardecidas metáforas y recibían de vuelta, la vibrante energía de identificación y compromiso de un público joven y apretado en un espacio que les resultaba pequeño; también el Árbol ha compartido el espacio de las lecturas de textos de Eduardo Galeano y Mario Benedetti, con los que muchos debatieron sobre el presente o descubrieron el amor. Y ha compartido el reto de conciertos, cuasi bailables, de la música popular cubana, de NG La Banda a Free Hole Negro o Interactivo.

En 50 ediciones del Premio Literario Casa de las Américas más de trescientos nombres han sido pronunciados ante al Árbol, para iniciar o reafirmar una trayectoria artística. El Árbol ha presidido los debates de encuentros de intelectuales, teatristas, seguidores de la obra de César Vallejo, estudiosos del legado del grupo Orígenes, editores de revistas culturales, musicólogos, diseñadores gráficos, científicos sociales, activistas de la educación popular, compositores, entre otros hombres y mujeres del pensamiento y la creación artística.


El Árbol ha sido estímulo para las fabulaciones, encarnadas en el cuerpo de infinitos actores y actrices que en la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral han presentado sus propuestas o han entrenado cuerpo y mente en talleres impartidos por los más notables maestros de la escena. De Yuyachkani, recorriendo la diversidad cultural del Perú con Los músicos ambulantes, a la mapuche llegada de Chile Luisa Calcumil, con Es bueno mirarse en su propia sombra. Del Odin Teatret construyendo una escena teatral a partir del poema “A los instantes”, de José Martí, a La Colmenita integrando niños impedidos a la fiesta de La cucarachita Martina. De Richard Schechner disertando sobre interculturalidad a los excéntricos musicales de Udi Grudi liderando un grupo enfebrecido por fabricar instrumentos con material de desecho.

Y el Árbol ha sido testigo de una coherente y sistemática acción descolonizadora, con cuyo quehacer de cada día hemos aprendido a sentirnos más latinoamericanos y caribeños, miembros plenos de una patria mayor.

Hace casi un año volví a la Casa para ser parte activa de uno de sus eventos, la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral, de la que soy curadora desde el año 2001. Encontré al Árbol revivido en su rotundez, vivos los rojos, los azules y los dorados, gracias a la restauración emprendida por los artistas Hilario y Martín Hernández, del Taller del Sol, y gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Metepec, uno de los más importantes centros alfareros de México.

El Árbol —y uso la mayúscula, pues es el más grande de su tipo en el mundo, lo que pude comprobar hace poco en una visita al Museo de Culturas Populares, en el Centro Cultural Mexiquense, donde tienen el mayor de México, con 5, 20 metros de altura—, se ha convertido en un signo que identifica un espíritu y un estado del alma. Y por esa historia que se sigue escribiendo hoy con los nombres de entonces y con los de ahora mismo, es un privilegio escribir estas notas como una trabajadora más de la Casa de las Américas,1 que no es solo un edificio que mira al mar y en el que cotidianamente labora un centenar de personas, sino que es, sobre todo, una red creciente de vínculos constituidos por un conjunto de rostros, palabras y voces que me recuerdan otra vez la policromía y la multiplicidad del Árbol. El reto mayor es, bajo su sombra, saber hacer que las ramas sigan creciendo firmes y mantener vivo el aliento para continuar apostando al futuro desde el riesgo de todos los días.

1 La autora es crítica e investigadora teatral, editora y profesora. Forma parte del equipo de la Casa de las Américas desde 1992. En la institución ha sido redactora de la revista Casa de las Américas, jefa de redacción de la revista de teatro latinoamericano Conjunto, directora del Centro de Estudios del Caribe, desde el 2000 directora del Departamento  de Teatro y de la revista Conjunto, última  responsabilidad que comparte actualmente con la de consejera cultural de la Embajada de Cuba en México. 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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