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La
sala Che Guevara, ubicada en las
alturas del tercer piso, es la
sede de los principales
acontecimientos que tienen lugar
en la Casa de las Américas.
Cuando uno accede al amplio
espacio, dominado a la derecha
por el espléndido mural del
chileno Roberto Matta titulado
"Para que la libertad no se
convierta en estatua", y a la
izquierda por obras igualmente
significativas —que durante
mucho tiempo fueron las de Julio
Le Parc y Víctor Vassarely y
ahora un gran collage de
Raúl Martínez—, un punto de
interés atrae las miradas y los
pasos hacia el fondo, el Árbol
de la Vida, de espectacular
tamaño y colorido, que cinco
hermanos alfareros mexicanos de
Metepec, Alfonso, Pedro, Manuel,
Tiburcio y Mónico Soteno,
liderados por el primero,
fabricaran especialmente para
ser plantado en La Habana e
iluminar el Caribe desde 1975,
en un espacio cimero en la casa
de Haydée Santamaría, Manuel Galich, Mariano Rodríguez y
Ezequiel Martínez Estrada.
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Es común que muchos de quienes
trabajamos en el edificio
principal de la Casa —que ya
cuenta con otros cuatro, por
obra y gracia del desarrollo y
crecimiento de la institución—,
invitemos a los nuevos
visitantes a emprender escaleras
arriba para sorprenderlos con el
impacto visual del Árbol y el
prodigio de sus 1663 figuras de
barro, bajo un simpático sol
bigotudo, una luna delgadísima y
caprichosa y una sirena coronada
que nos mira desde el centro.
Singular iconografía que lo
distingue del resto de
ejemplares de su especie, al
haber sido creado para el
entorno insular y caribeño de la
Casa de las Américas, junto al
malecón habanero. Más que la
pieza mayor de la colección de
ocho mil
y tantas que atesora la
Casa por donativos de sus
autores, este Árbol se ha
convertido en una especie de
emblema de la institución, a los
pies del cual han tenido lugar
muchos de los principales
eventos de la cultura del
continente durante medio siglo.
Pero la imagen del conjunto,
imponente y humanísima en su
expresión popular, con sus
inabarcables piececitas
firmemente engarzadas al eje
central: estrellas marinas,
peces de todas las
configuraciones y colores,
caballitos de mar, sirenas y
caracoles, y su ubicación al
final de los recorridos, como
resumen y colofón, construyen
una suerte de metáfora festiva
de cómo la labor de miles y
miles de intelectuales y
artistas de Latinoamérica y el
Caribe, y hasta de un poco más
allá de sus confines
geográficos, ha logrado dar vida
y continuidad a la labor de
promoción y valoración de la
cultura de Nuestra América y de
afirmación,
defensa de la
identidad de nuestros pueblos
desarrollada por la Casa por
casi 50 años, y de proyectarla
hacia el futuro.
El Árbol ha sido testigo de
recitales de Silvio, Pablo,
Noel, Víctor Jara, Daniel
Viglietti, Chico Buarque, León
Gieco, Gilberto Gil,
Vicente Feliú, Carlos Varela,
Víctor Heredia
y muchos otros, mientras
compartían enardecidas metáforas
y recibían de vuelta, la
vibrante energía de
identificación y compromiso de
un público joven y apretado en
un espacio que les resultaba
pequeño; también el Árbol ha
compartido el espacio de las
lecturas de textos de Eduardo
Galeano y Mario Benedetti, con
los que muchos debatieron sobre
el presente o descubrieron el
amor. Y ha compartido el reto de
conciertos, cuasi bailables, de
la música popular cubana, de NG
La Banda a Free Hole Negro o
Interactivo.
En
50
ediciones del
Premio Literario Casa de las Américas más de trescientos
nombres han sido pronunciados
ante al Árbol, para iniciar o
reafirmar una trayectoria
artística. El Árbol ha presidido
los debates de encuentros de
intelectuales, teatristas,
seguidores de la obra de César
Vallejo, estudiosos del legado
del grupo Orígenes, editores de
revistas culturales,
musicólogos, diseñadores
gráficos, científicos sociales,
activistas de la educación
popular, compositores, entre
otros hombres y mujeres del
pensamiento y la creación
artística.
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El Árbol ha sido estímulo para
las fabulaciones, encarnadas en
el cuerpo de infinitos actores y
actrices que en la Temporada de
Teatro Latinoamericano y
Caribeño Mayo Teatral han
presentado sus propuestas o han
entrenado cuerpo y mente en
talleres impartidos por los más
notables maestros de la escena.
De Yuyachkani, recorriendo la
diversidad cultural del Perú con
Los músicos ambulantes, a
la mapuche llegada de Chile
Luisa Calcumil, con Es bueno
mirarse en su propia sombra.
Del Odin Teatret construyendo
una escena teatral a partir del
poema “A los instantes”, de José
Martí, a La Colmenita integrando
niños impedidos a la fiesta de
La cucarachita Martina.
De Richard Schechner disertando
sobre interculturalidad a los
excéntricos musicales de Udi
Grudi liderando un grupo
enfebrecido por fabricar
instrumentos con material de
desecho.
Y el Árbol ha sido testigo de
una coherente y sistemática
acción
descolonizadora, con cuyo
quehacer de cada día hemos
aprendido a sentirnos más
latinoamericanos y caribeños,
miembros plenos de una patria
mayor.
Hace casi un año volví a la Casa
para ser parte activa de uno de
sus eventos, la Temporada de
Teatro Latinoamericano y
Caribeño Mayo Teatral, de la que
soy curadora desde el año 2001.
Encontré al Árbol revivido en su
rotundez, vivos los rojos, los
azules y los dorados, gracias a
la restauración emprendida por
los artistas Hilario y Martín
Hernández, del Taller del Sol, y
gracias a la colaboración del
Ayuntamiento de Metepec, uno de
los más importantes centros
alfareros de México.
El Árbol —y uso la mayúscula,
pues es el más grande de su tipo
en el mundo, lo que pude
comprobar hace poco en una
visita al Museo de Culturas
Populares, en el Centro Cultural
Mexiquense, donde tienen el
mayor de México, con 5, 20
metros de altura—, se ha
convertido en un signo que
identifica un espíritu y un
estado del alma. Y por esa
historia que se sigue
escribiendo hoy con los nombres
de entonces y con los de ahora
mismo, es un privilegio escribir
estas notas como una trabajadora
más de la Casa de las Américas,
que no es solo un edificio que
mira al mar y en el que
cotidianamente labora un
centenar de personas, sino que
es, sobre todo, una red
creciente de vínculos
constituidos por un conjunto de
rostros, palabras y voces que me
recuerdan otra vez la policromía
y la multiplicidad del Árbol. El
reto mayor es, bajo su sombra,
saber hacer que las ramas sigan
creciendo firmes y mantener vivo
el aliento para continuar
apostando al futuro desde el
riesgo de todos los días.
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