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Compañero Raúl, queridas
compañeras y queridos
compañeros:
Como ustedes imaginan, estoy muy
emocionado por recibir la más
alta distinción que otorga
nuestro país, para lo que se ha
tenido en cuenta mi modesta pero
tenaz faena intelectual. Querría
evocar algunos momentos de esa
faena, y a algunas personas
desaparecidas hoy, con una
excepción que ustedes me
permitirán y me perdonarán.
Mi primer recuerdo de tarea
intelectual se remite a mi
adolescencia, cuando formé parte
de un grupo excepcional que
decidió el destino de mi vida. Y
como parte de ese grupo existía
un nieto de Amelia Martí, un
sobrino nieto del Apóstol, que
fue el primer poeta de carne y
hueso que conocí, y que era una
figura literaria y moral
extraordinaria. Pero él murió
cuando yo tenía dieciséis años y
él dieciocho, de manera que sus
poemas nunca fueron impresos y
solo quedan en la memoria de
algunos de nosotros.
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Me acuerdo de un breve epigrama
que decía: “Al ver que el mundo
se pierde / una frase se me
antoja: / que la esperanza no es
verde / sino roja”.
Mi próximo momento importante en
la vida fue en relación con la
Universidad de La Habana, a la
que ingresé hace más de seis
décadas como alumno, y hace más
de cinco como profesor, y las
suyas fueron para mí vivencias
esenciales. Podría y debería
mencionar muchos nombres, pero
voy a concretarlo en uno, la
magistra Vicentina Antuña,
la maestra por excelencia que
tuvimos el privilegio de conocer
en la Universidad de La Habana y
después ya en la tarea de la
Revolución Cubana.
Por esa época yo colaboré
intensamente con una inolvidable
revista cubana, la revista
Orígenes, y voy a mencionar
a su principal figura, José
Lezama Lima, a quien le guardaré
eterna gratitud.
Y entonces ocurrió la Revolución
Cubana.
Este honor que hoy recibo, el
mayor de mi vida, solo es
comparable al que se me dio por
permitirme ser útil en la tarea
de obtención de la segunda
independencia de nuestra
América, que Martí había
reclamado en 1889 que comenzaría
a hacerse realidad setenta años
después, en 1959, en nuestra
patria chica, y hoy día es casi,
me atrevo a decir, el aire
cotidiano de nuestra América.
Durante el proceso
revolucionario cubano me
correspondió la alegría de
contribuir a crear la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba,
magistralmente presidida por
Nicolás Guillén, y también el
Centro de Estudios Martianos,
donde tuve relación con amigos
muy entrañables que como están
vivos no los voy a mencionar.
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Dije que iba a hacer una
excepción en relación con estos
amigos muertos que evoco, y que
voy a evocar a una persona viva.
Es Adelaida de Juan, a quien
encontré al principio de mis
estudios universitarios, y con
quien me vinculé para siempre.
Ahora tenemos cincuenta y siete
años de casados.
Y, por supuesto, no es un azar
que este extraordinario honor se
me entregue en la Casa de las
Américas, puesto que mi relación
con la Casa de las Américas es
la más importante relación con
cualquier entidad en nuestro
país.
Yo pronuncié en esta misma sala
la primera conferencia que un
intelectual cubano ofrecía en la
Casa de las Américas. Se
organizó una semana de homenaje
a Venezuela, y yo ofrecí una
conferencia sobre Andrés Bello.
Después colaboré en la revista,
fui jurado de Poesía en varias
ocasiones, pero sobre todo, como
muchos de ustedes conocen, a
partir de 1965 tuve la ocasión,
el privilegio, la alegría, de
ser nombrado por Haydee
Santamaría director de la
revista Casa de las Américas.
Y a Haydee quiero evocar en un
día como hoy. Sin ella, mi vida
no hubiera sido lo que es. Le
debo una cantidad enorme de lo
que soy en todos los órdenes
posibles. De manera que este
honor, esta distinción, esta
orden, quiero dedicársela,
particularmente, a mi entrañable
Haydee Santamaría.
Muchas gracias. |