Año VII
La Habana

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de 2009

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Palabras de agradecimiento tras recibir la Orden José Martí

El más grande honor de mi vida

Roberto Fernández Retamar • La Habana
Fotos: La Jiribilla

 

Compañero Raúl, queridas compañeras y queridos compañeros:

Como ustedes imaginan, estoy muy emocionado por recibir la más alta distinción que otorga nuestro país, para lo que se ha tenido en cuenta mi modesta pero tenaz faena intelectual. Querría evocar algunos momentos de esa faena, y a algunas personas desaparecidas hoy, con una excepción que ustedes me permitirán y me perdonarán.

Mi primer recuerdo de tarea intelectual se remite a mi adolescencia, cuando formé parte de un grupo excepcional que decidió el destino de mi vida. Y como parte de ese grupo existía un nieto de Amelia Martí, un sobrino nieto del Apóstol, que fue el primer poeta de carne y hueso que conocí, y que era una figura literaria y moral extraordinaria. Pero él murió cuando yo tenía dieciséis años y él dieciocho, de manera que sus poemas nunca fueron impresos y solo quedan en la memoria de algunos de nosotros.
 

Me acuerdo de un breve epigrama que decía: “Al ver que el mundo se pierde / una frase se me antoja: / que la esperanza no es verde / sino roja”.

Mi próximo momento importante en la vida fue en relación con la Universidad de La Habana, a la que ingresé hace más de seis décadas como alumno, y hace más de cinco como profesor, y las suyas fueron para mí vivencias esenciales. Podría y debería mencionar muchos nombres, pero voy a concretarlo en uno, la magistra Vicentina Antuña, la maestra por excelencia que tuvimos el privilegio de conocer en la Universidad de La Habana y después ya en la tarea de la Revolución Cubana.

Por esa época yo colaboré intensamente con una inolvidable revista cubana, la revista Orígenes, y voy a mencionar a su principal figura, José Lezama Lima, a quien le guardaré eterna gratitud.

Y entonces ocurrió la Revolución Cubana.

Este honor que hoy recibo, el mayor de mi vida, solo es comparable al que se me dio por permitirme ser útil en la tarea de obtención de la segunda independencia de nuestra América, que Martí había reclamado en 1889 que comenzaría a hacerse realidad setenta años después, en 1959, en nuestra patria chica, y hoy día es casi, me atrevo a decir, el aire cotidiano de nuestra América.

Durante el proceso revolucionario cubano me correspondió la alegría de contribuir a crear la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, magistralmente presidida por Nicolás Guillén, y también el Centro de Estudios Martianos, donde tuve relación con amigos muy entrañables que como están vivos no los voy a mencionar.
 

Dije que iba a hacer una excepción en relación con estos amigos muertos que evoco, y que voy a evocar a una persona viva. Es Adelaida de Juan, a quien encontré al principio de mis estudios universitarios, y con quien me vinculé para siempre. Ahora tenemos cincuenta y siete años de casados.

Y, por supuesto, no es un azar que este extraordinario honor se me entregue en la Casa de las Américas, puesto que mi relación con la Casa de las Américas es la más importante relación con cualquier entidad en nuestro país.

Yo pronuncié en esta misma sala la primera conferencia que un intelectual cubano ofrecía en la Casa de las Américas. Se organizó una semana de homenaje a Venezuela, y yo ofrecí una conferencia sobre Andrés Bello. Después colaboré en la revista, fui jurado de Poesía en varias ocasiones, pero sobre todo, como muchos de ustedes conocen, a partir de 1965 tuve la ocasión, el privilegio, la alegría, de ser nombrado por Haydee Santamaría director de la revista Casa de las Américas.

Y a Haydee quiero evocar en un día como hoy. Sin ella, mi vida no hubiera sido lo que es. Le debo una cantidad enorme de lo que soy en todos los órdenes posibles. De manera que este honor, esta distinción, esta orden, quiero dedicársela, particularmente, a mi entrañable Haydee Santamaría.

Muchas gracias.

 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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