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La Habana

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La Casa de las Américas,
como la plata en las raíces de los Andes

Ernesto Sierra • La Habana

 

El 28 de abril de 1959, apenas pasados cuatro meses del triunfo de la Revolución cubana, se crea la Casa de las Américas, institución que estaría destinada a fomentar la unidad cultural de los pueblos de Latinoamérica, inspirada en los sueños martianos y bolivarianos de unidad continental. El gobierno revolucionario puso esta tarea en las manos de uno de sus mejores soldados: la Heroína del Moncada, la guerrillera de la Sierra Maestra, Haydee Santamaría.

Un buen punto de partida para comprender la dimensión de la labor que se trazaba la naciente institución está en la mirada al ambiente cultural del continente en aquellos años, comparable a un vasto desierto salpicado por oasis de creación distantes miles de kilómetros unos de otros.

El Modernismo había declarado la mayoría de edad definitiva de nuestras literaturas —gesto afianzado por la fuerza de las vanguardias artísticas—, mientras Julián del Casal, Horacio Quiroga y César Vallejo morían desconocidos y acosados por las penurias materiales. En la Argentina el grupo nucleado en torno a la revista Sur emulaba en calidad y capacidad de sobrevivencia con sus semejantes cubanos de Orígenes, publicando exiguas tiradas de autor apoyados por extraordinarios mecenas.

Los nombres de Jorge Luis Borges y José Lezama Lima nada decían. Las literaturas y las artes milenarias de las culturas indoamericanas se cocinaban en su propia salsa cercadas tanto por la extensa cordillera andina, las selvas o el páramo, como por los prejuicios raciales y políticos. El Brasil torrentoso y pletórico de expresiones culturales, era apenas un referente exótico en películas de los cuarenta y los cincuenta, destino compartido con el multilingüe Caribe insular.

Por eso, cuando solo con unos meses de fundada, la Casa convoca su Premio Literario, de alcance continental y en varios géneros, el mundo intelectual latinoamericano y de otras fronteras respondió de manera abrumadora a la cita. Todavía impresiona la fotografía que reúne parte de aquel primer jurado en la cual aparecen Alejo Carpentier, el mexicano Carlos Fuentes, el venezolano Miguel Otero Silva, Benjamín Carrión, de Ecuador, Roger Callois, de Francia y el guatemalteco Miguel Angel Asturias. Jurado del que formaron parte también los cubanos, Nicolás Guillén, Jorge Mañach, Mirta Aguirre, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Virgilio Piñera, Humberto Arenal, entre otros, todos hoy figuras cimeras de nuestra literatura.

No menos notoria resultó la nómina de escritores premiados, tan disímiles y talentosos como los argentinos Ezequiel Martínez Estrada y Andrés Lizárraga, el ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, el guatemalteco José María López Valdizón y el cubano José Soler Puig.

Esta primera convocatoria marcó una línea que desde entonces siempre va más allá, pues con los años el Premio no ha dejado de crecer para incluir en sí la riqueza de nuestras expresiones literarias. Así se han sumado a los géneros iniciales, las literaturas del Caribe en inglés, francés y creole; la literatura brasileña, las indígenas en quechua, aymará, mapuche; también la literatura para niños y jóvenes y el llamado género testimonio, acuñado en el propio bregar intelectual del premio.

Muy pronto la Casa organizó su objetivo en torno a las principales áreas de creación cultural, exceptuando la danza y el cine, tomando en cuenta la existencia del Ballet Nacional de Cuba y la creación del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos). Los departamentos de Artes Plásticas, Música, Teatro, Editorial, el Centro de Investigaciones Literarias y la Biblioteca, especializada en temas latinoamericanos y caribeños, han desarrollado la labor de cohesión y difusión de la obra de los creadores del continente con la convocatoria de premios, coloquios, festivales y exposiciones.

Como institución de vanguardia, la Casa ha acogido no solo una cultura revolucionaria, sino en revolución. En ese sentido ha extendido sus horizontes en la medida en que lo ha hecho la propia cultura. Así en los años ochenta del pasado siglo creó el Centro de Estudios del Caribe y, en los noventa, el Centro de Estudios de la Mujer. 

La mayoría de estas áreas desarrolla una línea de publicaciones de libros y revistas que refuerzan la identidad de la Casa desde el momento en que hacen circular por el mundo hispánico el estado y las dinámicas de los temas que tratan: Boletín Música, Conjunto —única revista latinoamericana dedicada íntegramente al teatro de la región—, Anales del Caribe, La Ventana (portal informativo digital) y la emblemática Casa de las Américas, son parte inseparable de la cultura latinoamericana del último medio siglo.

El Fondo Editorial Casa, con sus múltiples colecciones, difunde lo mejor de la literatura del continente. La colección “Literatura Latinoamericana”, surgida en 1963 con la publicación de Memorias póstumas de Blas Cubas del escritor brasileño Joaquim Maria Machado de Assis, es la insignia de la Editorial. En sus casi cincuenta años de existencia, persiste en la nada fácil faena de establecer una escala de valores estéticos en una literatura cada vez más compleja y prolífica, y ha servido de inspiración a otros proyectos editoriales como la Biblioteca Ayacucho, alentada por el crítico uruguayo Ángel Rama.

La mención a Ángel Rama nos hace pensar en otro rasgo distintivo de la Casa: sus colaboradores, aquellos que hacen posible su existencia. De la Casa de las Américas se puede decir que es un estado de ánimo, una estación del espíritu, y esto se logra por el estilo de trabajo de su gente. La Casa no solo es espacio de promoción, es en igual medida espacio de reunión.

Cuando pensamos en el desierto cultural precedente a su existencia, conmueve ver cómo con el paso del tiempo van apareciendo en las fotos, las actas de jurados, las nóminas de participantes en coloquios, de los premiados, de los índices de sus revistas, Julio Cortázar junto a Lezama Lima, Leopoldo Marechal en actitud dialogante con Nicolás Guillén, el joven Vargas Llosa a la izquierda de Camilo José Cela, Jaime Sabines reunido con Edmundo Aray, Rama, Roque Dalton, Eduardo Galeano, García Márquez, Enmanuel Carballo, Atahualpa del Cioppo, Antonio Cornejo Polar, Efraín Huerta, David Viñas, Thiago de Melo, Ernesto Cardenal, Nélida Piñón, Hildebrando Pérez, Tomás Escajadillo, Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, entre muchos otros intelectuales y artistas que se conocieron en los espacios organizados por la Casa, y han aportado y aportan sus obras y opiniones al trabajo de esta.

Un rasgo singular también lo constituye la presencia de destacados intelectuales que trabajaron en su recinto, como el argentino Ezequiel Martínez Estrada, quien pasó los últimos años de su vida allí, el guatemalteco Manuel Galich, que trabajó hasta su muerte en el Departamento de Teatro y en su inseparable revista Conjunto, o el uruguayo Mario Benedetti, director fundador el Centro de Investigaciones Literarias, donde laboró poco más de una década. 

Esto bastaría para decir que el sueño de la Revolución, de Haydee, se cumplió, pero habría que sumar el ingrediente fundacional de la Casa, su capacidad de estar en el centro gravitacional de los grandes acontecimientos culturales. Fue precisamente Haydee, con su especial sensibilidad, con su visión de futuro, quien acogió en el seno de la Casa, en tiempos difíciles, a los entonces poco conocidos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, fecundando así el embrión de lo que se llamaría poco tiempo después Canción protesta, Nueva canción latinoamericana, o Nueva Trova.

Y desde las páginas de la revista Casa de las Américas, dirigida por el poeta Roberto Fernández Retamar —hoy presidente de la institución—, se moldeó otro hito de los sesenta que sigue marcando pauta, la llamada "nueva narrativa latinoamericana". En la temprana fecha de 1964 la revista dedicó su número 26 a la "nueva novela latinoamericana", con colaboraciones de Carpentier, Cortázar, Onetti, Sábato, Fuentes, Vargas Llosa, Arguedas y Rulfo, reafirmando así la vocación continental de la institución, su visión plural, novedosa y aglutinadora.

Mucho podría decirse de la Casa de las Américas, la Casa de todos. Medio siglo de acoger y difundir lo mejor de la creación artística y literaria de la América latina y el Caribe; de atesorar una valiosa e irrepetible colección de arte, una biblioteca única en su género, un catálogo editorial de más de mil títulos, de publicar sus revistas sin importar los avatares, que no han sido pocos. Hoy, el legado fundamental es su ejemplo de resistencia cultural y su capacidad de renovación, de mantenerse en el centro del manantial creador de nuestra América.

La Casa continúa frente al mar, en su singular edificio de torre-mástil, como un barco que desafía los vientos del norte con su carga milenaria y nueva, con sus melodías de quenas y tañidos de guitarra, con sus bodegas preñadas de sueños, esperanzas y utopías, orgullo de la sangre americana.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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