El
ensayo de Héctor Díaz-Polanco
que les entregamos hoy no es una
obra fácil de introducir en una
presentación. Lo digo a causa de
la densidad de análisis que lo
caracteriza. Su título,
Elogio de la diversidad, se
inspira en la inteligencia de
Erasmo cuando se proyectaba,
hacia los albores del mito
liberal, en el Elogio de la
locura. «Locura ha de ser,
pero no sin método» decía, en
los tiempos en que nacía el
dominio del Occidente. Nuestro
autor precisa más sus contenidos
en el subtítulo a través de tres
conceptos: Globalización,
multiculturalismo y etnofagia.
Tiene esta obra el llamativo
privilegio de llegar al lector
cubano simultáneamente en dos
ediciones. La del Instituto Juan
Marinello, prologada por Julio
César Guanche, y la que
presentamos hoy, de la Casa de
las Américas, que le otorgó el
Premio de Ensayo Ezequiel
Martínez Estrada en 2008. Es
también este su segundo
galardón, ya que en 2005 vio la
luz con el Premio Internacional
de Ensayo de Siglo XXI.
En todo caso se trata de una
casualidad afortunada, y me
atrevo a decir que indicativa
del significado de este ensayo,
el que el Instituto Marinello y
la Casa hayan detenido, el uno y
la otra, la mirada en ella. Y no
me sorprenderá que la volvamos a
ver, en un futuro, recibiendo
nuevos reconocimientos, pues la
considero una de las piezas
definitivas del pensamiento de
comienzos de nuestro siglo. Del
pensamiento latinoamericano e
incluso a escala mundial, del
pensamiento crítico,
revolucionador y creativo que ha
vuelto a dar signos de vitalidad
cuando tanto la izquierda
tradicional, como una gran parte
de la que se calificó de nueva
hace unas décadas, quedaron
estancadas.
Me atrevería a afirmar que con
el Elogio, Díaz-Polanco
abre un nuevo capítulo en su
historia de pensador. Su sólida
formación de antropólogo, que lo
ha llevado a aportes sustantivos
en los estudios sobre las
autonomías desde la perspectiva
del investigador de la realidad
latinoamericana —estudios por
los cuales le conocemos—, se
convierte en cimiento, puntal,
sostén, en este libro, de un
decisivo y actualísimo ensayo
filosófico.
La mirada filosófica tiene que
ser actual y crítica, y si no lo
es, de poco sirve. Algunos han
caracterizado esta obra como «la
expresión de un agudo malestar
con la filosofía», lo cual es
cierto si no se desconoce el
mérito filosófico del monumento
crítico en que se constituye, al
confrontar la diversidad con la
diversidad. Al involucrarse a
fondo con el rescate teórico de
la diversidad legítima, de cara
al constructo liberal de la
diversidad como
multiculturalismo.
Con una lógica irreprochable
Díaz-Polanco comienza por
colocarse en el escenario
situacional, de aproximación al
tema de los conflictos y el
debate cultural sobre la
diversidad, que desemboca
enseguida en el remolino
histórico del pensamiento
liberal. Su reflexión se
concentra entonces en Kant,
quien aportó a la idea del
contrato social la
contextualización que requería
el empeño de integrar un
contractualismo liberal.
Nada nuevo digo si les recuerdo
que es Kant, y no Hegel, quien
aporta el tronco esencial que
consagró aquella que Marx y sus
contemporáneos llamaron
“filosofía clásica alemana”, que
genera y sostiene la
magnificación del Occidente, de
la modernidad, del pensamiento
donde quedará justificada la
lógica de la acumulación.
De la crítica a la reflexión
kantiana pasa a John Rawls. Lo
destaco por sobre otros, como lo
hace el mismo Díaz-Polanco, para
que no nos pase inadvertido.
Porque, como señala en su
prólogo con razón Guanche, «se
cuentan con los dedos de la mano
los libros que, recorriendo la
bibliografía de éste
[Díaz-Polanco] pueden
encontrarse en el país de
autores como John Rawls, Charles
Taylor, Benedict Anderson,
Isaiah Berlin, Alex Callinicos,
Ronald Dworkin, Terry Eagleton,
Jurgen Habermas, Toni Negri,
entre muchos otros, inéditos en
Cuba».
Forzados por las circunstancias
al síndrome de «la tuya», el
lector cubano vive condenado a
conocer a los críticos sólo
cuando son criticados…, e
incluso no siempre que son
criticados.
En Teoría de la Justicia
de Rawls (1971), y algunas de
sus obras posteriores (La
justicia como imparcialidad,
y la más reciente antes de morir
en 2002, La justicia como
equidad) la justificación
liberal de la desconexión de las
decisiones (las decisiones
políticas, las que definen
cursos sociales), con los
resultados, le aporta al
contractualismo y al mito
liberal la fundamentación más
actualizada del individualismo.
No conozco otro autor que, sin
la necesidad de armarse
dogmáticamente de enunciados
precursores, haya tenido la
capacidad mostrada por
Díaz-Polanco de meterse a fondo
en la crítica del
multiculturalismo, edificio
levantado sobre un
individualismo redivivo para la
consagración occidentalizadora
del proceso civilizatorio.
Héctor Díaz-Polanco revela a
través de su crítica la
«incapacidad [de los
contractualistas del
multiculturalismo] para aprender
la diversidad en cuanto tal, sin
concebirla como un derivado o
suplemento secundario en
relación con lo único que, al
parecer, son capaces de
discernir los filósofos y que es
el tema al que subordinan todo:
el individuo y su supuesta
prioridad incuestionable».
El multiculturalismo se nos
muestra como una expresión
sublimada del liberalismo en la
medida en que deja incólume el
primado del individuo sobre lo
colectivo y la postergación de
la igualdad a favor de la
libertad («la unidad básica del
individuo incuestionable» de
Rawls), que Díaz-Polanco
contribuye a despejar para
pensar la pluralidad real del
mundo como tal, en lo que es, de
cara a las deformaciones
sistémicas acumuladas. Y no la
que Occidente santifica a partir
de su abigarrada y mórbida
criatura civilizatoria.
Vuelvo a citar a Guanche cuando
señala que «Díaz-Polanco
defiende la diversidad
criticando la que todo el mundo
defiende: la encauzada por el
universalismo liberal». La que
sostiene como fatum la
encarnación de la globalización.
Permítanme terminar con unas
líneas del Prefacio del autor (a
las cuales, se me antoja ahora,
que pudo reducirse esta
presentación), con las que
regresamos a Erasmo:
«Un tema que recorre toda la
obra es la crítica al
universalismo abstracto, tan
característico de la filosofía
liberal, que ha cobrado nuevas
formas en la fase del
capitalismo globalizante… Dice
Erasmo de Rótterdam,
refiriéndose a su célebre
Elogio de la locura, que
aunque ha “alabado a la locura”,
no lo ha hecho “del todo
locamente”. El elogio a la
diversidad que aquí se hace no
tiene como propósito erigir
alguna civilización o alguna
identidad en el nuevo referente
de la cultura o en el criterio
de lo universal. Más bien se
contenta con señalar la obscena
ausencia del Otro en las
formulaciones universalistas, y
con mostrar la enorme soberbia
(y “lo ridículo”, en el talante
de Erasmo) que acompaña a un
sistema cultural tan particular
como el que llamamos Occidente
cuando se plantea como el alfa y
omega de todo lo humano».
Les recomiendo esta obra de
nuestro querido Héctor
Díaz-Polanco con la seguridad de
que estamos ante un ensayo que
todavía va a dar mucho que decir
y hacer.
La Habana, 25 de abril de 2009
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