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La Habana

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Presentación del número 254 de la revista Casa de las Américas 

De solidaridades, resistencias y dignidades

Esther Pérez • La Habana

 
Quiero ante todo felicitar a Roberto y Aurelio, Sandra, Maruja, Roxana y Ricardo por este número especial que han preparado con tanto cuidado. Casa de las Américas se une con este número a las revistas, cubanas y extranjeras, que han conmemorado de maneras diversas el 50 aniversario de la Revolución cubana. Cada una lo ha hecho desde su perfil y sus énfasis, lo que ha sido posible, sobre todo, porque este acontecimiento multifacético y relativamente prolongado en el tiempo, permite y reclama múltiples abordajes.

No puedo pasar por alto que conmemoramos también el 50 aniversario de la Casa de las Américas, y que esos dos momentos fundacionales están inextricablemente unidos, como señala Roberto en sus palabras de introducción al premio que aparecen en este número. Sin el triunfo de la Revolución no habrían sido posibles la Casa ni su vocación, que, inspirada en el espíritu del latinoamericanismo de la Revolución, ha sido de servicio, al abrirse a la producción y las búsquedas del arte y la cultura latinoamericanos.

Con este número, aunque dedicado a Cuba, se confirma también esa vocación: la Revolución cubana, en las palabras de los autores que componen este dossier (sólo dos de los cuales son cubanos nacidos en la isla), no es meramente el hecho y las transformaciones que se produjeron y se producen en la isla, sino el aliento mayor que va de Ezequiel Martínez Estrada al Che, de los exiliados chilenos de Alamar a los soldados cubanos en Angola y los médicos cubanos en Venezuela y Bolivia.

No me referiré a cada uno de los artículos que componen el dossier sobre los cincuenta años de la Revolución cubana, porque disímiles en el estilo y el contenido, cada uno de ellos merecería un comentario y eso es imposible en los límites que impone un lanzamiento. Es mejor que los lectores los vayan disfrutando a su aire, buscando en ellos amigos y recuerdos, desacuerdos y coincidencias (no como yo, que, como les suele ocurrir a los presentadores, tuve que leerlos muy rápido y por estricto orden alfabético, como aparecen en la revista).

Me limito a comentar algunas constantes que esa lectura de carretilla me permitió apreciar:

Se trata de dieciocho autores (diecisiete de los dieciocho, por cierto, son hombres), la mayoría de los cuales pertenecen a lo que Emir Sader llama en su texto miembros de la generación de la Revolución cubana. Constituyen una muestra sobresaliente de lo que han sabido crear la Casa y la revista desde los tiempos de Haydee: hacerse de amigos que, en las buenas y en las malas, han contribuido, cada quien a su manera, a mantener ese vínculo vital entre G y 3ra y la patria mayor. 

Lo primero que salta a la vista es lo que ya decía al inicio: aunque unos pocos de los trabajos se circunscriben más a los sucesos de la isla, la inmensa mayoría los relaciona de mil maneras con lo que ha sucedido en la América Latina y en el resto del mundo en estos cincuenta años. En un arco que cubre del testimonio al análisis, estos autores-amigos cuentan de la solidaridad, la resistencia, la dignidad cubanas como parte imprescindible de su vida personal y de los sueños, empeños, triunfos y desilusiones de estos cinco decenios.

De Cuba destacan logros que no solemos los cubanos mencionar tanto: la pacificación de la vida (entendida como desmercantilización de los bienes y las relaciones fundamentales), la moral como parte integrante de la política, la originalidad y la flexibilidad como elementos distintivos del proceso y cimiento de su resistencia frente a las adversidades y las agresiones. Y también de su capacidad de influir, no como modelo, sino como inspiración, como señalan Atilio Borón y otros.

Esa sobrevivencia de Cuba, que no es cualquiera, sino una empecinada sobrevivencia revolucionaria y socialista, que no ha vacilado en volver sobre sus pasos y cambiar de táctica cuando ha sido necesario, que ha sabido combinar elementos y fuentes diversos, es vista en muchos de los trabajos como condición para hacer del proceso de la isla lo que muchos ven en él: un puente entre el pasado y el futuro, esto es, entre dos ciclos revolucionarios: el comenzado por las primeras revoluciones del siglo XX, y los procesos populares actuales de la América Latina.

Esa resistencia de Cuba durante los años espesos y sombríos que arrancaron con la caída del llamado socialismo real y siguieron con el triunfalismo del capitalismo, la ampliación mundial y la profundización del neoliberalismo, la desesperanza, ha sido, en su opinión, decisiva para mantener la llama encendida, para no dejar caer el batón, para animar y sostener los avances actuales de una América Latina, cuyo centro de equilibrio se desplaza de la obsecuencia y el avasallamiento que signaron sus relaciones con los centros del capitalismo de la independencia acá, hacia una mayor autonomía y una consideración práctica de la integración que le reclaman la historia y la geopolítica.

Lanzados por el camino de la historia que ha hecho posible esa flexible tozudez, aparecen en estas evocaciones figuras y momentos imprescindibles: la clarividencia de Martí, nacida del análisis y la combinación originales y sin dogmas del pensamiento y la observación aguda de su época; la guerra del 95, formadora de la nación, y la revolución del 30, forjadora del socialismo cubano que heredaría la revolución de los 50; la trascendencia que hay que rescatar con amor, como nos pide John Beverley, de la lucha armada que la Revolución cubana reivindicó en un momento de reequilibrio del mundo; el papel de Fidel en la conservación del rumbo; la clarinada internacionalista del Che, preanuncio de una América Latina sin fronteras ni nacionalidades; la finura en el análisis y la mano siempre tendida de Manuel Piñeiro; Angola y la derrota del apartheid. 

No son complacientes ni autocomplacientes estos amigos. Hablan de lo que no se ha podido hacer en sus países y de sus errores de apreciación. Y también apuntan a los desencuentros entre ellos y nosotros y a lo que ven como problemas pasados y futuros de Cuba. Señalan a la burocracia, a la necesidad de reencantarnos y contribuir a reeencantar a los más jóvenes, a la urgencia de acoger con más fuerzas y entusiasmo la educación popular como método para la educación política, como, por cierto, hacen por estos días los muchachos y muchachas del Marinello en el taller “Hacer nuestra la Revolución”.

Le plantean a la Revolución cubana deudas y nuevos y viejos deberes, porque la entienden viva y capaz de renovarse. Quieren que siga siendo revolucionaria, que siga siendo socialista, en casa y fuera de casa, que siga siendo solidaria. Que no pierda su originalidad, que no se deje ahogar por la burocracia, que rescate nuestra diversidad social como fortaleza y no la vea como amenaza.

Pero esta revista que nos da envidia a las demás porque su número de páginas no se agota en su dossier.

Del insondable cajón donde guarda infinidad de páginas salvadas y por salvar, Roberto ha rescatado esta vez una conferencia hasta ahora inédita de Raúl Castro, pronunciada en 1959 en la Casa de las Américas, que resuena con los trabajos del dossier.

En cuanto al resto del número, vuelvo a las angustias de los presentadores. Como todos saben, un protagonista no puede vivir sin su antagonista. Eso son los revisteros y las imprentas, guerreros que siempre terminan por hacer víctima al presentador, que no tiene más que una copia de una parte de la tripa, porque los ejemplares que ven aquí todavía están calientes de la imprenta.

Por esa causa no he podido leer todavía el trabajo de Adelaida sobre artes plásticas, ni las reseñas de Regalado, Yepe, Ernesto Pérez, Graciela Chailloux, Félix Julio Alfonso, Jacqueline la Guardia y Jorge Bermúdez; ni tampoco las secciones que Roberto siempre aseguraba que eran por donde todo lector de Casa abría la revista: las que se hacen en casa, al pie de la letra y recientes y próximas (sigo extrañando el viejo nombre de últimas).

Por esa razón, espero con la misma ansiedad que ustedes la venta de la revista que les insto a leer y releer.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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