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El título puede parecer disparatado
gramaticalmente pero arranco por
explicarlo. En la espléndida habla
popular cubana, se puso de moda hará
unos tres años una variante muy teatral.
Para decir que uno carece totalmente de
algo, se solía decir en las calles
habaneras: “no tengo ni 'este'
peso”, o ―en pleno Festival de Cine― “no
he podido ver ni 'esta' película”.
La frase se completa con un gesto
gracioso de la mano en la que el índice
es oprimido por el pulgar para que quede
clarito a los ojos de que no disponemos
ni siquiera de una unidad monetaria,
cinematográfica o de cualquier otra
índole.
Pues bien, Susan Boyle se ha hecho
famosa de pronto y será rica en un dos
por tres. Se trata de una mujer inglesa
de 47 años que pasó de la rutina y el
anonimato a la celebridad escandalosa,
mediante un concurso de canciones. Si
canta tan bien como algunos dicen o si
el concurso es tan natural y fortuito
como se anuncia, no son cosas que
importen mucho ahora. Lo que me eriza
los pelos y me encoge un poquito el
corazón es que la mujer haya llegado a
esta edad (solo dos años inferior a la
mía, por cierto) sin que nadie la haya
besado. ¡Es triste conformarse con esa
virginidad sin convicción! ¿Por qué el
ser fea (que lo es con ganas) le cierra
las puertas al amor?
Detrás de este caso late esa tontería ―guanajería,
diríamos en mi Tamarindo― del culto a la
belleza, la delgadez, los parámetros
clásicos. Y hay mucho también de
complejo, subestimación y otras
manquedades del espíritu. Feas con
novio(s) conozco a montones. “Nunca
falta un roto pa’ un descosío”, solía
escuchar en mi infancia. Y la fea se
busca su feíto; o ―como también ocurre
mucho― aparece en el fragor del trato
social alguien que pertenece al mundo de
los “no feos” que la prefiere a las
demás.
Recuerdo que en mi primera juventud tuve
una novia que los amigos la llamaban
cariñosamente “la fea”. Y lo era también
sin desperdicio. Para colmo vivía en una
residencia estudiantil, repleta de
bellezas de todos los colores ―nunca
mejor dicho si se trata de Cuba― tamaños
y encantos. Confieso, 30 años después,
que a veces me desconsolaba un poco
―mientras esperaba que llegara mi novia―
el triste récord de que la mía
clasificara entre las más feas de
aquellos 12 pisos de efervescente
juventud.
Al salir con la muchacha y pasearnos
por el malecón habanero ―territorio
destinado también a embellecernos un
poco― era tan agradable y dulce que
olvidaba su persistente fealdad, y de
regreso al compartido dormitorio la
despedía con una sensación cercana al
orgullo.
Si Susan Boyle no hubiese dado este
golpe de suerte, más o menos manipulado,
no le hubiese servido su hermosa voz, ni
su afán laborioso, ni el alboroto de sus
ilusiones para lograr al menos “'este'
beso”. No es justo. |