Año VII
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Josephine Baker en La Habana
Josefina Ortega • La Habana
 

Entre los recuerdos que guardan de la Baker los cubanos, figura esta simpática anécdota de cuando la artista se presentó en el teatro América, durante su primera visita a La Habana, en diciembre de 1950, y uno de sus admiradores desde una butaca le gritó:

¿Y los platanitos?

A lo que ella le respondió sonriente:

¡Me los comí en la guerra!

En todo caso no había porque extrañarse de tal suceso si desde los primeros encuentros con los periodistas en Cuba la aún hermosa vedette recordaba con agrado algunos pasajes de su vida:

“Hubo un momento, el más escandaloso de mi carrera, que no necesitaba más que un cinturón de plátanos. De plátanos de Cuba, ¿sabe usted? Me los mandaban de La Habana. Pero a medida que mi profesión se afianzaba en obras diferentes, mi trabajo iba adquiriendo más vestuario y mejor. Plumas, collares, brazaletes, semicubrían mi cuerpo. Después, como cantante necesité vestidos. Y los modistos empezaron a crear modelos para Josephine Baker.”

Ya para entonces La Platanitos había sido aplaudida hasta el paroxismo en más de 20 países y la prensa la califica como La Vedette Mundial.

Atrás han quedado los días en que aquella casi desconocida bailarina nacida en 1906, en un hogar muy pobre de Saint Louis, EE.UU., y radicada posteriormente en Francia, se convierte en artista exclusiva del famoso Folies Bergeres.

Ahora es una diva idolatrada por gran parte del mundo. La Habana le abre sus puertas.

La diosa de ébano

Con su espectacular danza de los platanitos —los llevaba ceñidos en las caderas a modo de cinturón— Josephine Baker arrebata en las noches parisinas. Pronto reviviría toda una época que parecía extinguirse, la de las lentejuelas, las plumas de avestruz, las joyas exóticas y los vestidos lujosos.

París se muestra extasiado con la “Diosa de ébano”, el sentimiento es recíproco. De ello es testigo Alejo Carpentier, uno de sus más fervientes admiradores, cuando la entrevista para la revista Carteles, donde ella expresa su hechizo ante la forma de proceder de los parisinos. “¡Tanta alegría por las calles, tanta gente besándose! Aquello resultaba extraordinario para mí, porque en América cuando las personas se besan en las calles, las meten en la cárcel.”

En la primavera de 1928, “una recién sofisticada” Josephine, iniciaría una gira por toda Europa y algunos países de América: Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Por cierto, en Buenos Aires le obsequian tres pequeños cocodrilos, lo que la diva agradece interpretando tres tangos. Pero todavía aquella primera Josephine tiene que mostrar la gran artista en que se ha convertido ella a la vuelta de unos años.

Y esto sucede cuando en diciembre de 1934 protagoniza el reestreno de la ópera cómica de Offenbach, "La Criolla", donde “consigue —como dice Juliet Barclay— despojarse de su anterior identidad de salvaje erótica ataviada de platanitos”.

Al decir de un reconocido compositor, su debut en la opereta “es deslumbrante… cada una de sus apariciones es un milagro de fina gracia y tacto… simplemente no existe nadie en estos momentos que posea tal brillantez, espontaneidad y encanto único”.

“¿Se cambia?”

El éxtasis que provoca su arte en Francia en nada se parece a la recepción dispensada por sus compatriotas en EE.UU.., donde fue denigrada por buena parte de la crítica y la administración de un hotel se niega incluso a alojarla por el color negro de su piel.

De regreso a París, su público le reitera su fascinación a la gran vedette que es aclamada a su paso por los más afamados teatros del mundo con la reiterada pregunta “¿Se cambia?” y al contestarle el público afirmativamente, ella saca un vestido más opulento que el anterior.

Pero detrás de sus trajes de pedrerías, sus joyas, sus plumas y sus pelucas hay un extraordinario ser humano. Cuando Hitler invade el territorio francés, Josephine combate por la liberación de ese país que ha adoptado como su segunda patria. Arriesga la vida como agente secreto.

Su retorno a los escenarios al finalizar la contienda la convierte en reina indiscutible del music-hall.

Rita la imita en el Martí

De 1950 a 1966 Josephine Baker estuvo cinco veces en Cuba.

En su primera visita en diciembre de 1950 actúa en el América con muchísimo éxito. La acompañan en el programa la orquesta Havana Cuban Boys, el chanssonier Roland Gerbau, y los bailarines Ana Gloria y Rolando.

Los espectadores la reciben de pie.

Tanto es su triunfo que la gran Rita Montaner imita a la incomparable vedette norteamericano-francesa desde el escenario  del teatro Martí, lo cual constituye todo un suceso artístico que mucho da que hablar en su época.

Dos años más  tarde Josephine regresará a La Habana, donde vuelve a sufrir la humillación de ser rechazada en un hotel por el color de su piel. Sucede que la administración del lujoso hotel Nacional se niega a acogerla con el burdo pretexto de que no disponían de una sola habitación.

El escándalo no se hace esperar. En pocas horas la artista congrega a un grupo de cubanos, “gente de color como yo”, y encuentra a un abogado y a un testigo para dar fe de lo ocurrido.

No obstante, en 1953 la Baker padecerá otra agresión similar en la Isla cuando Goar Mestre le cancela el contrato de la CMQ, alegando que había llegado tarde para cumplir con sus obligaciones.

Lo cierto es que se trataba de un problema político, la Embajada de los EE.UU. había declarado persona non grata a la vedette.

Paradójicamente, a este sentimiento discriminatorio oficial, el público cubano siempre la acoge con admiración y cariño.

“Vengo a Cuba porque quiero a este país”

Retirada de la escena, la artista, con lágrimas en los ojos, emprende una de sus últimas batallas en Les Milandes, el viejo Castillo, donde educa a sus 13 hijos adoptivos y del que el propietario intenta echarla por retraso en el pago del alquiler.

“Vuelvo al teatro por mis hijos. Muchos dicen que es una locura mía, siendo vieja y rica este retorno. Soy vieja y el retorno es casi una imprudencia. ¡Pero es que no soy rica! Soy pobre y tengo que mantener a mis hijos.”

En enero de 1968 llega a La Habana para participar en la Conferencia Tricontinental. “Vengo a Cuba porque quiero a este país y ya no hay nada que me humille como ser humano. Estoy fascinada y no puedo sino mirar ese azul que tengo delante, esta Habana tan distinta que me recibe. Vengo a actuar para todos ustedes, a entregarles todo lo que tengo.”

En medio de la animación y el contento general, se presenta a teatro lleno con Bola de Nieve en el García Lorca, y declara  tener tres veces 20 años para justificar los generosos escotes de algunos de sus vestidos. Viaja a Camagüey, donde tres mil personas la aplauden a rabiar, visita la Sierra Maestra, escala montañas y disfruta del olor de los viejos cafetales franceses de la Gran Piedra, pero sobre todo, entra en contacto con los cubanos que no solo admiran su arte, sino también su permanente rechazo a la injusticia.

Visiblemente conmovida retornará ese verano a la Isla por última vez. La acompañan sus hijos adoptivos para disfrutar de una estancia de pocos días en una casa situada en una playa cercana a la capital.

Decidida, alegre, sonriente

Cuando en abril de 1975, a la edad de 68 años, la Platanitos actúa en París en la revista del teatro Bobino de Montparnasse por sus cinco décadas de vida artística se le ve decidida, alegre, sonriente.

Ensaya durante seis largas semanas en un espectáculo musical en el cual 40 artistas narran la historia de su vida en ese aniversario dorado que una Francia agradecida conmemora junto a ella.

Finalmente, se le ve feliz pero su corazón no puede soportar tantas emociones, y muere de una conmoción cerebral luego de asistir a un banquete en su honor.

Más de 20 mil personas se congregan en las calles para ver pasar su ataúd hasta la Iglesia Madeleine. Fue enterrada en el cementerio de Mónaco con honores militares.

En Cuba se le recuerda como uno de sus visitantes más queridos.

“Estoy fascinada y no puedo sino mirar ese azul que tengo delante, esta Habana tan distinta que me recibe.”                               

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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