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Entre los recuerdos que guardan de la
Baker los cubanos, figura esta simpática
anécdota de cuando la artista se
presentó en el teatro América, durante
su primera visita a La Habana, en
diciembre de 1950, y uno de sus
admiradores desde una butaca le gritó:
—¿Y
los platanitos?
A lo que ella le respondió sonriente:
—¡Me
los comí en la guerra!
En todo caso no había porque extrañarse
de tal suceso si desde los primeros
encuentros con los periodistas en Cuba
la aún hermosa vedette recordaba con
agrado algunos pasajes de su vida:
“Hubo un momento, el más escandaloso de
mi carrera, que no necesitaba más que un
cinturón de plátanos. De plátanos de
Cuba, ¿sabe usted? Me los mandaban de La
Habana. Pero a medida que mi profesión
se afianzaba en obras diferentes, mi
trabajo iba adquiriendo más vestuario y
mejor. Plumas, collares, brazaletes,
semicubrían mi cuerpo. Después, como
cantante necesité vestidos. Y los
modistos empezaron a crear modelos para
Josephine Baker.”
Ya para entonces La Platanitos había
sido aplaudida hasta el paroxismo en más
de 20 países y la prensa la califica
como La Vedette Mundial.
Atrás han quedado los días en que
aquella casi desconocida bailarina
nacida en 1906, en un hogar muy pobre de
Saint Louis, EE.UU., y radicada
posteriormente en Francia, se convierte
en artista exclusiva del famoso Folies Bergeres.
Ahora es una diva idolatrada por gran
parte del mundo. La Habana le abre sus
puertas.
La diosa de ébano
Con su espectacular danza de los
platanitos —los llevaba ceñidos en las
caderas a modo de cinturón— Josephine
Baker arrebata en las noches parisinas.
Pronto reviviría toda una época que
parecía extinguirse, la de las
lentejuelas, las plumas de avestruz, las
joyas exóticas y los vestidos lujosos.
París se muestra extasiado con la “Diosa
de ébano”, el sentimiento es recíproco.
De ello es testigo Alejo Carpentier, uno
de sus más fervientes admiradores,
cuando la entrevista para la revista
Carteles, donde ella expresa su
hechizo ante la forma de proceder de
los parisinos. “¡Tanta alegría por las
calles, tanta gente besándose! Aquello
resultaba extraordinario para mí, porque
en América cuando las personas se besan
en las calles, las meten en la cárcel.”
En la primavera de 1928, “una recién
sofisticada” Josephine, iniciaría una
gira por toda Europa y algunos países de
América: Argentina, Brasil, Chile y
Uruguay. Por cierto, en Buenos Aires le
obsequian tres pequeños cocodrilos, lo
que la diva agradece interpretando tres
tangos. Pero todavía aquella primera Josephine tiene que mostrar la gran
artista en que se ha convertido ella a
la vuelta de unos años.
Y esto sucede cuando en diciembre de
1934 protagoniza el reestreno de la
ópera cómica de Offenbach, "La Criolla",
donde “consigue —como dice Juliet
Barclay— despojarse de su anterior
identidad de salvaje erótica ataviada de
platanitos”.
Al decir de un reconocido compositor, su
debut en la opereta “es deslumbrante…
cada una de sus apariciones es un
milagro de fina gracia y tacto…
simplemente no existe nadie en estos
momentos que posea tal brillantez,
espontaneidad y encanto único”.
“¿Se cambia?”
El éxtasis que provoca su arte en
Francia en nada se parece a la recepción
dispensada por sus compatriotas en
EE.UU.., donde fue denigrada por
buena parte de la crítica y la
administración de un hotel se niega
incluso a alojarla por el color negro de
su piel.
De regreso a París, su público le
reitera su fascinación a la gran vedette
que es aclamada a su paso por los más
afamados teatros del mundo con la
reiterada pregunta “¿Se cambia?” y al
contestarle el público afirmativamente,
ella saca un vestido más opulento que el
anterior.
Pero detrás de sus trajes de pedrerías,
sus joyas, sus plumas y sus pelucas hay
un extraordinario ser humano. Cuando
Hitler invade el territorio francés,
Josephine combate por la liberación de
ese país que ha adoptado como su segunda
patria. Arriesga la vida como agente
secreto.
Su retorno a los escenarios al finalizar
la contienda la convierte en reina
indiscutible del music-hall.
Rita la imita en el Martí
De 1950 a 1966 Josephine Baker estuvo
cinco veces en Cuba.
En su primera visita en diciembre de
1950 actúa en el América con muchísimo
éxito. La acompañan en el programa la
orquesta Havana Cuban Boys, el
chanssonier Roland Gerbau, y los
bailarines Ana Gloria y Rolando.
Los espectadores la reciben de pie.
Tanto es su triunfo que la gran Rita
Montaner imita a la incomparable vedette
norteamericano-francesa desde el
escenario del teatro Martí, lo cual
constituye todo un suceso artístico que
mucho da que hablar en su época.
Dos años más tarde Josephine regresará
a La Habana, donde vuelve a sufrir la
humillación de ser rechazada en un hotel
por el color de su piel. Sucede que la
administración del lujoso hotel Nacional
se niega a acogerla con el burdo
pretexto de que no disponían de una sola
habitación.
El escándalo no se hace esperar. En
pocas horas la artista congrega a un
grupo de cubanos, “gente de color como
yo”, y encuentra a un abogado y a un
testigo para dar fe de lo ocurrido.
No obstante, en 1953 la Baker padecerá
otra agresión similar en la Isla cuando
Goar Mestre le cancela el contrato de la
CMQ, alegando que había llegado tarde
para cumplir con sus obligaciones.
Lo cierto es que se trataba de un
problema político, la Embajada de los
EE.UU. había declarado persona
non grata a la vedette.
Paradójicamente, a este sentimiento
discriminatorio oficial, el público
cubano siempre la acoge con admiración y
cariño.
“Vengo a Cuba porque quiero a este país”
Retirada de la escena, la artista, con
lágrimas en los ojos, emprende una de
sus últimas batallas en Les Milandes, el
viejo Castillo, donde educa a sus 13
hijos adoptivos y del que el propietario
intenta echarla por retraso en el pago
del alquiler.
“Vuelvo al teatro por mis hijos. Muchos
dicen que es una locura mía, siendo
vieja y rica este retorno. Soy vieja y
el retorno es casi una imprudencia.
¡Pero es que no soy rica! Soy pobre y
tengo que mantener a mis hijos.”
En enero de 1968 llega a La Habana para
participar en la Conferencia
Tricontinental. “Vengo a Cuba porque
quiero a este país y ya no hay nada que
me humille como ser humano. Estoy
fascinada y no puedo sino mirar ese azul
que tengo delante, esta Habana tan
distinta que me recibe. Vengo a actuar
para todos ustedes, a entregarles todo
lo que tengo.”
En medio de la animación y el contento
general, se presenta a teatro lleno con
Bola de Nieve en el García Lorca, y
declara tener tres veces 20 años
para justificar los generosos escotes de
algunos de sus vestidos. Viaja a
Camagüey, donde tres mil personas la
aplauden a rabiar, visita la Sierra
Maestra, escala montañas y disfruta del
olor de los viejos cafetales franceses
de la Gran Piedra, pero sobre todo,
entra en contacto con los cubanos que no
solo admiran su arte, sino también su
permanente rechazo a la injusticia.
Visiblemente conmovida retornará ese
verano a la Isla por última vez. La
acompañan sus hijos adoptivos para
disfrutar de una estancia de pocos días
en una casa situada en una playa cercana
a la capital.
Decidida, alegre, sonriente
Cuando en abril de 1975, a la edad de 68
años, la Platanitos actúa en París en la
revista del teatro Bobino de
Montparnasse por sus cinco décadas de
vida artística se le ve decidida,
alegre, sonriente.
Ensaya durante seis largas semanas en un
espectáculo musical en el cual 40
artistas narran la historia de su vida
en ese aniversario dorado que una
Francia agradecida conmemora junto a
ella.
Finalmente, se le ve feliz pero su
corazón no puede soportar tantas
emociones, y muere de una conmoción
cerebral luego de asistir a un banquete
en su honor.
Más de 20 mil personas se congregan en
las calles para ver pasar su ataúd hasta
la Iglesia Madeleine. Fue enterrada en
el cementerio de Mónaco con honores
militares.
En Cuba se le recuerda como uno de sus
visitantes más queridos.
“Estoy fascinada y no puedo sino mirar
ese azul que tengo delante, esta Habana
tan distinta que me recibe.” |