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No es nada, no temas, es solamente América
Cuando supe
(porque yo soy así, aquel que se levanta
a golpes, se desentierra, se pone el
cuerpo
que dejó en la silla, la esperanza que
ya no
le servía sino como una mala dentadura,
y sale, más bien se saca, para ver cómo
han ido
los días de allá afuera, cómo sigue la
insolente
estatua de los dictadores, casco arriba
y casco
abajo, animal de baraja, poniéndose mala
madre por su cuenta, mala hostia en el
verano
enamorado, mala piedra en su rocío, su
memoria,
solo para que tropiece el desterrado,
caiga
apenas, a duras penas, crea que se
equivoca,
que no tiene razón en su raíz)
me desperté
asustado. En dónde estoy, grité, después
de tanto esfuerzo, hasta cuándo
es antes todavía, cómo me llamo
entonces, para qué me llamo.
(Porque todo
olía a siempre, a sufrimiento viejo,
muerte
de ayer que no valió de nada, absurdo
en que han quedado restos de la
telarañada
cena, y todavía, todavía hay que poner
la mesa, camareros, perezosos profetas
consuetudinarios, ponerle voluntad al
pan,
servir el desayuno de los pobres, sin
tanto
regresar a hoy, error de fecha, digo,
y tantos siglos sin lavar la
servilleta.)
Y no pude seguir desaprendiendo a pura
historia, y no pude apretarle el
cinturón
al corazón para que aguante. Mejor nos
fuimos,
prójimo y yo, a rehacer lo roto, los
vestidos,
a preparar las vísperas.
Aún no he vuelto
y no sé cuándo volveré a morir: no tengo
tiempo.
Yo me fui con tu nombre por la tierra
Nadie sabe en dónde queda mi país, lo
buscan
entristeciéndose de miopía: no puede
ser,
tan pequeño ¿y es tanta su desgarradura,
tanto su terremoto, tanta su tortura
militar, más trópico que el trópico?
Tampoco
lo sé yo, yo que lo amo a pesar de mis
jueces
(la Corte se reúne en el café las tardes
y ni un testigo sino mi taza que pagaron
una vez). Y condenado a muerte en su
dulce
calabozo, abro los ojos de vez en
cuando,
lo veo igual y le pregunto: ¿Qué siglo
será hoy, dónde se esconde el corazón
para hacerme doler?
Si de la tierra
no te quedara amar sino el paisaje, si
solamente
te faltara la espada agresiva de su luz.
Pero no es ese el caso. Sucede que no
estoy
orgulloso de mi aldea, ni de su río, el
único
que sigue siendo el mismo bañándote cien
veces,
ni de la cometa que enarbolaba el polvo
en el mercado. No me dejan estarlo, no
me han dejado
nunca unos señores compatriotas,
cincuenta
años en la misma esquina calculando
los mismos asuntos importantes ―el
mundo
solo va de tu bolsillo a su bragueta―
y ven
pasar el tren y no lo toman, ven
acercarse
el día pero se acuestan, ven la vida
pasar
pero regresan y animal,
voluntariosísimamente,
se amarran por el cuello al palo de la
iglesia.
Debo estar orgulloso ¿de qué, si la
ternura
solteronas de ambos sexos me robaron en
la infancia,
aprovechando que no estuve? ¿Y lo demás,
cuando
indagan si es aún una colonia pobrecita,
con la cabeza a un lado, mientras le
abren
la blusa democráticamente? ¿Qué puedo
contestar si ven la fecha de hoy y notan
que vive el encomendero todavía en su
fósil,
si me miran llevando a un indio de la
mano,
aterido de patrón y tiempo, intacto en
la obediente
piedra, estatua para adentro, con que lo
llenaron?
Ah si fuera dable por un día
limpiar el amor de todo cuanto es
cierto,
como cuando nos toca los párpados el
delirio.
Porque a veces no es posible tolerar a
la madre
con sus cosas.
Quisiera entonces que no encuentren
la lupa, que no miren de cerca lo
difícil, eso
no nuestro, tan desprecio, tan asco.
Pero insisten
y, como soy patriota, digo: "Sucede que
los Incas".
En dónde queda, di, di qué le hicieron.
Condecoración y ascenso
Homenaje a Newton Moreno
¿Has preguntado, di, te has preguntado,
cuando el fácil cuchillo metió su lámina
abusiva en el costado, hurgándole su
hueso
de agonía, dónde está el centinela,
dónde
la guardia?
No preguntaste nunca, nunca
supiste dónde estaba cuando la pisada
de torpes poderosas suelas vino a
espantar
la iguana de las islas mayores, vino
a orinar en nuestros pedestales, vino
a pegar su chicle en nuestro idioma.
Estaba ¡firmes! donde toda la vida
ha estado, disparándonos, templando
la red del tiro contra el pez del
hombre,
puntería sin fecha fija contra el
desocupado, Alto
Mando contra los panaderos para hacerlos
leña a la salida de la harina,
matándonos de octubre
a julio y de mayo a enero cuando
aprendíamos
a combatir con piedrecillas, ramas
de álamo, poemas: chatarra contra los
cuadernos
de filosofía, chatarra contra el alba
de otro día.
Ahora está también
donde toda la vida, agonizando indios
en la cárcel y en el surco, abriéndoles
la voz
a puñetazos. Si no han hablado en
cuatrocientos
años de golpes prehistóricos,
terrestres, si no
han dicho nada ni de sus otras muertes.
Desde lo inmemorial de esta fotografía
están dándole coces entre todos, dándole
Dios, Patria y Libertad para que
aprendan.
¿Nuevos amos con estrellas en el páramo
del hombro? No, nuevos mayordomos,
Generales,
nuevos aciales para la antigüedad del
odio, como
si se tratara de un remordimiento en su
espejo
tenebroso, vengándose del padre o más
bien
del ovario, por suprimir su piel color
de América, su pelo pensativo, su
cornada,
para que nadie grite ¡Traidor! con todo
el cuerpo.
No lo creíais, madres, entre tanta
leche y cacerolas, pero las camisas del
hijo
ensangrentadas, sus tambores, pero los
dientes
que os devuelven de la celda, pero el
cadáver.
Me han matado así entre otros al amigo
con quien cuando muchachos disputábamos
el único Lautréamont que llegó al
pueblo.
Era tan miope que debió acercarse mucho
para verme y cuando me di cuenta había
entrado
en mi alma. Así entró en la ley, lleno
de lentes,
buscándole un rincón, un banco donde
pueda
sentarse a no morir el campesino y su
gallina.
Lo han matado por eso, me lo han muerto
a golpes, a frío y golpes de oficial,
dejándole
migas de sol cada tres días, pateándole
por dentro
a Maldoror antiburgués y justo,
golpeándolo
como una puerta contra las paredes de
cuarteles,
hospitales, tumbas.
Su borbotón de bueno, el triste
pie, sus anteojos que no fueron a su
entierro.
Están matando, todavía, donde toda la
vida
pagamos por su oficio eficaz,
profesional.
Pero, carajo, también se resucita por
capricho.
Poética a dos voces
Aves corola que deshoja sin preguntar el
viento
"-... vinieron en la noche, derribaron
la puerta..."
por sus propios colores perseguidas
"-... hirieron al hermano y quemaron los
libros..."
con las alas mojadas en estanques de
altura
"-... bajaron a registrar hasta abajo
del suelo..."
flechas del paraíso clavadas a su
aliento
"-... rompieron los retratos,
desgarraron mis ropas..."
las lineales celosas ahogadas del aire
"-... entre caballos se llevaron al
marido..."
otoños en exilio forasteras del tiempo
"-... le colgaron de los dedos
quebrándole las manos..."
guareciendo su pluma en bodas de
algodones
"-... le han dejado con los pies en agua
helada..."
amor que se adormece en la ola del vuelo
"-... ha muerto y lo enterraron no sé en
dónde..."
con burbujas de nube entre los remos
"-... hoy se llevaron ya hasta a los
niños."
Yo quería añadir: Su orden de
aluminio...
Pero no puedo, pero no me dejan
y no quiero y me callo.
Tal vez matarlos es ahora el poema más
puro.
Despedida y no
Como un muerto, amor, yo me incorporo,
echo puñados de olvido y grava, tablas
que mordí, piedras, lo que queda de mí
y de las flores que un día me pusieron,
y todo lo que echaron sobre ti para
enterrarme:
las embriagueces de la equivocación,
toda
la complicidad por amor, todo el amor
que confundí con el silencio, los clavos
que no me dejaban ir hasta tu frente.
Le devuelvo a tu ayer la herencia
injusta
que me dejó en los ojos, mi
desesperación
hecha de tierra, el llanto que sacaba
su alcohol a las primeras cuerdas del
pasillo,
mi angustia que presentía tu preñez, mis
raíces
atadas a tu verdad enorme, tu alarido
en la espalda. Ahí quedan mi camastro
con sus sábanas de soledad y de
melancolía,
mi empleo, mi patrón, mi desempleo,
mis deudas de aguardiente y aspirina,
mis zapatos
llenos de no hay vacantes y costuras,
los almuerzos en que me ponían un libro
abierto sobre el plato, mi espera de la
gran
ocasión, de la gran cosa, del gran día.
Aquí comienzo, salgo del rencor como de
madre,
me pongo todos los huesos. Yo me voy
de este hotel de pesadumbre a hoy día,
yo me voy a aprender la esperanza como
una
lengua antigua que olvidé entre los
escombros
de tanto ser caído en el fracaso, pero
tengo
con quién hablar, con los que han muerto
por carta y no lo creo y llegan a
enseñarme
su boleto, tu recibo hecho pedazos
por la crueldad del día y las ráfagas
del año. Henos aquí, botín de tus
edades,
hasta la altura a que has crecido, hasta
la línea del posterior rescate,
prisionera
de ti. Almas amontonadas junto al muro,
caras contra la pared para verte por
dentro
ese rostro de hermosa que estaba en las
medallas,
y agarradas las manos a lápices,
fusiles,
herramientas, cucharas: la batalla
es contigo y el regreso es contigo,
porque has de ser feliz aunque no
quieras.
Jorge Enrique Adoum: Poeta, ensayista y narrador. Fue el
primer poeta en recibir el Premio Casa de las Américas
de Poesía en el año 1960. Nació en Ambato, Ecuador, en
1926. Fue director de Ediciones de la Casa de la Cultura
Ecuatoriana y después funcionario de la Organización de
las Naciones Unidas (ONU) y de la UNESCO. Obra:
Ecuador amargo (Quito, 1949); Notas del hijo
pródigo (Quito, 1951); Los cuadernos de la
tierra: I. Los orígenes. II. El enemigo y la
mañana ―Premio
Nacional de Poesía― (Quito,
1952); III. Dios trajo la sombra ―Premio
Casa de las Américas― (La Habana,
1960). IV. El dorado y Las ocupaciones nocturnas
(Quito, 1961); Relato del extranjero (Quito,
1953); Notas del hijo pródigo (Quito, 1959);
Yo me fui con tu nombre por la tierra (Quito, 1964);
Informe personal sobre la situación (Madrid,
1973); No son todos los que están ―antología
personal― (Barcelona, 1979);
El tiempo y las palabras ―antología
personal― (Quito, 1992); El
amor desenterrado y otros poemas (Quito, 1993);
Antología (Madrid, 1998); ...Ni están todos los
que son ―antología personal―
(Quito, 1999). Teatro: El sol bajo las patas de los
caballos (Quito, 1972) y La subida a los
infiernos (Quito, 1981). Novela: Entre Marx y una
mujer desnuda ―Premio Xavier
Villaurrutia― (México, 1976);
Ciudad sin ángel (México, 1996); Los amores
fugaces: memorias imaginarias (Quito, 1997). Ensayo:
Poesía del siglo XX (Quito, 1957); La gran
literatura ecuatoriana del 30 (Quito, 1984); Sin
ambages (Quito, 1989); Poesía viva del Ecuador
―antología―
(Quito, 1990); Ecuador: señas particulares
(Quito, 1997); Guayasamín: el hombre, la obra, la
crítica (1998); Mirando a todas partes
(Quito, 1999). Consta en las antologías: Madrugada:
una antología de la poesía ecuatoriana (Guayaquil,
1976); Poesía viva del Ecuador (Quito, 1990);
La palabra perdurable (Quito, 1991) En 1989 el
gobierno ecuatoriano le otorgó el Premio Nacional de
Cultura Eugenio Espejo en reconocimiento a la totalidad
de su obra. |