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La serpiente iba cazando
por el bosque, iba
cazando la serpiente,
cazando ratones, porque
a la serpiente le
encanta cazar ratones.
Mientras ella iba
cazando por el bosque su
cola y su cabeza no
paraban de pelearse.
Eran como esos hermanos
que siempre se están
peleando aunque se
quieren.
Por ejemplo, la cola le
decía continuamente a la
cabeza:
—Oye,
¿por qué tú siempre vas
delante y yo detrás?,
¿por qué tú siempre
eliges el camino y yo no
tengo más remedio que
seguirte?
La cabeza le contestaba:
—Escucha,
yo voy delante porque
soy la cabeza. Como tú
eres la cola me tienes
que seguir.
Un día la cola se hartó
y estaba muy indignada,
así que le dijo a la
cabeza que le gustaría
ponerse delante.
—No
tengo ningún
problema. Si esto es lo
que quieres, sea.
—dijo
la cabeza y mandó
a parar a la serpiente.
Cuando ella se detuvo
se colocó en el lugar
que ocupaba la cola y la
cola se colocó en el
suyo.
Entonces la serpiente
continuó, pero esta vez
con la cola delante y la
cabeza detrás. Pero no
veía el camino, se
tropezaba por aquí y por
allá, no podía cazar
ratones. Casi se muere
de hambre, un verdadero
desastre. Incluso la
cola llegó a perder la
cabeza.
Por eso en mi pueblo
decimos que hay que
aprender a respetar el
orden natural de las
cosas. La cabeza siempre
tiene que ir delante y
la cola detrás.
I
Ven. Vamos a conversar
sobre mi pueblo. Soy
Bonifacio Offogó, un yambasa de Camerún.
Sentémonos bajo este
árbol.
La Palabra para nosotros
es un ritual sagrado. Un
yambasa, mi padre, para
no ir más lejos, cuando
quiere hablar en público
se levanta, porque es un
ritual, porque la
Palabra no se toma de
cualquier manera, sino
que se pide, y cuando
uno está en el uso de
ella, los demás respetan
eso, porque es un
momento mágico. Por eso
mi padre se levanta. Por
ejemplo, han llegado
varios miembros de la
familia, y él, que
quiere decirles algo, se
levanta y habla. Los
demás escuchan con un
respeto absolutamente
religioso, y es que
estamos hablando de un
ritual.
Como en todos los
rituales, en este
también se comparte. Por
eso hay varios
instituciones en nuestra
cultura, instituciones
milenarias dedicadas al
ritual de la Palabra, al
culto de ella; aunque
alguna podría parecer de
la Edad Media, sin
embargo, todas son
actuales, vigentes,
todavía se usan, como el
Árbol de la Palabra, que
es uno
—suele ser un
baobab—
plantado,
cuidado por todos los
vecinos especialmente
para esa función. Cuando
llega una comunidad a un
sitio y quiere crear un
asentamiento, lo primero
que hace, antes que
construir las casas, es
plantar el árbol, que va
creciendo, y que llega a
ser centenario. Es ahí
donde se reúnen los
vecinos por grupos de
edades, los niños en su
turno, los hombres
mayores, los jóvenes,
para hablar; a veces
simplemente para
conversar. Es muy
parecido a lo que yo vi
en el Parque Central, en
La Habana, donde se
reúnen los jóvenes para
hablar de béisbol.
Nos reunimos en el Árbol
de la Palabra. Los
jóvenes, por ejemplo,
allí hablan de sus
aventuras, de sus
conquistas amorosas, o
los niños, o hay
reuniones
intergeneracionales.
Parece una paradoja
porque el Árbol es un
espacio sagrado y, sin
embargo, allí se puede
sencillamente conversar.
Es que todo acto de la
vida es sagrado, hasta
el más simple. Toda la
vida es esencialmente
sagrada.
Si yo te trajera aquí a
mi padre, y estuviéramos
conversando de cualquier
tema, y él empieza a
hablar o tú le haces una
pregunta, primero él te
dirá tres o cuatro
proverbios, luego te
narrará una historia
—una con sus personajes,
sus acciones, su
desenlace—, la llevará
a su fin antes de
contestar a tu pregunta
o a veces demora días en
darte una razón; pero
siempre te la dará.
Es que entre los yambasa
no hace falta un momento
ni un lugar específico
para la poesía, para la
filosofía. Todo se hace
en la vida cotidiana,
todo esto tiene lugar en
la conversación
cotidiana, en el hablar
normal.
También el silencio, que
está lleno de sentido.
Cuando dos seres humanos
se encuentran, se reúnen
y hablan, el silencio es
muy importante porque él
permite pensar,
analizar, valorar lo que
uno va a decir, escuchar
al otro. Es una escuela
no fácil de cursar
porque es algo que hay
que practicar
diariamente. Lo común en
la vida de Occidente es
que la gente no se
escucha. No sabe
escuchar. Mientras uno
está hablando, el otro,
en el mejor de los
casos, si guarda
silencio, está pensando
en cómo contrarrestar, o
en cómo desarmar o
pulverizar al otro.
Otras veces el silencio
entre ustedes es signo
de desprecio, de
ninguneo.
Ya deberíamos saber que
nadie tiene la verdad,
sino que ella es
propiedad de todos,
construcción colectiva.
Por eso hay que aprender
del silencio.
Otra institución para
saber hablar es el
Consejo de Ancianos,
formado por gente
elegida a razón de su
capacidad oratoria, por
su saber escuchar, por
hablar con sabiduría.
Por eso cuando ellos se
reúnen, bajo la
presidencia de mi padre
que es el Rey y
presidente de ese
consejo, siempre lo
hacen con un tema
concreto, ya sea porque
hay un conflicto que
afecta a la comunidad o
que hay un proyecto
común. Entonces hablan,
por turnos, nadie
interrumpe a nadie,
nadie, todo el mundo
pide la palabra antes de
hacer uso de ella.
La primera vez que
llegué a España estuve
un año en la Universidad
Complutense de Madrid
sin tomar la palabra, no
la pedí, y cuando había
reuniones, al final,
siempre algún amigo me
decía si yo no iba a
hablar, y era que como
intervenían
espontáneamente, yo no
era capaz de hacerlo de
ese modo. Esperaba a que
ellos terminaran de
hablar, de desfogarse, y
entonces cuando me
preguntaban, era que
tomaba la palabra.
II
El aire de mi pueblo, el
aire de Camerún, es
verde, huele a verde. Ya
sé que los colores no
tienen olor, pero en
este caso sí, es un aire
puro. Lo puedo olfatear
en la distancia. Yo
recuerdo las mañanas en
las colinas de Yaundé,
que es una ciudad
rodeada de siete
colinas, donde puedes
respirar el aire fresco.
Es lo más parecido al
aire del Paraíso.
La eternidad, fíjate, es
curioso, porque esta
cifra, el siete, no es
inocente, no es causal,
porque ella, el siete de
las colinas, es una
cifra mágica en muchas
culturas del mundo. Yo
no sé si los que
fundaron la ciudad
tuvieron en cuenta este
hecho, de que eran siete
las montañas que
rodearían la ciudad y
precisamente por eso la
fundaron allí, es
posible que así sea
porque antes la gente no
hacía las cosas por
gusto, sino porque
tenían un significado,
un sentido. La eternidad
para nosotros es un
concepto real, aún
pensamos, creemos, que
el ser humano es eterno,
que el ser humano no
muere sino que cambia de
condición, de estado, de
dimensión; por eso
tenemos una relación muy
estrecha, muy íntima,
con nuestros
antepasados, porque
sabemos que ellos viven
en otro lugar, en otra
dimensión, y velan sobre
nosotros, nos protegen,
y que, de alguna manera,
convivimos. En mi pueblo
hay gente que entierra a
seres muy queridos
dentro de casa.
III
Desde que yo viajo a
Latinoamérica, ya son
12 o 13 viajes los
que he dado por aquí,
por distintos países, lo
que más me duele es
observar que no nos
conocemos los latinos y
los africanos a pesar de
que somos pueblos muy
emparentados, muy unidos
por la historia, que
compartimos no solamente
valores sino que hasta
la sangre; pero no nos
conocemos. Esta cuestión
me preocupa mucho, por
eso a cada uno de mis
viajes lo convierto en
un viaje de enseñanza y
de aprendizaje. Yo
quiero hacer el papel de
puente, para aprender,
para enseñar a otros.
El pueblo yambasa en un
pueblo de gente
sencilla, gente
campesina, que no tiene
prisa, gente que se toma
todo el tiempo, por
ejemplo, para saludar.
Solo saludándose pueden
estar diez minutos. Un yambasa se encuentra con
otro yambasa en el
camino, uno, digamos,
vuelve de su plantación
de cacao, ya que muchos
se dedican a esa faena,
y otro vuelve, por
ejemplo, regresa de
cazar, entonces el
primero le lanza al
segundo una larga
parrafada que es apenas
el inicio de la
conversación, y que solo
significa algo así como
¡Hola! Después el otro
le suelta una idéntica,
pero no se termina ahí
el saludo. Preguntan
cómo está tu mujer, cómo
está la casa, cómo están
las ovejas, cómo está la
plantación; o sea, es un
saludo realmente
profundo, completo, se
mete toda la historia en
el saludo y es que los
africanos somos seres
comunitarios,
colectivos,
colectivistas, luego
entonces no hay saludos
individuales. El saludo
es a la persona y a
todos los seres que la
rodean, a todos los que
forman parte de la
comunidad de esa
persona.
IV
Mi papá es un Rey, no
como el Rey de España,
no como el de Jordania,
es un Rey de tribu. Mi
padre es el Rey de los
yambasa, se le llama
Babá, Papá, pero ese es
un título, no todo el
mundo puede usarlo,
porque es un poder
institucional, ya que es
el Presidente del
Consejo de Ancianos,
además, sobre él
descansa un poder
espiritual, un poder
social. Él forma parte
de una dinastía, mi
abuelo ya era Rey.
En tiempos de la
esclavitud muchos reyes
o príncipes fueron
capturados,
desconociendo esta
condición o
menospreciándola, fueron
esclavizados. Mi padre
podría haber sido uno de
esos. Su padre era Rey,
él era Príncipe. Ahora
es el Rey, es decir, es
el líder espiritual del
pueblo, es el que
preside el Consejo de
Ancianos, es el que
dirime los conflictos,
los relativos a la
tradición, los temas de
herencia, las disputas
de tierras, de
propiedades, el monto de
las dotes, los
matrimonios
tradicionales; todos
esos temas son
competencia de mi padre
y, en general, del Consejo
que él preside. Entonces
no es solo un líder
espiritual, sino que
tiene un papel concreto
en la sociedad y es una
persona muy respetada.
Mi padre, desde que yo
era muy pequeño, me
eligió para sustituirlo.
Soy el Príncipe
heredero. Él ha tenido
12 hijos. Yo formo
parte de una gran
familia, de una familia
africana. Cuando tenía
cuatro años él me
escogió al darme el
apellido de su padre.
Nosotros tenemos otro
sistema de apellidos,
distinto al occidental,
es decir, los 12
hermanos no llevamos el
mismo apellido, tampoco
tenemos por qué llevar
el apellido del padre.
Entonces él al darme el
apellido de su padre,
con este gesto, buscaba
la reencarnación; porque
para nosotros ese gesto
significa reencarnar.
Por ejemplo, mis
hermanos no me llaman
directamente Offogó,
sino que me llaman
Abuelo, o sea, yo soy
la reencarnación del
abuelo.
Al darme el apellido me
eligió inmediatamente
para ocupar su lugar
cuando él no estuviera y
de hecho, desde muy
pequeño, comenzó a
iniciarme, ya que no es
algo que se aprende de
un día para otro. Él me
enseñó los secretos, me
llevaba a los Consejos
de Ancianos a escuchar
cómo hablaban; porque un
Rey debe saber hablar
bien. Eso es muy
importante. Mi padre me
llevaba para aprender a
hablar, no para hablar.
Escuchar es
absolutamente
fundamental. Un sabio,
como mi padre, que habla
bien, es un hombre que
debe conocer el valor
del silencio. No es una
persona que habla por
hablar, que habla porque
le dijeron algo. Puedes
llegar a casa de mi
padre, le cuentas, él te
escucha durante media
hora, guarda silencio, y
luego te dice:
—Te
he escuchado, te he
entendido, ya te daré la
respuesta.
V
Mi padre dice que los
blancos están locos
porque pagan para
escuchar cuentos. Aún
sigue escandalizándose
por ello. Cuando supo
que vendría a Cuba solo
a contar cuentos, se
sonrió, y dijo que ahora
sí estaba seguro de que
por todas partes hay
locos.
Yo llegué a la Narración
oral en medio de una
historia alucinante.
Desde pequeño ya
contaba, había aprendido
escuchando a los
abuelos, porque en la
noche en mi pueblo es
costumbre organizar, en
torno al fuego, veladas
de cuentos, donde
cuentan niños y mayores.
Yo allí lo hacía en mi
lengua materna, mas
nunca sospeché que
aquello era un
espectáculo, y mucho
menos que estos se
podían hacer en grandes
escenarios, ante cientos
de espectadores o
imaginar que alguien
estuviera dispuesto a
pagar por escuchar
cuentos; hasta que un
día estando yo en la
Universidad Complutense
de Madrid, donde me
gradué, una estudiante llamada Paloma, se
me acercó y me dijo que
estaban preparando una
Semana Cultural y que
les gustaría que un
africano viniese a
contar cuentos de su
tierra, pero le dije que
había un problema en eso
porque yo solo contaba
cuentos en mi hogar,
junto a mi familia,
alrededor de una
hoguera, en mi propio
idioma, pero nunca para
un público numeroso y
mucho menos
universitario. Ella
insistió y dijo que eso
era lo que querían
escuchar. Como tampoco,
en esa época, hablaba
bien el español, ella se
ofreció a ayudarme a
prepararlos. Fue así
como Paloma me
convenció. Nos estuvimos
reuniendo durante varios
días. Eran cuentos
totalmente orales que yo
tenía en mi memoria.
Entonces nos sentábamos,
yo le contaba la
historia y la poníamos
por escrito. Ella me
daba sugerencias. Fue
así que me atreví, conté
una fábula. La reacción
fue inesperada. Se
produjo una catarsis en
el grupo de estudiantes.
Se me acercaron varios
asombrados. A partir de
la semana siguiente ya
me estaban llamando de
colegios, de
bibliotecas, para que
contara historias.
Además me pagaban, y yo
seguía sin entender
nada. Me sentía como un
verdadero estafador. Me
decía: Dios mío, ¿cómo
yo puedo estar aquí,
cobrando por hacer
cuentos? En mi pueblo
toda la gente cuenta
historias y nadie cobra.
Luego, poco a poco,
grandes programadores de
festivales empezaron a
llamarme. Yo sentía una
responsabilidad enorme.
Eran Festivales
Internacionales en
Asturias, en Galicia,
pero después he estado
en eventos de Argentina,
Colombia, Costa Rica,
Cuba, Ecuador, México,
entre otros países.
El mundo de los
festivales de Narración
oral es muy raro.
Primero estuve diez años
contando cuentos y no
podía llegar a ellos. Yo
contaba en circuitos al
margen. Estaba en
colegios y bibliotecas,
en Organizaciones No
Gubernamentales que cada
vez que querían hacer
algo sobre África
recurrían a mí. Yo no
entendía, hasta que poco
a poco fueron
llamándome. Allí me
sentía como pulpo fuera
del agua. Estaba gente
que había recorrido el
mundo narrando cuentos y
se las pasaba todo el
tiempo contando
anécdotas de viajes
internacionales, pero no
se contaban cuentos
entre ellos.
Hace solo cuatro años
que empecé en
festivales, y mire
usted, ya van por más de
40 en los que he
participado. Es
increíble. En los
festivales nadie se
escucha, y es que no hay
espacio para que los
participantes se cuenten
entre ellos, se
escuchen. Cada quien va
al festival a demostrar
lo bien que sabe contar,
lo mucho que ha viajado,
y las más de las veces
le hacen quedar a uno en
una mala posición al
excederse del tiempo
asignado y cansar a los
públicos.
Para África el ser
humano es el centro de
todo, el centro del
Universo. Todo
pensamiento, toda
acción, tiende hacia el
Hombre, que está por
encima de todo; incluso
por encima de los
dioses, que de hecho los
nuestros son muy
humanos. Está por encima
de la cosa económica.
Ese es un problema del
mundo de hoy.
Fíjate si nos preocupa
el ser humano que
tenemos la costumbre de
compartirlo todo. Muchos
occidentales me
critican. La familia
africana es tentacular,
no es solo madre, padre,
hermanos, es también los
primos, los primos
segundos, los sobrinos…
Entre nosotros se
comparte porque antes
está el ser humano.
Luego se pensará en la
economía, pero lo
primero es lo primero.
Yo no puedo dormir si me
llaman de Camerún y me
dicen que hay un sobrino
enfermo, que hay un
primo que está enfermo;
inmediatamente tengo que
hacer todo lo posible
por enviar dinero para
que lo lleven al médico.
Cuando sucede algo, el
calor humano está ahí,
pues no debemos
sentirnos solos. Tenemos
que estar arropados por
los nuestros, por la
comunidad. Por eso
cuando yo llegué a
España y me di cuenta de
que había entierros
privados, casi por
invitación, no entendía;
y es que nosotros no
entendemos eso, no se
invita a nadie a un
entierro, como no se
invita a nadie a una
boda, porque todos están
invitados, porque el ser
humano nunca debe estar
solo ni en lo malo ni
en lo bueno. Siempre
tiene que estar rodeado,
arropado.
Yo cuento para transmitir
calor humano, para
recibirlo. Cuento para
profundizar, para buscar
nuestra esencia. Mis
espectáculos son actos
de comunión, que es algo
que va más allá de lo
religioso, porque es un
acto de hermanamiento,
donde nos arropamos
mutuamente. Por eso es
muy importante la
recuperación del arte de
contar cuentos.
Pero he hablado mucho.
Me gustaría ahora poder
escucharte a ti. Bajo
este árbol. El Árbol de
las Palabras. |