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Cualquier trazado que quiera
hacerse a escala global en el
mapa de la música profesional de
la segunda mitad del siglo XX y
hasta nuestros días, entroncará
de manera más o menos intensa
(aun cuando el “contacto” sea
leve) con el nombre de Leo
Brouwer.
Es sabido que el eje está en la
guitarra, que ha sido objeto y
ha sido medio, pero nada más
lejano que universo único. Claro
que si de su creación en ese
ámbito se tratara, sola ella
bastaría para que encontrásemos
esa dimensión abarcadora y
aquella sinergia que le enlaza
con las más disímiles culturas,
pueblos, tiempos y generaciones:
hasta sí mismo como herencia que
Leo multiplica y enriquece, y
desde sí como revitalizada
génesis.
No exagero ni me considero
innovador al decir, más bien
reincidir, en lo que otros antes
de mí avizoraron: el desarrollo
—dígase progreso— del repertorio
y la técnica guitarrística
mundial, fue uno hasta la
aparición de Leo y otro a partir
de ella, de modo que es este
casi un axioma. Sin embargo, no
solo de guitarra tendríamos que
hablar.
El espectro creativo de este
músico en los más diversos
formatos sonantes, mediante
amplio o mínimo uso de fuentes y
recursos, pero con máxima
explotación, plasmados (o
sugeridos) en sus partituras
según códigos y sintaxis de muy
variado signo, nos muestran un
compositor e intérprete y
recreador, de aquellos que
imponen hitos.
Su condición, además, de
conductor de orquestas
sinfónicas y agrupaciones
musicales disímiles, no excluye,
en el total de sus
presentaciones, ni tipos de
música, ni géneros, ni estilos,
los que ampliamente se
manifiestan en el variopinto
abanico de su abarcador
repertorio y refrendan ese
carisma de universalidad que
todos le adjudican.
Leo Brouwer es igualmente un
estudioso y un pensador de
sentido profundo y versátil —no
oficioso—, que se expresa en un
magisterio nada academicista,
que sin embargo no desdeña la
academia y se proyecta hacia
esta con efectos reorientadores;
como también en la teoría, que
en su pensamiento no es otra
cosa que la revelación de la
praxis artística en constante
retroalimentación con ella.
Promotor infatigable, él es
también fundador e impulsor de
instituciones, festivales,
agrupaciones y artistas en los
más diversos entornos creativos
y geográficos. Su impronta en
este plano muestra
retrospectivamente, y ostenta
hoy, inusitados alcances.
Como en todos los grandes
artistas de todos los tiempos,
la obra y el quehacer de Leo
Brouwer tienen su centro
genésico, inspiración primera y
paradigma supremo en la cultura
propia, la de Cuba, la Cubana;
ella motiva su primordial
estímulo, su esencial énfasis,
el máximo encanto; es Alma
Mater y Non plus ultra.
En la diversidad y universalidad
de su vocación, Cuba y su música
son moto perpetuo y
leitmotiv; Leo Brouwer, por
su parte, es Cuba.
Este libro presenta un nutrido
grupo de ensayos y artículos de
muy diversos autores,
representativos de profesiones
“músicas” y “paramúsicas”, que
con toda intención de los
editores recogen una amplia
muestra de visiones e
informaciones sobre esa única y
a la vez poliédrica
personalidad, tan querida y
entrañable, que responde al
nombre de Leo Brouwer.
La Habana,
19 de enero, 2009
Prólogo al libro Leo Brouwer,
del rito al mito, selección
de Radamés Giro, La Habana,
Ediciones Museo de la Música,
2009) |